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martes, 17 de mayo de 2016

martes, 3 de mayo de 2016

Por el amor de una dama - Primer capítulo

Espero que os guste mucho. Feliz semana!



Inglaterra, 1821


  
En la casa de campo de los Bendsford, en Kent, se alojaba la familia al completo desde hacía unos meses. Jane Stewart, la condesa de Bendsford, se encontraba postrada en cama pasados unos días después de haber dado a luz a su segundo descendiente: una niña. Tenía fiebre y dolores constantes mientras todo el servicio, su marido, su hijo de seis años, y la recién nacida, aguardaban sin remedio el terrible final de su sufrimiento. Según el médico, no había esperanza de recuperación llegados a ese punto.

Lady Bendsford, casi sin fuerzas, hizo llamar a su esposo para formular una petición que ya no podía esperar. La doncella salió a toda prisa por la puerta mientras otra criada, acompañada por el doctor y su hijo mayor, velaban por la enferma, que no se libraba de las fiebres que habían aparecido tras el parto.

William Stewart, el conde, pasó junto a su hijo y cerca de la cuna del bebé, que permanecía dormido y sin hacer ruido alguno. Este se puso de rodillas junto a la cama. Con gesto contraído y el corazón destrozado, miró a sus hijos y luego a su dulce esposa, y no fue capaz de decir una palabra. Usó toda su fuerza de voluntad para no echarse a llorar como un niño delante de su mujer y el resto de los presentes. No deseaba que le vieran así. No podía permitir que su esposa muriera con ese recuerdo suyo. Permaneció en silencio hasta que todos se marcharon. El hijo de ambos, James, con expresión de tristeza y la cabeza gacha, salió cuando su madre le dijo que solo necesitaba unos minutos a solas con su padre. Una vez a solas, entrelazaron sus manos y unieron ambos rostros, rozando con suavidad las mejillas.

—Will —susurró la condesa con dificultad—, necesito que me prometas algo, te lo suplico.

—Amada mía, haré cualquier cosa que me pidas. Te doy mi palabra —aseguró en voz baja.

Los ojos de Jane brillaban, a pesar de que sus fuerzas menguaban sin control alguno. Sabía que su hija contaba con el apoyo del mejor hombre que había conocido en su vida, y estaba segura de que el conde velaría por su seguridad y bienestar; así como de la de su hijo y heredero, un niño formidable aún a su corta edad.

—No permitas que nuestra pequeña Helen contraiga matrimonio con el hijo del barón. Estoy segura de que sería muy desgraciada si eso llegara a suceder —explicó con lágrimas en los ojos.

El conde trató de evitar que su semblante se mostrara confuso. Hacía apenas cuatro meses que habían hablado de la posibilidad de concertar ese matrimonio con el hijo de Connor Mitchell, barón de Hurthings. El pequeño Duncan Mitchell heredaría una buena casa y fortuna, aunque las malas lenguas habían desmentido esa información, añadiendo, por si fuera poco, la sospecha de que el barón había tenido algo que ver con la muerte de su esposa, fallecida dos meses antes. Lo peor del asunto fue que lo calificaron como: extraño accidente.

William no podía estar seguro de todo aquello hasta que le hiciera una visita en persona, porque siempre le había tenido en buen concepto y dudaba que fuera capaz de semejante vileza. Creía que era alguien poco comunicativo, eso sin duda, pero no le parecía una mala cualidad en un hombre en todo caso. Le conocía desde hacía años, y los pocos negocios que habían compartido, habían tenido éxito. No tuvo reparos en aceptar el ofrecimiento del barón, cuando este mencionó que si el conde tenía una hija, lo que a él le hacía realmente feliz, podrían unir sus familias. William sabía que de esa manera, el barón se aseguraba un buen matrimonio para su único hijo. Claro que para el conde tampoco era un mal trato, puesto que Connor estaba bien considerado por la sociedad, de modo que aceptó, aunque solo hubiera sido de palabra, y más aún, sin saber si su primogénito sería niño o niña.

Casi había olvidado el asunto desde que se habló por primera y única vez. Pero ahora tenía que arreglarlo como fuera. Algo había perturbado la serenidad de su esposa en sus últimos momentos y sería él quien le diera esa paz que necesitaba su espíritu.

