sábado, 26 de noviembre de 2016

La máscara del diablo

Quiero recomendaros este fantástico libro de una autora a la que aprecio mucho, Camila Winter.

Espero que lo disfrutéis, así que... manta, un buen libro y a pasar un día agradable en casa, o donde estéis ;-)

¡Feliz sábado!


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miércoles, 23 de noviembre de 2016

Oscuro inevitable destino - Capítulo 3



Capítulo 3



Logré convencerla para que fuera a descansar a una de las habitaciones de arriba. Por suerte había dos dormitorios; compartirlo con alguien desconocido, que además era una humana, era más de lo que podría soportar como colofón de la noche. Ahora mismo necesitaba desconectar, tranquilizarme en la medida de lo posible, y meditar muy bien sobre lo que había descubierto hasta ahora. Si seguía así, acabaría por sufrir un ataque al corazón, aunque eso fuera del todo imposible entre los de mi especie.

Había extraído suficiente información de los recuerdos de Noemí, como para cubrir las lagunas que me iban surgiendo sobre su historia. La Diosa le había otorgado un don poco habitual.

La joven era toda una lectora de almas, aunque su potencial no se hubiera desarrollado por completo. En cierto modo era mejor así, porque cuanto más lo trabajara, más peligro correría, y más visible sería su esencia para todas las criaturas sobrenaturales.

Su don la había ayudado a descubrir la verdad sobre su depravado padre adoptivo, y pudo escapar de una suerte mucho peor de la que había sufrido cuando él disparó a su madre, y esta hizo lo mismo con su entonces marido. Ambos murieron a la vez, y la dejaron sola siendo apenas una niña. Una infancia dura que pocas personas eran capaces de superar con su integridad intacta.

Ella era una persona extraordinaria que a pesar de todo, tenía un alma inmaculada.

No iba a permitir que le ocurriera nada, y los que le hicieron daño, lo pagarían con creces. No soportaba la injusticia, y haría lo que estuviera en mi mano para compensar su dolor.

Sentía que era mi responsabilidad.



El amanecer llegó cinco horas más tarde. Me despertaron los tenues rayos del sol que se filtraban a través de las ventanas. Abrí los ojos y me sentí despejada a pesar de haber dormido poco; estaba demasiado inquieta como para relajarme.

Noté que alguien estaba sentado en la cama y me incorporé deprisa.

—Buenos días, querida.

—Mi Diosa.

Intenté no sentirme incómoda al presentarme ante ella con ropa de dormir, claro que la que había llegado sin avisar a mi habitación no era yo. No hice notar ese detalle. Si estaba aquí, sería por una buena razón.

—Me alegro de que pudieras salvar a Noemí, ella es una parte importante en tu cometido —dijo con una ligera sonrisa que no alcanzó a sus ojos.

Comprobé que vestía de un modo muy diferente, casi como una humana. Llevaba un vestido de manga larga de color caramelo, con unas medias negras y botines a juego. Su largo cabello moreno caía con suavidad por sus hombros y su espalda. Me di cuenta de que ocultaba sus poderes bajo un velo invisible, así que deduje que estaba en este Plano con su apariencia mortal por alguna razón poderosa. Tal vez las cosas iban peor de lo que imaginé. Sentí que si no me hablaba pronto, mis labios no podrían contener las muchas preguntas que se agolpaban en mi mente.

—Hace un día soleado —dijo pensativa y triste—, la ciudad entera brilla como si de otro mundo se tratara.

Tardé un instante en comprender. Brujas.

Mi corazón empezó a latir a toda prisa. Si las brujas oscuras habían notado mi presencia, estaba en serios problemas. Jamás me había enfrentado con alguien de mi propia especie, y mucho menos con alguien que había renunciado a su luz, para servir al lado oscuro.

Sin poder evitarlo, temblé por dentro.

—No podrás ocultarte mucho tiempo, porque son más poderosas de lo que imaginé. Incluso son invisibles para mí, y no puedo ni imaginar cómo lo han logrado.

—¿Podremos saber cuántas son? —me atreví a preguntar.

La Diosa me miró a los ojos y negó con la cabeza. Había dolor en su expresión.

—Solo puedo deducir que son tres —declaró con desgana. Imaginé que se sentiría decepcionada al saber que las brujas a las que ella protegía, se habían declinado por el lado del mal; todo lo que se suponía que rechazábamos en nuestro mundo—. Gala desapareció hace ya más de setecientos años —explicó—. Los gemelos, Meredith y Darío, hace medio milenio.

Justo el tiempo que hacía que la Diosa no enviaba a más brujos a convivir y a aprender de los humanos en este Plano.

Había oído hablar sobre Meredith. Fue una de las buenas; hermosa, muy poderosa, y con potencial para dedicarse a la enseñanza y formación de las brujas. Cuando llegó a la Tierra, acabó por rendirse a los encantos de un vampiro que la llevó de la mano por el lado oscuro. Las brujas debíamos mantenernos puras hasta la unión sagrada que traería descendencia y poder a nuestro Reino; esa unión solo podía celebrarse con otro de nuestra especie. Las líneas de sangre son sagradas en el Reino de la Magia. Infringir las reglas era sinónimo de un castigo severo y ejemplar. Era duro, pero necesario; la intransigencia solo podía traer el caos, como bien estaba comprobando por mí misma.

Según las historias que se contaban en voz baja, su hermano no había podido, ni querido abandonarla en el mundo mortal, y permaneció a su lado, alejado del resto de su familia; alejado del Reino de la Magia para siempre. Si ella cayó en la oscuridad, seguro que él también lo hizo tarde o temprano. Estando tan unidos como se decía que estaban desde su nacimiento, no era de esperar algo distinto.

Solo podía deducir con seguridad que después de aquello, ninguno había vuelto a ser el mismo. No quería ni imaginar cómo podrían haber cambiado. A pesar de no conocerles, sentía miedo y compasión por ellos a partes iguales. No tenía ni idea de lo que me esperaba.
De la otra bruja no había oído hablar nunca. Mucho me temía que el motivo era mucho peor que una trasgresión de nuestras leyes sagradas.

—No podrán hacerte daño físicamente, pero debes prometerme que tendrás mucho cuidado —me pidió con un tono urgente y desesperado.

Asentí. No podía pronunciar palabra.

En ese instante alguien llamó a la puerta. La Diosa continuó sentada en la cama, y me extrañó que quisiera hacer notar su presencia a una simple mortal. No iba a cuestionar su decisión, por supuesto. Me levanté, hice un rápido conjuro para vestirme en unos segundos con la ropa de anoche, y estuve limpia y aseada sin moverme del lugar; era un truco útil en este mundo.

Invité a Noemí a pasar mientras cogía mi bolso mágico y extraía otro con un aspecto más corriente. Mis padres me habían regalado unos cuantos objetos que iba a necesitar en este Plano. Sin duda tendría que echarles un vistazo antes, para así no tener que usar la magia delante de los mortales. Mientras desayunaba, podría hacerlo.

—Buenos días Alyssa.

Cuando se percató de la presencia de la Diosa, abrió mucho los ojos y palideció de golpe.

Esta se levantó y sonrió a la joven humana.

—Veo que me recuerdas. Hola Noemí.

—Hace muchos años, pero sí, te recuerdo —musitó—. ¿Qué… haces… aquí? —preguntó con voz entrecortada.

—He venido a ayudaros, y a protegeros en la medida de mis posibilidades. Ahora que tengo que ocultar quién soy para estar en este Plano, solo podré mostrarme como una humana y no podré hacer uso de todos mis poderes —explicó con disgusto—. Necesitáis un hechizo de ocultación muy poderoso.

Noemí y yo nos miramos. Ella parecía estar completamente perdida.

—Puedes estar tranquila. Aunque todo esto parezca muy extraño, con la Diosa estamos a salvo —prometí.

Suspiró y asintió.

—Mi vida es extraña desde siempre. A estas alturas hay pocas cosas que me hagan sorprenderme de verdad —musitó con un débil tono de protesta.

Por poco me atraganté. Casi dejé de respirar en aquel instante. Esperaba que la Diosa no se ofendiera por aquel comentario. Dudaba muy en serio que Noemí fuera consciente de la terrible ira que podría acarrear el enfadar a un Dios.

Al contrario de lo que me esperaba, la Diosa compuso una sonrisa compungida.

—Siento haber trastocado así tu vida. Cuando todo esto acabe, podrás elegir renunciar a tu don si así lo deseas. Comprendo que no ha sido fácil —añadió con voz dulce.

Noemí permaneció unos segundos en silencio, asimilando sus palabras.

—Me salvaste cuando era niña. Creo que estoy aquí porque es mi destino, y debo aceptarlo —admitió con confianza y una pizca de resignación—. Gracias.

—Ser la Diosa del Destino no es sencillo, a veces tampoco es bonito, pero debéis saber que aunque vuestro camino está escrito, también podéis elegir. Siempre podéis decidir cómo llegar al final.

Su tono solemne nos dejó abrumadas a las dos.

