domingo, 4 de diciembre de 2016

Elsa no sabe lo que quiere - Capítulo 3




Capítulo 3




A la mañana siguiente, Elsa se despertó descansada, recordando la deliciosa sensación de las manos de Román por todo su cuerpo. Claro que ese sentimiento se desvaneció cuando notó que él no estaba en la cama. Intentó agudizar su oído, pero no escuchó nada; tampoco en otro rincón de la casa.

Cogió su bata y su móvil, y fue hasta la cocina que estaba en la planta principal. Echó una rápida ojeada al despacho de Román. La puerta estaba abierta y era evidente que allí no había nadie. Miró su teléfono pero no tenía llamadas ni tampoco mensajes suyos. Tan solo uno de Iris, preguntando si todo iba bien.

—¿Por qué no iba a ir bien? —preguntó en voz alta, un poco confundida.

Suspiró y pensó que estaba haciendo el tonto. Seguro que Román se había ido a trabajar temprano, más de lo normal en todo caso, porque tendría mucho que hacer. Al igual que ella, se dijo.

Preparó café y lo tomó mientras miraba la televisión, aunque no le prestaba especial atención. Por las mañanas no daban nada interesante, y menos a esas horas.

Se vistió para ir al gimnasio, con un pantalón pirata elástico de color negro y un top para sujetar bien su delantera, como le gustaba decir; se puso una camiseta gris y blanca cruzada por atrás, y unas zapatillas deportivas. Como no hacía tiempo para salir en tirantes, cogió una sudadera para ir bien abrigada. Hacía calor esos días, pero no tanto como para no llevar nada más. No quería pillar un resfriado.

Odiaba cuando la nariz le moqueaba y se le ponía roja, le parecía la cosa menos sexy del mundo.

Era su día libre en el trabajo, pero le gustaba mantenerse ocupada. Bien, ella podría ejercitarse en el pequeño cuarto que habían llenado de máquinas para ponerse en forma, pero le gustaba estar con más gente, y no encerrada todo el día. Conocía a varias chicas que iban a menudo allí, como su amiga Bárbara Hurtado, y también al guapo monitor de clases de Pilates a las que les encantaban ir juntas. En días como ese, solía ir dos veces para hacerle compañía a Iris en la clase nocturna, lo cual era doblemente bueno, ya que estaba con su amiga, y a la vez, disfrutaba del panorama que ofrecía el delicioso monitor. Ese prieto trasero enfundado en unos pantalones deportivos, era un panorama que no tenía desperdicio alguno, miraras donde miraras.

Luego también tenía que ir a comprar comida y hacer algunos recados, así que su mañana estaba más o menos completa. Miró el reloj antes de coger su bolsa del gimnasio, y supo que Raquel, la mujer de mediana edad que iba para ayudarla con la limpieza y otras tareas, llegaría en cualquier momento. No sabía qué haría sin ella.

Con las llaves de la casa y del coche en la mano, junto con la bolsa con todas sus cosas para cambiarse, salió por la puerta principal, poniéndose los cascos de los auriculares al cuello y plantándose una gran sonrisa en sus labios. Sería un buen día, decidió. Tenía que dejar de pensar cosas extrañas sobre la actitud de Román; estaba segura de que todo iba bien, como siempre. Eran solo imaginaciones suyas.



Estaba pensando que tenía tiempo de sobra para calentar y hacer estiramientos antes de la clase de Pilates, cuando el teléfono sonó con insistencia. Tenía instalado un aparato “manos libres” en su Peugeot 307 negro, y la pantalla mostró el nombre de Iris. Elsa se preguntó qué querría a esas horas, y enseguida se dio cuenta de que no contestó a su mensaje de esa mañana, aunque no sabía el porqué de esa preocupación por ella ese día, más aún sabiendo que su jefa ya debía estar en el trabajo desde hacía ya un buen rato.

Pulsó el mando que tenía en el volante y descolgó.

—Buenos días —saludó con cierta vacilación. Algo allí le olía a chamusquina.

—¡Ey, hola! —exclamó Iris, con una voz que Elsa calificó de un pelín chillona—. ¿Por qué no has respondido a mi mensaje? ¿Va todo bien?

—Pues claro. Y por cierto, ¿a qué viene esa pregunta hoy? —inquirió frunciendo el ceño, aunque sabía que su amiga no podía verle la cara.

—Oh, nada —respondió con despreocupación, y algo más calmada. Se aclaró la garganta y guardó unos segundos de silencio—. ¿Qué tal anoche?