No era un hombre que rompiera su palabra, jamás, pero una promesa a su querida esposa le parecía más importante que su honor como caballero en esos momentos. Nunca le negaba nada que estuviera en su mano, y ahora, en su débil estado, no iba a empezar a hacerlo.

—Esposa mía, prometo hacer cuanto esté en mi mano para asegurar un buen porvenir para nuestra amada hija. Si es tu deseo, romperé el compromiso en cuanto pueda partir hacia Londres —le aseguró. Era evidente que no se iba a marchar en ese preciso momento.

Varias lágrimas rodaron por las mejillas de la condesa, que sonrió y acarició las manos de su esposo con ternura, a pesar del esfuerzo que le suponía hacer cualquier movimiento, por nimio que fuera.

—Gracias —exhaló casi sin fuerza.

Cerró los ojos y una débil sonrisa se dibujó en sus labios.

Fue así como James, y la pequeña Helen, que abría los suyos en ese momento y apenas empezaba a vivir, habían quedado huérfanos de madre.

El conde no pudo abandonar su lecho esa noche. Durante el tiempo que le dejaron a solas con ella, pudo derramar las lágrimas que había contenido hasta el momento por el sufrimiento de su amada y por la terrible pérdida que acababa de asolar su corazón. Más tarde, tendría que ser fuerte para sus hijos, pero ahora, pudo dejarse llevar por sus sentimientos.



Unos días más tarde, en la ciudad de Londres, en una destartalada casa de una de las calles menos recomendables, se encontraba el barón Connor Mitchell. Estaba bebido e intratable, de modo que en cuanto pudo, William salió de allí tras darle la noticia de que su mujer había fallecido hacía dos semanas, y que el compromiso entre sus hijos quedaba roto.

Alegando que el acuerdo no era definitivo y que fue hablado cuando ni siquiera sabían el sexo del bebé, intentó hacer razonar al barón, pero este, que había dejado evidente su mal estado físico, así como el económico, era poco receptivo a oír aquellas palabras. Desde que había caído en desgracia, desesperó por arreglarlo como le fuera posible, y su única posibilidad para salir de entre las sombras, era el matrimonio de su hijo. Claro que pocas personas deseaban ya tener tratos con él. William además, tenía una promesa que cumplir.

Connor intentó agredir al conde, sin ser consciente de que eso no hacía sino empeorar las cosas, pero gracias a los criados de la casita desvencijada, no llegaron hasta tal punto.

William se alegró de haber librado a su hija de un futuro oscuro e incierto, dado el grado de dejadez y desgracia que había caído en la familia del barón.

A pesar de sentir cierta empatía por aquel hombre, del que en realidad conocía tan poco, no podía dejar que su sangre se mezclara con el escándalo que rodeaba a su antiguo socio. Y además, la petición de su amada esposa era algo que tenía que respetar por encima de cualquier otra cosa.

Después de haber pasado solo dos días en Londres, había oído toda clase de chismorreos sobre el barón y, a pesar de no creer algunos de ellos, como el que afirmaba que Connor había sido el culpable de la muerte de su esposa, tampoco podía pasarlo por alto. Trató de preguntarle a él directamente, pero se puso a gritar incoherencias y a lanzar cosas al suelo sin aclarar lo que el conde deseaba saber. En ese momento vio con claridad que su preciosa y adorada hija, no se vería mezclada con gente así jamás. Eso podía darlo por seguro.

William abandonó la vivienda, dejando a un hombre furioso y con las desventuras que él mismo había cosechado. Y aunque no le vio en ningún momento, supuso que el barón estaría acompañado de un pequeño de cinco años asustado, que no querría ni acercarse a su padre; el único pariente con el que en realidad podía contar ahora el pequeño.

Desde que su madre ya no estaba, Duncan Mitchell se sentía perdido y se escondía de su único pariente, aunque este le decía que cuidaría de él. Pero a pesar de su corta edad, podía ver que un hombre que no podía cuidar de sí mismo y de su hogar, no podría hacerse cargo de un niño.

No tenía más opción que ser valiente y velar por sí mismo, aunque no estuviera seguro de cómo lograrlo.


Capítulo 1

  

Inglaterra, 1830



La vida de lady Helen era envidiable. Con solo nueve años, conocía una decente fracción del mundo, gracias a sus lecciones y a su amor por los libros. Su padre no había reparado en gastos para satisfacer cualquier capricho, pero a su vez, instruirla sobre los valores que toda joven de buena familia debía poseer. Era una niña hermosa y dulce de cabellos rubios y ojos claros como su madre; era la viva imagen de lady Bendsford, a quien su padre y su hermano seguían adorando, aún con su ausencia.