Nos indicó que debíamos formar un círculo cogidas de las manos para hacer un ritual de protección y ocultación. Así no podrían localizarnos tan fácilmente cuando abandonáramos la seguridad de la casa.

Al cabo de unos segundos, nos separamos algo aturdidas. Hacer magia con una Diosa era algo fuerte y muy intenso.

—Debo irme a inspeccionar la ciudad. Vosotras debéis tomar un ritmo de vida normal mientras solucionamos nuestros problemas.

—¿Volveremos a verte pronto? —pregunté con curiosidad.

—Claro, intentaré estar cerca cuando me necesitéis. Podéis llamarme Dione cuando estemos entre humanos —expuso con una expresión divertida mientras se dirigía hacia la puerta.

—Dione, madre de Afrodita.

La Diosa miró a Noemí con orgullo.

—Así es, mi joven amiga mortal. Ya que debía adoptar una forma humana, me pareció adecuado escoger un nombre con algo de historia.

Noemí sonrió y Dione se marchó entonces. En silencio, bajamos a desayunar y a pensar en lo que haríamos a continuación. Retomar una rutina era imposible, porque yo aún no me había establecido una en este mundo. Me pareció adecuado estar cerca de Noemí para protegerla, así que iría con ella al trabajo y ya se me ocurriría algo. Servir copas en un bar no era algo que fuera conmigo, porque tenía entendido que las bebidas alcohólicas eran fuertes brebajes para los humanos, y los hacía cometer auténticas barbaridades, pero por lo menos no sería algo difícil. Yo era una poderosa bruja, por todos los Dioses; si podía aprender magia, pociones, hechizos, y decenas de idiomas diferentes, sería capaz de encontrar un trabajo y realizarlo como era debido. No podía ser tan complicado, aunque hubiera preferido que Noemí se dedicara a otra cosa… algo que no implicara a personas embriagadas por esas bebidas que los desinhibían de un modo incontrolable y los volvían irresponsables.

¿Qué podía hacer sino adaptarme?

Un primer paso era alimentarnos. Di gracias a la Diosa por mantener la cocina bien abastecida. Había toda clase de alimentos y utensilios, como también disponía de un armario lleno de tarros con cantidad de elementos y hiervas para hacer magia. Noté que esa parte de la cocina desprendía gran cantidad de magia, y era sin duda para que solo una bruja tuviera acceso a ella. Bien pensado.

Con la ayuda de Noemí, logré poner en funcionamiento la máquina de hacer café. Me sentía un poco torpe al olvidar ciertos detalles de mis estudios, pero necesitaría un período de adaptación para saber cómo usar todos esos cachivaches modernos. No podía evitar exasperarme; en mi mundo todo era más sencillo, y si bien podía hacer magia y acabar enseguida con todo esto, tenía que aprender a comportarme como una humana, eso era esencial. No podía ir por ahí lanzando hechizos para desenvolverme como hacía normalmente. Eso ya se acabó, refunfuñé para mis adentros.

Tomamos café y tostadas con mantequilla en silencio. Todo estaba delicioso, y la tranquilidad del momento era de agradecer, aunque no me haría ilusiones en cuanto a la paz que experimentábamos en este momento. El mundo estaba patas arriba, y en un serio peligro, y pronto debíamos prepararnos para lo que pudiéramos encontrarnos. Por la tarde me dedicaría a buscar en mis libros todos los hechizos que pudieran sernos útiles para protegernos de la magia negra, porque yo no estaba acostumbrada a luchar contra algo así, y mucho me temía, eso me pondría a prueba de un modo muy desagradable, y al menos, quería estar preparada. No estaba dispuesta a dejar un montón de víctimas y daños colaterales.

Allí sentadas, en un momento extrañamente confortable y un poco inaudito para mí, pude fijarme en Noemí, verla casi por primera vez. Desde que llegué todo había sido tan caótico, que apenas había reparado en los detalles menos importantes, pero ahora, teniéndola frente a mí, pensaba en lo mucho que me recordaba a mi mejor amiga. Una bruja de mi mundo, claro.

Era también muy hermosa, con el pelo corto que le llegaba por la mandíbula, de color casi negro y unos ojos color caramelo, tenía una expresión muy dulce e inocente, y sabía que era reflejo de su verdadero carácter, podía verlo y también sentirlo. Aunque apenas nos conociéramos, sabía que podía confiar en ella; podía entender de un modo más claro, por qué había sido elegida.



Acompañé a Noemí a casa, esperé a que hiciera sus quehaceres, se duchara e hiciera cosas de humanos. Con sinceridad, me sentí más inútil que en toda mi vida. Ella se encontraba en un estado muy melancólico y pensativo; supuse que por todo lo ocurrido, y por el tema de su esposo que me martirizaba cada vez que la miraba. No había mencionado el episodio de la noche anterior, pero pensaba en ello. Era muy consciente, pero de todos modos, quise dejarle espacio, así que permanecí allí sentada en su sencilla sala de estar, observando cómo era un hogar humano, tomando nota mental de todo cuanto pudiera servirme en el futuro.

Ella quiso hacer de comer en casa y descansar un poco después, ya que solía acabar tarde en su turno en el bar. Yo intenté hacer lo mismo en su sofá, que tan amablemente me ofreció, pero no podía. Estaba tan preocupada, que era incapaz de relajarme, así que cogí un libro de su estantería y me puse a leer. Era muy entretenido, se suponía que era una historia de amor, aunque algo trágica. Después de unas horas leyendo, lo acabé. Tenía facilidad para la lectura, aunque no estuviera acostumbrada a las historias que escribían los mortales. Sin duda tenían su encanto.

Cuando quise hacer algo de provecho mientras Noemí descansaba, me dediqué a recitar hechizos de protección en cada estancia de su casa, incluso en los alrededores. Salí al exterior y procuré ser discreta, ya que era un barrio bastante transitado. Había padres con sus hijos, y estos se entretenían con juguetes y vehículos llamados bicicletas. Parecían felices llevando una existencia tranquila y sencilla. Me pregunté si yo algún día podría llegar a eso en mi mundo. Me casaría y posiblemente tendría hijos, pero nuestras vidas iban encaminadas en un solo propósito. Solo teníamos una tarea que llevar a cabo, y las cosas cotidianas, sencillas y divertidas, no tenían cabida.

Al poco rato de estar fuera, mi corazón se aceleró al notar que el colgante me advertía de una presencia oscura cerca. No refulgía del mismo modo que la noche anterior, pero sin duda había alguien de quien tenía que cuidarme. Miré a mi alrededor y no supe averiguar dónde se escondía ese ser, posiblemente malicioso.

Fui al interior de la casa y me sentí algo mejor. No mucho cuando comprendí que alguien pudo habernos seguido, aunque era bastante probable que ya conocieran la casa de Noemí si llevaban un tiempo tras ella. Tendría que convencerla para que se trasladara conmigo de forma permanente. Luego intentaría hacerle notar que era la mejor opción que teníamos. Al menos hasta solucionar el problema de raíz, que seguro que sería más complicado de lo que imaginaba, pero no me daría por vencida. Eso nunca.



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Oscuro inevitable destino - Capítulo 2



Capítulo 2



Antes de recibir otra visita indeseada tan cerca de mi nuevo hogar, fui a ver a la mujer inconsciente. A pesar de que me sentía terriblemente cansada física y mentalmente, hice un esfuerzo para entrar en su cabeza y averiguar si podía mandarla a algún sitio donde estuviera a salvo, al menos por esta noche. Me entristeció lo que encontré: la desgracia había asolado a su familia, y solo tenía a su marido, el hombre que casi acabó con ella un rato antes; claro que ahora él estaba muerto, y la mujer no tenía a nadie más. Estaba completamente sola y desamparada. También descubrí que era muy espiritual; irónicamente ella creía en los seres de la noche que la rondaban, según pude comprobar por algunos recuerdos recientes que capté en su memoria. Pensé en llevarla a casa, y tal vez, modificar esos recuerdos para que pudiera volver a su vida sin un terrible trauma más que cargar sobre sus delicados hombros.

No sabía si hacía bien, pero tampoco podía dejarla allí abandonada en mitad de ninguna parte. Ni siquiera parecía que hubiera más viviendas por la zona, y en casa conmigo estaría a salvo por si alguien más iba a por ella. Era la mejor opción por ahora. Lancé un conjuro y la envié a la casa. Después de comprobar si había alguien más merodeando por los alrededores, caminé a paso ligero para entrar en la protegida vivienda que sería mi hogar durante bastante tiempo. Cien años en este Plano podrían parecer muchos, pero en una vida inmortal, se convertirían en apenas un instante. Por supuesto, si es que llegaba a vivir lo suficiente como para llegar a recordarlo de ese modo en el futuro, pensé con angustia.

Apenas llevaba unos minutos en el mundo humano, y ya había tenido dos asesinatos en mis manos y un encuentro bastante confuso con un vampiro muy atractivo. Aunque claro, eso era irrelevante, y traté de recordarme duramente ese detalle. Los seres de la luz y los de la oscuridad no estaban hechos para mezclarse; más aún, hacerlo era lo peor que podía ocurrir en mi mundo. Si una bruja sucumbía a la oscuridad de un modo u otro, jamás volvía a su hogar, y era desterrada para siempre. Ese sombrío futuro era peor que la muerte para los que son como yo.