Elsa sonrió entonces. Era el momento de chismorrear un rato. Ella no era cotilla para nada, pero no le importaba compartir con una de sus mejores amigas en el mundo, algunas de sus cosas, aunque estas fueran íntimas.

A decir verdad, ellas dos se lo contaban todo, sin ningún tipo de discriminación sobre el asunto que fuera.

—De maravilla —ronroneó—. A Román le encantó su regalo —dijo satisfecha, recordando cada detalle. Suspiró de puro placer.

Hubo silencio al otro lado del teléfono. A Elsa le extrañó que Iris no estuviera diciendo nada ante su comentario. No era una mujer que se guardara sus opiniones.

—¿Iris? ¿Se ha cortado?

Miró la pantalla y vio que estaba aún en línea.

—No, no, perdona —dijo precipitadamente—. Es que estaba mirando las fichas de unos clientes. —Elsa la oyó respirar hondo varias veces y no pudo evitar entrecerrar los ojos con aire pensativo. No parecía que la estuviera escuchando en absoluto, y eso no era normal. Iris siempre le pedía detalles y disfrutaban compartiendo confidencias de ese estilo (y del que fuera). Y si tan ocupada estaba, no sabía por qué la llamaba—. ¿Entonces fue bien la cosa?

Elsa soltó una risita cargada de regocijo, olvidando sus cavilaciones.

—Más que bien, diría yo. Aunque…

—¿Qué? —intervino Iris, al ver que Elsa había hecho una pausa.

—Pues que se había olvidado de nuestro aniversario —comentó como si aquello no le importara demasiado, a pesar de que fuera más bien al contrario.

—Oh, bueno. Ya sabes cómo son algunos tíos —dijo Iris para intentar animarla.

—Eso creía yo… —murmuró para sí misma.

—¿Has dicho algo? —preguntó al cabo de un momento.

—Nada, tranquila. Seguro que tienes razón —convino Elsa, sin saber muy bien qué más decir—. En fin, voy a llegar ya al gimnasio. Que se dé bien el día. Nos vemos esta tarde.

—Bien, saluda a Manuel de mi parte —pidió Iris con voz coqueta.

Manuel era el buenísimo monitor de las clases de Pilates, y un amante excepcional, como ambas habían podido comprobar. Y bastante a menudo, las dos a la vez; ya que cuando Elsa y Román confesaron por primera vez que les gustaba jugar, en la cama (y en lo que no era en la cama también), bueno, lo dijeron en serio. Les encantaba hacer realidad sus fantasías más íntimas y perversas, y siempre disfrutaban al máximo de ello, lo que hacía que su vida sexual fuera en extremo placentera y para nada aburrida.

Elsa no había estado en muchas ocasiones con Manuel, pero sí habían quedado un par de veces los tres. Tuvo que admitir que fue una verdadera gozada tener a Román y Manuel para ella sola. La única vez que Iris se apuntó al trío, o más bien al cuarteto, fue sencillamente espectacular. Se puso a cien solo con recordarlo, y tal vez porque hacía meses que no tenían ningún plan picante con nadie más que ellos dos solos. Ya organizaría algo, se dijo. A ver si Román volvía a encontrarse con ganas.

—Está bien, lo haré —aseguró Elsa con una sonrisa traviesa—. Pero deberías haberte venido un rato, seguro que Priscila se habría encargado de la agencia durante unas horas esta mañana.

Priscila Salgado era una joven morena, bonita y agradable de veintitrés años, que iba a trabajar a la agencia de viajes dos días en semana; el martes para sustituir a Elsa cuando se tomaba el día libre, y los jueves para hacer el turno de Iris; así tenían algo de tiempo para ellas durante la semana, puesto que el sábado por la mañana también tenían que ir a trabajar. Siempre era bueno disfrutar de un respiro de vez en cuando. Iris procuraba mantener felices y motivadas a sus empleadas. Priscila estaba más que contenta con el arreglo, ya que solo necesitaba unos ingresos extras mientras terminaba la carrera de Relaciones Públicas.

—Sí, pero… bueno, hoy tenía cosas que hacer por aquí. Papeleo sobre todo —dijo con cierta vacilación.

Elsa se quedó pensativa y algo inquieta al notarla triste, y se preguntó si no lo estaría imaginando. Parecía que no se había levantado de tan buen ánimo como había pensado, sobre todo después de una noche más que memorable, y le parecía que todo el mundo actuaba de forma extraña esa mañana. Tal vez fuera ella, meditó.