Como el conde no tenía intención de volver a contraer matrimonio, se volcó por completo en su tesoro más preciado: sus hijos. Su hijo mayor contaba con tutores que lo preparaban para el futuro hasta que tuvo edad suficiente para ir a un internado, y de ahí, pasaría a la mejor universidad. No había día en que no se le echara de menos.

Aunque William se sentía terriblemente solo, a pesar de la numerosa cantidad de personas que había siempre a su alrededor, entre los que se incluía su hija, no podía ni imaginarse con otra mujer, aunque Helen le instaba a conocer a algunas distinguidas damas que podrían desempeñar muy bien el papel de condesa. A la joven no le disgustaba, en absoluto, hacer el papel de casamentera.

Su padre a menudo le decía que ninguna de ellas era comparable a su madre, y alegaba que la felicidad no siempre acompañaba al matrimonio, con lo cual, como no creía poder volver a enamorarse nunca más, tampoco volvería a pasar por el altar. Hizo una promesa consigo mismo: Jane Staford, quien más tarde adoptó su apellido y el correspondiente título de condesa, siempre sería el gran amor de su vida. Ninguna otra ocuparía su lugar nunca. Claro que esta promesa no la había compartido con nadie más, de modo que le hizo saber a Helen, que simplemente, no deseaba casarse de nuevo.

Aunque no estaba de acuerdo con esa rotunda afirmación, en el fondo Helen tenía miedo de ser relegada y no ser la favorita en el corazón de su padre, pero eso no impedía que deseara su felicidad por encima de todo. Había oído decir que los hombres necesitaban el afecto y la compañía de una mujer en su vida, de modo que ella estaba convencida de que tenía que buscar una esposa para él. No había semana en que no se le ocurriera una nueva posible candidata a tal puesto.

Las negativas del conde no la hacían desistir.



Una tarde, el conde hizo llamar a su hija a la biblioteca y mientras aguardaba, permaneció sentado frente al fuego. Margaret Woods, la institutriz de Helen, aunque lo sería por poco tiempo más, se dispuso a abandonar la estancia para darles privacidad al conde y a su hija. A pesar de ser casi una madre para la joven, sabía cuál era su lugar en la casa y jamás rebasaría los límites de lo que se consideraba correcto y prudente, por mucho que le gustara brindarle su apoyo en todo momento. Con una última mirada, hizo un gesto de asentimiento a William y posó sus ojos un instante en Helen, que no se había percatado de nada mientras entraba y fue a buscar asiento.

Helen esperó a que el lacayo cerrase la puerta y así dirigirse al sillón donde se hallaba sentado su padre. Se sentó en su regazo, como solía hacer cuando estaban solos, y se dejó abrazar. Esos momentos eran los más felices de su vida. Se acomodó un instante para no despeinarse; si bien sabía que su padre no se daría cuenta de ese pequeño detalle, toda buena señorita se mantenía en todo momento con un aspecto impecable. Era algo que había aprendido desde una edad temprana, puesto que no todo eran clases de geografía y literatura, entre otras asignaturas. Aunque era poco frecuente, su padre no se opuso a que sus materias fueran diversas y numerosas. Era partidario de la idea de que, una mujer inteligente, era mucho más interesante que las que se limitaban a aprender cómo comportarse en las cenas elegantes. Fue una de las valiosas lecciones que William aprendió de su amada esposa: que el interior de las personas era más importante, o tan importante, como las apariencias.

—¿Cómo te encuentras? —inquirió con ternura.

—Bien, padre —contestó con una sonrisa.

—Debo hablarte de algo crucial, querida —dijo con un tono de voz diferente. Helen se incorporó para mirarle directamente. Sospechaba que aquello sería serio y le observó con interés.

La niña asintió con la cabeza y William acarició, distraído, los rizos rubios de la pequeña.

—Esta tarde he recibido una proposición de matrimonio para ti —anunció con orgullo—. Del duque de Winesburg —añadió cuando notó la mirada curiosa de su hija—. Ya sabes que somos viejos amigos; sus hijos son buenos chicos y creo que, si mi juicio no se equivoca, la duquesa te adora.

