lunes, 29 de septiembre de 2014

Mi vampira traviesa: fragmento

Os dejo un nuevo regalito para abrir boca :) :)




—Edith...

Escuchó su nombre en los labios de Ian pero, una más que inoportuna imagen, cruzó su mente sin poder evitarlo. Por un instante imaginó que era Jonathan el que lo pronunciaba. Pasaron unos segundos, la respiración de Ian se normalizó y se hizo a un lado, junto a ella. Edith miro al techo y se quedó en silencio con una mano en su pecho, cerca su corazón. Como si ese gesto bastara para sosegar sus pulsaciones después de la intromisión del vampiro en sus pensamientos sin ser invitado.

Entonces se dio cuenta de que le había sentido cerca. Estaba en su edificio. Otra vez.

En un par de minutos se encontraba en su puerta. Edith lo mataría si lo había hecho a propósito. No le dejaría meterse en su vida y en su cabeza porque sí. Al parecer ya no podía disfrutar ni siquiera del sexo sin que hubiera alguien merodeando. Y si era una casualidad, bueno, Edith le diría donde podían irse él y su jefe. Estaba harta de que los vampiros le impusieran una suerte que ella no deseaba. No iba a dejar que se salieran ambos con la suya, y si tenía que usar la violencia, no le iba a temblar el pulso, eso seguro.

Se metió en la bañera y se lo tomó con calma, se enjabonó de un modo lento y pausado. Se aplicó una mascarilla en el pelo y se lo aclaró, y cuando notó que estaba preparada, salió de la ducha y se cubrió con una toalla. Se puso crema hidratante y un camisón negro, que contrastaba con su blanca piel. Con una sonrisa pensó que al vampiro le gustaría, pero claro, ella lo hacía por Ian no por él. Pasó un cepillo por su larga cabellera que mojada parecía casi negra.

Secó el pelo con la toalla, sin molestarse en hacerlo con un secador, puesto que notaba desde allí la impaciencia irradiando de todos los poros de la piel del vampiro que esperaba junto a su puerta. Entró en el dormitorio y vio que Ian estaba dormido. Cogió una bata negra que estaba colgada en su armario y se la puso, atándola mientras se dirigía lentamente a la puerta principal.

Jonathan llamó a la puerta y se preguntó por qué lo hacía, ya que sabría que ella se dirigía hacia allí. Cuando la abrió, se encontró con un par de ojos verdes que desprendían llamas de furia y a Edith se le escapó una risa al verle tan molesto por algo que ella desconocía, aunque sospechaba el motivo, y es que no era un hombre demasiado paciente.

—Vaya, si sabes llamar a la puerta. Estoy impresionada.

Las palabras de Edith goteaban sarcasmo por los cuatro costados. El vampiro sonrió levemente y parte de su rabia desapareció.

—Déjate de estupideces —soltó agarrándola por los brazos y levantándola para entrar en su apartamento—. Tengo que hablar contigo de un asunto serio.

Edith pateó el aire y bufó de manera poco elegante para que la soltara, no le gustaba sentirse como un jarrón al que pudiera colocar dónde le diera la gana al vampiro.

Cuando Jonathan cerró la puerta, percibió el aroma de lo que había ocurrido en ese mismo lugar momentos antes. Al parecer Edith había tenido una noche movidita y eso, por alguna razón que no llegaba a entender, le molestaba, y mucho.

—¿Una noche ajetreada? —soltó entrecerrando los ojos.

No quería que la vampira viera lo mucho que le molestaba ser consciente de que había otro hombre en su casa. Porque era absurdo que se sintiera de ese modo cuando se conocieron hacía menos de veinticuatro horas. Guardó bien lo que sentía, no quería que Edith se percatara de su confusión, porque por lo poco que sabía de ella, estaba seguro de que no le costaría burlarse de él.

—Estoy harta de que te metas en mi vida, lo que sospecho que llevas bastante tiempo haciendo —escupió con irritación mientras se cruzaba de brazos.

Jonathan entendió que le gustaba mucho más cuando se enfadaba, porque sus ojos brillaban con intensidad y tenía el vago presentimiento, de que esa pasión que demostraba, la haría una amante excepcional. Lo cual le llevó a sentirse bastante celoso del humano que dormía en su cama en ese momento.


Os recuerdo que en el blog ya podéis leer los 3 primero capítulos completos. Y en amazon los podéis descargar gratis. 

Mi vampira traviesa: comentarios y reseñas

Antes de nada, quiero agradeceros vuestro apoyo. Me alegra saber que os hago disfrutar con mis historias y espero seguir haciéndolo por mucho tiempo. 
Buen inicio de semana a todos!!!

















Para los que aún no habéis leído esta historia, os dejo los enlaces de compra:





jueves, 25 de septiembre de 2014

Mi vampira traviesa. Capítulo 3


Buenos días!!! Para celebrar que hemos llegado a la visita número 10.000, os dejo un pequeño regalito. Espero que lo disfrutéis. Un abrazo y mil gracias a todos!!






3





La miraba como tantas veces lo había hecho. Con una mezcla de cariño, tristeza y algo más que nunca supo qué era con exactitud, pues lo ocultaba muy bien cuando Edith andaba cerca, era como si se colocara una coraza impenetrable. Ella casi podía verla y palparla con sus propias manos.