Sacudió la cabeza para intentar, con ese simple gesto, borrar sus preocupaciones de un plumazo. Si fuera tan fácil…

—Bueno, no pasa nada, esta noche vamos juntas. Hasta luego, jefa —dijo con despreocupación para despedirse.

—Hasta luego.

La llamada se cortó, y Elsa hizo un gran esfuerzo por ignorar lo que ella creyó que era un presentimiento. Se repitió que no eran más que bobadas, que todo estaba como siempre: en perfecta armonía. Si su mejor amiga tenía problemas con ese novio suyo, seguro que se arreglaría pronto; de lo contrario, le aconsejaría pasar página, porque no quería verla sufrir por un tío. La vida no estaba hecha para amargarse, por el amor de Dios, estaba hecha para disfrutar de todos los placeres que ofrecía, decidió.

Cuando llegó al gimnasio, le dijo a la recepcionista, una chica joven con el pelo teñido de rosa y ropa deportiva holgada, que la apuntara para la siguiente clase, y esta lo hizo tras lanzarle un guiño. Se fue directa a los vestuarios para dejar la bolsa y cogió la botella de agua, la toalla y su esterilla de goma espuma morada. Tenía ganas de desconectar por un rato su mente.

La clase la dejó relajada, siempre lo hacía.

Le encantaba. No sabía si era por la música, el ejercicio, o la dulce voz grave de su macizo monitor favorito, pero después de haber terminado, y tras darse una ducha calentita, se sentía como nueva. Puede que consiguiera eso tras la combinación de todas esas cosas. Sí, era lo más seguro.

Fue a comprar y, mientras llenaba el carro con todo lo que necesitaba para surtir la nevera, aprovechó para hacer una llamada a sus padres, que vivían en Madrid. O más exactamente, en Pinto, un pueblo al sur de la capital, donde se había criado. Era difícil pillarlos a los dos, porque su padre, Agustín, era piloto, y su madre, Marisa, trabajaba como azafata de vuelo en una de las compañías más conocidas del país. Por suerte, los dos trabajaban en la misma empresa, lo que a menudo facilitaba la relación entre los dos. Las largas separaciones no eran sencillas. Y Elsa se preguntaba constantemente cómo lo lograrían. Llevaban más de veinte años casados, lo que no era poca cosa.

Salió del supermercado y se percató de que era bastante más temprano de lo que calculó, de modo que se dispuso a conducir hacia al centro e irse de compras un rato. También podía acercarse a llevarle el desayuno a Iris, decidió. Últimamente estaba un poquito rara con el tema de su nuevo ligue, y aunque durante el trabajo no era el mejor momento para hablar largo y tendido sobre ello, deseaba demostrarle que estaba ahí para ella. Eran buenas amigas. Habían compartido muchísimas cosas; y Elsa era consciente de que tenía más en común con ella, que con ninguna otra buena amiga que tuviera.

Si había algo que la preocupara, debía estar a su lado, del mismo modo que sabía que si algo le ocurría a ella, Iris la apoyaría en todo lo que pudiera.

Su amistad era desinteresada y sincera, y le dolería que eso cambiara, así que tendría que ponerle remedio antes de que sucediera.

Cargada de bolsas y con un suculento desayuno con más calorías de las recomendadas, y que ella misma desaprobó, porque ese día el ejercicio no le valdría de nada, fue hasta la agencia, que estaba en una de las calles más conocidas de Granada: Recogidas. Abrió la puerta como pudo y lo dejó todo junto a la puerta. Sostuvo los donuts y los cafés para no formar un estropicio si caían, y cuando se giró, se dio cuenta de que no era un cliente el que esperaba poder hablar con su jefa, sino Román.

—Hola —exclamó sorprendida de encontrarle allí. Ellos dos parecían igual de desconcertados, lo que la escamó—. ¿Qué haces aquí?

Su pregunta, formulada de manera inocente vista desde fuera, fue tomada con expresiones un tanto chocantes para Elsa. Dejó el desayuno en su mesa, y su sonrisa desapareció al instante. Miró a uno y otro sin saber qué pasaba allí, o qué pensar. Se le pasó por la cabeza que había ocurrido algo malo, y enseguida se sintió desfallecer. En ese momento no se paró a pensar que de ser así, Iris la habría llamado para contárselo.

—¿Ha pasado algo?

Elsa detestó el tono débil e indeciso que salió de sus labios, y no supo por qué su voz había sonado así.

