lunes, 9 de diciembre de 2013

Feliz Navidad a todos!!!

Con todo mi cariño os dejo un relato
que espero que os guste.





La casa de mis padres estaba maravillosamente decorada. La Navidad era una de mis épocas favoritas del año. Guirnaldas de colores, velas rojas y doradas por todas partes, un gran árbol navideño en el salón y una elegante mesa en la que cenaríamos toda la familia. El día 24 y 25 de Diciembre solíamos reunirnos para pasar una estupenda velada todos juntos y aunque estábamos muy unidos, ya que a menudo nos juntábamos con cualquier excusa, las navidades eran una época especial. De algún modo eran unos días mágicos en los que los buenos propósitos y deseos nos llenaban de esperanza y alegría.
A pesar de que era el segundo año que mi madre no estaba con nosotros por culpa de un terrible accidente, nuestras vidas continuaban y el mundo seguía girando. Yo no me podía creer, que después de una tragedia como aquella, pudiera de algún modo, seguir siendo la misma persona. La tristeza que sentí durante el año posterior, fue tan asoladora que casi pierdo a una de las personas a las que más quería en mi vida. Aquello fue una señal de que debía ser fuerte y luchar por todo lo que deseaba, aunque nada volviera a ser igual. Estaba claro que para mi familia estaría presente en cada uno de nuestros corazones, y aunque la echábamos de menos cada minuto del día, siempre permanecería viva en nuestros recuerdos.
Estaba en pijama y en mitad de la noche me levanté y fui a encender las luces del árbol de navidad. Me senté de rodillas en un cojín y miré divertida los regalos que habíamos ido colocando a hurtadillas durante la noche. Mis hermanos y yo éramos tan mayores que resultaba algo cómico que aún quisiéramos conservar las tradiciones de cuando aún creíamos en Santa Claus y los Reyes Magos, pero nos gustaba hacerlo de esa manera y que al despertar el día 25 cada uno abriese sus regalos e intentara adivinar de parte de quién los recibía.
Estuve ahí sentada unos minutos cuando las lágrimas asomaron por mis ojos. No pude evitar pensar en mi madre y ya no solo porque deseara que estuviera con nosotros, sino porque mi vida estaba cambiando a una velocidad que me asustaba y aunque estaba segura del paso que iba a dar, echaba de menos las advertencias que solía hacerme cuando empecé a hacerme mayor. A menudo me aconsejaba que tenía que ser prudente y no salir con cualquier chico que me lo pidiera, debía esperar a tener treinta años o estar casada para tener relaciones con un hombre o cualquier cosa por el estilo. Ella era una mujer maravillosa y muy tradicional. Estaba segura de que no estaría muy conforme con el hecho de que fuera a casarme con veinticuatro años a pesar de que llevaba más de ocho años con Guillermo. Un hombre tres años mayor que yo y que me quería con todo su corazón. Estábamos locamente enamorados y cuando hace dos meses me lo pidió el día de nuestro aniversario, le dije que sí antes incluso de que terminara su frase.
Miré el precioso anillo que llevaba en mi mano izquierda y estuve segura de que a mi madre le habría encantado, pese al hecho de querer casarme tan joven. Mis dos hermanos mayores, Laura y Jesús, ya estaban felizmente casados desde hacía varios años, y pensé con tristeza que ojalá yo también hubiera tenido la suerte de celebrarlo con ella. Estaba convencida de que antes de la fecha señalada tendría un gran sermón que soltarme y no sería uno solo, y deseé poder escucharlo de sus propios labios. Mientras me limpiaba las lágrimas con un pañuelo escuché un ruido y me giré por si alguien había aparecido para dejar sus regalos, tenía que volver a mi habitación porque de lo contrario no podrían hacerlo.
