viernes, 13 de junio de 2014

No más citas

Os presento el primer relato de mi nuevo libro "Tus deseos: Relatos románticos". Que ya podéis descargar aquí
Espero que lo disfrutéis y os animéis a dejar vuestros comentarios. Estaré encantada de conocer vuestras opiniones. 

Saludos!!





Estaba esperando, sentada en una cómoda silla del restaurante donde había aceptado tener la cita a ciegas -de la que ya me estaba arrepintiendo-, cuando noté que llevaba más de cinco minutos de retraso.

No podía evitar tamborilear mis dedos sobre la mesa. Ya pensaba que tendría que cenar sola. Aunque a decir verdad, no sería ninguna novedad, hacía semanas que pasaba de salir con más tíos. Mis amigas trataban de emparejarme con todo aquel que creían apropiado para mí, pero ninguno captaba mi atención. La mayoría de ellos no valían la pena, ni siquiera para una cena como aquella; demasiado lujo para algo que, estaba segura, no saldría bien.

Estaba cansada de todo eso, y además llegaba tarde… Al día siguiente mataría a Clara, a la que ya consideraba en la lista negra de mis amistades, por haberme citado con un colega que según ella: era “perfecto” en todos los sentidos. Y ni siquiera era capaz de llegar puntual.

La verdad es que había perdido parte del apetito que suelo tener a las diez de la noche. No pasaba muy a menudo, pero mi humor había decaído bastante al ver que no se presentaría el tal Guillermo. 

Pues había perdido su oportunidad, y yo, mi tiempo.

—No volverá a pasar —susurré molesta.

Me levanté de la silla y me dirigí al bar. Tomaría una copa y me marcharía a casa. Lo primero que iba a hacer en cuanto llegara, era llamar a Clara y ponerle los puntos sobre las íes. No permitiría que me concertara más citas, estaba harta.

—Alicia, estás preciosa.

Levanté la mirada y me encontré con la seductora mirada de Alberto, el camarero que ya era un buen amigo. Solía venir al restaurante a cenar casi todos los fines de semana: con mis amistades, con mi hermana y ocasionalmente con una cita. Normalmente terminábamos tomando unas copas bastante más tarde, pero esta noche era distinto. Después de un plantón como aquel, necesitaba desahogarme y como no me gustaría irme borracha a casa, me decidí a pedir solo una copa de vino tinto.

—Gracias, eres un encanto.

—¿Cómo es que no te quedas a cenar?

Parecía realmente interesado en mi respuesta, pero la verdad es que me sentía avergonzada por el motivo por el estaba allí tan temprano.

—Bueno yo…

No sabía qué decirle, me sonrojé al notar que dos hombres que charlaban entre sí se volvieron para mirarme. Uno de ellos era bastante alto, moreno y con unos ojos verdes que me miraban con atención. El segundo era algo más bajito, no estaba en tan buena forma como el primero y parecía querer estar en otro lugar, ya que su expresión era de una incomodidad total. No era demasiado atractivo, por lo que centré mi atención en el moreno. 

Me arrepentí de inmediato, ya que parecía que iba a lanzarse sobre mí en cualquier momento.

—Perdona, ¿eres Alicia Domínguez?

—Eh, sí… ¿y tú eres…?

Dejé de hablar. No podía ser. Posiblemente era mi cita a ciegas de esta noche, y resultaba que en lugar de presentarse, me había dejado esperando para tomarse unas cervezas con su amigo.

Me sentí molesta y algo furiosa con toda la situación. Le miré entornando los ojos y esperé su respuesta. No era la que esperaba.

—Soy Carlos —miró a su derecha y señaló con la cabeza a su amigo bajito y poco atractivo— y éste es Guillermo.

—Oh, encantada, supongo —dije con sarcasmo.

Me tendió la mano y la acepté. Sentí escalofríos con su contacto y me derretí por su mirada abrasadora. Desconcertada por un momento, desvié mi atención hacia su amigo: mi cita. Me sentí algo confundida por la reacción que había tenido con Carlos, pero aún estaba enfadada por haber sido plantada.

—Lo siento, pero no sé si puedo decir lo mismo —Alberto, que reía por lo bajito, se calló en cuanto lo fulminé con la mirada—. ¿Me dejas plantada y te quedas tomando cervezas tan tranquilo?

