Etiquetas

domingo, 20 de noviembre de 2016

Por el amor de una dama - Capítulo 3


Capítulo 3

  


A pocas semanas de la boda, y cuando la temporada había finalizado, Helen decidió marcharse a la casa de campo de su familia en Kent. El duque trasladó a la suya a su casa de campo también, y además, no estaba situada demasiado lejos, de modo que podían seguir cenando todos juntos cuando lo desearan.

Su hermano y su padre, permanecieron un tiempo más en la ciudad para solucionar algunos asuntos relacionados con el futuro cargo de James. Sabía que el vizconde tenía ya edad para casarse, como bien le había aleccionado su padre, de modo que Helen sospechó que su hermano tendría que pasar por el altar en un futuro no muy lejano. Esperaba que lo hiciera pronto y que escogiera bien a su futura esposa, así él podría volver con ella al campo y pasar allí la temporada de invierno, de lo contrario, les echaría mucho de menos, a los dos.

Su casa de Kent traía muchos recuerdos a los hombres de la familia, por lo tanto, solían limitar su estancia al menor tiempo posible. Helen, por otro lado, disfrutaba del campo. Le parecía mucho más relajante que la ciudad, y tenía la ventaja de tener cerca a Margaret y a su hermanastra Catherine. Con ellas cerca, jamás tenía tiempo de aburrirse.

Pero esta vez, Helen necesitaba estar a solas. Como no le era posible estarlo en la mayoría de las ocasiones, porque los preparativos de la boda, y también la duquesa, la requerían con frecuencia, a veces se excusaba alegando que tenía visitas y compromisos ineludibles para poder estar tranquila en casa. Algo que no era del todo extraño para los demás, porque cuando estuviera casada, estaría muy ocupada; sería ella la que recibiera las visitas de sus amistades, y tendría asuntos importantes que atender, así como el deber de ocuparse de muchas nuevas responsabilidades. A nadie le extrañaba que necesitara tiempo para poner sus asuntos en orden. Lo que no sabían era que en realidad aprovechaba las ocasiones que se le presentaban para ir a visitar a Margaret y Catherine, las dos personas a las que más deseaba ver, con las que no tenía que comportarse como si todo en el mundo, fuera de las paredes de su casa, estuviera bien. Por suerte, ellas vivían en un pueblo cercano, en una casa modesta aunque bien provista, que William se había encargado de arreglar para las dos.

Sabía que su padre las visitaba tan a menudo como podía; lo que Helen no lograba entender, era porqué seguía negándose a casarse con ella. Margaret era una mujer asombrosa, amable y bella, incluso a su edad. Tendría unos treinta y cinco años, aunque nunca logró saberlo con seguridad, pero eso no era algo que importara a Helen, sino más bien al contrario. Insistía en que ya era hora de que tanto su padre como Margaret legalizaran su unión y así poder ser felices, aunque los dictados de la sociedad les pudieran condenar por ello.

A menudo se sentía mal porque pensaba que era culpa suya el que su padre no siguiera a su corazón, ya que el escándalo podría perjudicarla a ella también. Claro que su antigua institutriz vivía muy cómodamente y gozaba de todas las atenciones necesarias. Siempre le decía que ella era feliz así, que era muy consciente de cómo era el mundo −sobre todo para las mujeres−, pero que llevaba una vida maravillosa y tranquila, algo a lo que siempre aspiró.

Helen casi le creía. No porque en realidad pensara que Margaret maquillaba sus palabras para ella, sino porque sabía que amaba a su padre, y sentía pena porque no pudieran vivir juntos como ambos se merecían. Hacía demasiados años que William estaba solo desde la muerte de su madre y no le parecía justo. Todo el mundo tenía derecho a seguir a su corazón. Aunque tal vez estuviera equivocada, puesto que ella no era ninguna experta y lo sabía muy bien.

El asunto de Richard le provocaba un doloroso malestar siempre que pensaba en ello.

Unos días antes de marcharse de Londres, estando en casa de los duques, había oído hablar a Viviane con una de sus invitadas del inconveniente de tener que buscar a una doncella y una ayudante de cocina, porque las que trabajaban en su casa habían decidido irse a vivir con unos familiares no muy lejos de allí. En ese momento, casi dejó caer la taza de porcelana al suelo.

Ella sospechaba cuál era la verdad. Recordaba la conversación que oyó por casualidad y casi se le paró el corazón al pesar que Richard podría estar manteniendo no a una, sino a dos mujeres, lo que ya era escandaloso, despreciable para su gusto, y una total falta de respeto por ella, que pronto sería su esposa.