Ninguna bruja que yo conociera, estaba dispuesta a renunciar a su hogar verdadero, a todo su mundo. Y ahora había comprobado por mí misma, que este lugar era mucho más de lo que podría soportar más de un siglo. Acababa de llegar, y ya deseaba irme con todas mis ganas; claro que eso quedaba fuera de mis posibilidades. Mediría muy bien mis pasos y haría todo cuanto me encomendaran, sin salirme del firme camino escrito para mí.

Suspiré con resignación.

Lo mejor que podía hacer era aceptar mi destino e intentar no morir en el intento.

Entré en la casa y enseguida me sentí mucho más reconfortada. La magia se respiraba por todas partes. Era como estar en mi propia casa, y allí dentro me sentí mucho mejor. A salvo.

La mujer estaba en la sala, tumbada cómodamente en un sofá, aún inconsciente. Aproveché para echar un rápido vistazo a mi alrededor. Aunque por fuera parecía una cabaña rústica, y hasta quizás algo descuidada y anodina para no resaltar, dentro había muebles confortables y mucho más modernos que los que estaba acostumbrada a usar. Todo estaba limpio y ordenado. Las paredes eran de madera, lo que continuaba con el estilo de montaña; había diversos adornos y aparatos, y también un televisor. Siempre había querido ver uno, porque en mi mundo, las altas tecnologías del mundo humano no eran bienvenidas. Las brujas no existíamos para tener una vida ociosa, sino para trabajar muy duro para preservar a la Humanidad, para mantener el equilibrio natural entre la vida y la muerte, entre el bien y el mal.

Si bien era cierto que mi entretenimiento podía esperar hasta finalizar mi trabajo en este Plano, tal vez en otro momento, podría utilizar esos aparatos de los que tanto había oído hablar. En cierto modo, conocía bien este mundo; pero un libro, o las enseñanzas de otros brujos, no eran lo mismo que ver por mí misma todas las cosas que había por descubrir. Esperaba que no todo fuera como un rato antes, y tuviera ocasión de disfrutar mi paso por la Tierra.

No sabía por qué razón dudaba de que todo fuera a ser tranquilo, ya que no era paz lo que se respiraba fuera de las paredes de esta casa.

Eché una rápida mirada a la cocina pero sin llegar a entrar. No era muy grande, era blanca, brillante, y muy moderna. Me pregunté si sabría cocinar en ella. Había más aparatos electrónicos plateados que jamás había usado, y a pesar de haber estudiado todo sobre ellos, me abrumaba el hecho de tener que utilizarlos. Suponía que con el tiempo me habituaría a vivir rodeada de todas estas modernidades, pero por otro lado, la vida sencilla de mi verdadero hogar, era más reconfortante que todos estos resplandecientes lujos. Prefería la naturaleza a las altas tecnologías.

Tenía mejores cosas que hacer que investigar cada rincón de la impoluta casa, así que subí a la planta de arriba, donde supuse que estaba el dormitorio, y abrí un enorme armario. Todos los muebles más grandes eran de color blanco y de buena calidad, y me pregunté si sería para contrarrestar el color más oscuro de la madera de toda la casa. Era un buen contraste, y resultaba más espaciosa; parecía tener todo cuanto iba a necesitar, e incluso más.

Había un montón de ropa y complementos, y no sabía por dónde empezar. Jamás había llevado nada igual. Pantalones y blusas, cinturones, bolsos, zapatos y también algunos colgantes. Al menos estos eran útiles, pensé, ya que portaban piedras y símbolos de poder y protección. Suerte que la ropa era algo conservadora, no me veía capaz de mostrar más piel que tela.

Hice un poco de memoria sobre lo aprendido y como pude, me vestí con las ropas que había allí para mí. Pasar por una humana corriente era algo que debía ser capaz de hacer con cierta facilidad. No podía llevar los vestidos y las capas que acostumbraba en el Reino de la Magia, o los humanos creerían que iba disfraza, o que estaba loca. Muchas brujas me contaron cantidad de anécdotas sobre ello; algunas más divertidas que otras según el siglo en el que viajaron. Este proceso era más difícil de lo que imaginaba.

Con un aspecto distinto, sintiéndome un tanto extraña porque no me veía yo misma con esa moderna ropa interior, vaqueros, camiseta y unas zapatillas, me recogí el pelo con una goma elástica que encontré en una bolsa con objetos para el aseo, y bajé a ver cómo se encontraba la mujer.

Para mi sorpresa, estaba sentada y algo asustada.

—Hola, me llamo Alyssa —saludé despacio cuando bajé el último escalón, componiendo una amable sonrisa. No quería que saliera corriendo.

Me miró y, aunque se la veía confusa, pareció relajarse un poco al ver que no estaba allí sola.

—¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Dónde estamos? —inquirió con un tono nervioso.

—Tranquila, ahora estás a salvo —aseguré—. ¿Recuerdas algo de esta noche?

La mujer miró hacia abajo y pude comprobar que las lágrimas mojaban sus manos en su regazo. No sabía qué hacer, pero me pareció que sentarme a su lado y ofrecerle consuelo era lo más apropiado, aunque yo fuera una total desconocida para ella.

Cuando creía que no respondería, me miró a los ojos y habló con voz apagada.

—Lo recuerdo todo —dijo con voz quebrada.

Sus emociones eran fuertes y tortuosas, casi me dejaban sin aliento por el tremendo dolor que encerraban. Era sobrecogedor.

—No hace falta que hables de ello ahora, puedes hacerlo cuando descanses —sugerí.

—Dudo que pueda hacerlo alguna vez. Mi marido ha estado a punto de matarme, y no sé porqué él creía que le era infiel. Creo que…

Detuvo su pausado relato y me miró confusa. Movió el brazo que le habían herido y supe lo que estaría pensando: ¿cómo era posible que estuviera sanado por completo y no hubiera muerto desangrada?

Conseguí curarla aunque no tuve tiempo de hacer desaparecer la sangre o el agujero que hizo en la ropa el arma de su marido. Demasiadas preguntas y dudas rondaban su azorada mente. No sabía qué hacer con ella. Traté de entrar en su cabeza y procurar que se calmara, pero pronto vi que estaba protegida por algo, como un muro invisible que me impedía modificar sus recuerdos. Era extraño y muy poco habitual en humanos según tenía entendido.

La mujer saltó hacia atrás, se levantó alejándose de mí con una expresión de terror.

Ahora estaba confusa también por su reacción.

—¡Tú! ¿Qué estás haciendo? ¡Eres igual que esos seres espeluznantes que intentaron controlar mi mente! —gritó con desesperación.

Abrí mucho los ojos con sorpresa.

—Claro que no, tranquilízate y te lo explicaré todo —dije con suavidad.

Ella no tenía ánimos para seguir allí conmigo, lo vi en su mirada. Se giró hacia la puerta e intentó abrirla. Tuve que hacer un conjuro para mantenerla cerrada, porque no podía permitir que saliera de la casa y fuera contando lo que había pasado. Aunque en pocas horas sería de día, según pude presentir, eso no impediría que alguien la siguiera, si es que aún merodeaban por las cercanías. Como había vampiros metidos en este asunto, no correría el riesgo. Fui tras ella.

—Por favor, no tengas miedo de mí, no voy a hacerte daño —expliqué con las manos en alto para que viera que yo no llevaba armas de ningún tipo.

—Sé que tú tampoco eres humana del todo, puedo verlo, así que no tengo razón para creerte —musitó ella sin dejar de llorar.

Estaba aterrada y no sabía cómo lograr serenarla. Medité sus palabras un instante. A pesar de que era humana, había algo en su interior que la hacía especial, pero como no estaba completamente desarrollado, no podía saber con certeza de qué se trataba.

—Bueno, tal vez tienes razón, pero si fuera como esos seres, ¿por qué iba a curarte el brazo? —pregunté con cautela.

Pensó mis palabras, comprendiendo la lógica de estas. Parecía solo un poco más dispuesta a escuchar, pero su cuerpo aún me indicaba la tensión que experimentaba.

—Bien, te doy las gracias —dijo con dificultad—. Pero eso no implica que confíe en ti. Últimamente nadie puede fiarse de nadie.

Decía eso por una muy buena razón que analizaría más tarde. Ahora tenía otro asunto que tratar.

—No te pido que confíes en mí de forma ciega. Comprendo que creerme es difícil para ti, pero esta casa es un lugar seguro para que nadie pueda hacerte daño —expliqué con seria tranquilidad—. Solo espero que entiendas que después de salvarte la vida, no tengo intención de dejarte ir sin más en mitad de la noche. Me gustaría que me explicaras qué ha ocurrido, por favor.

Hice un gesto para invitarla a sentarse, y al cabo de unos segundos, pareció resignarse. No se sentó a mi lado, pero ocupó un sillón justo enfrente.