—Discúlpame —susurró mirando hacia abajo—. Lo siento mucho, de verdad. Será mejor que me vaya.

Se marchó y nos quedamos los tres mirándonos. Alberto se escabulló rápidamente para atender a unos clientes, dejándome sola con él.

—Oye, siento mucho todo esto.

Miré a Carlos y sopesé sus palabras. No parecía sentirlo en absoluto; sonreía con sorna, como si le divirtiera lo ocurrido. Quise enfadarme, pero la verdad es que me sentía aliviada, al menos no había tenido que soportar a un plasta más, durante una cena entera.

—Ya, bueno, creo que es mejor así.

—Seguro, Guille no es nada divertido.

—¿Qué? ¿Acaso no es tu amigo?

Atónita observé cómo se reía a carcajadas, me dieron ganas de decirle que se fuera al cuerno.

—Para nada, solo es un compañero del trabajo. Vine con él porque sabía que no saldría de su casa si no era así. Es muy tímido y la verdad, no sé por qué aceptó la cita a ciegas, hace años que no sale con nadie.

—Vaya, genial. Tengo una suerte…

—Si tanto te gusta puedo ir a buscarle —dijo sonriendo descaradamente—. Solo era una broma —soltó a ver mi expresión.

Si Alberto no me hubiera servido en ese momento el vino que pedí, me habría ido en ese instante.

—¿Te tomas una copa conmigo?

—Paso.

Mi respuesta seca no parecía afectarle para nada, desvié la mirada y me concentré en la copa que tenía delante, para evitar mirarle fijamente.

—¿Por qué?

—Oh, veamos… Porque no quiero más citas, creo que no saldré con nadie jamás.

—Venga, yo tampoco soporto las citas, así que, ¿por qué no vamos a mi casa directamente?

Le miré como si le faltara un tornillo… o dos. Pero por alguna razón la idea me resultó de lo más atractiva. Era guapísimo y la camisa gris que llevaba, se ajustaba a un torso y unos brazos musculosos que deseaba poder explorar más a fondo.

Ese pensamiento cruzó mi mente y ya no pude pensar en otra cosa. Sin decir nada, vacié la copa de vino. Noté que me miraba e intentaba descifrar qué estaba pensando, pero no le hice caso. Pagué la cuenta y le miré desafiante.

—¿Nos vamos?

Su expresión cambió. Parecía decidido y su mirada era ardiente, me repasó de arriba abajo y sonrió de una manera tan seductora que me hizo encogerme por dentro. ¿En qué estaría pensando? Debo de haber perdido la cordura por aceptar… pensará que soy una facilona…

Mis confusos pensamientos se detuvieron abruptamente. Me tomó de la mano y volví a estremecerme de placer por su contacto. Salimos a la calle y nos dirigimos hacia un coche deportivo con pinta de ser carísimo. Me resultó agradable el cambio, normalmente mis citas me hacían subir a coches tan repulsivos como sus dueños.

Me sorprendió cuando Carlos se detuvo de repente. Apoyándome contra la puerta del copiloto, me acorraló con sus fuertes brazos y acercó su cara hasta rozar suavemente mis labios. Hizo que mis rodillas temblaran ligeramente y me apoyara en él para sostenerme. No tardó en profundizar el beso y ya no era ligero ni suave, sino apasionado y ardiente. Tanto que creí morir de placer. Sus manos recorrieron mis muslos hacia arriba para posarse en mis pechos, los masajeó y volvió a bajar las manos hasta mi trasero; lo apretó con fuerza y pude notar su excitación a través de mi vestido y sus vaqueros.

—Si sigo así no llegaremos ni a subirnos a mi coche —susurró para sí mismo.

No pude responder. Sentía que me faltaba el aliento y la fuerza para articular cualquier palabra.

Guardó silencio todo el trayecto: casi diez minutos. La tensión sexual se podía palpar. Me di cuenta de que él también apretaba las manos contra el volante y di las gracias por no tener que conducir en mi estado de excitación.

Carlos aparcó y bajó rápidamente del coche para abrir mi puerta. Esta vez no me tocó, aunque yo deseaba sentir sus labios y sus manos por todas partes. Me tomó de la mano y casi me arrastró hacia el ascensor, que por suerte estaba en la planta baja. Esta vez no se contuvo, me apretó contra él y empezó a besar mi cuello, su mano tiró de la tela de mi vestido corto y lo dejó a la altura de mi cintura, con espacio suficiente para acariciarme.