—Edith…

Siempre adoró su voz, tan grave y a la vez tan tierna. Cuando hablaba con ella, parecía que toda la frialdad se evaporaba de repente. Volvieron a aflorar en ella sentimientos que creía enterrados para siempre: era una sensación familiar, como si él fuera una pieza que siempre hubiera faltado en su vida, pero más que pasión o deseo, era un sentimiento fraternal, le apreciaba como al compañero o al hermano que nunca tuvo. Como a la familia que nunca pudo disfrutar cuando perdió a su madre, aunque incluso la relación con ella cuando vivía nunca fue normal, ya que según su tía, no fue la misma desde que el padre de Edith la abandonó.

Pero no era lo único que recordaba cuando veía sus ojos azules. También le dolía la traición que sufrió a manos de aquel hombre que había vuelto a aparecer en su vida. Cuando le convirtió en vampiro, descubrió que su extraña relación había sido una mentira. Él nunca le explicó qué era en realidad y estaba muerta de miedo cuando aquel día de 1749 despertó desorientada en la lujosa mansión de estilo Tudor que poseía el entonces Conde de Burmington. Lo único que siempre recordaba de ese momento, era el saber que ella ya no era una mujer corriente, era un monstruo. Aquello que la gente normal siempre consideraba algo atroz y que siempre era el tema principal de los cuentos de terror que se contaban a los niños por la noche al irse a dormir. Ni siquiera fue capaz de huir de él entonces, por el vínculo que los unía y porque pensaba que si alguien la veía, sabría lo que era, aunque para los humanos no resultaba tan fácil percatarse de su naturaleza. Pero claro, a Edith le quedaban muchas cosas por aprender, cosas que quiso saber por su cuenta, pues no podía volver a confiar en Adolf nunca más.

Permaneció encerrada durante mucho tiempo. Solo se alimentaba de humanos cuando él se lo ordenaba, porque aunque sabía que había hecho algo imperdonable al convertirla sin su consentimiento, no deseaba que ella muriera de hambre, así que procuraba ejercer su influencia como creador, para explicarle ciertas cosas o para obligarla a alimentarse.

Supo que con el tiempo, la intolerancia a la luz del sol se disiparía por sí sola, sobre todo si le alimentaba con más frecuencia. Con el paso de los años, incluso eso se hacía más fácil: sería capaz de beber la sangre de los humanos sin dañarlos o matarlos, y borrar luego los recuerdos, entrando en sus mentes y manipulándolas. Adolf le aseguró que no era necesaria la matanza para sobrevivir como vampiro y que con el paso de los siglos, no tendría que alimentarse cada día para ser fuerte y conservar sus poderes. Edith no sabía por qué era tan hipócrita, porque él no aplicaba sus propias reglas.

La relación entre ambos fue muy difícil. Edith nunca volvió a sentirse segura cuando Adolf estaba cerca, pues el dolor de la traición estaba muy reciente y ambos sentían el sufrimiento que se causaban mutuamente.

No hubo transcurrido ni un mes, cuando él decidiera dejarla libre, advirtiéndola para que guardara el secreto de los dos, pues era muy peligroso que la gente supiera que eran vampiros. El miedo que provocaba esa palabra estaba muy generalizado y los rumores se propagaban con mucha facilidad a pesar de los tiempos que eran, así que tendría que tener mucho cuidado si iba a permanecer sola. Tendría que alejarse de los lugares más problemáticos, como los centros de las grandes ciudades. Así que Edith vivió casi aislada durante décadas, hasta que supo que se podía controlar y permanecer cerca de las personas normales sin mostrar su verdadera naturaleza.

Aquello quedaba ya muy lejos, pero los recuerdos volvían a su mente al contemplar el apuesto rostro de Adolf. Le recordaba a alguien, pero no sabía a quién exactamente.

—Ha pasado mucho tiempo —habló por segunda vez.

—Sí.

Le costaba pronunciar cualquier otra palabra. Sentía un nudo en el estómago y unas terribles ganas de llorar; una de las cosas que menos soportaba, pues la hacían parecer débil y vulnerable y ella no era ninguna de esas cosas. Intentó respirar hondo, pero le costaba mantener la serenidad sabiendo que lo que más ansiaba tener Adolf, estaba justo detrás de ella: los recuerdos de su madre. Por alguna razón que ella nunca entendería, Adolf los deseaba más que ninguna otra cosa en el mundo. Supuso que algún día lo averiguaría.

—Has tenido que enviar a uno de tus matones antes de aparecer en persona —acusó.

Edith esperaba que le reportara una explicación por la intromisión de Jonathan en su tienda y hacía un rato en su puerta.

—El señor Brown no es ningún matón, querida.

—Odio tanto formalismo. Después de tantos siglos, no eres capaz de adaptarte a las nuevas tendencias, ¿verdad? —observó Edith refiriéndose a su manera de hablar y vestir, admirando el atuendo de él.

Vestía con un traje caro de un color oscuro, casi negro, pero ella podía distinguir que no era negro del todo. La corbata azul, le hacía resaltar el color de sus ojos, que ahora la observaban como si quisieran regañarla por su descaro. Siempre la había tratado como si fuese un profesor instruyendo a su alumna. Le hablaba de un modo tan claro y directo, que Edith quedó fascinada, pues en aquella época no era corriente, aunque ya desde el principio supo que había algo especial en él. Quizás por ese motivo le dejó entrar en su vida, por más que la sorprendiera y confundiera, parecía que estaba destinada a permanecer a su lado de un modo u otro.

No estaba segura de si aquello era algo bueno o malo.

—Tú tampoco has cambiado nada.

—Si te refieres al joyero y al anillo, ya te dije hace más de doscientos años, que pertenecieron a mi madre y nunca me desharé de ellos —estaba empezando a alzar la voz y procuró contenerse—. Jamás volverán a tus manos.