Helen miró hacia la chimenea con gesto pensativo. Distraída, movió los pies bajo su vestido de muselina y no dijo nada durante unos segundos.

—Soy joven para casarme —declaró la pequeña en voz baja, tratando de hacer hincapié en un punto clave para ella.

—Es cierto, sin duda —convino el conde, tratando de no reír—. Pero nunca es demasiado pronto para concertar un buen matrimonio si se trata de ti —añadió con voz solemne, y con gran sentimiento—. Hablamos de tu futuro, hija, y creo que siendo duquesa serás muy feliz.

—También muy rica, ¿verdad? —inquirió con cierto tono de picardía.

William miró a su hija con adoración, tratando de evitar soltar una carcajada ante sus ocurrencias. Intentó mostrarse severo, pero lo consiguió solo a duras penas.

—Ya lo eres, de modo que eso carece de importancia —comentó—. Y… ¿no deseas saber quién será tu marido dentro de unos años? —inquirió con una ceja levantada.

Helen pensó durante unos segundos si en realidad eso era lo importante. Puesto que su padre ya habría acordado el matrimonio, en realidad ella poco tenía que objetar. Sospechaba que, de hecho, no tendría criterio para saber si acertó o no en su decisión. Creía que su padre habría elegido bien, y lo más probable era que se tratara del hermano mayor, lo cual era magnífico. Helen se había quedado prendada del marqués y futuro duque de Winesburg; era apuesto, amable, y la había tratado como a su invitada más especial cada vez que cenaban con su familia. Estaría encantada de ser cortejada por un joven que lo tenía todo para ser el marido ideal según su punto de vista.

—Claro que deseo saberlo —expresó con entusiasmo.

—Bien pues, se trata del hijo mayor, Richard Edward Jenkins —declaró, confirmando las sospechas de Helen.

A la pequeña le brillaron los ojos de felicidad y su padre se alegró porque, en su opinión, no era demasiado pronto para asegurar su futuro. La unión era, desde luego, algo ventajoso para ambas partes, porque ella también tenía una dote considerable que aportar al matrimonio. Ambas eran familias bien consideradas por la sociedad.

—Estoy muy contenta, padre. Gracias —dijo con una gran sonrisa y voz aguda, antes de abrazarle con fuerza.

William la miró con cariño. Imaginaba que lo aceptaría bien, como todo lo que tenía que hacer en su vida, puesto que era una joven obediente y sensata para su corta edad, y se alegró de que estuviera tan contenta. Sin embargo, tenía otra noticia que compartir con ella: algo que en realidad, trastocaba a toda la familia. Ya lo había hablado con James, porque era lo bastante mayor para comprenderlo, pero por otro lado, Helen aún era pequeña, apenas una niña. William no sabía qué pensaría, aunque debía comunicárselo también, ya que le afectaba casi más que a ningún otro miembro.

Se aclaró la garganta y suspiró antes de hablar. Le resultaba algo difícil.

—Mi querida hija, también tengo que hablarte de otro asunto.

Helen aguardó en silencio y algo preocupada, pues veía que su padre ahora no estaba tan alegre; temía que, esta otra noticia, quizás no fuera de su agrado.

—Verás, habrás notado que tu institutriz hace unos meses está en cama la mayor parte del tiempo, aunque no sea por una razón de enfermedad, sino por algo distinto —dijo despacio, midiendo sus palabras.

Hablaba con cierta dificultad, haciendo pequeñas pausas, porque hasta el momento no había tenido que conversar con su hija de temas que a él le resultaban complicados de tratar, sobre todo por ser alguien tan joven. Para esos casos había tenido a su institutriz. Hasta el momento al menos.

—La señorita Woods y yo hemos estado muy unidos este año y… tengo que comunicarte que hace unos días… ella dio a luz a una niña —dijo, escrutando su reacción—, de modo que ahora tendrás una hermana muy pequeña —añadió con cierto temor a la reacción de su hija—. ¿Eso… te hace feliz? —inquirió con suavidad.

Meditó unos instantes las implicaciones que conllevaba la buena nueva. Helen frunció el ceño y miró a su padre con intensidad, directamente a los ojos. Este comenzó a ponerse nervioso, casi se puso a sudar ante el agudo escrutinio.

—¿Vas a casarte con ella? —preguntó, ladeando la cabeza a un lado.

—No, hija —contestó con voz apagada, negando con la cabeza con cierto pesar.