—Sé que sonará a locura, y en cierto modo creo que lo estoy desde siempre, pero… hay seres horribles en esta ciudad. Por todas partes —terminó con un sollozo. Más lágrimas mojaron sus mejillas.

Le tendí un pañuelo de tela y ella se sorprendió al verlo aparecer de la nada en mi mano.

—Eres una bruja —dijo tras suspirar—, así que supongo que has venido a convencerme para que vaya con vosotros. Otra vez —murmuró con abatimiento.

Me sentí más desconcertada que nunca en ese instante. ¿Había más brujas vivas en este Plano? Eso era muy mala señal, porque aquellas que no regresaban, solo tenían dos motivos para no hacerlo: habían muerto, lo cual era una gran tragedia, o habían sucumbido a la magia oscura, lo que era mucho peor.

Traté de hablar con tranquilidad; tarea nada fácil.

—No sé cómo puedes saberlo y tomarlo con esa tranquilidad —medité confusa—, pero te aseguro que no tengo nada que ver con otras brujas. Acabo de llegar y… bueno, solo puedo decirte que no es bueno que haya más como yo en este Plano.

Soltó una sonrisa carente de alegría.

—Estoy segura de que no eres como ellos —sentenció con timidez—, pero no puedo escapar, al final siempre dan conmigo —explicó con tristeza—. O ellos, o esos siniestros vampiros de película de terror.

—Vampiros.

Solté la palabra como quien suelta una maldición. La mujer me miró sin comprender. Estaba claro que no era una humana común y corriente, porque de ser así, estaría aterrorizada, más aún en todo caso, y no se lo tomaría como algo que simplemente existía en este mundo. Y si estos no le habían podido borrar sus recuerdos para mantener su existencia en secreto, era aún más sospechoso. No sabía a qué atenerme.

Tal vez por eso querían acabar con ella. Claro que podían simplemente haberla atacado ellos mismos. La implicación de brujas en todo el asunto, me daba mala espina.

—¿Acaso no crees en ellos? Pues te aseguro que son reales —expuso.

Antes de que terminara de hablar, me levanté, y empecé a dar vueltas, intentando controlar mi temperamento para que la naturaleza no pagara mi frustración y miedo. Una tormenta eléctrica de gran calibre no era un buen modo de desfogarse. Respiré hondo varias veces, intentando serenarme mientras mi mente vagaba sin rumbo, en busca de una explicación.

Allí ocurría algo extraño que no lograba comprender del todo. Sentía que había algo clave que descifrar, pero no lograba ver el qué.

—¿Me estás diciendo que brujas y vampiros andan trabajando juntos para que tú vayas con ellos? ¿Por qué? Y, ¿puedo saber quién eres, o qué eres tú? —pregunté alterada, aunque manteniendo un tono de voz neutro y en apariencia calmado, nada que ver con mi alterado estado interior.

—Soy Noemí Crespo. No soy más que una mujer normal de treinta años que trabaja en un bar de carretera. Crecí aquí y jamás he salido del país…

—Y estamos en… —interrumpí.

—Lisboa —dijo ella con el ceño fruncido.

Comprendía su confusión, claro. Se suponía que yo debería saber dónde estaba, pero no era así.

—Si sabes que soy una bruja —comencé con cautela—, imagino que sabrás que nosotros no vivimos en el Plano de los humanos. Acabo de llegar y no sabía muy bien dónde había acabado después de cruzar el Portal desde mi hogar.

Noemí se quedó con la boca abierta al oír mi breve explicación. Esa sí era una reacción normal en un ser humano, y no esa macabra aceptación que implicaba que ella conocía la existencia de vampiros, brujas, y probablemente, también otros seres que merodeaban entre los humanos durante los últimos siglos.

—¿Estás bien?

—Sí, es solo que —agitó la cabeza como si quisiera salir de su estupor— he leído muchos libros sobre magia y ocultismo, y… lo siento; las brujas con las que he hablado hasta ahora eran unas verdaderas arpías manipuladoras. Muy siniestras —terminó diciendo.

Estaba claro que aún no se fiaba de mí, pero se la veía algo más tranquila, por lo que deduje que no me consideraba una amenaza. Estaba completamente intrigada por su compleja mente, y por esa fuerza que la envolvía. Me inquietaba el don que creía que poseía.

—Me gustaría saber qué pueden querer de ti. Las brujas que no vuelven a nuestro mundo, suelen quedarse por razones poco… agradables.

Era muy consciente de que eso era solo un eufemismo, pero no podía contarle toda la verdad; ya le habían hecho bastante daño, y no deseaba asustarla más aún.

—Solo puedo decirte que sus almas son tan oscuras como sus pretensiones —explicó insegura.

—Deberías alejarte de ellas —la advertí.

—Eso pretendía —soltó con un bajo tono desesperado—. Ya habían intentado manipular mi mente, pero por alguna razón, ni las brujas ni los vampiros pudieron hacerlo. No quise ir con ellos, porque leer las almas de los vivos o los muertos es agotador, desagradable, y algo que siempre he detestado —suspiró hondo varias veces antes de continuar—. Sentía en mi interior que su afán porque trabajara para ellos, no tenía nada que ver con una actitud altruista —explicó cabizbaja —. Y no me equivocaba.

 —¿A qué te refieres?

Casi me daba miedo saber la respuesta.

—Creo que ellos manipularon a Javier, mi marido. No existe otro modo para que actuara así —dijo pensativa. De repente se dio cuenta de algo, y mucho me temía que había llegado el momento de dar explicaciones muy dolorosas sobre lo ocurrido antes—. Por cierto, ¿dónde está? ¿Se marchó del bosque cuando me hirió?

—Lo siento, yo… intenté pararle, pero quiso matarme con esa arma y al defenderme… el proyectil le dio a él. Cuando llegaron los vampiros, me impidieron ir a socorrerle —musité despacio, sintiéndome muy culpable por lo sucedido. Si bien no había sido yo la que puso todo en marcha, mis manos estaban manchadas con su sangre—. Uno de los vampiros también murió.

Podía ver la lucha interior que mantenía Noemí. No podía culparla, tenía todo el derecho del mundo a odiarme, porque ese tal Javier era lo único que tenía; pude verlo en su mente. Solo sentía un profundo dolor por su pérdida. Fue como un puñetazo en mi estómago.

—Todos ellos me advirtieron que mi vida acabaría mal si no aceptaba. Intenté protegernos de algún modo, pero leer hechizos de un libro antiguo no parecía un modo muy fiable de conseguirlo —dijo ligeramente avergonzada. Más lágrimas bañaban su dulce rostro.

Comprendí que hubiera querido usar la magia para protegerse. Cualquiera lo haría, porque era algo muy seductor para los humanos. Por supuesto lo único que podía hacer que los hechizos funcionaran, era que un mortal lograra extraer algo de magia por métodos poco recomendables: la sangre de una verdadera bruja.

—Sin el don de la magia, los hechizos no son más que palabras. Es un modo de evitar que se utilicen con fines egoístas. La magia siempre tiene un precio, sobre todo si es oscura. Puede ser muy peligrosa en las manos equivocadas —le expliqué. Ella asintió despacio; parecía saber muchas cosas, y eso me inquietaba de algún modo.

Me levanté y di unos pasos hacia Noemí.

Le tendí las manos y ella, aunque algo reticente, las aceptó, puso las suyas sobre las mías y hubo entonces una conexión que jamás había sentido antes. El destino tenía mucho que ver con nuestro encuentro, aunque no podía establecer aún el motivo. Cuando una bruja seguía el camino para el que había sido llamada, notaba como si las piezas de su vida fueran encajando, como un engranaje perfectamente confeccionado que empezara a tomar forma. Suponía que yo lo sentía con mucha fuerza porque había sido llamada por la mismísima Diosa del Destino para hacer una tarea que ella consideraba sagrada. A pesar de todo, seguía sin saber cómo lograría salvar a mis hermanos los brujos, o a todos los humanos. Estaba claro que fuerzas oscuras estaban alineadas para destrozar esta tierra, y si había más de una bruja detrás de esto, debían de ser muy poderosas, ya que la unión entre ellas las hacía casi invencibles.

Eso me daba auténtico pavor.

Abrí los ojos y vi que Noemí me miraba muy sorprendida, pero no asustada.

—¿Has sentido eso? —inquirió con un hilo de voz.

—Sí, yo… es algo poco usual, y aunque te parezca extraño lo que voy a decirte, creo que nuestros destinos están enlazados de alguna manera —le dije con suavidad.

—Es una locura —dijo sin más. Se separó de mí y se abrazó a sí misma—. Sé que tienes razón —añadió para mi asombro—. Siempre he pensado que estaba maldita de algún modo, que era un bicho raro, porque de pequeña tuve un sueño extrañísimo y justo después de eso, empecé a ver cosas que un ser humano corriente no debería poder ver. Tenía la capacidad de saber cómo eran las personas por dentro —dijo al final tras una pequeña pausa.

La escuché atentamente, empezando a entender que aquella joven no se sorprendiera tan fácilmente, porque había llevado una vida bastante complicada desde hacía años.