—Claro, porque has involucrado a una bruja en esto, ¿verdad? —inquirió con voz fría y dura—. ¿Cómo has podido hacer algo así?

—¿Cómo sabes eso?

La confusión se manifestó claramente en el rostro de Edith, dejando que Adolf estuviera seguro de su afirmación.

—Puedo sentir la energía que impregna toda la habitación —dijo con desagrado—. No puedes mezclarte con las brujas, es algo que nunca pensé que tendría que enseñarte, pero créeme, los que se relacionan con ellas siempre acaban pagando un precio muy alto por la magia.

Su voz se endureció y se volvió gélida como el viento frío e invernal que azotaba las ventanas de su apartamento en ese instante.

—¿Qué? ¿A qué te refieres?

Adolf no respondió, sino que la miró con una expresión de sufrimiento que casi la hace desmayarse, pues podía sentirlo casi como si fuera el propio. Verle así le recordó lo que sintió cuando se enteró de que su madre había muerto. Algo que sin duda quería olvidar, porque fue el peor día de su existencia.
—No es nada. Al menos nada que debas saber.

—¿Qué quieres decir con eso? ¿Acaso debo suponer que tu nuevo esclavo tiene que desvelarme el gran secreto que guardas?

—No te refieras a él en ese término —pidió con la mirada perdida en el pasado—. Tú nunca fuiste mi esclava.

—Bueno, discípulo entonces —soltó con sarcasmo.

—Veo que las cosas siguen exactamente donde estaban hace dos siglos, así que me voy —expresó con tristeza antes de continuar—. Pero debes saber que el señor Jonathan Brown no es tan malo como crees.

—Me da igual quién sea.

—¿De verdad?

Su insinuación, acompañada por una leve sonrisa, dejó estupefacta a Edith. ¿Acaso Adolf tenía un propósito oculto cuando envió a Jonathan para robarle los objetos a su tienda? Se preguntó algo molesta por ello. No lo comprendía, y no estaba segura de querer hacerlo, así que hizo caso omiso de los sentimientos que emanaban del vampiro que tenía delante y se cruzó de brazos poniendo una expresión de insolencia, que sabía que Adolf detestaría.

—No soy un juguete que puedas manejar a tu antojo, así que por favor, piérdete de mi vista.

—Adiós.

Oyó la despedida en medio de una ráfaga de viento que produjo la marcha del vampiro de su habitación a toda velocidad. Solo oyó un leve chasquido de su puerta principal al cerrarse y pudo respirar con normalidad.

A Edith no le gustaban las sorpresas. Ese día en concreto, estaba empezando a detestarlas de una manera casi alarmante. Pensó que quedarse en casa era una mejor idea que salir por ahí, aunque tenía muchas ganas de tomarse unas copas. Pero imaginó que, ya que los dos vampiros que la estaban acosando conocían dónde vivía, no le vendría mal cambiar de aires por un rato, al menos fuera no se encontraría con indeseables.

Antes de salir de la tienda, le había dejado un mensaje a un hombre muy atractivo con el que le gustaba salir a pasárselo bien. Una buena comida, unas copas y más tarde, si le apetecía, se entregarían a una noche de pasión que le haría perder el sentido y olvidar lo ocurrido durante esas últimas horas. Ian Jenkins era el hombre perfecto, para que Edith enterrara muy hondo en su mente, el sabor de un mal día.

Era la combinación perfecta de belleza y simpatía, con un cuerpo esculpido que a ella le encantaba contemplar desnudo y lo mejor de todo es que él no deseaba tener una relación seria, así que no iría tras ella cuando decidiera que no deseaba más su compañía. Aunque llevaban quedando de forma esporádica durante más de un año, todo seguía igual para los dos.

Edith no conseguía conocer a hombres que desearan solo una aventura pasajera, normalmente cuando tenían más de dos citas y a ella le apetecía algo más íntimo pero igual de informal, ellos casi de forma inevitable, quedaban embelesados por su atractivo y le era muy difícil ignorar la persistencia de algunos. Sin embargo, Ian era tan mujeriego como ella alérgica a las relaciones de más de una semana, así que se podía decir que eran casi la pareja perfecta. Solo que su relación se limitaba a unas cuantas citas al mes o simplemente algún encuentro solo para disfrutar del sexo.

Ninguno de los dos parecía desear implicarse demasiado, porque habían salido escaldados cuando mezclaban los sentimientos en las relaciones que tuvieron en el pasado. Algo bueno que tenía para Edith, era que él estaba fascinado por su condición de vampira y no le importaba que le mordiera, de hecho le gustaba bastante que lo hiciera, porque aunque no había conocido a otra como ella, le atraía mucho todo lo relacionado con su mundo.

Edith no tuvo que manipular su mente y sus recuerdos, porque demostró que a pesar de que lo suyo era algo pasajero, ambos estaban de acuerdo y confiaban el uno en el otro.



Cuando llegó al restaurante donde había quedado con Ian, dejó su chaqueta en el guardarropa y la chica que la atendió, se quedó mirándola con mala cara, imaginó que por llevar un vestido de tirantes en pleno mes de febrero.

Lo que de verdad veía Edith una estupidez, era tener que llevar un abrigo o chaqueta, cuando ella no sentía ni la más mínima molestia por el frío en la calle. Así que para evitar soltar alguna palabra mal sonante en un restaurante tan lujoso, miró a la chica con altivez y sin apenas controlar la rabia que le daba la actitud de la jovencita. Si supiera cuántos años le llevaba, se quedaría helada. Pasó por su cabeza la idea de enseñarle los colmillos, así aprendería a tener respeto por los clientes, pero justo cuando estaba a punto de cometer una estupidez de proporciones bíblicas, sintió una presencia conocida.