Sintió cierto alivio cuando Viviane alegó que estas jóvenes eran hermanas y que por eso se marchaban juntas. Claro que en el curso de los acontecimientos, ese detalle en realidad no cambiaba nada. Quiso hacer preguntas, pero eso solo levantaría rumores acerca de su interés y no sabría cómo justificarlo. Helen imaginó que el marqués alojaría a ambas en alguna propiedad cercana para poder mantener a su amante y estar con ella cuando lo deseara. Casi se echó a llorar cuando pensó en esa posibilidad, pero no sabía cómo solucionarlo, ya que era humillante poner ese dato en conocimiento de cualquiera, por mucha amistad que hubiera.

Ese día el trayecto en el coche de caballos le pareció corto. Helen se dirigió a la casa de Margaret, y antes de que llegara a la puerta, cuando Helen puso los pies en el suelo, esta salió a recibirla con un abrazo. Ambas se rieron. A Helen le gustaba la sencillez de todo lo relacionado con la vida en el campo; a veces era agotador seguir las restricciones de la ciudad, y sus escapadas eran cada vez más placenteras para ella. Suponía que sería mucho más feliz viviendo siempre cerca de la naturaleza, pero no era algo que pudiera hacer sin más. Y en poco tiempo tendría muchas responsabilidades en la ciudad también. La idea de ser marquesa, por muchos motivos, empezaba a no resultar tan atractiva como hacía unos meses, cuando vivía en la más absoluta ignorancia. Se dijo que estaba mejor ahora, porque al menos era consciente de lo que ocurría, por muy doloroso que fuera, pero tampoco era consuelo.

—Qué contenta estoy de verte de nuevo —dijo Margaret con un desbordante entusiasmo.

—Siento no haber venido la semana pasada —se disculpó con expresión abatida—. He estado muy ocupada.

—Claro —asintió solemne—, la boda de la marquesa de Thorne no es cualquier cosa —bromeó.

Helen se quedó pensativa al oír el título que pronto sería tuyo. Como Richard; al menos en apariencia. Estos hechos cada vez le resultaban más extraños, después de su descubrimiento. Intentó recordar cómo se sentía cuando no conocía el verdadero rostro de su prometido, y le resultó difícil creer que pudiera haber estado tan encaprichada por alguien así. ¿Podría ser todo una treta de una mujer ambiciosa? No tenía la menor idea, pero poco importaba en realidad.

Trató de no pensar en él, pues todo lo relacionado con su prometido le causaba dolor de cabeza últimamente. Su inocente enamoramiento se iba enfriando, pero a su vez pensaba que eso no era nada bueno, ya que tendría que convivir con él toda la vida. ¿Qué podría hacer? La respuesta era sencilla: nada; y eso sí que era una absoluta certeza. Tragó el nudo que se formó en su garganta y forzó una sonrisa para que Margaret no se percatara de que escondía sus emociones. Lo último que deseaba era preocuparla.

Pasaron a la casa y Helen se sintió como en su segundo hogar. Olvidó todo lo malo por un instante.

—¿Dónde está Catherine?

—Oh, la he dejado salir fuera un rato para que haga un descanso antes de continuar con sus lecciones —le explicó con una sonrisa.

Helen correspondió el gesto. Hizo una aspiración que la llenó de tranquilidad, por el aire puro que entró en su organismo. Adoraba este lugar.

—La casa está muy silenciosa —comentó Helen pensativa—, vamos fuera para saludarlas.

—Sí, ahora mismo estamos nosotras solas.

Antes de que Helen pudiera preguntarle por las otras dos jovencitas del pueblo a las que enseñaba en su casa, apareció el mayordomo para saber si deseaban tomar el té. Margaret solicitó que lo tuviera todo preparado en treinta minutos y así podrían salir un momento a ver a la pequeña y disfrutar de la cálida mañana.

Divisaron a la niña de nueve años recogiendo flores a unos metros de ellas y Helen vio a un hombre pasando cerca de la propiedad. Observaba a Catherine y luego a ellas, e hizo un gesto de saludo con un sombrero sencillo que llevaba puesto. Margaret le saludó con la cabeza y Helen se dio cuenta de que se había tensado a su lado. Se preguntó porqué tenía esa reacción, y quién sería el caballero. La miró interrogante, pero ella solo le observaba a él con cierta aprensión. Como no llevaba guantes en ese momento, notó que Margaret tenía los nudillos blancos por apretar las manos. Se extrañó cada vez más.

Su antigua institutriz avanzó unos pasos con Helen del brazo.

—No digas nada —siseó en voz baja.

Esta miró a su hija con una sonrisa tensa y la llamó.

—Catherine, querida, ven a saludar —dijo Margaret con una voz claramente forzada. Trataba de parecer casual hablando, pero Helen notó el matiz preocupado en su tono.

No pudo evitar ponerse nerviosa ante esa extraña actuación. ¿Qué pasaba?

Olvidó lo que estaba pensando cuando Catherine se dio la vuelta y las miró con una sonrisa resplandeciente, agitando a su vez las dos manos en lo alto de la cabeza.