—¿Por qué? —inquirió confusa—. Ella me gusta. Es agradable y me ha enseñado muchas cosas. Estos meses la he echado mucho de menos y… creo que haríais buena pareja —declaró con una sonrisa triunfante.

El conde permaneció como una estatua, digiriendo con dificultad las palabras de una niña tan pequeña.

Contrario a lo que había imaginado, su hija aceptaba de buen grado su nueva situación y, al parecer, solo le preocupaba la de él. Después de la revelación, Helen solo esperaba que al fin aceptara casarse, pero eso era algo imposible y William trató de desviar la atención de ese tema en concreto.

—Deduzco que no te molesta que vayas a tener otra hermana —tanteó sin dejar de observarla.

La afirmación de William sonó interrogativa y Helen sonrió, no se le escapaba que era algo fuera de lo común que un conde tuviera descendencia con la institutriz de su hija, pero él era viudo desde hacía demasiados años, como para tener en cuenta su nueva situación como algo inmoral. Claro que estaba segura, tanto como su padre, que levantarían algunos rumores sin poder evitarlo. Por supuesto, el conde ya había pensado en eso y, como no deseaba que el escándalo salpicara a ninguno de sus hijos, la menor viviría en el campo desde entonces. Estaría acompañada de su madre, naturalmente. Además, Margaret prefería el silencio de las afueras al bullicio de la ciudad. De cualquier modo, tampoco estarían las dos solas, sino que contarían con el servicio que normalmente había en una casita que la familia poseía en Canterbury. El suficiente para vivir cómodas.

—Claro que no, padre. Me alegra que aumente la familia, porque mi hermano está siempre tan ocupado con sus estudios, que apenas lo veo —dijo con expresión de fastidio más que de tristeza, como si en realidad le reprochara que estudiara tanto. Le quería con locura, pero también entendía que era el heredero y debía aceptar sus responsabilidades, pero eso no disminuía sus ganas de pedirle que le dedicara más tiempo. Echaba de menos hasta las cosas más sencillas, como cuando paseaban durante horas por las proximidades de la propiedad.

Suspiró y, al instante, su padre la sacó de sus tristes pensamientos.

—Bueno, me alegra oír eso porque… ella también recibirá una dote cuando se case, y la herencia que le corresponda cuando yo ya no esté —explicó con gesto contrariado al ver que Helen asentía con solemnidad.

—Es lo correcto, de modo que yo también estoy de acuerdo. Y por otro lado… como ahora estoy prometida con un futuro duque, tengo mi vida resuelta —dijo muy satisfecha consigo misma.

Sus observaciones escandalizaron al conde, que la reprendió al instante.

—Deja de hacer caso de los comentarios de tus doncellas, o voy a tener que tomar medidas si siguen empleando ese tono contigo —masculló molesto de verdad. Si bien tenía gracia ver a alguien tan joven hablar como lo haría un adulto, no deseaba que en presencia de algunas personas importantes, Helen se fuera a ir de la lengua.

—Oh, padre. No te preocupes por eso, ya sabes que sé comportarme como es debido delante de las damas distinguidas.

Para dar fuerza a sus palabras, se incorporó y puso recta su espalda, colocando sus manos pulcramente una encima de la otra sobre su regazo.

El conde reprimió una sonrisa.

—Cierto pero, una señorita no debe nunca soltar la lengua de esa forma, ¿entendido? —aleccionó agitando el dedo índice para enfatizar sus palabras.

—Lo prometo —susurró.

Compuso una expresión humilde y sonrió de forma casta.

—Bien —dijo él complacido.

William quedó conforme. Había evitado con eficacia la pregunta sobre el matrimonio que había formulado su hija, no porque no lo hubiera pensado, sino por lo imposible del hecho. No deseaba volver a casarse. Su esposa lo había sido todo para él y tras su fallecimiento, le costó volver a ser él mismo.

Sus hijos fueron el aliento que necesitó para sobrellevarlo y, dado que Margaret conocía sus intenciones y no le había demandado nada jamás, convendrían un nuevo acuerdo en cuanto a su situación, y también la de la hija que le había dado, y que recibiría el nombre de Catherine.

No le faltarían privilegios aunque no pudiera tener el rango que le pertenecería si fuera legítima, aunque sí sería reconocida por el conde, ya que jamás negaría, ni daría la espalda, a alguien de su propia sangre. Había sido fruto de un profundo cariño y de la amistad con Margaret, y eso significaba mucho para él.