Se dio la vuelta y vio a Ian, aunque no llamó su atención tanto como el otro hombre que estaba junto a éste. Jonathan estaba allí también. Solo esperaba que no la molestara más esa noche.

Evitando mirarle, se dirigió a su acompañante y lo besó en los labios sin apenas contenerse. Él no estaba acostumbrado a ser tan efusivo en público, pero Edith deseaba darle una lección al vampiro, aunque no supo muy bien el motivo. Pudo percibir que no se esperaba aquello, pues pudo sentir su sorpresa y su rabia, aunque esto último la dejó atónita a ella misma.

—Edith, que bien acompañada te veo.

No sabía si ignorarle o por el contrario, ser educada. Pero Ian se volvió y le saludó como si tal cosa. Ahora la que sintió rabia fue Edith.

—Hola, soy Ian Jenkins. ¿Eres amigo de Edith?

—Bueno…

—Para nada —interrumpió ella, antes de que el vampiro soltara alguna imprudencia—. Esta tarde irrumpió en mi tienda y desde entonces le veo hasta en la sopa.

Ambos notaron el tono molesto y sarcástico en su voz y Edith se sintió incómoda. Al parecer el vampiro era capaz de sacar lo peor de ella, aunque no era el único, Adolf tenía ese mismo efecto siempre que le veía.

—Así que eres un cliente.

—Más o menos —dijo Jonathan lanzando una mirada cargada de significado solo a Edith. Ella se la devolvió como una clara advertencia para que controlara las palabras que decía—. Quiero conseguir unas piezas únicas de su tienda, pero creo que les tiene un excesivo cariño y le costará desprenderse de ellas. Aunque siempre consigo lo que quiero, así que no me preocupa demasiado.

—Vaya, pues espero que podáis poneros de acuerdo.

—No estés tan seguro —respondieron al unísono Edith y Jonathan.

El momento fue interrumpido cuando una mujer muy atractiva se les acercó. Edith no se sorprendió porque fuera una vampira como ella, porque no era ni mucho menos, la primera con la que se cruzaba, pero lo que sí llamó su atención, es que se fuera directa a por Jonathan y tras colgarse de su brazo, se inclinó y depositó un beso en la mejilla que era cualquier cosa menos algo insignificante. Parecía que todo lo que hiciera aquella mujer, debía de estar cargado de erotismo. Tanto su cabello rubio que caía en suaves hondas, como sus labios, sus ojos sesgados, toda ella era como una bomba sexual a punto de explotar.

Edith percibía la seguridad en sí misma y el gran poder que rodeaba a la vampira y no le gustaba sentirse en desventaja. Ella no era cualquiera, pero sabía que la vampira era mucho más vieja y por lo tanto, más fuerte.

—¿Vamos? —preguntó la vampira con voz melodiosa.

—Claro, pero antes me gustaría presentarte a alguien —Jonathan la atrajo a él y con la mano libre señaló a Edith—. Ella es Edith White y su acompañante Ian Jenkins. Ésta es Rachel Hurt.

La mujer abrió mucho los ojos al oír su nombre y Edith se preguntó si ya sabía quién era ella. Quizás ambos trabajaban juntos para hacerse con sus valiosos objetos. Le costó indagar, porque la mujer se cerró herméticamente y no pudo leer ni sentir nada que le diera una pista de quién era.

Se estrecharon la mano y Rachel dirigió una mirada poco amistosa en dirección a Edith y otra mucho más atrevida a Ian.
Estaba acostumbrada a que su cita causara estragos entre las mujeres porque era muy atractivo, pero lo que la vampira estaba haciendo, era repasarlo con un descaro que molestó a Edith.

—Encantado —dijo educadamente Ian al estrecharle la mano a Rachel.

Edith puso los ojos en blanco sin poder contenerse. La escena la estaba incomodando mucho y quería marcharse del restaurante, pero no deseaba tener que explicarle a su pareja, que era la vampira que acababa de conocer y su acompañante los que le hacía sentirse así.

Notó algo extraño y también la tensión que emanaba de Ian, le acarició el brazo y supo que Rachel intentaba meterse en su mente para manipularla de alguna manera, aunque no sabía el motivo por el que quisiera hacer eso. Se ofendió por su atrevimiento y le dieron ganas de lanzarse a por ella y borrarle esa sonrisa coqueta de un puñetazo.

—¿Puede saberse qué pretendes? —siseó, intentando moderar el tono de su voz.

La vampira pareció confusa por un instante, aunque rápidamente compuso la máscara que se había colocado para no desvelar nada. A Edith le provocó desconfianza y quiso alejarse de ella. Normalmente los vampiros son reservados, pero nunca conoció a uno que escondiera también lo que sentía en ese momento, y pensó que aquello no presagiaba nada bueno.

—¿Por qué le proteges? —se interesó Rachel con una mirada penetrante que dirigía a ambos—. A no ser, que él sepa…

Jonathan frunció el ceño pensativo al oír la insinuación de la mujer que colgaba de su brazo.
—No es asunto tuyo —interrumpió Edith, no deseaba poner a Ian en peligro, y estaba empezando a sospechar que Rachel era eso exactamente—. Si nos disculpas, tenemos una mesa reservada.

Le lanzó una mirada de odio a Jonathan, que parecía muy entretenido aunque confundido con el numerito que estaban montando. Si volvía a verle, ajustaría cuentas con él, se prometió Edith.


