lunes, 26 de septiembre de 2016

Elsa no sabe lo que quiere - Fragmento - Capítulo 3



Porque no todo es lo que parece, ni todo es tan sencillo a veces...
Aquí os dejo un nuevo fragmento que espero que os guste:


[...]
   Su pregunta, formulada de manera inocente vista desde fuera, fue tomada con expresiones un tanto chocantes para Elsa. Dejó el desayuno en su mesa, y su sonrisa desapareció al instante. Miró a uno y otro sin saber qué pasaba allí, o qué pensar. Se le pasó por la cabeza que había ocurrido algo malo, y enseguida se sintió desfallecer.

   —¿Ha pasado algo?

   Elsa detestó el tono débil e indeciso que salió de sus labios. Y no sabía por qué su voz había sonado así.

   La puerta de la agencia se abrió en ese momento, y un hombre mayor, con el pelo blanco y traje caro, se dirigió hacia la mesa que ocupaba Iris con paso lento pero decidido. Los tres le miraron y este se detuvo un momento, pero enseguida Iris tomó el control de la situación. Le saludó con una sonrisa y le invitó a sentarse al otro lado de su escritorio. Elsa y Román caminaron unos pasos hacia el lugar de trabajo de ella, que estaba justo enfrente, a unos dos metros de distancia. La agencia era un espacio elegante, moderno y espacioso, de modo que podían hablar tranquilamente sabiendo que no serían escuchados. 

   —Román —advirtió Elsa para que se explicara.

   Este se mostró ciertamente cohibido, pero le dedicó una media sonrisa, intentando parecer despreocupado. No la engañó ni por un segundo, Elsa conocía muy bien sus expresiones. Y si no había ocurrido una tragedia, no entendía qué hacía allí. Más aún, cuando le creía en el trabajo, y su marido sabía que ella no trabajaba ese día.

   —Pasaba por aquí y entré para saludar, nada más —dijo con tranquilidad.

   Elsa se enfadó de veras en ese momento, aunque trató de evitar sentirse así, para que no se notara en sus facciones. La oficina de Román quedaba como a una hora de allí, y apenas salía nunca para hacer recados, y mucho menos para tomar un descanso, o lo que sea que estuviera haciendo, de modo que le sonó a excusa barata, o a una simple evasiva para no exponer su razón para encontrarse en su lugar de trabajo, sabiendo, como sabía, que tenía el día libre. Algo estaba pasando, y no se imaginaba qué sería. Como jamás había ido a saludarla a ella durante la mañana, supo que no se trataba de nada bueno. ¿Pero el qué? Eso estaba por ver.

   —Oh, ¿tenías algo que hacer por la zona? —preguntó con suavidad.

   Román la observó unos segundos. Si se había dado cuenta de que Elsa trataba de pillarle en una mentira, no se hizo el entendido. Miró a Iris de forma muy breve y de nuevo centró su atención en su mujer.

   —Sí, vine a la oficina de esta zona para una reunión. Tenía que recoger unos papeles urgentes —explicó con un ligero asentimiento de cabeza, como para tratar de dar más énfasis a su declaración.

   Elsa se mostró impasible mientras observaba las vacías manos de su marido metidas en los bolsillos de su pantalón de vestir. Resultaba obvio que era una falsedad lo que había salido de sus labios, lo que no supo era porqué la engañaba, o desde cuándo se dedicaba a mentirle a la cara.

   —Ah, bien.

   Le miró a los ojos con fijación y pudo ver que estaba incómodo, y este desvió su atención a un cuadro abstracto y colorido de la pared. Elsa no quiso montar un numerito, pero sintió ganas de gritarle. ¿Es que se creía que ella era imbécil, que no veía que no estaba siendo sincero?

   Se sintió impotente; más que nunca. No sabía qué le ocurría, y sobre todo, no entendía sus motivos para no contárselo. Ella era su mujer; ¿qué podría ser tan malo, como para que intentara mentir sobre ello, y que encima, se quedara allí tan aparentemente tranquilo, siendo consciente de le había pillado?

   Desde luego, no se le ocurrió nada. Se sintió como una tonta, fuera de lugar, y descolocada. No le gustó la sensación.