Su hija Helen ahora estaría a cargo de su nueva tutora, que le ayudaría en sus estudios, y de su dama de compañía, porque no tardaría en llegar el momento de su presentación en sociedad. Aunque la duquesa de Winesburg había solicitado ese honor, la futura heredera de ese mismo título, precisaba de más de una carabina para visitar el palacio de Buckingham. Alguien con su rango no podía prescindir de esa nueva figura. Con las ausencias de William y James de la casa familiar de Londres, debía tener a personas que la protegieran, que velaran por ella, en todo momento.

Trató de hablarle de todo aquello, para que no se llevara sorpresas más tarde y, como siempre, aceptó de buen grado los giros que daría su vida. El conde de Bendsford estaba tremendamente orgulloso de la niña de sus ojos, a la que querría con toda su alma hasta que tuviera que abandonar este mundo.



Los años se sucederían en adelante sin grandes cambios más de los evidentes, para que su padre fuera consciente de que Helen sería una mujer extraordinaria, como lo fue su madre. Era su viva imagen y honraba sus raíces en todos los sentidos.

Mientras James, que ostentaba el título honorífico de vizconde, se preparaba para ocupar su cargo como futuro conde de Bendsford, Helen creció y se convirtió en una perfecta dama de la aristocracia londinense.


Podéis ver el book tráiler aquí.
Podéis adquirirla en formato digital y papel aquí:

miércoles, 27 de abril de 2016

Por el amor de una dama - kindle y papel

Ya tenéis disponibles los enlaces de amazon, en kindle y papel.
Espero que os animéis a comprarla y ojalá os guste mucho. Aquí os dejo la portada, sinopsis y book tráiler:






Un fuerte abrazo y feliz lectura a todos!

domingo, 17 de abril de 2016

Nuevo fragmento de "El frágil lazo del amor" - capítulo 7

Espero que os guste ;-)
Feliz domingo y feliz lectura!


Cuando nos quedamos solos, nos miramos fijamente  y así estuvimos lo que me pareció  una eternidad. 

—¿Estás bien? —preguntó con  aparente calma.

Algo me decía que tenía una lucha interior que no tenía nada que ver con la fría quietud que mostraba. Sus ojos parecían querer decirme algo, aunque no supiera  el qué. 

—Estoy bien —afirmé, asintiendo con la cabeza para tratar de enfatizar  mis palabras—, ¿por qué lo preguntas? —murmuré insegura. Desvié la mirada  y rompí así la conexión. 

—He oído a Bryanna —declaró con sequedad—. No hace falta ser detective para  sumar dos más dos. 

Carraspeé con nerviosismo. Me zafé de su escrutinio y me agaché para recoger las flores. Las puse en la mesa y cogí una bolsa de papel que había en uno de los cajones para limpiar el suelo de cristales. No  podía dejarlo así para cuando llegaran los  alumnos. 

Estaba arrodillada en el  suelo, concentrada en la tarea, sobre todo para evitar ser estudiada por esos ojos azules tan perspicaces. No sabía si contarle lo sucedido porque me daba miedo su reacción. Si se encaraba con Brent, Ethan podría tener serios problemas, y no quería que eso le ocurriera por mi causa. Ethan se agachó y cogió mi mano derecha para hacer que me incorporara. 

Cuando estuve de pie, me acarició  los hombros y bajó sus manos, de manera tranquilizadora,  por mis brazos. Hice un gesto de dolor justo cuando llegó al lugar donde Brent me había sujetado antes, con una fuerza exagerada. Si no estaba equivocada, eso me dejaría unas  horribles marcas al día  siguiente. 

Ethan se dio cuenta de mi reacción  y me miró con los ojos entrecerrados. 

—¿Qué te ha hecho, Amber? —inquirió con  fría serenidad. 

—No ha sido nada… —susurré con la voz  quebrada. 

Sus manos acariciaron mis mejillas y su dulce contacto provocó que mis lágrimas estallaran  de nuevo. Sin decir una palabra, me abrazó y tuvo cuidado para no hacerme daño. Pasó sus dedos por mi pelo de forma tranquilizadora  y besó mi frente. 