La puerta de la agencia se abrió en ese momento, y un hombre mayor, con el pelo blanco y traje caro, se dirigió hacia la mesa que ocupaba Iris con paso lento pero decidido. Los tres le miraron a la vez y este se detuvo un momento, pero enseguida Iris tomó el control de la situación. Le saludó con una sonrisa y le invitó a sentarse al otro lado de su escritorio.

Elsa y Román caminaron unos pasos hacia el lugar de trabajo de ella, que estaba justo enfrente, a unos dos metros de distancia. La agencia era un espacio elegante, moderno y espacioso, de modo que podían hablar tranquilamente sabiendo que no serían escuchados.

—Román —advirtió Elsa para que se explicara.

Este se mostró claramente cohibido, pero le dedicó una media sonrisa, intentando parecer despreocupado. No la engañó ni por un segundo, Elsa conocía muy bien sus expresiones… y si no había ocurrido una tragedia, no entendía qué hacía allí. Más aún cuando le creía en el trabajo, y él sabía que ella no trabajaba ese día.

—Pasaba por aquí y entré a saludar, nada más —dijo con tranquilidad.

Elsa se enfadó de veras en ese momento, aunque trató de evitar sentirse así, para que no se notara en sus facciones. La oficina de Román quedaba como a una hora de allí, y apenas salía nunca para hacer recados, y mucho menos para tomar un descanso (o lo que sea que estuviera haciendo), de modo que le sonó a excusa barata, o a una simple evasiva para no exponer su razón para encontrarse en su lugar de trabajo, sabiendo, como sabía, que tenía el día libre. Algo estaba pasando, y no se imaginaba qué sería. Como jamás había ido a saludarla a ella durante la mañana en su jornada laboral, supo que no se trataba de nada bueno. ¿Pero el qué? Eso estaba por ver.

—Oh, ¿tenías algo que hacer por la zona? —preguntó con suavidad.

Román la observó unos segundos. Si se había dado cuenta de que Elsa trataba de pillarle en una mentira, no se hizo el entendido. Miró a Iris de forma muy breve y de nuevo centró su atención en su mujer.

—Sí, vine a la oficina de esta zona para una reunión. Tenía que recoger unos papeles urgentes —explicó con un ligero asentimiento de cabeza, como para tratar de dar más énfasis a su declaración.

Elsa se mostró impasible mientras observaba las vacías manos de su marido metidas en los bolsillos de su pantalón de vestir. Resultaba obvio que era una falsedad lo que había salido de sus labios, lo que no supo era porqué la engañaba, o desde cuándo se dedicaba a mentirle a la cara.

—Ah, bien —espetó con sequedad.

Le miró a los ojos con fijación y pudo ver que estaba incómodo, y en cuanto pudo, este desvió su atención a un cuadro abstracto y colorido de la pared. Elsa no quiso montar un numerito dramático e irritado, pero sintió ganas de gritarle. ¿Es que se creía que ella era imbécil, que no veía que no estaba siendo sincero?

Dudó que se tratara de una fiesta sorpresa, porque su cumpleaños estaba a años luz y su aniversario ya había pasado; y lo había olvidado, se recordó molesta.

Se sintió impotente; más que nunca. No sabía qué le ocurría, y sobre todo, no entendía sus motivos para no contárselo. Ella era su mujer; ¿qué podría ser tan malo, como para que intentara mentir sobre ello, y que encima, se quedara allí tan aparentemente tranquilo, siendo consciente de que le había pillado?

Desde luego, no se le ocurrió nada. Se sintió como una tonta, fuera de lugar, y descolocada. No le gustó la sensación.

Ellos no se mentían… ¿Dónde estaba esa confianza, ese respeto por su relación?

Román miró su reloj con aire distraído y dijo que tenía que irse. Debía estar en el trabajo enseguida. Elsa compuso una débil sonrisa cuando este le dio un ligero beso en la mejilla. Saludó a Iris con la mano mientras caminaba hasta la puerta como alma que lleva al diablo, y desapareció en cuestión de segundos de su vista.

Elsa permaneció un segundo sin saber qué hacer, dio un paso hasta su mesa y se apoyó contra ella mientras Iris tecleaba en el ordenador y el señor trajeado esperaba paciente. Al parecer tenía varios viajes de negocios que organizar, de modo que cuando Elsa vio que le quedaba un buen rato a su jefa para acabar de atenderle, la miró, sintiendo ganas de salir de allí, pero antes, le dijo que tenía el desayuno en su mesa para cuando tuviera un rato para descansar.