Sentía su aliento cálido y dulce en mi cuello y su lengua recorrer el mismo camino hasta mi clavícula. Siguió bajando y abrió varios botones de la parte delantera del vestido. Ni siquiera me lo quitó, bajó un poco la tela para dejar mis pechos al descubierto y empezó a succionar mis pezones hasta hacerme gritar.

Sin dejar de acariciarme íntimamente, apartó un poco la tela de mis bragas y después de acariciar mi centro del deseo, introdujo un dedo con una lentitud demoledora. Para acallar mis gritos empezó a besarme de nuevo. Me estaba dejando sin aliento cuando las puertas del ascensor se abrieron. Se quedó un instante con la frente pegada a la mía, me tapó un poco los pechos y me bajó el vestido, pude recoger mi largo pelo castaño en un moño improvisado. No me dio tiempo de arreglarme más.

—No te compliques, mi piso está aquí mismo.

Su voz era oscura y determinante. Parecía acostumbrado a ladrar órdenes por el tono que usaba, pero yo no era de las que obedecían tan fácilmente. Pero claro, no todos los días se presentaba una oportunidad como aquella, ese hombre me ponía a cien.

Andamos apenas diez metros; abrió la puerta y la cerró de un portazo. Me cogió en volandas y me apretó contra ella. Solté un grito al sentir el frío contra mi espalda, Carlos sonrió contra mis labios mientras los mordisqueaba.

—Me encanta que grites, me pone mucho.

Nunca antes me habían dicho algo así, sus palabras me encendieron aún más. Era tan apasionado que me iba a correr allí mismo al escuchar su seductora voz.

Escuché la cremallera de su pantalón al abrirse, apreté aún más las piernas a su alrededor cuando noté que jugaba con su miembro sin llegar a introducirlo en mi interior. Mis jadeos eran incontrolables, ardía por dentro y quería suplicar, pero apenas tenía fuerza para nada, solo sentir sus íntimas caricias me estaba haciendo perder el sentido.

Notaba su respiración: era entrecortada y casi podía oír el frenético latido de su corazón, acompasado al mío.

De una estocada me penetró, pude sentir cada milímetro entrar en mí y no conseguí dejar de gemir contra sus labios mientras su lengua que se entrelazaba con la mía.

—Nena, estás tan estrecha y tan húmeda… creo que no voy a poder aguantar mucho más…

—Yo tampoco… —jadeé.

Nuestras miradas se encontraron y algo ocurrió entonces. Nos dejamos llevar entre estremecimientos y susurros hasta caer rendidos en el suelo de la entrada.

Cuando se repuso lo bastante para poder hablar, me miró y pude ver un brillo especial en su mirada. Mi corazón se encogió.

—Ha sido increíble, nunca había sentido esa necesidad de alguien como para hacerlo aquí mismo —sonrió—. No nos ha dado tiempo de llegar al dormitorio…

—Pienso lo mismo, y ¿sabes? —me miró interrogante—. Creo que a partir de ahora no voy a tener más citas.

Los dos nos reímos. Nos levantamos y nos fuimos directamente al dormitorio principal.

Me acarició las mejillas y me abrasó con su contacto y con esa mirada que ya estaba empezando a adorar.

—Creo que será lo mejor… No más citas.

No dijimos nada más y disfrutamos de la pasión que nos abrasaba a los dos.



Espero que lo hayáis disfrutado. 

Podéis adquirirlo aquí.






Relato registrado.

4 comentarios:

  1. Me ha gustado mucho. Muy intenso y apasionado. Al final la horrible cita a ciegas no le salió tan mal, ya ves, jajaja...
    Un placer leerte!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias!!! Me alegro de que te haya gustado, es todo un honor, teniendo en cuenta que eres una escritora fabulosa!! Un beso y un abrazo enormes! ;)

      Eliminar
  2. Me gusto un monton y la verdad quede con ganas de mas jajaj es una historia que a muchas nos abria gustado esperimentar en una cita jajaj saludos y gracias por este relato lo disfrute¡

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias guapísima!!! Me alegro de que lo hayas disfrutado! Gracias por pasarte y comentar. Besos!

      Eliminar