—Si vuelve a hacerte algún daño, le mataré —declaró con voz oscura, y con una naturalidad,  que me hizo estremecer.  No sabía si de alegría o de  miedo… 

Aunque no me cabía duda de que podría hacerle sufrir a ese desgraciado, esperé que no fuera capaz de algo así, y solo estuviera intentando reconfortarme.  

Traté de no pensar mucho en eso y en su lugar, disfrutar de estar entre sus brazos y su musculoso pecho. Poco a poco me tranquilicé  y las lágrimas dejaron de inundar mis ojos. Se apartó un poco para mirarme y limpió mis mejillas  con sus suaves dedos. 

Ese gesto me hizo sonreír. Era tan dulce a veces, que llegaba a  sorprenderme sus cambios de actitud.

—Estás preciosa cuando sonríes —susurró con voz grave, mirando mi boca con deseo. 

El ambiente  cambió radicalmente. Se acercó hasta acariciar mis labios con los suyos, lo que resultó ser una muy placentera sorpresa. 

Lo que empezó como algo más o menos inocente, se fue convirtiendo rápidamente  en un fuego crepitante  entre los dos. Sus manos en mi espalda me apretaron aún más, mientras su cálida y atrevida lengua hacía estragos en mi boca, tentándome para que me dejara llevar. Mi corazón latía desbocado e imaginé que a él le ocurría igual, puesto que su respiración, al igual que la mía, era superficial, errática.  Notaba sus brazos sujetándome con fuerza y dejé escapar un jadeo entrecortado. 

Alcé mis brazos y los pasé por su cuello, pegándole más a mi cuerpo, a lo que él reaccionó mostrando un deseo salvaje, equiparable  al que yo sentía en ese instante. Notaba un calor abrasador recorriéndome  de arriba abajo y la razón me abandonó cuando Ethan me pegó a la pared sin separarse de mí ni un milímetro. No sentí el frío en mi espalda, no sentía nada aparte de su poderoso cuerpo fundiéndose con el mío. 

Pasó una mano por debajo de mi rodilla y la alzó para que me enroscara a su cintura. Su potente deseo se hizo más que evidente y me molestó sobremanera, que la tela de nuestros respectivos pantalones, se interpusiera entre nosotros. 

De nuevo esa molesta barrera, pensé. 

Jamás había sentido esa imperiosa necesidad con ningún otro hombre y me sorprendí deseando más, mucho más.
...

Espero que os haya gustado.
Si os apetece leerla al completo, aquí os dejo el enlace de compra.
Un abrazo!

miércoles, 13 de abril de 2016

Book tráiler "El frágil lazo del amor"

Buenos días a tod@s! 
Quiero enseñaros el nuevo book tráiler de "El frágil lazo del amor", espero que os guste mucho. 
Feliz semana!


Os recuerdo que podéis adquirirla aquí.

domingo, 10 de abril de 2016

Por el amor de una dama

Hola a todos!
Os traigo novedades, y espero que os gusten. Esta es la portada y sinopsis de mi primera novela de género romance histórico. 


El  amor  es  un  sentimiento  maravilloso  en  muchos  casos  pero, ¿qué  ocurre  cuando  se  impone  una  unión  entre  dos  personas?,  ¿y cuando  una  de  esas  personas  decide  ignorar  sus  responsabilidades conyugales?  ¿Qué  pasará  cuando  todos  los  secretos  salgan  a  la  luz  y envuelvan en el escándalo a todas las personas implicadas? 

Helen  Stewart  y  Richard  Jenkins  están  comprometidos  desde que  ella  tenía  nueve  años  y  él  catorce.  La  unión  que  planearon  sus padres,  conde  y  duque  respectivamente,  no  estaba  basada  en  el amor,  como  es  natural,  debido  a  la  juventud  de  ambos. Cuando  Helen  descubra  quién  es  él  realmente,  bajo  esa apariencia  atractiva  y  caballerosa,  ya  será  demasiado  tarde  para  dar marcha  atrás;  y  el  día  de  su  boda,  el  que  debiera  ser  el  más  feliz  de su  vida,  acabará  por  convertirse  en  el  inicio  de  una  pesadilla  hecha realidad. 

¿Podrá  el  destino  volver  a  unirles?  ¿O  Helen  se  dará  cuenta  de que él no es el hombre a quien ama de verdad? 


Estoy ultimando los detalles para la publicación en amazon a final de mes. Os avisaré de la fecha muy pronto.
Un abrazo!

jueves, 17 de marzo de 2016