No quería ponerlo en la de Iris mientras un cliente estuviera allí mismo, eso sería mal educado. Por la enorme barriga que intuyó Elsa, supo que el hombre no perdonaba muchos donuts glaseados, así que era mejor apartar la tentación.

—Muchas gracias —dijo Iris sin mirarla apenas.

Ella la escrutó un momento sin saber porqué parecía tan distante. No era nada típico, a menos que hubiera cambiado su personalidad en el trascurso de una noche.

La puerta del cuarto de baño se abrió y Priscila apareció en la oficina. Saludó a Elsa con una amplia sonrisa y se sentó en la tercera mesa que había, la que ocupaba los días que iba a trabajar para sustituirlas.

—Eh, ¿qué es eso que huele tan bien? —preguntó Priscila echando un rápido vistazo a su alrededor.

—He traído el desayuno para Iris —contestó Elsa escrutando la reacción de su jefa.

—Sí, luego lo tomo, no te preocupes —dijo, ya que como era evidente, ahora estaba ocupada. Se quedó un breve momento paralizada, devolviendo la atención unos instantes a Elsa, pero demasiado rápido, retomó su trabajo, sin mostrar su habitual alegría y descaro.

—Pero si acabas de ir a tomar café con Román —comentó Priscila de un modo casual, sin darse cuenta de las implicaciones de sus palabras. Elsa miró a Iris y ella hizo lo propio con una expresión clara de culpabilidad, que trató de ocultar por todos los medios. La joven ayudante siguió hablando, sin percatarse de la tensión que provocaba, cuando se levantó—. Si quieres yo doy cuenta de lo que has traído, aún no tuve tiempo de tomar un descanso y estoy muerta de hambre. ¿No te importa, verdad Iris?

Esta negó con una leve y tensa sonrisa.

—Claro, todo tuyo —murmuró Elsa concisa.

Román había ido a tomar café con su amiga. Bien, eso no tenía nada de especial, puesto que los tres se conocían desde hacía años y estaban íntimamente unidos, y de un modo bastante literal, puesto que más de una vez habían retozado los tres juntos entre las sábanas; este era el juego más morboso y adictivo que tenían y siempre lo gozaban muchísimo. Pero lo que no entendía Elsa, era porqué habían mentido los dos sobre ello (o más bien lo hizo Román al inventarse todo eso de la reunión), como tampoco lograba comprender la expresión culpable y casi torturada de Iris cada vez que sus ojos se desviaban en su dirección. No sabía a qué venía esconder que eran amigos y tomaban café de vez en cuando. A su entender, nada de eso era un pecado, a menos, claro, que sus quedadas fueran más que eso.

Mientras Priscila volvía a su mesa para comer durante su breve descanso, Iris terminó de atender a su cliente y este se marchó contoneando su orondo cuerpo, dejándolas una frente a la otra, sin saber qué hacer o qué decir.

—Elsa… yo… —balbuceó Iris con incertidumbre, y con aspecto de desear estar en cualquier otro lugar.

Se levantó y fue hasta ella, quedando a pocos pasos de distancia. La tensión se elevó hasta casi dejar a Elsa sin aliento. Una loca idea empezó a tomar forma en su mente, pero algo en su interior le decía que no podía ser cierto. No; imposible.

Notó que se agolpaban las lágrimas en sus ojos y odió la sensación que la invadió. Ella no era débil, y mucho menos una llorona. Quiso preguntarle directamente, pero recordó que no estaban solas, y no quería exponer sus asuntos privados delante de nadie, más aún, porque sus leves sospechas no estaban confirmadas y le parecían una locura. Cabía la posibilidad de que la actitud de su amiga y su marido, fuera por una buena razón, o hubiera una mejor explicación que la que tenía en ese instante en su cabeza. Al menos ella deseaba descartarla por completo. Eran amigos, ¿qué podía importar eso? Nada.

Pero entonces un fugaz recuerdo invadió su mente.

—La conversación de ayer…

Elsa no pudo terminar la frase, porque vio que una enorme sombra cruzó por el rostro de Iris, y allí observó su confirmación aunque todavía no deseaba creerlo.

Iris alzó sus manos hacia ella, pero algo en su expresión debió de hacerla cambiar de idea. Sus manos se convirtieron en puños y los dejó caer a sus costados. Abrió la boca y la cerró varias veces, demostrando que no sabía cómo responder a la pregunta implícita de Elsa. Esta habría querido saber si ese hombre misterioso que había en su vida, era de hecho, su hombre, Román, su marido desde hacía ocho años.