En cierto modo la compadecía. Yo también había sido instruida en el mundo de la magia desde niña, pero esa era mi vida. Había nacido para eso, sin embargo, algo, o alguien, había llevado a Noemí por un camino que tal vez no era el suyo. No a menos que una Diosa hubiera intervenido en su destino de algún modo. Solo podía ser eso, deduje. Conocía a algunos brujos que afirmaban que los Dioses rara vez otorgaban sus dones a los humanos; no a menos que estos fueran especiales por algún motivo.

—¿Puedes hablarme de tu sueño? Por muy extraño que fuera, necesito saberlo para poder comprobar algo.

—En realidad no es tan complejo, solo raro…

Se mostró pensativa un instante y al final me miró a los ojos, y algo pareció encajar en sus pensamientos y recuerdos más profundos.

—Se hizo llamar Diosa del Destino. Me ofreció su mano y yo la acepté sin dudarlo. Dijo que a partir de entonces podría protegerme del mal, porque sería capaz de verlo, y que llegaría un día en que me cruzaría con un alma pura como la mía, para ayudarla en su misión de proteger al mundo.

—Por todos los Dioses.

—Hacía mucho que no pensaba en ello. Desde que perdí a mis padres por aquel horrible episodio de mi infancia… creo que olvidé aquel sueño. Hasta ahora.

—Ya veo.

Y en realidad sí que lo veía. La Diosa del Destino había intervenido en montones de vidas para que yo pudiera llevar a cabo mi cometido. Me pregunté si valdría la pena todo lo que había pasado hasta mi llegada, y lo que estaba por suceder, para lograr salvar a todos los mundos, del mal que se alzaba con ferocidad en nuestra contra.

¿Y si no lo lograba?

Todas esas vidas se habrían visto truncadas para nada. Casi me hizo llorar el pensar a esa conclusión.

—Se refería a ti, ¿verdad?

—Sí.

No podía decirle nada más por ahora. Yo también necesitaba tiempo para meditar todo lo que estaba pasando.



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Oscuro inevitable destino - Capítulo 1



Prólogo



Cien años antes, en el mundo de las brujas, más conocido como el Reino de la Magia, nació una joven de gran poder, bajo la premisa de que ella sería la que salvaría de la extinción al mundo en el que nació.

La Diosa del Destino era la protectora de las brujas, y también de la Humanidad; pero su hermano, el Dios de la Muerte, no tenía ninguna intención de salvar ni preservar la vida humana. Él fue quien creó a los primeros vampiros, los llamados “raza pura”, los cuales poseían ciertos dones que, los creados por los propios vampiros, no tenían; los que eran convertidos con la sangre del Dios podían salir a la luz del día sin sufrir ningún daño, (entre otros muchos dones), pero los descendientes de estos, carecían de ese privilegio. Esta fue una de las consecuencias que los seres de la noche y la oscuridad tenían que soportar por crear más como ellos. A ojos del resto de los mundos, estos seres que descendían de los vampiros y que cada vez eran más numerosos en el Plano mortal, eran impuros, y la propia naturaleza los hacía más vulnerables con cada nueva línea de sangre.

No era algo que el Dios de la Muerte aceptara de buen grado, pero también era bastante reticente en cuanto a regalar el don de su sangre, lo que podía debilitarle a su vez.

Su falta de satisfacción en su inmortal existencia, no resultaba beneficioso para nadie.

Al contrario del Dios de la Muerte, que provenía de la oscuridad, su hermana era portadora y protectora de la luz, y la que dio el poder de la magia a las brujas, las que a su vez, preservaban la raza humana al igual que ella. Era una misión conjunta, la única razón por lo que fueron creadas y nunca mezclaban su sangre con ninguna otra raza. La magia era sagrada.

Tras los últimos quinientos años, cuando la tercera de las brujas enviada a la Tierra no regresara después de su período de aprendizaje en el Plano mortal, la Diosa del Destino decidió intervenir. Su hermano era el culpable, lo sabía, aunque de hecho, era muy consciente de que ocultaba las pruebas que lo demostraban. Sin embargo, se había vuelto más cruel, más sádico y sanguinario que nunca, y a pesar de que intentaba hacerle entender que debía controlar sus actos, no conseguía que cambiara. Ni siquiera se dignaba a escucharla, por más que intentaba invocarle para plantarle cara.

Tenía que hacer algo ella misma, decidió. No podía dejar que las cosas siguieran como si nada, o todo el mundo mortal pagaría unas duras consecuencias.

La poderosa Diosa, a escondidas de su hermano, y también del resto de los Dioses que gobernaban otros Reinos sobrenaturales, decidió poner en marcha un plan arriesgado que afectaría a muchas personas, con la esperanza de tener más aliados en contra de esa terrible oscuridad que parecía haber brotado en su hermano, y que era muy consciente de que jamás había existido en él con ese grado de maldad.

Cuando ideó el plan, y ya con la decisión tomada, tuvo la fuerte certeza de que algunas muertes iban a ser culpa suya. Pudo verlo con sus propios ojos gracias a su poder, aunque no hubiera sucedido nada aún. Pero no podía pensar en ello; no si quería que la Humanidad prevaleciera. Aunque era una Diosa, su corazón sangró al ver el destino que les esperaba a muchos inocentes, pero en la lucha por la luz, por la vida y la paz, no podía haber cabida para el sentimentalismo. Lo sabía muy bien. Era la mejor decisión que podía tomar, la que menos daño haría al mundo humano, y también a otros. Mucho temía que su hermano pudiera ejercer su poder para controlar la muerte en otros Reinos más vulnerables. Claro que no había uno que necesitara más protección que el de los humanos, puesto que eran vulnerables a su control y manipulación, así como lo eran también a la de sus descendientes: los vampiros.

Después de medio milenio, la Diosa del Destino tenía que enviar a la joven bruja más pura, la última que había nacido en el Reino de la Magia, al peligroso lugar donde ya habían desaparecido tres como ella: dos mujeres y un hombre.

Cuando las brujas, que también eran seres inmortales, cumplían cien años, eran enviadas a la Tierra para aprenderlo todo sobre la raza que debían proteger: los seres humanos. Siempre había sido un lugar peligroso, y estaba inundado de personas dispuestas a matar y destruir, por lo que sus poderes eran puestos a prueba, manteniendo un mínimo contacto con sus raíces. Solo en casos de extrema necesidad, los brujos más ancianos y poderosos podían intervenir para evitar que los más jóvenes sufrieran la peor de las suertes.

Algunos de ellos también cometían fatales errores con la consecuencia de que les era privado el regreso a su mundo, pero nada se podía hacer contra ello. Su sangre y sus descendientes debían ser puros. Ningún brujo podía mezclarse con humanos más allá de lo estrictamente necesario, y mucho menos con seres de la oscuridad. Era una regla que les desterraría para siempre si era incumplida. No había excepciones.

Ese proceso de aprendizaje era imprescindible ahora, porque habían perdido a muchos de los suyos durante los últimos quinientos años. La preocupación por la raza y por el poder de la magia, era extrema. Necesitaban fortalecer su sangre con nuevos descendientes puros, o la extinción estaría cada vez más cerca, y con resultados catastróficos. Solo los Dioses conocían el alcance de los posibles daños, pero nadie se atrevía a inmiscuirse en este peligroso asunto, salvo la Diosa del Destino. Ella tenía suficiente poder y astucia para detener el mal que había surgido y acechaba a los Reinos. Solo ella podía intervenir en el destino de los seres que debían ser protegidos.

Conocía a su hermano mejor que nadie, y aunque él jamás lo admitiría, era la única con capacidad para detenerle. El resto de sus hermanos no tenían intención de participar en una lucha entre ellos, pero sería lo que ocurriría al final si las cosas continuaban así.



Había elegido a Alyssa sabiamente. Vio en ella su destino, tan parecido al de otra bruja que no acabó bien; pero sabía que su corazón era lo bastante fuerte como para soportar lo que estaba por suceder. A pesar de que le dolía que su protegida más joven tuviera que sucumbir de algún modo a la oscuridad, era el único modo de lograr un objetivo mayor, uno que hasta ahora, jamás había contemplado. Era arriesgado en extremo, pero confiaba en su fortaleza. Ella misma le había otorgado un inusual regalo que solo otro ser poseía. Un regalo que solo los Dioses podían compartir, y que pocas veces lo entregaban.

Solo Alyssa era merecedora de ese honor.

La noche de luna llena en que el futuro de la joven bruja estaba en juego, esta temblaba por dentro, a pesar de que confiaba en sí misma. Sus padres no habían tenido más hijos, y sabía que si algo le sucediera, no podrían sobreponerse al duelo. Eso la asustaba más que el hecho de que pudiera sufrir cualquier tipo de dolor o sufrimiento. Sin embargo, era su momento. Debía cruzar el portal para ir al Plano de los mortales.

Dio unos pasos para encontrarse cara a cara con su destino.



