miércoles, 24 de junio de 2015

¿Qué estás mirando? - Capítulo 2




2




Llegaron al hotel sobre las doce y media. Después de registrarse y tomar la copa de bienvenida, subieron las maletas a la habitación. Se cambiaron deprisa y ya con los bikinis puestos, bajaron a la piscina. Tania llevaba un vestido corto playero, sus chanclas y un bolso grande para las toallas. Luna se puso un pantalón corto y una camiseta de tirantes holgada y abierta por los costados, lo que dejaba al descubierto buena parte de su abdomen y espalda. El bikini era el típico de triángulos, así que no le importaba que se viera, además, iban a la piscina, tampoco tenía que ponerse un albornoz para pasear dentro del hotel, se dijo.
Un grupo de chicos jóvenes se las comieron con los ojos en uno de los pasillos y Tania sonrió.
—No sé cómo aguantas tanto tiempo soltera. Los tíos se te rifan. Tienes un tipazo de muerte y no te esfuerzas nada de nada. En cambio yo —soltó en un tono lastimero—, me paso meses a régimen para no engordar ni un gramo. Es un suplicio.
—Sobre todo cuando hay una tarta de chocolate de por medio… —bromeó Luna.
—¿Qué? ¿Tarta de chocolate? ¿Dónde?
Las dos se rieron a carcajadas por el camino y los chicos que se habían quedado mirando, las observaron con más interés.
Llegaron a la puerta que conducía a la piscina y Tania la abrió. Esta se dio cuenta de que los tres chicos se habían detenido, y muy coqueta, dejó la puerta abierta para que Luna pasara antes y así dedicarles una mirada con una clara invitación.
Entró sin más, dejando que ellos tomaran la iniciativa de seguirlas o pasar del tema.
—Es posible que tengamos compañía. ¿Te apuntas si nos proponen algún plan?
—Qué pereza. La verdad es que paso de tíos —dijo con una mirada calculadora—. Puedes quedártelos todos —concluyó.
—Venga ya. Sabes que a mí me gusta ir de uno en uno… —bromeó.
—Bueno, ya se sabe. En vacaciones todo puede pasar —murmuró arqueando ambas cejas.
Oyeron alboroto y vieron a los chicos acercarse a ellas. No tenían aspecto de ir en la piscina, pues vestían con vaqueros y camisa. Sin embargo, parecían claramente interesados en conocerlas y tras una breve presentación y una conversación condescendiente, quedaron allí mismo al cabo de un rato.
—No nos moveremos de aquí —aseguró Tania, recogiendo su corto pelo rubio tras las orejas y pestañeando de manera exagerada e intencionada en dirección a su amiga.
Esta bufó y cuando los admiradores de Tania desaparecieron, ella se quedó en bikini y se sumergió en la piscina. Se recogió su larga cabellera castaña en un moño muy cómodo para nadar y allí se quedó un buen rato.
No le apetecía demasiado alternar con esos tipos que debían ser más jóvenes que ellas. Vamos, unos chicos de veintipocos años, que no eran ni adolescentes ni tampoco hombres maduros con los que se pudiera conversar de algo interesante. Una extraña mezcla de hormonas y encanto superficial que no le atraía especialmente. En general era el sexo masculino el que no le interesaba nada últimamente.
No había mucho más donde elegir, puesto que el resto de personas que había por allí eran de la tercera edad haciendo ejercicios con una monitora, que incluso de lejos, desprendía energía para dar y tomar.
Luna siguió haciendo largos. Pensó que se estaba muy bien en una piscina donde no sintiera escalofríos cada dos por tres. Como cerca de ella no había nadie, se echó hacia atrás y cerró los ojos sintiéndose relajada por primera vez en mucho tiempo. Un ruido cercano le hizo abrirlos de golpe y se encontró con los brillantes ojos de su mejor amiga. Su azul chispeante le indicó que tenía algún proyecto en mente. Le entró miedo.
—Oye —susurró acercándose al borde de la piscina—, resulta que van a ir a la playa a comer y nos han invitado. ¿Quieres que vayamos?
Luna suspiró. No le apetecía nada, pero claro, se lo estaba pidiendo Tania. Decir que no, era imposible, y no porque se fuera a molestar, sino porque para eso están las amigas: para apoyar los planes si una de ellas lo necesitaba. Al parecer Tania le había echado el ojo a uno de ellos.
Ahora que estaban a cierta distancia, Tania pudo detallarle que uno de ellos tenía veintiún años, y los otros dos tenían veinticinco. Al menos no eran unos niñatos. Tania era su misma edad y Luna uno año mayor. Al parecer compartían más cosas de las que parecía en un principio.
Tania se sumergió en el agua para poder cotillear con ella. Le aseguró que el que le gustaba era bastante interesante, se llamaba Rubén Aranda; era gerente de un famoso restaurante de la zona y al parecer, también un buen amigo del dueño del hotel en el que estaban hospedadas.
—Al menos es mejor que tu último ligue —soltó Luna sin apenas contener la risa.
—Ni me lo recuerdes —espetó quedándose blanca.
Diego había sido su peor fracaso. Y no porque hubiera sido traumático ni nada de eso. El motivo por el que se sintiera asqueada al recordarle, era que había descubierto, un día que se quedó a dormir en su casa, que guardaba fotos de todas las chicas con las que se había acostado. Y no unas fotos cualquiera. No. Las chicas aparecían completamente desnudas y en posturas demasiado indecentes para su tranquilidad. Tania no deseaba formar parte de esa caja repleta de chicas que se habían dejado fotografiar como si quisieran aparecer en calendarios X. Ella no era así. Buscaba un chico decente con el que tener una relación estable y sana. Algo que pudiera tener fututo. A sus veinticinco años, deseaba a alguien con quien poder compartir su vida, a quien poder presentar a sus padres. Y no un coleccionista de trofeos femeninos… a saber qué hacía luego con esas imágenes, meditó consternada.
Una voz masculina despertó a Tania de sus cavilaciones internas. Miró a Luna y sonrió. Tenía un buen presentimiento para estas vacaciones. Sentía que algo especial estaba a punto de suceder. ¿Sería a ella? ¿A las dos?
Pronto lo sabría.