La cara de Iris estaba contraída por el dolor y la culpa. Sus ojos estaban brillantes por las lágrimas contenidas. Elsa no sabía si habría arrepentimiento por lo que sea que hubieran estado haciendo ellos dos a sus espaldas o por algún otro sucio motivo, pero ya no importaba mucho. Si había surgido algún tipo de sentimiento, todo se acabó para ella y Román.

Un irónico pensamiento cruzó por su cabeza: ¿qué había sido de la sinceridad y la comunicación en su relación?

Se aclaró la garganta para hablar. No sabía si podría, porque se sentía tan mal que apenas era capaz de reaccionar. Se movió despacio, como a cámara lenta, solo para averiguar si aún podía tener algún tipo de control sobre su cuerpo, y no se había convertido en una estatua incapaz de reaccionar.

—Bueno… tengo que irme a casa, tengo mucho que hacer —comentó con voz serena; nada que ver con cómo se sentía en realidad. Miró a Priscila, que gracias a Dios estaba ocupada con su teléfono móvil, y se despidió de ella. Esta le hizo un gesto con la cabeza, porque tenía la boca llena y no podía hablar, y siguió a lo suyo, ajena a lo que estaba pasando a causa de sus desafortunadas palabras. Elsa miró a Iris, intentando ocultar su malestar interior—. Nos vemos mañana —dijo con cierto tono acerado que no pudo evitar.

Ni mucho menos pensaba quedar esa tarde para ir al gimnasio con ella. Necesitaba pensar y aclarar sus ideas. Debía conocer la verdad, pero ahora no se sentía con fuerzas, primero quería recuperar el control de sí misma.

—Sí, hasta mañana —musitó esta con suavidad.

Elsa pudo percibir las torturadas emociones de Iris en su rostro, ya que se conocían lo suficiente; pero no sintió el más leve atisbo de compasión por su jefa, a la que ya no podría considerar su amiga nunca más.

Sin volver a mirarla, fue hasta la entrada y cogió sus bolsas con todo lo que le quiso mostrar a Iris. Ahora se arrepintió de haber ido de compras antes, puesto que no tenía mucho más que hacer en todo el día, solo ir a casa y ponerse a leer o ver la televisión. Le hubiera gustado irse de tiendas otra vez y así tratar de despejar su cabeza, pero no quería fundir su tarjeta en un solo día; sabía que la necesitaría mucho de ahora en adelante. Más aún, porque algo en su interior le decía que sus sospechas no eran infundadas. Tal vez se había estado engañando todo este tiempo, porque las señales parecían flotar a su alrededor, rondándola como fantasmas a los que ella no quería mirar directamente. Era más fácil hacerse la loca. Pero ya no podía hacerlo más. No cuando la verdad luchaba por salir a la superficie.

Una vez en la calle, intentó respirar hondo, pero notó que le costaba una barbaridad, y en lugar de echarse a llorar allí en medio de tanta gente, caminó a paso ligero hasta su coche que por suerte no estaba muy lejos; condujo hasta casa y allí, después de dejar las cosas en su habitación, se metió en la ducha para quedarse un buen rato bajo el agua. Sintió que necesitaba eliminar esa horrible sensación que parecía pesarle una tonelada sobre sus hombros. Pero para su desgracia, no fue suficiente ni para empezar a relajarse.

Sin embargo, tuvo una idea mejor; bajó hasta la cocina y saludó a Raquel, que ya había terminado su trabajo y se marchaba enseguida. Cuando se quedó sola, puso la televisión con el volumen bastante alto y cogió un libro de recetas que llevaba años sin tocar.

Podría parecer una actividad tonta, pero Elsa descubrió hacía años, que la cocina la relajaba, porque estaba pendiente de los ingredientes que tenía que poner en cada plato, y así, tenía un pequeño respiro si las preocupaciones llamaban a su puerta. Y ahora lo estaban haciendo sin compasión, golpeando con fuerza el muro que las mantenía a raya a duras penas, tratando de entrar como una manada de animales salvajes y sanguinarios. Buscó con rapidez y encontró una receta de galletas caseras con chocolate. Casi se relamió ante las perspectiva de comerlas recién hechas; y de esta manera, ocupada con el horno y otros sencillos quehaceres cotidianos durante las horas restantes, para su gran alivio, pasó su día casi sin apenas darse cuenta.

¿Qué podía haber mejor que el chocolate para matar el tiempo hasta poder poner sus pensamientos en orden, hasta aclarar lo que estaba ocurriendo en su vida?




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