Capítulo 1



Con solo pisar suelo mortal, ya pude percibir el mal que envolvía a la Tierra igual que un manto oscuro que apenas dejara filtrar la luz. Daba verdadero miedo, sobre todo, por la sensación de soledad que me embargó en aquel aislado y oscuro rincón que no conocía. Ya no tenía a mi familia, ni a mis amigos a mi lago y, a pesar de los relatos que me contaron de sus experiencias pasadas por el mundo de los mortales, yo no podía sentirles cerca, velando por mí, como algunos afirmaron que ocurriría. No podía percibirles de ningún modo, ni tampoco podía comunicarme con nadie de mi mundo, como pronto pude comprobar.

No ocurrió nada cuando intenté invocar a mis padres realizando un conjuro de lo más sencillo. Claro que no podía traerles, pero hubiera deseado poder decirles que había llegado, aunque estuviera tan asustada que no sabía si me saldrían las palabras.

Tenía miedo de que mis poderes hubieran desaparecido también, pero me concentré en ellos y los percibí sin problemas. Al menos no estaba del todo desamparada. Ya era un consuelo; al menos en parte.

Miré a mi alrededor y solo vi árboles a un lado y otro de la estrecha carretera asfaltada. No era la primera vez que contemplaba una pequeña porción de este Plano, ya que el aprendizaje que recibíamos las brujas era muy completo. A través de un complejo hechizo, éramos capaces de crear una ventana hasta este mundo, claro que de ningún modo la podíamos cruzar, sin embargo, era divertido echar un vistazo a un planeta que solo conocía a través de los libros. Pero ahora mismo no sabía dónde estaba o a dónde debía dirigirme, solo tenía claro que no podía permanecer aquí sola de pie. Era de noche y aunque la luna llena iluminaba el suelo que pisaba, había muchas sombras donde podían ocultarse mis enemigos. Los sonidos de los animales nocturnos, tampoco eran muy agradables. Suponía que debería acostumbrarme.

Me di la vuelta y me sobresalté al ver a alguien muy cerca de mi posición. Una mujer. No la había oído aproximarse y no pude evitar asustarme al principio.

Mi corazón se aceleró al percibir el extraordinario poder que emanaba de ella. Cuando la miré a los ojos, el miedo se esfumó, y una extraña sensación de reconocimiento me envolvió; sin embargo, no estaba segura de haberla visto alguna vez. Quizás no lo recordaba, lo cual también resultaba curioso.
Era una mujer de apariencia joven, de cabello castaño, y muy hermosa. Llevaba un precioso vestido largo de color blanco que dejaba sus brazos al descubierto. Teniendo en cuenta que estábamos en un lugar montañoso, frío y apartado, su apariencia estaba un poco fuera de lugar, claro que para el resto de los mortales, mi capa negra con capucha y mi ropa también debía ser inusual.

Sus ojos eran marrones, pero estaba claro que no eran humanos. Un suave brillo los hacía refulgir. Era una Diosa. No cabía duda de que estaba en lo cierto, aunque no estuviera segura de cómo podía saberlo, ya que jamás había recibido la visita de ningún Dios. Su poder era increíble; su calidez era embriagadora.

Ya había oído hablar de esa sensación a algunos brujos, sobre todo a los más ancianos. Sin lugar a dudas se trataba de La Diosa del Destino, protectora de la magia y de las brujas. Nuestra creadora, pensé, sintiendo que me quedaba sin aliento.

No podía creer que se hubiera aparecido ante mí. Se trataba de un honor extraordinario que muy pocos privilegiados disfrutaban en su inmortal existencia. Me pregunté por el motivo de su presencia ante alguien tan insignificante como yo, una simple servidora suya.

Con rapidez me eché al suelo para que mi actitud no pareciera rebelde o poco respetuosa, pero no pude evitar mirarla con curiosa fascinación. Ella se acercó despacio, como si flotara en lugar de caminar, y me acarició la cabeza con gesto cariñoso y protector, haciendo que mi capa cayera hacia atrás y mi rubio cabello quedara al descubierto.

—Tranquila querida, puedes mirarme —dijo la Diosa con una preciosa y melodiosa voz, y un asomo de sonrisa—. He venido a recibirte, y a aconsejarte.

Su expresión era amable y su rostro benevolente.

—Es un honor, mi Diosa.

Ella me sonrió, pero pude notar que en sus ojos había una sombra de preocupación, o incluso miedo, pero no podía estar segura. Mi sonrisa desapareció y guardé silencio a pesar de que me moría de ganas de hacerle mil preguntas. Ella había dictado mi destino, que yo conocía solo a medias, pero, ¿podría cambiarlo, o debía seguir el camino que ella había preparado para mí? Dudaba que tuviera alguna opción para elegir, y más aún cuando se trataba de algo que afectaba a muchísimas personas, tanto humanas como inmortales.

—Sé que puedes percibirlo —dijo con voz suave.

No me costó saber a qué se refería.

—¿El mal? —pregunté solo para asegurarme.

—Sí —convino con un ligero asentimiento de cabeza—. Este debería haber sido tu proceso de preparación y aprendizaje para tu vida en el Reino de la Magia, pero me temo que alguien sigue queriendo que eso no ocurra más.

Me quedé paralizada. A pesar de mi misión, de la cual conocía tan poco en realidad, no entendía por qué tenía que venir si estaba en peligro con tan solo cruzar el portal a este mundo.

Por el modo de mirarme, supuse que ella podía saber cómo me sentía, pero me abstuve de comentar nada. Nadie en su sano juicio pondría impedimentos para que su destino se llevara a cabo tal como estaba predispuesto, incluso desde antes de nuestro nacimiento.

—Un Dios de la oscuridad está sufriendo una crisis de aburrimiento en su milenaria existencia y ha estado esperándote desde hace décadas. Los malvados seres que están a su servicio han estado causando incontables muertes y mucho sufrimiento para que él obtenga más poder. Otros seres de la oscuridad también le han seguido estos últimos años —añadió con dureza, y un toque misterioso y espeluznante en su angelical voz. Resultaba inquietante—. Tú eres la única que puede pararle los pies.

Su declaración me asombró. ¿Ese era mi cometido?

—¿Yo, mi Diosa? —le pregunté, por primera vez, sintiendo todas las dudas que me había negado a experimentar desde que conocí mi destino—. Solo soy una bruja joven que ni siquiera ha terminado su aprendizaje. No soy nada para los seres de la oscuridad si vienen a por mí.

Estaba segura de que serían capaces de aniquilarme con solo pensarlo, pero no podía poner en tela de juicio la decisión de una Diosa.

Me resigné, igual que había hecho cuando mis padres me contaron lo que se esperaría de mí llegado el momento. Para mi desesperación, ese momento era ya.

Ella me miró entonces con un brillo en sus ojos que no supe cómo interpretar.

—Solo tú tienes el poder de acabar con esta maldad que asolará el Plano de los mortales —dijo determinación—. Cuando llegue el momento adecuado, la verdad te será revelada. No debes luchar contra ello.

Asentí obediente, mostrando una serenidad que no sentía en absoluto.

—Debes estar bien protegida durante tus horas de preparación, y durante la noche. Tienes que internarte en lo más profundo de este bosque. La Diosa Naturaleza tiene un lugar mágico preparado para ti —explicó con voz pausada—. Absolutamente nadie, salvo aquel que esté dispuesto a dar la vida por ti, podrá entrar allí. Es mejor que ese lugar permanezca en el anonimato, como también debes cuidarte de tus amistades más que nunca —advirtió—. Incluso las brujas pueden caer en el lado oscuro.

Eso último lo mencionó con tal grado de nostalgia, tristeza y pesar, que temblé por dentro como una hoja. Había oído rumores durante mis cien años de existencia, pero me costaba creer que seres de la luz como yo, como mi familia y vecinos, pudieran aliarse con aquellos contra los que luchábamos. Esos que nos hacían daño a la menor oportunidad, y que iban a destruir este mundo, y otros, si continuaban así.

La hermosa Diosa se acercó un poco más a mí y posó sus delicadas y pálidas manos sobre mis hombros. Hasta ahora no me había dado cuenta de que su piel era tan traslúcida, que casi parecía un espectro, solo que su imagen y su forma eran las de una joven totalmente corpórea; tal vez no igual que yo, pero casi. Sin duda podía aparentarlo si alguien pasara por allí. Menos mal que la carretera estaba desierta.

Noté un escalofrío, pero no sentí miedo, sino más bien lo contrario. Me sentí bien, mejor que nunca, y con un inmenso poder recorriéndome cada articulación, cada nervio, cada mínima parte de mi ser. Fue una sensación extraordinaria; jamás había experimentado nada igual.

Se apartó y dejó escapar un pequeño suspiro. No sabía si era de alivio o ese pequeño gesto encerraba algo más, pero no pude pensarlo por mucho tiempo.

—Toma esto —me tendió un colgante plateado y lo sujeté con ambas manos—. Es un amuleto que te permitirá sentir cerca a los seres que merodean esta tierra vulnerable. Debes estar alerta siempre que abandones tu nuevo hogar para integrarte y conocer todo lo que puedas de este lugar; solo así podrás descubrir la verdad sobre lo que ocurre, y salvarlo.