   Román miró su reloj con aire distraído y dijo que tenía que irse. Debía estar en el trabajo enseguida. Elsa compuso una débil sonrisa cuando este le dio un ligero beso en la mejilla. Saludó a Iris con la mano mientras caminaba hasta la puerta como alma que lleva al diablo, y desapareció en cuestión de segundos de su vista.

   Elsa permaneció un segundo sin saber qué hacer, dio un paso hasta su mesa y se apoyó contra ella mientras Iris tecleaba en el ordenador y el señor trajeado esperaba paciente. Al parecer tenía varios viajes de negocios que organizar, de modo que cuando Elsa vio que le quedaba un buen rato a su jefa para acabar de atenderle, la miró, sintiendo ganas de salir de allí, y le dijo que tenía el desayuno en su mesa. No quería ponerlo en la de Iris mientras un cliente estuviera allí mismo, eso sería mal educado.

   Por la enorme barriga que intuyó Elsa, supo que el hombre no perdonaba muchos donuts glaseados, así que era mejor apartar la tentación.

   —Muchas gracias —dijo Iris sin mirarla apenas. Ella la escrutó un momento sin saber porqué parecía tan distante. No era nada típico, a menos que hubiera cambiado su personalidad en el trascurso de una noche.

   La puerta del cuarto de baño se abrió y Priscila apareció en la oficina. Saludó a Elsa con una amplia sonrisa y se sentó en la tercera mesa que había, la que ocupaba la joven, los días que iba a trabajar para sustituirlas.

   —Eh, ¿qué es eso que huele tan bien? —preguntó Priscila echando un rápido vistazo a la habitación.

   —He traído el desayuno para Iris —contestó Elsa observando la reacción de su jefa.

   —Sí, luego lo tomo, no te preocupes —dijo, ya que como era evidente, ahora estaba ocupada. Se quedó un breve momento paralizada, devolviendo la atención unos instantes a Elsa, pero demasiado rápido, retomó su trabajo, sin mostrar su habitual alegría y descaro.

   —Pero si acabas de ir a tomar café con Román —comentó Priscila de un modo casual, sin darse cuenta de las implicaciones de sus palabras. Elsa miró a Iris y ella hizo lo propio con una expresión clara de culpabilidad, que trató de ocultar por todos los medios. La joven ayudante siguió hablando, sin percatarse de la tensión que provocaba, cuando se levantó—. Si quieres yo doy cuenta de lo que has traído, aún no tuve tiempo de tomar un descanso y estoy muerta de hambre. ¿No te importa, verdad Iris?

   Esta negó con una leve y tensa sonrisa.

   —Claro, todo tuyo —murmuró Elsa concisa.

   Román había ido a tomar café con su amiga. Bien, eso no tenía nada de especial, puesto que los tres se conocían desde hacía años y estaban íntimamente unidos, y de un modo bastante literal, puesto que más de una vez habían retozado los tres juntos entre las sábanas; este era el juego más morboso y adictivo que tenían y siempre lo gozaban muchísimo. Pero lo que no entendía Elsa, era porqué habían mentido sobre ello (o más bien lo hizo Román al inventarse todo eso de la reunión), como tampoco lograba comprender la expresión culpable y casi torturada de Iris cada vez que sus ojos se desviaban en su dirección. No sabía a qué venía esconder que eran amigos y tomaban café de vez en cuando. 

   Mientras Priscila volvía a su mesa para comer durante su breve descanso, Iris terminó de atender a su cliente y este se marchó contoneando su orondo cuerpo, dejándolas una frente a la otra, sin saber qué hacer o qué decir.

   —Elsa… yo… —balbuceó Iris con incertidumbre, y con aspecto de desear estar en cualquier otro lugar.

   Se levantó y fue hasta ella, quedando a pocos pasos de distancia. La tensión se elevó hasta casi dejar a Elsa sin aliento. Una loca idea empezó a tomar forma en su mente, pero algo en su interior le decía que no podía ser cierto. No, imposible.

   Notó que se agolpaban las lágrimas en sus ojos y odió la sensación que la invadió. Ella no era débil, y mucho menos una llorona. Quiso preguntarle directamente, pero recordó que no estaban solas, y no quería exponer sus asuntos privados delante de nadie, más aún, porque sus leves sospechas no estaban confirmadas. Cabía la posibilidad de que la actitud de su amiga y su marido, fuera por una buena razón, o hubiera una mejor explicación que la que tenía en su cabeza. Al menos ella deseaba descartarla por completo. Eran amigos, ¿qué podía importar eso? Nada.