Después de un buen remojón en la piscina, fueron a cambiarse. Hacía calor, así que se pusieron unos vestidos cortos y las gafas de sol. Si no fuese porque eran tan distintas físicamente, todo el mundo pensaría que eran hermanas siamesas. Les gustaban las mismas cosas, salvo quizás, en el tema de los hombres.
Comieron en un chiringuito muy bueno y para asombro de Luna, fue un rato muy agradable. Pasearon por la playa y por la noche decidieron que irían a la discoteca del hotel, que estaba muy de moda, según comentaron. Los chicos vivían a poca distancia en Almuñécar, así que quedaron en encontrarse allí, lo que daba tiempo a ellas para ponerse guapísimas antes de salir.
Tania estaba loca de contenta con la invitación porque Rubén le prestaba toda su atención y además, parecía un buen tipo. Luna aplaudió su elección, ya que los otros dos chicos, Gabriel y Pablo, no hacían más que hablar de mujeres y baloncesto. Como si no existiera en el mundo nada más. Luna intentaba sonreír para no parecer una maleducada o una borde, pero le hubiese gustado gritarles que cerraran el pico por un rato. Por otro lado, habría arruinado los planes de su amiga con Rubén, ya que los tres parecían muy amigos y eso hubiese acabado con el buen rollo general −y en especial con Tania−, y no deseaba privarle de ese placer. Sus ojos parecían brillar a kilómetros y como no era nada frecuente que le sucediera con el sexo opuesto, no sería ella la que le fastidiara el ligue de primavera.
La discoteca era mucho más moderna de lo que habría imaginado. Luna había estado en otras similares cuando iba a las bodas de sus familiares, pero esta, además de tener una marcha increíble, estaba llena de gente joven. Casi como las discotecas más famosas del centro de Granada. Esas que llevaba sin pisar más de un año… incluso más de dos, ya que cuando estaba con Hugo, irónicamente, dejaron de salir tanto como les gustaba hacer al principio.
Decidió no ir por ese camino y olvidarse de lo triste. Estaba de marcha, por el amor de Dios…
Un buen copazo ayudaría.
Pidieron una ronda de chupitos en un reservado que según Rubén, les había dejado libre el dueño del hotel.
—Tendremos que darle las gracias a tu amigo. Este lugar es increíble —comentó Tania.
—Creo que está por aquí. Ligando, eso seguro.
—¿En serio? ¿No será un poco mayor para estar de discotecas? —inquirió Tania, sin duda imaginando a un viejo verde detrás de cualquier falda.
Rubén se rió con ganas y negó con la cabeza sin decir una palabra más. No le dieron mayor importancia y siguieron pidiendo rondas sin parar. El alcohol circulaba de manera peligrosa, pero lo estaban pasando tan bien, que no pensaron en nada más.
Luna incluso pensaba que Gabriel, el otro chico que tenía casi la misma edad que ella, era muy guapo, pero al cabo de un rato lo descartó. Tenía pocas reglas cuando decidía lanzarse a la piscina y tener algún rollo o relación, y es que no lo intentaba siquiera con esos tipos que cuando ven una minifalda, se quedan babeando hasta que la pierden de vista. Y eso fue justo lo que pasó para descartarle de manera tajante.
Claro que por esa regla de tres, no iba a encontrar a nadie en su vida, pero era lo que pensaba y no iba a cambiarlo a estas alturas.