Cuando miré hacia mis manos, vi un colgante con una conocida imagen que ya había visto antes en innumerables ocasiones: se trataba de una estrella de cinco puntas dentro de un círculo plateado; era el símbolo de mayor poder de la magia, y justo en la parte superior, un pequeño murciélago.

Jamás había visto esa mítica imagen asociada a los vampiros entrelazada con la de mi propia especie, más aún siendo un símbolo de protección contra el mal. Me daba miedo preguntar, pero tenía que saber qué significaba todo eso.

Levanté la vista y la Diosa ya no estaba. Mis preguntas quedaban, una vez más, sin una respuesta clara. Estaba empezando a ser una mala costumbre.



Deslicé la cadena del colgante por mi cabeza y lo guardé dentro de mi ropa para que estuviera en contacto con mi piel. Supuse que de ese modo, surtiría más efecto si alguien merodeaba por allí. Y como no podía permanecer quieta en mitad de la nada, empecé a caminar sin un rumbo fijo para internarme en lo más profundo del bosque. Podía sentir la magia en la dirección correcta, y sabía que en el momento propicio, la casa a la que había aludido mi creadora, se haría visible ante mí.

La noche era terriblemente oscura en el Plano mortal, y aunque ya había estudiado sobre ello, me pareció un lugar de lo más tenebroso. En el Reino de la Magia nunca había noches tan negras, y me pregunté si tendría que ver con esa terrible maldad que estaba asolando el mundo de los humanos, y sobre la que tenía que averiguar más, para así, poder acabar con ella.

Una vez más me pregunté por qué me habría elegido a mí nuestra Diosa. A pesar de que mi poder era considerable, y ella me había infundido cierta protección cuando me había tocado momentos antes, no estaba segura de poder lograrlo yo sola. Tenía que aceptar mi destino, cierto, pero me pregunté si este auguraba una larga vida, o todo se acabaría para mí cuando mi cometido hubiera finalizado. Solo podía desear volver a ver a mi familia de nuevo; ya habían sufrido bastante.

Dejé mis pensamientos tristes a un lado, era momento de mirar hacia delante. No tenía alternativa.

La caminata era pesada, y tenía que sortear multitud de obstáculos casi invisibles. Los rayos de la luna que se filtraban a través del espeso follaje de los árboles, eran más bien inútiles, por lo que a los pocos minutos, cuando tropecé en varias ocasiones, opté por coger una de las piedras mágicas que había traído conmigo, y así pude iluminar un poco el sendero que pisaba. Tenía que tener mucho cuidado de no ser descubierta con una mística piedra en mis manos que permanecía suspendida en el aire mientras desprendía una luz tenue, pero a esas horas de la noche, dudaba que hubiera alguien en mitad de la nada.

Al cabo de un largo rato, llegué a un claro lleno de césped recortado. Había grandes rocas en la parte más baja de una montaña no muy alta, y a pesar de que parecía un lugar normal y corriente, estaba rodeado de magia; casi podía tocarla con mis manos. Cerré mis ojos y con un ritual sencillo, pedí permiso a la Diosa Naturaleza, y ella reveló la pequeña casa que iba a ser mi refugio en este mundo. Era muy bonita, pintada en tonos crema, tenía un porche de madera y dos plantas, ventanas blancas y un aspecto limpio pero que no llamaba especialmente la atención, sin jardineras ni adornos extras; sencilla y apartada. Perfecta.

Estaba exhausta y contenta por haber llegado, pero estaba lejos de encontrar el descanso que necesitaba, ya que en ese instante, oí un fuerte ruido muy cerca de mi posición, lo que era extraño; allí no había nada aparte de la casa. El colgante que llevaba al cuello bajo la ropa, desprendía un calor inesperado. Era incómodo, pero no llegaba a ser doloroso, sin embargo, sabía lo que significaba: había seres oscuros cerca, y un peligro que no había esperado en ese preciso rincón.

Levanté la mano izquierda y lancé un hechizo para ocultar la casa, con la otra mano, agarré con fuerza el pequeño y valioso bolso que traje conmigo. A ojos extraños, no medía más de diez centímetros, pero en su interior guardaba muchos y diversos objetos mágicos que me servirían para acabar con esos seres oscuros que merodeaban por la noche. Hasta averiguar de qué se trataba, me mantuve alerta, sin hacer ningún ruido, porque también sentía la presencia de dos humanos cerca. Era mejor no llamar la atención si no era preciso.

Un escalofrío me recorrió, y no pude evitar acercarme hasta dar con las dos personas que había a poca distancia. Sus auras eran muy visibles, aunque una de ellas parecía estar al borde de la muerte. Mis pies se movieron más rápido. Tenía que hacer algo para salvarles.

Cuando los divisé, no pude creer lo que veía. Un hombre apuntaba con una enorme arma a una mujer que agonizaba en el suelo cubierta por su propia sangre. La abierta herida de su brazo acabaría por matarla, y por cómo se apagaba, eso ocurriría pronto si no intervenía ya.

—¿Qué crees que estás haciendo? —pregunté con calma, para intentar no provocar que la situación empeorara aún más.

El hombre se giró hacia mí, apuntándome ahora.

—¿Qué haces tú aquí, y quién eres? —inquirió con una horrible furia apenas contenida.

El humano estaba claramente sorprendido, pero a la vez, sus ojos mostraban decisión, y una monstruosa oscuridad envolviéndole. Debía de estar bajo el control de algún malvado ser pero, como quien quiera que fuese permanecía a distancia, tenía que concentrarme en ellos dos por el momento.

—Vivo aquí, así que deberías marcharte a otro lugar con ese horrible objeto que llevas en las manos —advertí con dureza.

El hombre sonrió burlón. Aproveché su momentánea distracción para lanzar un hechizo de curación a la mujer que ya apenas sostenía su último aliento y sonaba quejumbrosa. Sentí que perdía el conocimiento por completo, lo cual era bueno, no quería que volviera a estar en el punto de mira del tipo que estaba frente a mí. Al menos volvía a respirar con normalidad.

Intenté ser discreta, pero el hombre miró hacia mi mano, posicionada en dirección a la mujer para proyectar mejor mi poder, y se dio cuenta de que estaba tramando algo.

—No sé qué haces, pero detente, o te mataré ahora mismo —sentenció con resolución.

Por supuesto le creí. Estaba claro que había ido hasta allí para asesinar a esa pobre mujer, en un lugar lo bastante apartado para que nadie lo viera. Era terrible que los humanos fueran capaces de actos tan atroces. Presenciarlo era casi peor.

—Bien, no haré nada —mentí descaradamente—. Pero, ¿por qué haces daño a esa mujer? —le pregunté en un intento de distraerle, con la esperanza de poder acercarme lo suficiente como para arrebatarle esa arma. Eliminaría parte del peligro.

—Es mi esposa —escupió—, y me ha engañado infinidad de veces, así que no me queda más remedio que acabar con ella. Ya no volverá a hacerlo nunca más —añadió con convicción y un asomo de satisfacción.

Su rostro se veía hermoso, a pesar de la oscuridad de la noche, pero sus facciones estaban contraídas y eran frías, de tal modo que le hacían parecer peligroso y decidido a terminar su siniestra misión. Era una combinación que daba verdadero miedo. Sobre todo porque sospechaba que el hombre estaba siendo empujado a hacer algo en contra de su voluntad, algo contra una persona querida y cercana a él.

Habían manipulado su mente.

—Nadie merece ser tratado de ese modo, ¿no crees? —pregunté, dando un pequeño paso hacia él—. Aunque te haya hecho daño, hay mejores modos de arreglar las cosas.

—Tú no sabes nada, niña estúpida. Y no deberías estar aquí, porque no puede haber testigos… así que… adiós —soltó con una voz espeluznante.

Como si fuera un sueño, el hombre disparó el arma hacia mí, pero el tiempo se movió entonces tan despacio, que pude alargar la mano para repeler el ataque del proyectil que iba directo a mi corazón.

Estaba tan asustada, que tardé unos segundos en darme cuenta de que en mi lugar, el hombre había sido herido. Dejó caer el arma al suelo y una herida sangrante surgió en su pecho. El proyectil había ido a parar a su corazón. Fui a acercarme para intentar salvarle la vida, cuando dos vampiros se interpusieron en mi camino salidos de la nada. Uno era rubio y muy alto, el otro era moreno y un poco más bajo. Este último me miraba con rabia, con los colmillos fuera y una oscura mirada parecida a la del asesino abatido; en ese instante pude ver cómo su aura se apagaba y mi rabia se encendió. Podría haber salvado al humano si esos dos seres diabólicos no se hubieran interpuesto.

El vampiro moreno dio un paso hacia mí y dejó escapar un gruñido. Estaba claro que buscaba sangre, pero no sería la mía, decidí. Me preparé para defenderme y acabar con él, pero el rubio le detuvo poniendo un brazo para cortarle el paso. Este otro me miraba con curiosidad. Sus ojos eran claros, y para mi sorpresa, no pude ver maldad en ellos. A pesar de que nos separaban unos metros, había perfeccionado mi capacidad para conocer las intenciones inmediatas de cualquier ser que estuviera en mi presencia. Podía ser útil, claro que esos sentimientos también podían esconderse en el interior, sobre todo si estos eran oscuros. No podía fiarme de ninguno de los dos, desde luego, pero el vampiro más bajo representaba una amenaza mayor que el otro, eso sí podía determinarlo con cierta seguridad.
Estaba claro que quería aniquilarme.