   Pero entonces un recuerdo invadió su mente.

   —La conversación de ayer…

   Elsa no pudo terminar la frase, porque vio que una enorme sombra cruzó por el rostro de Iris, y allí tuvo su confirmación aunque todavía no deseaba creerlo.
[...]


Los tres primeros capítulos, incluido este fragmento, podéis leerlos gratis en amazon, pinchando en la imagen de portada:

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¡Gracias y feliz semana!


lunes, 19 de septiembre de 2016

Lecturas para este otoño


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(Vampiros, brujas, y muchos misterios por resolver)

Podéis adquirir "Elsa no sabe lo que quiere" aquí.
(El amor y la amistad se pondrán a prueba, la sensualidad está servida)

Podéis adquirir "El frágil lazo del amor" aquí.
(El amor puede hacernos vulnerables, pero también puede hacernos fuertes)

Podéis adquirir "Por el amor de una dama" aquí.
(Todo ocurre por una razón, hasta aquello que nos hacen daño)

¡Feliz lectura!

viernes, 16 de septiembre de 2016

Elsa no sabe lo que quiere - Capítulo 1

Buenos días y feliz viernes!! 

Aunque ya sabéis que podéis leer gratis los tres primeros capítulos de mi última novela en la web de amazon...


(con pinchar en la imagen ya os aparece el interior, las páginas que amazon ofrece gratis), de igual modo aquí os dejo el primer capítulo. 
Espero que lo disfrutéis! 



   Elsa no pudo evitar tamborilear los dedos en la mesa mientras sus clientes miraban los folletos informativos del viaje de novios que pensaban contratar. Y no es que estuviera impaciente, no mucho al menos. Era solo que estaba deseando salir del trabajo para ver a su marido. Aún quedaban unas horas, pero tenía unas ganas locas de sorprenderlo esa noche. 

   Sintió un hormigueo en la parte baja del estómago al imaginar la cara que pondría él cuando llegara a casa por la noche.

   No era una mujer de sorpresas, pero cada año, en su aniversario, preparaba algo especial. Estaban a 20 de abril, lunes; es decir, un rollo porque caía justo en el inicio de la semana, pero eso le daba igual. La agencia de viajes donde trabajaba cerraba a las ocho, de modo que tenía tiempo de sobra para llegar a casa, prepararse y también arreglarlo todo.

   La pareja que estaba sentada en el otro lado de su mesa la miró; ella dejó sus manos quietas y les dedicó una pequeña sonrisa para disculparse. Lo último que necesitaban era que les metiera prisa, porque el viaje de novios era algo que se debía pensar con tranquilidad. Si bien Elsa no era tan indecisa, sino más bien algo impulsiva, sabía que otras personas lo eran mucho más que ella, y necesitaban tiempo para tomar decisiones.

   Se puso a recordar su luna de miel con Román; fueron a Estados Unidos, pasaron una semana entera en Barbados y durante las casi tres semanas restantes, se dedicaron a visitar los lugares más conocidos del país: la Estatua de la Libertad, El Empire State Building… y un millón de lugares más (no literalmente, claro). Se lo pasaron en grande, y lo mejor fue que disfrutaron el uno del otro. Estaban enamorados, así de simple. A los dos les hubiera dado igual haberse quedado en Granada, de donde eran, y donde vivían; lo único que les importaba era estar juntos. Divirtiéndose.

   —Usted está casada —comentó la joven de mirada brillante, para atraer su atención. Había visto su alianza y no le preguntó lo que le parecía obvio—. ¿Nos recomienda algún lugar que tenga playa y sea muy romántico? —preguntó con una amplia sonrisa expectante.

   —Claro, a ver… —comentó pensativa—. Si la playa es imprescindible, os dejo algunos folletos más, y estos —dijo, retirando los que hacían publicidad de lugares de montaña— los guardamos.

   Se quedó un rato pensando en eso de “romántico”. Desde luego ella no creía en el amor, aunque no negara en rotundo su existencia, y no porque su apellido fuera justo ese, Amor; sino porque realmente estaba enamorada de Román, estaba convencida; pero el romanticismo ya era otro tema. Y ella no se consideraba en una experta en él. Flores, bombones y frases cursis eran todo lo que no soportaba en una relación.