Al levantarme me di cuenta de que había uno encima de la mesa de comedor. Me resultó extraño que no estuviera junto a los demás y puesto que nadie solía dejarlos en otra parte que no fuese bajo el árbol, me acerqué, con miedo a ser descubierta mientras cotilleaba y lo miré sin tocarlo.
Me sorprendí al ver lo que ponía: “Zo” el diminutivo de mi nombre, Zoraida, escrito en una tarjeta dorada atada a un lazo del mismo color. Tenía un papel navideño de colores y era pequeño. Sin saber porqué, algo me empujó a abrirlo, sabía que no debía hacerlo, porque si la persona que me lo había regalado, se enteraba de que lo había abierto antes de tiempo, seguramente se enfadaría, pero mis manos volaban sobre el regalo y era como si no pudiera controlar mi propio cuerpo. Sostuve una caja negra sin ninguna inscripción y de nuevo sin poder evitarlo la abrí. Encontré una cadena de oro con un precioso colgante, se trataba de un brillante en forma de corazón. Sin duda era la joya más bonita que había visto en mi vida. Me extrañó que me resultara tan familiar, aunque casi con total seguridad era la primera vez que lo contemplaba.
Escuché unos pasos que se acercaban por el pasillo y con el corazón acelerado cerré la cajita y la dejé de cualquier manera sobre la mesa.
Alguien golpeó la puerta de mi habitación y dijo mi nombre cuando de un sobresalto me desperté. Mi hermana Laura abrió un poco la puerta y al verme tan agitada me preguntó si estaba bien. Eran las once de la mañana y mi familia al completo no tardaría en llegar, ya que el día 24 solíamos comer juntos y pasear por la tarde hasta la hora de la cena.
—No pasa nada —le dije sonriendo—, estaba soñando.
—¿Qué soñabas? —me preguntó observándome con interés desde la puerta—. Si es que se puede decir en voz alta, claro —bromeó arqueando las cejas.
—No seas tonta —solté. Como todo había sido un simple sueño, podía contárselo a mi hermana, no había hecho nada malo, pero algo me lo impedía y opté por guardármelo —. Soñaba con mamá.
—Ah. —Su mirada se ensombreció un instante, se quedó pensativa hasta que escuchamos a mi hermano y mi padre reírse en la cocina —. Venga vamos a desayunar.
—Sí, voy —le dije mientras cerraba la puerta y se iba.
Sin cambiarme fui hasta donde se encontraban mis hermanos y mi padre. Desayunamos unas galletas que habían hecho entre los dos y a todos nos entró la risa al ver que las aptitudes de mi padre en la cocina no habían mejorado, pero como cada vez que intentaba preparar algo, nos lo comíamos entre bromas y alabanzas por sus esfuerzos.
A la hora de comer empezaron a llegar mis tíos, mis primos y abuelos. Parte de la familia vivía dispersada por España y la mitad que aún estábamos en Madrid, nos reuníamos con bastante frecuencia. Los hermanos de mi padre con sus esposas e hijos y mis cuatro abuelos estaban en casa y llevaban consigo una cantidad ridículamente grande de bolsas en las que estaba segura de que se encontraban los regalos de todos y varios platos y postres que solían traer para estas fechas.
Me pregunté intrigada si el regalo que había visto en mi sueño estaría realmente entre todos los que traía mi familia, y sobre todo, quién sería la persona que me lo había comprado. Me sentí un poco tonta, ya que pensé que era imposible que soñara con algo que estaba por ocurrir, esas fantasías solo se veían en televisión y tras un momento en el que me invadió una extraña inquietud por culpa de ese sueño, decidí no darle mayor importancia y me dediqué a pasar un día agradable y festivo con las personas que llenaban mi vida.
Esa noche íbamos a salir Guille y yo con nuestros amigos, así que pensamos que sería una buena idea cenar cada uno con nuestra familia y quedar a media noche para salir a una discoteca del centro.