Podéis encontrarla en amazon.es

Os dejo el book trailer aquí.



lunes, 22 de septiembre de 2014

Reseña de "Un viaje salvaje" por Nerea

Lo primero que quiero es agradecer a Nerea su reseña, su tiempo y el hecho de haber valorado tan bien mi libro. Es un placer saber que mis lectoras disfrutan con lo que escribo.

GRACIAS!!!


Podéis verla aquí.

Y podéis adquirirla aquí.

Mi reseña sobre "Distancia en el viento" de Gloria Herrera



Es una novela romántica histórica con un toque dramático.

Está muy bien escrita, el estilo no es muy frecuente, pero me gusta porque es muy directo. Las descripciones y detalles que narra la autora, son perfectos para meterte en la historia y comprender la situación y sentimientos de los protagonistas.
El romance entre los personajes es tan complicado y prohibido por la época en la que se desarrolla que resulta desgarrador a veces y sin embargo no puedes dejar de leer para ver qué ocurrirá a continuación.

Las escenas entre ellos están escritas con ternura y una sensibilidad preciosas. A pesar de las trabas de la sociedad y los vaivenes en su propia relación, la historia de amor es increíble. 

El destino puede ser generoso o muy cruel a veces y eso queda patente cuando Dominik sufre los giros que se suceden en su vida.

El final es sin duda algo inesperado. Sufrí escalofríos y me quedé con ganas de saber más, sin duda espero poder leer lo que le espera en el futuro al joven Duque.

Es una lectura ágil y muy sentimental que estoy segura de que encantará a los lectores amantes de éste género.

jueves, 18 de septiembre de 2014

"Mi vampira traviesa" en Amazon

Me alegra comunicaros que mi nueva novela de romance sobrenatural, ya está publicada en amazon, en papel y kindle. 
Espero que os animéis a leerla y comentarla. Y sobretodo que la disfrutéis muchísimo.

Un abrazo y buen fin de semana!



Edith White es joven y hermosa. Nunca ha tenido una vida fácil, es una vampira cuyo destino le fue impuesto y no piensa tolerar que nadie más le diga cómo tiene que hacer las cosas. 
Se guía por su propio código… hasta que Jonathan Brown se cruza en su camino y no para hacerle la vida más fácil. 
Es atractivo, seductor y de la misma naturaleza que ella. Le enseñará que en la vida a veces merece la pena dejarse llevar y olvidar al resto del mundo. 
Pero es algo que Edith no puede hacer cuando sabe que Ian y Samantha podrían estar en peligro por su culpa. 
Tendrá que enfrentarse a muchas cosas, incluso a la verdad que le fue negada hace años, para conseguir la vida que desea. 
¿Lo logrará a pesar de que quizás tenga que renunciar a algo importante para ella?


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El book trailer podéis verlo aquí.


Gracias!

viernes, 12 de septiembre de 2014

Mi vampira traviesa. Capítulo 2


Os anuncio que en dos semanas estará publicada la novela en papel y kindle en amazon. Pronto podré avisaros del día exacto, así que estad atentos. Buen fin de semana a todos!!!
Espero que disfrutéis de este nuevo capítulo que os dejo.





2





—No hay nada de nada —aseguró—. De hecho, acabo de conocerle.

Samantha puso una mueca de disgusto no muy convencida, entonces soltó un grito ahogado y se tapó la boca con las manos. Edith vio cómo sus ojos se agrandaban por la sorpresa y la miró interrogante.

—¿Él está detrás de aquel robo que hubo en la tienda?

—Sí —aseguró sin rastro de duda. Hubiera deseado que Adolf no fuera el causante de todos sus problemas, pero ahora que lo sabía, al menos era consciente de a quién se enfrentaba—. Mi creador siempre estuvo un poco obsesionado conmigo, aunque ahora creo que con quien de verdad estaba obsesionado era con mi madre, ya que algunos de los objetos que robó de la caja fuerte, le pertenecieron. Son lo único que me queda de ella y no voy a permitir que me los arrebate de nuevo.

—Ya imaginaba que eran especiales, porque nunca quisiste exponerlos, pero nunca imaginé algo así.

—Siento no haberte dicho la verdad —se disculpó—. Creí que si te decía quién era yo en realidad, huirías. En el mundo en que vivimos, todo lo que se sale de lo convencional, asusta mucho.

—Qué me vas a contar… —convino Samantha sonriendo—. Bueno, tenemos que ponernos al día con muchas cosas, pero antes de nada, me gustaría echarte una mano con tus reliquias de familia.

—¿Qué piensas hacer?

La desconfianza brotó naturalmente de Edith. No es que no quisiera la ayuda de su amiga, pero cada vez que algo relacionado con su pasado estaba en juego, en especial los recuerdos de su madre, sus instintos protectores entraban en alerta máxima. Había dejado muchas cosas atrás en su vida, pero aquello no podía volver a perderlo.

—Tranquila, confía en mí.

Samantha posó su mano en el brazo de Edith y le transmitió aquello que ella necesitaba sentir: fe en alguien que no fuera ella misma. Por una vez en su vida, notaba que podía depositar su confianza en otra persona, sabiendo que no la defraudaría.

Saber si la gente mentía era uno de sus poderes a causa de su naturaleza. Se dio cuenta de que en ese momento, ser vampiro no le resultaba algo tan malo.

—Confío en ti.

Era todo lo que Samantha necesitaba oír para ponerse manos a la obra. Usar la magia no era algo que le agradara en exceso, pues aunque había nacido con esos dones, era muy consciente de que usarla tenía un alto precio. Pero cuando lo hacía para ayudar a alguien a quien apreciaba, no le importaba pagarlo.