   Elsa y Román eran una pareja acomodada, práctica y no muy tradicional en el dormitorio. Así que, pensando en eso del lugar romántico para el viaje de sus soñadores clientes, le dirigió una mirada socarrona a su jefa y amiga: Iris Guerrero, y un segundo después, les sonrió a los novios.

   Iris, por su parte, carraspeó de manera intencionada y siguió a lo suyo, aunque Elsa sabía que en su interior, estaba riéndose de su situación. La conocía bien desde hacía años. Sabía que cada vez que alguien le preguntaba cuál era su secreto para estar felizmente casada, Elsa respondía que lo mejor era tener una sana y activa vida sexual que no cayera en la monotonía. Lo que descolocaba a la mayoría de personas, para ella era una filosofía, y los que la conocían bien, sabían que lo decía en serio, era su forma de verlo, y no le importaba demasiado lo que los demás opinaran.

   Cada uno era libre de vivir su vida como quisiera.

   Era muy consciente de que, aunque se había casado por la iglesia y adoraba a su marido, hizo lo primero más bien por ambas familias, para no defraudarlas. Ellos se habrían escapado una mañana al juzgado, firmado los papeles, y listo; pero, pensando en los padres, los suegros, tíos y amigos, al final decidieron ir por el camino que agradaría a todos. Su viaje de novios fue algo que planearon con mucha ilusión también, porque los dos tenían ganas de visitar todos esos lugares, y en realidad, en ningún momento pensaron que sería de lo más romántico, sino que lo pasarían bien y de paso, harían algo de turismo. Claro que del mismo modo, cada año viajaban para la fecha de su aniversario, pero unas vacaciones eran simplemente eso: unas vacaciones, un descanso de la monotonía, del día a día. Eso sí era algo que no soportaban, las rutinas repetitivas y aburridas.

   Ellos por el contrario, adoraban las aventuras, y por qué no, también algunas locuras.

   Su luna de miel fue, sencillamente, algo para recordar siempre. Lo pasaron en grande y disfrutaron de un estupendo tiempo juntos y a solas, alejados de todos y de todo.

   —Y bueno —prosiguió, dejando sus pensamientos a un lado—, la elección que hagáis puede ser igual de romántica. Lo importante es que estaréis juntos —añadió con una amplia sonrisa llena de convencimiento. Lo que mejor funcionaba—. No os equivocaréis decidáis lo que decidáis.

   Con esa breve y sencilla explicación, Elsa salió del paso airosa. La pareja se miró a los ojos con cariño, se sonrojó, y continuó charlando acerca de los hoteles entre los que escogerían. Una enorme cama de matrimonio, grandes espejos, vistas al mar, grandes ventanales para dejar pasar la luz de la luna… Elsa desconectó a ratos, y en ocasiones les fue hablando brevemente de ellos, les enseñó fotos en el ordenador, resolvió sus dudas, e hizo cantidad de anotaciones sobre el alojamiento, precios y otros detalles, en unas hojas que guardó en una pequeña carpeta para que se las llevaran y las ojearan tranquilamente en casa.

   Al cabo de un rato se marcharon muy sonrientes, satisfechos con la información, y asegurando que volverían al cabo de una semana o dos, cuando hubieran tomado la decisión.

   —Os esperamos. Buenas tardes —se despidió Elsa cuando alcanzaron la puerta.

   Iris había salido un instante a por unos cafés y no tardó en regresar. Era su costumbre ir a la cafetería que estaba al lado y comprar algo para tomar a media tarde. Dos capuchinos y unas magdalenas con perlitas de chocolate. Si bien para cualquier mujer eso sería un consumo de calorías inaceptable, a ellas les daba igual. No porque no les importaran esas nimiedades, ni hablar, sino porque cuando salían del trabajo, siempre se quedaban en un gimnasio cercano para quemar el exceso de grasa, y para evitar que sus traseros quedaran con la forma de las sillas de la oficina. Trabajar todo el día sentada también tenía sus inconvenientes, pero nada que no tuviera solución, por supuesto.