Riendo a carcajadas llegué a mi casa a las cuatro de la madrugada acompañada por mi amiga Alicia. Guille se había quedado en su piso, ya que vivía a dos calles de distancia y estaba tan cansado por la fiesta que apenas podía andar. Yo que llevaba unos tacones de infarto pensé que debería estar más agotada que él, pero el alcohol me había ayudado bastante a olvidar que los llevaba y como en el banco en el que trabajaba, los llevaba todos los días, estaba tan acostumbrada que no me impedían que estuviera bailando horas y horas.
Alicia vivía en la tercera planta de mi mismo edificio y yo en la quinta, tras despedirnos subí en el ascensor. Estaba nerviosa por si al entrar me encontraba con el misterioso regalo y aunque sabía que era una tontería pensar en algo así, no podía evitarlo. Me temblaba la mano mientras introducía la llave en la cerradura, me dije que era por mi estado de embriaguez, pero el corazón me latía desbocado y solo me sentí tranquila cuando al mirar en cada rincón del salón, me di cuenta de que no había ni rastro del regalo.
Creía que me estaba volviendo loca al obsesionarme con algo que ni siquiera era real y que todo se debería a la emoción de cada año por ver qué había dentro de cada paquete envuelto. Me encantaban las sorpresas desde que era pequeña y eso no había cambiado con los años, por eso me dije a mí misma, que esa pequeña obsesión que me había tenido pensativa todo el día, no era más que la magia de las fechas en las que estábamos.
Estaba tan ilusionada que apenas podía dormir. A la mañana siguiente, el ruido proveniente del salón abarrotado de mi casa me hizo levantarme de la cama con dolor de cabeza y antes de reunirme con mi familia para abrir los regalos, me tomé un café muy cargado para despejarme.
Una vez todos juntos y con la alegría propia de un día de Navidad, abrimos regalos, comimos, charlamos y lo pasamos en grande. Eso sí, el salón estaba tan desordenado que solo de pensar que nos tocaba recoger todos los papeles, cajas y demás, me entraron ganas de salir corriendo. Me iba a levantar cuando mi abuela Marga llamó mi atención:
—Zo, cariño, ¿dónde vas?
—A recogerlo todo abuela —le dije cariñosamente—. Si queremos poder movernos para ir a la mesa de comedor, será necesario despejar un poco el camino —dije mirando todo el caos reinante.
—Bueno, espera solo un momento.
Estaba sacando algo de una bolsa que estaba junto a ella. Me quedé sin aliento al ver el regalo, era idéntico al que vi en mi sueño y pensé que se trataba de un déjà vu, esa sensación de que estás viendo algo ya vivido, pero que en realidad es solo una mera ilusión. Tragué saliva y cuando me tendió la mano para que lo cogiera dudé si hacerlo o no. Todo el mundo se había dado cuenta de que me había quedado como una estatua de pie frente a mi abuela y finalmente con el pequeño paquete en mis manos y tras contemplarlo un rato me decidí a abrirlo. Tal y como recordaba haberlo visto en ese extraño sueño, había dentro una cadena de oro con un colgante muy brillante en forma de corazón. Estaba confusa y pude ver que mi abuela me miraba con cara de entender mi turbación, lo cual me confundió aún más.
—¿Recuerdas de quién es?
—No —contesté aún más confundida—, ¿debería?
—Verás, era de tu madre —al decir eso miró a mi padre que estaba muy pendiente de lo que ocurría—. Lo tenía yo porque me dijo que lo guardara para regalártelo en tu boda y como el otro día lo encontré por casualidad, pensé que era un buen momento para dártelo.
No supe qué decir. Un cúmulo de emociones me invadió y fui a abrazar a mi abuela, como mi padre estaba sentado junto a ella, le di la mano y me apretó fuertemente.
—Se lo regalé en nuestra luna de miel —dijo mi padre en voz baja—, es un diamante. Tu madre no lo usaba a menudo porque tenía miedo a perderlo, por eso no lo recordarás.
—Gracias —le dije con la voz rota por la emoción.
Sabía que mi madre también les había regalado un detalle muy especial a mis hermanos cuando se casaron, a mi hermana una pulsera y a mi hermano unos gemelos. Todas esas joyas tenían gran valor sentimental para la familia por lo que mis hermanos y yo considerábamos todo un honor el hecho de poder tener en nuestras manos algo tan valioso.
Hubo un momento de silencio en el que cada uno a nuestra manera, nos acordábamos de ella. Me entristecí muchísimo pensando que no estaría a mi lado para preparar la boda que celebraríamos en seis meses. No me ayudaría a elegir el vestido perfecto, ni me reñiría por elegir ropa interior provocativa para mi noche de bodas, ya que ella pensaba que eso era proclamar demasiado y sobre todo, cuando Guille y yo tuviésemos hijos, no podría verlos crecer.
Cada vez que pensaba en las cosas que se perdería, me daban ganas de cancelar todos mis planes de boda, tenía claro que su aprobación era muy importante para sentir que estaba haciendo las cosas bien y que no me arrepentiría más tarde. Ella siempre sabía qué era lo correcto en la vida y pocas veces se equivocaba al dar su opinión sobre algún tema.