Solo necesitaba usar el poder de un fenómeno como la luna, y sabía que ese fin de semana era el momento adecuado, ya que el ritual sería más fuerte y puro en ese instante y así se lo hizo saber a Edith.

—Está bien, quedaremos este fin de semana en mi casa.

—¿Crees que es una buena idea? —preguntó Samantha con preocupación—. No quisiera que los que están detrás de todo esto descubrieran dónde los hemos ocultado. Creo que es mejor que los traigas a la mía, porque puedo hacer un hechizo de ocultación y así evitar que te sigan a ti o a mi propio apartamento.

Edith lo meditó unos segundos. No le hacía gracia trasladar de nuevo los objetos, pero por otro lado, sabía que su amiga tenía razón. Seguro que estaba siendo vigilada, ya que si tanto deseaban lo que andaban buscando, harían lo que fuera para dar con ellos. Sabía que tenía que hacer lo mejor para mantener a salvo sus recuerdos de su vida pasada, porque eso sí que era algo que no podría recuperar jamás.

—Tienes razón. Esta noche cuando cerremos la tienda, me explicas lo que tengo que hacer, porque ahora me temo que tenemos que regresar —dijo señalando con la cabeza hacia la tienda—. Hay varios clientes esperando bastante molestos.

—¿De verdad? —preguntó sorprendida. Al ver el asentimiento de Edith, sonrió—. Es una pasada que puedas saber todo eso, tienes que explicarme muchas cosas.

—Tú también tienes que contarme cómo es ser una bruja, ya que nunca he conocido a ninguna y me tiene intrigada.

Con una sonrisa, ambas volvieron por el almacén hacia el interior de la tienda.



Los descubrimientos de esa tarde, debieron resultar abrumadores para las dos amigas. Pero en lugar de eso, por fin quedaron las cosas claras de una vez por todas. Tanto Edith como Samantha habían sospechado que había algo más que lo que se veía a simple vista, pero el miedo las hizo guardar silencio. Ahora sin embargo, mientras trabajaban, se miraban con complicidad. Sabían por fin lo que tanto deseaban conocer de la otra y podrían empezar de nuevo sin secretos, pues ambas compartían algo que no era difícil revelar a todo el mundo, y eso era, su naturaleza sobrenatural.

Edith notó que su amiga estaba más animada que momentos antes, al parecer la interrupción de esa tarde, le había venido bien para olvidar sus problemas con su novio. Pensó que al menos sirvió para algo.

No pudo evitar pensar en Jonathan durante toda la tarde mientras atendía a varios clientes snobs que le estaban haciendo perder la paciencia. Su rostro apuesto y viril, su imponente altura y sus ojos verdes, profundos y misteriosos como los bosques del norte, hacían acto de presencia en su mente, como fotografías grabadas en su mente. Sobre todo le había desorientado que al final confesara su nombre, ya que al principio, no parecía muy dispuesto a decirle nada en absoluto.

Se le planteaban muchas preguntas con respecto a ese hombre que había decidido dar la cara, puesto que la primera vez que le robó, lo hizo por la noche y tan sigilosamente que ni siquiera saltó la alarma. Desde luego era bueno en su trabajo, lo que le hacía pensar que esta vez había logrado su objetivo: poner fuera de circulación los recuerdos de su madre, y fuera del alcance de Adolf Callaghan y Jonathan Brown.

Pasó la tarde rememorando su voz y todo lo relacionado con él, y cuando llegó el momento de cerrar la tienda, se dio cuenta de que se estaba comportando como una verdadera estúpida. Había logrado vivir su vida de inmortal, conservando su cordura y su corazón intactos y bastaron unos pocos minutos al lado de ese hombre -con un cartel invisible que anunciaba peligro-, para que estuviera perdiendo la cabeza por su culpa.

Tenía que quitárselo de la cabeza y sabía exactamente cómo hacerlo: esa noche saldría por ahí. La idea la animó los pocos minutos que le quedaban de estar trabajando.

Cuando estaban fuera, Edith miró a un lado y a otro y concentró toda su energía en examinar la zona a fondo, no deseaba que su conversación con Samantha fuera escuchada por oídos indeseados.

—¿Estás completamente segura?

—Sí, tranquila, no hay nadie cerca que pueda oír nada, y si pasa alguien puedo notar si es un vampiro o no.

—Es una locura… —murmuró una fascinada y nerviosa Samantha—. Bueno lo que tienes que hacer esta noche, digamos a las diez, para asegurarte que yo haya llegado a mi casa, es poner dos velas normales a cada lado de los objetos que necesites ocultar. Yo me encargaré de establecer contacto contigo. —Dicho esto, le dio su colgante a Edith—. Llévalo encima. No hace falta que hagas nada, aunque me serviría de ayuda que permanecieras junto a las velas unos minutos. Seguramente percibirás la energía, así que sabrás el momento en que yo haya terminado el ritual.

—Así lo haré.

Se quedó pensativa y miró el colgante dorado de estrella de su amiga, preguntándose si tenía algún significado especial para Samantha, ya que lo llevaba siempre. Consideró todo un gesto de confianza, que se lo entregara, pues sabía lo difícil que resultaba desprenderse de las cosas que tienen valor sentimental.

—Fue un regalo de una bruja mucho más poderosa que yo —explicó sin necesidad de oír la pregunta—, y como lo llevo desde hace muchos años, servirá de amuleto y me ayudará a conectar mejor contigo aunque estemos lejos.