   Elsa le dio las gracias por el café y se acomodó en su silla mientras lo tomaba. Estaban solas, así que podían descansar un rato. Iris se sentó en la mesa de Elsa mirando hacia ella, y cruzó las piernas dejando a la vista una buena porción de sus bonitas e interminables piernas. Su falda no era muy corta, pero sí tenía una pronunciada abertura a un lado. Si llegaba a inclinarse solo unos centímetros más, podría verse perfectamente la tela de su ropa interior.

   A ninguna le importó aquel detalle. Elsa no se iba a escandalizar, y a Iris le gustaba que todo el mundo contemplara su exuberante cuerpo. No tenía complejos de ningún tipo, y la verdad es que no tenía porqué. Era como una modelo de Victoria Secret, solo que ella tenía el cuerpo más rellenito (y con el pecho operado para aumentar varias tallas), no era, ni mucho menos, tan esquelética como se veían algunas en televisión y en las revistas de moda. Su pelo dorado, sedoso, y ondulado, caía por su espalda hasta la cintura, tenía unos preciosos, grandes y sesgados ojos azul claro, y unos labios carnosos, diseñados para susurrar obscenidades a los hombres, y por qué no, también a las mujeres. Estaba orgullosa de ser bisexual, y Elsa, orgullosa de que no lo escondiera. Francamente, le molestaban las personas que se avergonzaban de su sexualidad, y creía que por ese motivo, cuando empezó a trabajar con Iris, le cayó bien al instante; era sincera, directa, extrovertida y simpática. No entendía cómo estaba soltera, porque además, su belleza exterior tampoco dejaba indiferente a nadie. La consideraba como una de sus mejores amigas, ya que siempre podría hablarle de todo sin tener que medir sus palabras. Para ella, era como un soplo de aire fresco, y algo que adoraba de su sincera amistad; podían ser ellas mismas, y contarse sus secretos más íntimos y personales, que resultarían escandalosos a personas con la mente cerrada.

   Elsa tampoco era una mujer fea, para nada. Tenía el pelo castaño claro, aunque le gustaba ponerse reflejos rubios. Sus ojos eran de un azul claro muy bonito, y sus curvas eran algo más suaves que las de Iris, pero su constitución delgada también era firme, y no estaba a disgusto con su apariencia. Claro que tampoco hacía por verse despampanante. Le gustaba el maquillaje suave y las ropas sencillas, mientras que a su amiga le gustaban los pintalabios rojos y los vestidos y faldas un poco más provocativas. Sus gafas de pasta negra, además, le daban un aire de secretaria sexy que su jefa no poseía, aunque por otro lado, ya era lo bastante sensual sin tener que llevar ningún otro complemento, pensó Elsa.

   —Y dime, ¿qué has pensado para esta noche? —preguntó Iris con un tono socarrón y las cejas arqueadas.

   Elsa suspiró sin dejar de sonreír abiertamente.

   —Pues verás, es complicado poder hacer algo diferente, cuando llevamos nueve años juntos y ocho de casados… Tengo imaginación, pero créeme, hasta a mí me cuesta —confesó más pensativa que molesta—. ¿Sabes que nunca he hecho un striptease para él?

   —¿No? —inquirió Iris con diversión.

   —Pues no —musitó ella—. Y no sé porqué. Seguro que le gustará —dijo convencida.

   —Estoy segura —convino Iris con una sonrisa.

   —En fin, me he comprado un conjunto de ropa interior que le va a dejar babeando… —dijo antes de tomar un sorbo de su café.

   —¿Está hecho de perritos calientes? —inquirió esta, echándose a reír.

   Elsa hizo lo mismo, y agradeció haber dejado el vaso en la mesa antes de oír eso, de lo contrario, lo habría tirado por el ataque de risa que le dio. Desde luego sería todo un espectáculo, y siendo su comida basura favorita, la devoraría en un abrir y cerrar de ojos, lo que no dejaba de ser una brillante y tentadora idea, meditó.

   Cuando pudo volver a respirar, después del arranque de risa, Elsa respiró hondo.

   —No es mala idea, así que me la apunto —dijo guiñando un ojo—. Pero para esta ocasión he comprado un conjunto muy sensual de estampado de leopardo con encaje negro. Sé que es su favorito, aunque no pueda entender el motivo —añadió con exasperación.

   —A mí sí que me gusta, ya lo sabes —repuso.

   —Sí, pero es que no consigo hacer que me guste tanto como a él, o a ti —añadió con un resoplido—. Quizás deberías haber venido a comprar conmigo. Siempre me ayudas a escoger unos buenos modelitos —dijo alabando su gusto en lencería.