Se acercó a la barra a pedir agua, estaba empezando a sentir que estaba más borracha de lo que había estado jamás y eso no podía ser bueno. No quería hacer ninguna estupidez. Arrepentirse de las cosas es lo peor del mundo, bien lo sabía ella. Sobre todo porque una vez que ha pasado, no hay forma de volver atrás. Nunca la hay.
Luna estaba apoyada esperando a que la atendieran y suspirando porque pensaba que eso no ocurriría hasta el año que viene. Había tanta gente que los camareros no daban a basto. De repente, un cálido y musculoso brazo bronceado rozó el suyo, mucho más pálido en contraste.
—Perdona —susurró el susodicho dueño del brazo.
Ella se quedó con la boca abierta un instante. Parpadeó con fuerza para salir de su estupor y sonrió.
—No pasa nada.
Sonrió y él hizo lo mismo. Sus ojos azules se iluminaron como las luces de Navidad. Ella se quedó hipnotizada un momento.
—¿Cómo te llamas?
—Luna. ¿Y tú?
—Soy Adrián. Es un placer —al pronunciar la última palabra, Luna se derritió. Este le tendió la mano y ella se la estrechó, sintiendo un estremecimiento por todo el cuerpo—. Eh, Roberto. Ven un momento —llamó al camarero.
El tal Roberto, se giró como un robot y llegó en un segundo a su posición junto a Luna. Ella se quedó pasmada. Se preguntó quién sería. Un habitual, imaginó.
—Me pones dos mojitos y… —miró a Luna y esta se sintió avergonzada por pedir un simple vaso de agua. No por nada, pero estar esperando media hora para solo eso, era ridículo. Se lo pensó un instante y dijo que quería lo mismo—. Pues tres entonces.
El camarero asintió con una sonrisa complaciente y los preparó en un tiempo récord. Los dejó sobre la barra y cuando Adrián le dio su gesto de aprobado con el dedo pulgar antes de coger las copas, este se marchó muy satisfecho. Le tendió el vaso a Luna y ella miró contrariada, sin saber muy bien qué decirle.
—Estás invitada.
—Ah, esto… gracias.
Adrián le guiñó el ojo y entonces una mujer impresionante apareció por detrás y le abrazó por la cintura. Su melena rubia cayó hacia delante, como envolviendo el hombro de Adrián y este desvió la mirada hacia ella. Sonrió de manera lasciva y Luna no pudo por menos que arrugar el entrecejo. Vaya con el depredador de mujeres, pensó. Puso los ojos en blanco y carraspeó.
—Gracias por la copa —soltó en un tono hosco.
Se marchó y él se despidió con un: no hay de qué, en un tono burlón. Luna se giró al oír a la mujer rubia preguntarle a qué venía eso.
Adrián la ignoró y miró directamente a Luna que se había vuelto hacia él. Su expresión provocadora hizo que se molestara aún más. No podía creer que un tío, por muy bueno que estuviera, se dedicara a coquetear con todas a la vez sin importarle nada. Detestaba a los hombres así.
Cuando Luna volvió al reservado, se encontró con una Tania muy acaramelada con Rubén. Los otros dos seguían de charla y ella empezaba a aburrirse.
Al quedarse sola con la parejita, que no paraba de comerse los morros, decidió que había tenido bastante por ahora. No le apetecía quedarse para sujetar velas. Se despidió y para que su amiga no se sintiera mal, le dijo que se encontraba cansada.

Se tumbó en la cama y en la soledad de la habitación, se quedó dormida. La intacta cama de Tania, indicó que esta no fue a dormir a su habitación esa noche.




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