—Gracias por hacer esto por mí. Muy pocas personas me han ayudado a lo largo de toda mi vida, y menos sin apenas conocerme.

—No te preocupes por nada, el hechizo de ocultación saldrá bien.

La miró con cariño y aunque conocía lo suficiente de Edith para saber que no se abría fácilmente, supo que desde ese momento su relación de amistad sería muy distinta.

Sería mejor.



Edith caminó unas pocas manzanas hasta su ático del Upper East Side. Hacía ya diez años que vivía en la zona, aunque no tenía muy claro que pudiera quedarse mucho más, teniendo en cuenta que las personas que la veían a diario, pronto empezarían a notar que no envejecía absolutamente nada. Y no es que fuera algo tan extraño, pues las mujeres adineradas pagaban una fortuna por tener una apariencia perfecta y joven, pero dado que ella solo tenía veintiún años, sí que resultaría extraño, que su imperturbable apariencia juvenil pasara desapercibida por demasiado tiempo.

Saludó al señor Gilbert, el portero del edificio, y se encaminó hacia el ascensor. Estaba pensando en el vestido que se iba a poner esa noche para salir, cuando al abrirse las puertas se encontró con un par de ojos verdes que la miraban con intensidad. Una inoportuna oleada de placer la recorrió cuando vio que llevaba un traje imponente de color negro con una corbata oscura. Ensimismada con el irresistible atractivo del vampiro, se dio cuenta de que en realidad prefería verle con su look de tío peligroso: vaqueros y chaqueta de cuero oscura.

—¿Qué quieres? —espetó furiosa consigo misma.

—Ya sabes lo que quiero.

Alargó tanto la última palabra, que Edith pensó que en realidad lo que quería decir era algo distinto y mucho más íntimo, que la recuperación de los objetos. Posiblemente a ella, por la mirada lasciva que le dirigía. Pero no estaba dispuesta a dejarse llevar por una cara bonita.

Estaba cansada de pasar por alto la desconfianza que la alertaba cuando estaba en presencia de un hombre o vampiro que guardaba secretos y mentía descaradamente. Aunque muchas veces lo hacían para protegerse a sí mismos y su intimidad, Edith también sabía que en muchas ocasiones, solo deseaban ocultarle lo peor que había en sus interiores y así lograr que cayera en sus redes.

Todo el mundo tenía secretos, incluso ella misma, pero lo peor de todo no era eso, sino las intenciones que llevan a la gente a ocultar ciertas cosas. Cuando se hace por puro egoísmo y para lograr sus objetivos sin importar quién pueda salir herido, al ser desvelados de forma inevitable tarde o temprano, el dolor que causa puede ser devastador. Edith detestaba esa sensación de traición, de sentirse utilizada, engañada y manipulada.

Llevaba mucho tiempo protegiéndose de los demás y sobretodo de los hombres, pero el escalofrío que recorría su cuerpo cuando Jonathan estaba cerca, le hacía pensar que volvía a estar en serio peligro. La última vez que se permitió sentirse vulnerable de ese modo ante un hombre, acabó en un baño de sangre.

—Será mejor que te vayas, y que no se te ocurra acercarte por aquí nunca más —advirtió Edith.

—¿Por qué estás tan nerviosa?

La voz del vampiro era apenas un murmullo ronco. Edith notaba la excitación de él y la estaba enervando de una manera que casi no podía controlar. No dejaba de luchar por sus propios sentimientos, ya que al parecer su cuerpo no estaba en sintonía con su mente, que se negaba a consentir cualquier atracción ante el atractivo hombre que se acercaba de manera peligrosa.

—Lárgate de mi casa.

—Tengo que hablar contigo.

—Por favor vete, tengo cosas que hacer y no deseo tenerte por aquí merodeando.

Su tono de súplica y casi desesperado, le ablandó lo suficiente para desistir por el momento.

Jonathan percibía tal tumulto de sentimientos encontrados que no sabía cómo interpretarlos. Notaba que ella también era consciente de la atracción entre los dos, pero por alguna razón que desconocía, ella luchaba contra ello. Y eso solo le hacía desear desentrañar el misterio.

Nunca había conocido a una mujer que fuera una fuente de contradicciones tan manifiesta como Edith. Quizás fuera, porque al ser una vampira, le costaba menos leer en ella. Aunque sin duda podía ver que, tanto su interior como su exterior -perfectamente estudiado-, eran como un libro abierto. Estaba seguro de que esa era unas de las mejores cualidades que Edith había conservado cuando se hubo convertido.

Una vez más, sus obligaciones le devolvieron a la cruda realidad. Callaghan deseaba resultados y se suponía que él estaba allí para lograr lo que su jefe deseaba. Aunque su último descubrimiento esa noche, había sido el enterarse de que no era el único que estaba tras la pista de los objetos perdidos, robados y recuperados por Edith.

Jonathan pensó que ella estaría nerviosa porque los tenía guardados en su casa. Debió imaginar que nadie la localizaría allí, pero él no era cualquiera. Era un investigador experimentado y pocas cosas escapaban a su control, menos aún si le interesaban personalmente, como era el caso de la vampira que tenía delante.

Cuando ella abrió la puerta, le miró con los ojos entrecerrados, como midiendo si debía usar la fuerza con él para que se fuera, y eso le hizo gracia a Jonathan. Pocas personas eran capaces de enfrentarle. No podía por menos, que admirarla aún más por ello. Claro que ella era mucho más fuerte por los años que le superaba como vampira, pero él había practicado y entrenado durante años y sabía cómo defenderse y desde luego, como devolver un golpe. Aunque no estaba allí para eso.