—Tú, perra —escupió con ira—, nadie te ha pedido que te metas en nuestros asuntos —me gritó con la mirada encendida por la furia que encerraban sus palabras.

El miedo se fundió con una llama de furia que se prendió en lo más profundo de mi ser. Traté de normalizar los latidos de mi corazón, pero era una misión un tanto complicada con esos dos vampiros tan cerca de mí, aguardando el momento perfecto para arrancarme la garganta. Nunca antes los había visto en persona, más que en los libros, y eran mucho más aterradores y espeluznantes en la vida real.

Tragué saliva con dificultad.

—Si no quieres que haga una hoguera contigo, más te vale desaparecer de mi vista. Los dos —añadí con dureza. Agradecí que mi voz sonara firme.

Ahora la sorprendida fui yo cuando vi que el vampiro moreno empezaba a reír. Claro que su diversión era siniestra, y además, a mi costa. Yo no le veía la gracia, y aunque no me gustaba arrebatar la vida de ningún ser, estaba claro que con él debía hacer una excepción. No parecía que existiera ni una pizca de humanidad en su interior. Su alma era tan oscura como esos pozos negros de sus ojos. Quería mirar en su interior para saber qué planeaba hacer conmigo, saber si su alma podría redimirse de algún modo aunque lo dudara, pero no había tiempo de hacer conjuros ni de concentrarme en algo así. Si me despistaba, sería carne fácil para esos seres de la noche con hambre de sangre.

No podía mostrar debilidad ante ellos y como pude, guardé el miedo que sentía en un rincón de mi mente, y expuse mi mano izquierda hacia el frente, apuntando hacia ellos. Una pequeña bola de fuego surgió en mi palma. Yo solo sentía calidez con su contacto, pero para un vampiro, era una forma eficaz y definitiva de morir. No es que yo hubiera visto antes cómo caían, pero conocía a muchos brujos que habían matado antes a vampiros durante su estancia en la Tierra. Ellos me habían enseñado a perfeccionar mis habilidades para defenderme de los que resultaban ser unos de nuestros peores enemigos; esos que no valoraban las vidas de los mortales.

Antes de que pudiera decir o pensar nada, el vampiro se lanzó sobre mí con una velocidad asombrosa, y no para lanzarme por los aires y librarse de la amenaza que yo representaba para él, sino para ir a por mi garganta, morderme y beber mi sangre. Solo tuve un segundo para contemplar mis posibilidades. Si un vampiro se alimentaba de una bruja, adquiría sus poderes; con el tiempo suficiente, si se hacía con toda la magia, no solo me convertiría en una simple humana, sino que moriría a las pocas horas del desangramiento. La inmortalidad era un don que se nos podía arrebatar con cierta facilidad a los de mi raza. No podía permitirlo. Aunque apenas sentí dolor cuando me agarró con una fuerza descomunal por los brazos, ni noté mi magia alejándose de mí cuando acertó con sus colmillos en mi cuello, no quería comprobar qué significaba aquello; tenía que salvar mi vida antes de hacer suposiciones. Toqué su espalda con la bola de fuego y di un rápido salto hacia atrás para que las llamas de su cuerpo no abrasaran mis ropas.

Lancé un conjuro e hice desaparecer el cuerpo calcinado del vampiro y del humano muerto. Se esfumaron como un puñado de cenizas blanquecinas y no quedó ni rastro de la sangre ni nada fuera de lo común, a excepción de la mujer que aún estaba inconsciente.

Mi cuello se curó al instante.

Siempre era una sensación extraña cuando se nos hería a las brujas. Una parte de nuestro aprendizaje era aprender a luchar; era algo que yo detestaba. Las heridas curaban rápido, pero nos dejaba una sensación de adormecimiento durante un rato en esa parte del cuerpo.

Miré al vampiro rubio y alto que me observaba con cierta oscura fascinación y me preparé para atacar de nuevo si no se iba de allí.

—Te advierto que si tienes intención de vengar la muerte de tu amigo, será mejor que te lo pienses dos veces —dije con determinación y cansancio.

—No era mi amigo, y confieso que era un peso muerto que me alegra no tener que soportar.

Habló sin sentimiento alguno, lo que me dio que pensar. Si no se protegían y cuidaban entre ellos, y no se tenían el menor respeto siendo de la misma raza, qué ocurría allí en realidad. ¿Sería posible que estuvieran en bandos diferentes? ¿O solo era un truco para confundirme?

Sea lo que sea, no era momento de meditarlo.

—No pienso fingir que me interesa lo que has dicho, así que lárgate —espeté.

En un abrir y cerrar de ojos le tenía delante, tan cerca que podía tocarle, y hasta olerle. Para ser un oscuro y despiadado ser de la noche, era muy atractivo, y tremendamente masculino. Tuve que reprenderme para mis adentros. No debía pensar algo así de alguien que iba por ahí bebiendo la sangre de inocentes, de modo que di un paso hacia atrás, lo que provocó que el vampiro compusiera una pequeña y misteriosa sonrisa.

—Reconozco que para ser una pequeña bruja, eres muy peleona y descarada. Eso me pone mucho —declaró en voz baja. Se suponía que eso debía ser un intento de seducción, y para mi asombro, algo se removió inquieto en mis entrañas. Era la primera vez que experimentaba algo semejante por el sexo opuesto.

—No estoy pretendiendo despertar tus instintos. Por favor, déjame sola —pedí en voz baja.

No se movió del sitio, ni para alejarse, ni para acercarse tampoco; solo me miraba como si estuviera estudiándome.

—Eres muy joven para tener tanto poder —expresó con cierta confusión.

—Subestimarme es un error, tengo cien años —fruncí el ceño.

No me gustaba que me consideraran joven y débil, porque no era ninguna de esas cosas, claro que con ese monstruo delante, no me sentía especialmente invencible. Parecía mucho más perspicaz que el otro, mucho más astuto. Eso era mucho peor.

—Yo también, pero eso no tiene nada que ver. Se supone que a tu edad no deberías poder hacer…

De repente se calló y me dejó con las ganas de saber a qué se refería.

—¿Qué quieres decir? ¿Qué sabes tú sobre las brujas o sobre mí?

Entonces me miró y compuso una pequeña sonrisa.

—Lo único que puedo decirte es que mi jefe desea conocerte —explicó de forma vaga.

Me estremecí. Su jefe debía ser su creador, aunque no estaba segura. Yo nunca me había referido a mi Diosa de ese modo, pero tampoco conocíamos todas y cada una de las costumbres de los vampiros. Eran unos seres sangrientos, sí; y también muy reservados.

—Pues yo no deseo conocerle, y ten claro que nadie me obligará a ir con vampiros a ninguna parte —dije con una seguridad que empezaba a flaquear.

En mis adentros no estaba tan segura de poder escabullirme. Aunque fuera un Dios de la oscuridad, no sabía hasta qué punto lograría negarme antes de que emplearan métodos menos sutiles que una simple conversación ligeramente amenazante.

—Tranquila, nadie tiene pensado obligarte —musitó—, pero al final irás a verle por propia voluntad.
Sentí un escalofrío recorriéndome todo el cuerpo, sus ojos claros me taladraban, apenas me dejaban pensar. Su cercanía era sencillamente abrumadora para mis sentidos. No sabía qué me estaba pasando.

—Amenaza todo lo que quieras, pero no quiero tratos con gente como tú —declaré.

Eso arrancó una risa ahogada al vampiro. Su expresión se suavizó. Casi demasiado.

Empezaba a sentirme incómoda en su presencia.

—Las amenazas no son lo mío. Yo soy un hombre de acción, más que de palabras —dejó caer con sorna.

Me pregunté qué querría decir con aquello. Su gran sonrisa resplandecía y sus dientes eran tremendamente blancos y letales. Ese ser podría despertar pasiones si así se lo proponía, como también daba un miedo sobrecogedor. Era alto, ancho de hombros y musculoso. Un enemigo así daba pavor.

—Me da igual cómo seas. No quiero volver a verte nunca —solté, molesta por mis confusos sentimientos.

El vampiro me miró con suficiencia, como si estuviera tratando con alguien corto de entendederas. No me gustó nada que solo su mirada resultara ser tan insultante.

—En esta vida no siempre se tiene lo que se quiere. Deberías recordarlo, como un consejo para el futuro —me guiñó un ojo y desapareció de mi vista. Lo único que sentí fue un ligero soplo de viento, y mucha oscuridad.

En mi interior, una pequeña parte de mí, sintió una punzada… ¿deseo tal vez?

No. Imposible.

Me reprendí lo más severamente que pude. Esto no podía estar pasándome a mí. Ni hablar. No con un ser de la noche, alguien que no era un brujo.

Dejé de divagar sobre tonterías. Solo tenía que mantenerme alejada de la tentación y todo iría bien.


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