Con lágrimas en los ojos abrí la caja de nuevo y toqué suavemente el colgante, una sensación cálida se propagó por todo mi cuerpo y en cierto modo, me sentí reconfortada, como si mi madre estuviese a mi lado y pudiera llevarse la tristeza que apagaba mi ánimo.
Me incorporé y saqué el colgante de la caja. Se lo di a mi padre para que me lo pusiera y con cuidado lo dejé caer sobre mi jersey. Lo sostuve un instante con mis dedos y sin poder contenerme sonreí. Aquél colgante tenía el poder de hacerme sentir una felicidad que solo recordaba haberla experimentado cuando mi madre me abrazaba y aunque era extraño, al llevarlo era como si estuviera a mi lado en ese instante.
Esa tarde cuando me eché a dormir un rato me desperté cuando noté que alguien se sentaba en mi cama. Me sobresalté como nunca en mi vida cuando la persona que vi ante mis ojos tenía el aspecto de mi madre. Instintivamente toqué el colgante que llevaba y pensé que estaría soñando de nuevo. Me dije para mis adentros que muy pocas veces había experimentado sueños tan vívidos y nunca había soñado con ella. Realmente parecía que estaba justo frente a mí, pero en lugar de sentirme asustada, me dieron ganas de echarme a sus brazos.
—¿De verdad estás aquí? —le pregunté. Bajé la mirada al sentirme avergonzada sin saber porqué—. Es un sueño, ¿no? —le pregunté haciendo un mohín.
—Cielo —dijo mirándome con una sonrisa—, últimamente has perdido esa sonrisa tan bonita que tienes y no me gusta. Estás a unos meses de dar un importante paso y ya sabes que yo siempre he adorado a Guillermo, es alguien muy especial y os merecéis pasar vuestra vida juntos, porque estoy segura de que seréis muy felices.
—Pero…
Me acalló poniendo un dedo en mis labios y pude sentir un ligero hormigueo allí. Me sentí abrumada y casi me echo a llorar aunque tenía claro que nada de eso podía ser real.
—Te quiero mi niña. Por favor, no dejes que el dolor que sientes a veces sea más fuerte que tú. La vida es muy corta y lo único realmente importante es disfrutarla con las personas que más te importan, ¿de acuerdo? —me preguntó. Yo asentí con lágrimas en los ojos—. Siempre estaré contigo, no lo olvides.
Esas últimas palabras fueron casi un susurro. Todo a mi alrededor se volvió borroso hasta que abrí los ojos y me quedé mirando el techo de mi habitación.
Suspiré y me di cuenta de que había vuelto a pasar, había soñado con algo que parecía tan real que casi daba miedo. Alguien tocó a la puerta y me hizo salir de mi ensoñación.
—Pasa —dije, en ese momento entró Guille.
—Hola cariño, ¿estás bien? —me preguntó al ver lágrimas en mis ojos.
—Estoy bien, no te preocupes —sonreí.
Pareció convencerle mi sincera sonrisa y me tomó de la mano para que me levantase sin hacer más preguntas. Mi familia ya estaba algo dispersa, tras la comida de Navidad, cada uno hacía sus propios planes y solo estaban mis abuelos paternos y mis hermanos, mi padre se encontraba en la cocina. Nos despedimos de todos y salimos a dar un paseo por la ciudad, el centro de Madrid en navidad era precioso. Con una sonrisa que me tenía enamorada me preguntó de repente:
—Oye cariño, ¿con quién hablabas cuando he llegado?
—¿A qué te refieres? —le pregunté asombrada, solo recordaba ese extraño sueño que había tenido con mi madre.
—Antes de llamar a tu puerta, creí haberte escuchado hablar con alguien y como estabas llorando cuando te vi…
—Ah, tranquilo, solo era un sueño.
—¿De verdad? —preguntó ligeramente preocupado.
—Sí —dije sinceramente. Me acerqué y le besé con amor y pasión—. Deberías ir acostumbrándote, cuando vivamos juntos en unos meses verás que suelo hablar en sueños, aunque hacía tiempo que no ocurría —confesé avergonzada.
—Bueno, creo que podré acostumbrarme.
Me miró con ternura y nos abrazamos. Pasamos una tarde maravillosa, y me sentía feliz, como cada vez que estaba cerca de él.
Al llegar a casa y quitarme la chaqueta, me di cuenta con horror que mi colgante no estaba, lo busqué por si se había quedado enganchado en mi ropa o se había caído al suelo, pero al no verlo por ninguna parte, temí haberlo perdido en la calle como sospechaba. Entré en mi habitación y miré aquí y allá por si por un milagro lo había extraviado cuando me eché la siesta pero tampoco estaba. Sin embargo al mirar en mi escritorio vi que la cajita estaba abierta y el colgante dentro de ella. Un gran alivio se expandió por todo mi cuerpo y pude respirar con tranquilidad. Me extrañó encontrar una nota debajo de la caja, ya que cuando la abrí no encontré ninguna, al ver lo que ponía me quedé helada, aunque en lugar de tener miedo, lo que en realidad sentía era alegría.

“No lo pierdas, así siempre estaré contigo. N”

La inicial de la firma pertenecía al nombre de mi madre, Nerea. No lo hubiera creído posible, si no fuese porque la letra también era la suya.







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