—Tengo que advertirte…

—¿En serio? ¿Me vas a advertir sobre Adolf o sobre ti? —le cortó ella.

No se esperaba aquella salida y menos aún a la sonrisa traviesa que asomó a los carnosos labios rosados de Edith. Se quedó mirando en aquella dirección lo que le pareció una eternidad y cuando quiso darse cuenta, ella le había cerrado la puerta en las narices.

Maldijo en voz baja para no llamar la atención. Sabía que ella le habría oído, desde luego. El sentido del oído vampírico era capaz de captar muchos sonidos que escapaban a los humanos. Miró la puerta y Jonathan se dio cuenta de que ella había usado su mejor arma contra él. Ese precioso rostro que le tenía encandilado desde que lo vio por primera vez, iba a ser todo un problema, pues le resultaba irresistible y ella era muy consciente del poder que tenía sobre los hombres. Debía de andarse con cuidado o se metería en un buen lío: su jefe no toleraba los fracasos y era propenso a deshacerse de aquellos que le defraudaban. No sabía el motivo, pero pensó que si no era capaz de manejar bien la situación con Edith, sería mucho peor de lo que hubiera imaginado nunca.



Se alejó de la puerta y fue directa a su habitación, porque sabía que el vampiro aún andaba cerca y no quería que notara que su pulso latía a toda velocidad por su culpa. Había intentado sonar despreocupada, pero sabía que su fachada no servía de nada ante un vampiro.

Edith se deshizo de su vestido de punto y lo puso en una percha a un lado del armario, para que Roxanne Wilson lo llevara al tinte. La señorita Wilson era la mujer que llevaba su apartamento en una de las calles más prominentes de Manhattan, tenía treinta años y era educada y eficaz. Edith a menudo se preguntaba qué haría si no la tuviera a su disposición, así que la cuidaba casi como si Roxanne fuera su hermana pequeña. Sabía que la echaría de menos cuando tuviera que marcharse, pero era inevitable y más pronto que tarde, ocurriría.

Se metió en la ducha y mientras el agua caía por su tersa piel nívea, su mente conjuró la imagen de Jonathan una vez más ese día. Se preguntó cómo sería sentir sus manos por todo su cuerpo, acariciándola y haciéndola estremecer.

Un suspiro ahogado salió de sus labios y entonces se dio cuenta de que se estaba comportando como una demente. No sabía cómo era posible que ese hombre desconocido se estuviera metiendo en su cabeza de esa manera. Se puso alerta para detectar si aún estaba cerca y por alguna casualidad, lo estaba haciendo a propósito entrando en su mente sin ser invitado, pero no fue capaz de notar nada fuera de lo común en su casa o alrededores.

Escuchó su móvil y con una velocidad pasmosa, se secó con una toalla y fue a por él. Era un mensaje de Samantha para avisarla que estaba a punto de comenzar el ritual de ocultación de los objetos. Ese fin de semana realizarían uno de protección cuando estuvieran ocultos en casa de su amiga, pero como no deseaba transportarlos por el riesgo de ser descubiertos por personas indeseadas, tenían que tomar ciertas precauciones. Para ello, Edith y Samantha serían las únicas que podrían verlos y establecer contacto con ellos.

Se vistió rápidamente con un vestido negro corto de tirantes y colocó en la puerta del armario una chaqueta larga muy elegante para ponérsela cuando fuera a salir. Dejó sus zapatos de tacón y el bolso junto a la chaqueta.

Edith cogió el colgante de su amiga y fue como un rayo a por unas velas que había en el salón. Le gustaba dar rienda suelta a sus poderes de vampira cuando estaba sola en casa, porque era agotador tener que fingir todo el tiempo que había humanos alrededor y pocas veces podía ser ella misma.

Tenía un tocador en su dormitorio, una pieza antigua que restauró, porque le traía recuerdos de su infancia y pensó que era el lugar ideal para colocar el joyero con el anillo de su madre dentro. Según le contó, ese anillo fue pasando de generación en generación, aunque Margaret no supo nunca asegurarle cuántos años tenía. Y ella nunca quiso investigarlo, porque habría tenido que hablarle de él a alguien y no se veía capaz de hacerlo por miedo a que se lo robaran. Aunque eso mismo ocurrió cuando conoció a Adolf y éste lo vio por primera vez. Nunca supo interpretar el interés de él por ese anillo, pero supuso que era de gran valor económico también, y por eso deseaba recuperarlo.

Con las velas encendidas y el colgante de Samantha en la mano, puso el joyero justo entre las dos velas. Con una sonrisa, Edith añoró los tiempos en que esas velas eran lo único que iluminaban el espejo donde se observaba mientras se peinaba su largo cabello moreno.

Supo con exactitud cuándo comenzó el ritual de su amiga, pues una energía muy poderosa invadió la estancia. En ese momento sintió algo más, aunque no demasiado cerca para saber qué era. Edith se mantuvo quieta mirando la llama de una de las velas y esperó a que terminara.

Sintió una presencia en la habitación. Demasiado cerca de donde estaba ella, su corazón empezó a latir de forma desbocada y el miedo casi la paraliza, no porque la asustara la persona que estaba justo detrás de ella, pues sabía muy bien de quién se trataba, sino porque había faltado muy poco para que descubriera lo que estaba haciendo ella en ese momento. Dio gracias en silencio a Samanta por haber terminado el conjuro justo a tiempo. Se puso el colgante al cuello y se giró.

Allí estaba Adolf Callaghan.



Muy pronto más...


Os dejo el book trailer aquí.