   —Tendrías que haberme avisado para ir al centro comercial, porque quiero ir un día de estos —meditó esta con la mente en otra parte.

   —Podemos ir la semana que viene, aunque solo hace un mes que estuvimos de tiendas y surtimos bastante bien nuestros armarios —murmuró Elsa sin dejar de mirarla—. ¿Es que acaso…? —dejó la frase a medias al comprender su repentino deseo de ir a su tienda favorita de ropa provocadora—. Quieres ponerte sexy para ese novio tuyo tan misterioso —afirmó entonces.

   —Mmm… sí, algo así —confirmó Iris vacilante.

   Elsa nunca la había visto de aquel modo. No exactamente insegura, porque ella no era así, pero sí se le parecía bastante, y lamentó que tuviera problemas con aquel ligue suyo. Era extraño que un tío la trastocara de aquella manera. Cuando sacaba el tema, se la veía más nerviosa de lo normal, y eso la inquietaba.

   —¿Qué ocurre? —inquirió preocupada.

   Iris hizo un gesto para restar importancia, pero Elsa pudo percibir un atisbo de… ¿miedo, tal vez? No supo distinguir aquel sentimiento que nubló la expresión de su amiga por un breve instante, y enseguida su preocupación se tornó en algo distinto, en un instinto de protección hacia ella. Era buena persona, jamás había hecho daño a nadie, y no merecía que se lo hicieran. Tenía que aclarar aquello como fuera.

   —Oye —empezó, colocando una mano sobre su falda—, puedes confiar en mí, ya lo sabes. ¿Qué ha pasado? —exigió con un atisbo de impaciencia.

   Iris se aclaró la garganta y compuso una sonrisa que Elsa no pudo apreciar como auténtica. Vaya, aquello sí que era una sorpresa. Algo iba muy mal, y solo deseó poder ayudarla. O que se dejara ayudar. Había suficiente confianza entre las dos, como para que su amiga se abriera a ella, y no entendía el motivo de esa reacción. ¿Por qué no quería contárselo?

   —Yo, es que… verás —balbuceó con el rostro más serio que antes—, él está viéndose con otra y… no sé qué hacer. Es bastante complicada su situación, y también la mía.

   Trató de meditar a fondo sobre sus palabras, ya que le estaba costando sonsacarle las cosas, y solo se le ocurrió algo que no hubiera esperado de ella: Iris estaba enamorada de aquel hombre. Que estuviera casado no era posible, de lo contrario, no habría dicho que él se estaba viendo con otra, sino que estaba con otra. Tenía que ser que sus sentimientos fueran más profundos. Seguro. Casi no lo podía creer, sin embargo, su forma de hablar, su mirada y su momentánea rigidez, le dio a entender que estaba en lo cierto. Procuró decir algo que la confortara, pero no sabía muy bien el qué. Su amiga no era de las que se enamoraban. Nunca. Ella sí que odiaba todo lo relacionado con el romanticismo. Era una mujer de aventuras sin ataduras de ningún tipo, le gustaba jugar y solo eso. Al menos hasta ahora.

   —Eh, seguro que tú le gustas mucho más. ¿Cómo puede ser de otro modo? —formuló la pregunta sin esperar respuesta alguna y sonrió para infundirle ánimos, pero logró todo lo contrario.

   Su amiga se puso seria. Seria de verdad. Y sus ojos tenían todo el aspecto de querer derramar una buena cantidad de lágrimas. Otra sorpresa inesperada. Iris no lloraba por nada.

   Elsa estaba más preocupada por momentos y se sintió mal por sacar el tema, aunque la verdad era que nunca conseguía sacar nada en claro cuando surgía la conversación. Nada de aquello era normal. Se entristeció solo con pensar en su situación. Tenía que ser horrible, aunque tampoco sabía cómo se encontraría esa otra mujer desconocida. Qué difícil. Menudo dilema debía tener Iris, pensó. Empezaba a comprender cómo debía sentirse, aunque ella jamás había estado en una posición similar. Román y ella tenían una sincera relación intensa, arrolladora y apasionada, donde solo tenían cabida sus más ardientes fantasías, pero juntos eran como una roca irrompible. Él nunca le sería infiel. Nunca se enamoraría de otra. Estaba segura.

   Se levantó y le dio un abrazo, ignorando por completo el café que Iris tenía en la mano y que quedó aplastado entre los pechos de las dos. Por suerte no se derramó.

   Pasó una mano por su espalda para tranquilizarla, porque parecía en completa tensión desde que empezaron a hablar de ello. Ahora lamentaba haberlo aludido. Pero claro, no podía retroceder en el tiempo.

   —Tranquila, cariño. Estoy segura de que su corazón es tuyo, y de ninguna otra —susurró con ternura.

   Iris se puso aún más tensa si eso era posible, pero Elsa no hizo ningún otro comentario, puesto que parecía que no hacía sino empeorarlo por momentos. Estaba convencida de que tarde o temprano, le contaría los pormenores de su relación con ese hombre. Aún no comprendía por qué no había confiado en ella lo suficiente como para compartirlo, y aunque le dolía que no lo compartiera, también podía entenderla.

   Quiso romper el momento de malestar que había causado entre las dos y cuando se separaron, le sonrió con picardía.

   —¿Es bueno en la cama, por lo menos? —inquirió interesada, arqueando las cejas.

   Esta soltó una risa ahogada y sonrió también, algo más animada que antes. Parecía que parte de esa terrible tensión que llevaba a la espalda, se esfumó en pocos segundos.

   —Es un dios del sexo, te lo aseguro —dijo en voz baja, con una nota avergonzada en su voz.

   Elsa la observó mientras esta terminaba el café sin mirarla. No había dicho aquello como solía hacerlo, con gran dramatismo, y dándole énfasis a su confesión, sino casi como si el hecho de que su amante fuera un verdadero portento entre las sábanas, la hiciera sentir culpable. Pero, ¿culpable por qué? Tal vez porque él estaba con otra mujer al mismo tiempo…

   Bueno, estaba claro que no entendía nada de aquella situación, y a menos que Iris le contara los detalles, prefería no pesar mucho en todo eso. De todos modos, estaba segura de que al final se arreglaría. Tenía que ser así. Su jefa y amiga se merecía tener algo bonito y duradero. Como lo que ella tenía con Román. Aunque consideraba el amor como algo demasiado abstracto, más una ilusión que algo tangible, sabía que lo suyo con su marido era real, inquebrantable. Estaban de maravilla juntos, así de simple. Amistad, deseo y respeto eran fuerzas poderosas, y su relación estaba sujeta con esos fundamentales pilares.

   No pudo evitar soltar un largo suspiro de añoranza. Estaba deseando verle, tocarle, fundirse con él. Pero no era el mejor sitio para que su imaginación volara, así que aterrizó en la tierra muy a su pesar.

   Mientras acababa su café y ordenaba su mesa, Iris hizo lo mismo. Se puso a llamar por teléfono a algunos clientes y a varios hoteles. Tenían que volver al trabajo.

   Elsa, por otro lado, no podía dejar de pensar en la cara que pondría su marido cuando hiciera aquella pequeña fantasía realidad. Repasó mentalmente los detalles de todo lo que quería preparar en casa, y con una perversa sonrisa de satisfacción al imaginarse el resultado, pasó más rápidamente el resto de la tarde.

   Solo entraron un par de hombres para coger algunos folletos para unos viajes y se marcharon enseguida, de modo que pudo dejar vagar su mente durante aquel rato antes de terminar la jornada de trabajo.

   Cuando cerraron y se despidió de Iris, solo podía pensar en una cosa: lo bien que lo iban a pasar esa noche Román y ella.

   Todo su cuerpo se agitó de anticipación. 


Espero que os haya gustado mucho.

Podéis leer las reseñas de otros lectores, y adquirirla aquí

domingo, 4 de septiembre de 2016

Mi reseña sobre "Marcada" de Juan C. Montes




Una novela muy bien narrada. Llena de aventuras, intrigas y unos personajes muy misteriosos. Nunca leí nada parecido, y lo he disfrutado muchísimo. 
He echado de menos un poquito el romance, pero lo compensa bien con las emocionantes vivencias que nos traen los protagonistas.
Me quedé con ganas de más. Es una historia increíble, que engancha desde la primera página.
Muy recomendable. 
Volveré a leer a este autor en el futuro, sin duda.

Podeis adquirirlo aquí.