—¡Helen! Qué bien, has venido a vernos —dijo caminando deprisa para darle un abrazo como saludo.

—Pues claro, ¿dónde podría estar mejor? —inquirió en tono de broma, aunque lo decía muy en serio.
—Entremos a tomar el té, ya estará listo —pidió Margaret con cierta urgencia.

Helen la miró confusa. No sabía por qué procedía de un modo tan extraño cuando no era propio de ella. Entraron en la casa las tres juntas y pasaron a un salón donde solían pasar el rato cuando Helen las visitaba. Ellas mismas habían confeccionado la mayoría de los detalles decorativos como los cojines, las cortinas, y algunos de los cuadros que colgaban de las paredes en tonos pastel. A Margaret se le daban muy bien la pintura y los bordados, y Helen había tenido el privilegio de aprender de una buena maestra, por lo que no le importó hacer algunas fundas para ella y aportar algo a la casa, también a modo de regalo para su nuevo hogar.

Pasaron un rato hablando del tiempo, de la inminente boda, y de los estudios de Catherine, hasta que la niña decidió tocar el piano para ellas. Lo hacía de maravilla y ambas disfrutaron de la actuación.
Helen dudó unos instantes, pero finalmente se decidió a acercarse más a Margaret para poder hablar con ella de lo sucedido momentos antes sin que Catherine las escuchara.

—Marge —dijo, usando su diminutivo en tono cariñoso—, me gustaría que me explicaras qué ha ocurrido antes —pidió con voz suave, tratando de no cambiar la expresión serena de su rostro. No quería que su hermana se alterara, ya que parecía ajena a lo que le preocupaba a su madre.

Margaret se quedó en silencio, meditando la posibilidad de contarle todo, o por el contrario, guardar silencio. Sin embargo, puesto que el asunto le concernía en realidad a ella, debía hablar, meditó esta para sus adentros.

—El hombre que ha pasado junto a la propiedad, es el antiguo barón de Hurthings, Connor Mitchell. Hace años se vio envuelto en el escándalo y perdió sus tierras y su título —explicó. Apretó los labios y se aclaró la garganta antes de continuar—. Nadie supo de él hasta hace unos años. Al parecer pidió trabajo en una granja y ha vivido a unas millas de distancia desde entonces.

—¿Qué fue lo que pasó? —inquirió Helen en tono confidente.

Margaret la miró unos segundos y fijó la vista de nuevo al frente. Suspiró.

—La gente decía todo tipo de cosas terribles sobre… el fallecimiento de su mujer…

Se detuvo porque Catherine había acabado la pieza. Margaret le solicitó otra, y ella las complació gustosa. Al cabo de unos segundos, la pequeña prosiguió con entusiasmo. Era una excelente pianista.
Helen observó a Margaret con detenimiento. Parecía bastante tensa, pero necesitaba saber más. Por algún motivo, sentía una tremenda curiosidad.

—Se comentaba que había tenido algo que ver con lo que le ocurrió a su esposa porque no era un matrimonio feliz —dijo, y una fugaz expresión de tristeza cruzó su rostro. Aunque Helen lo percibió, supuso que como el caballero vivió por la zona hacía años, conocería la historia tan de cerca, que era normal sentir empatía—. Llevaba una vida disoluta y tenía mal carácter, aunque nadie que lo conociera en persona había notado, ni mencionado, nada extraño antes —añadió—. Pero claro, la desgracia llamó a su puerta y fue del mal en peor.

Helen sintió un escalofrío. Sin duda era una situación terrible la que tuvo que vivir esa desconocida. Sintió pena por ella.

—¿En qué sentido? —inquirió Helen despacio.

—Al parecer, su único hijo y heredero, estaba comprometido con la hija de un conde. Este rompió el compromiso cuando vio que ya no era un partido recomendable para ella.

—Santo cielo, es terrible. Debió de acabarse su vida aquel día —dijo sabiendo que literalmente tuvo que ser así, pues la sociedad más selecta de Londres, ni olvidaba, ni perdonaba. Si un conde le dio la espalda, los demás no tardarían en hacer lo mismo.

Margaret guardó silencio, esperando que Helen no preguntara nada más, pero esta, al ver su reacción al contarle todo aquello, supo que había algo más. Se le ocurrió algo que no le gustó demasiado.

—¿Acaso ha mostrado interés en Catherine? Aún es joven para concertar un matrimonio, y creo que coincidirás conmigo en que es mejor mantener las distancias —comentó con el ceño fruncido.

—Tú te comprometiste a esa misma edad, ¿lo recuerdas? —señaló con una sonrisa.

—Es cierto. Aunque en mi caso fue diferente —señaló—. No debes permitir que alguien con ese historial se acerque a nuestra Cath —susurró con preocupación—. Seguro que mi padre no lo permitirá de ningún modo…

En ese momento, las palabras de Margaret resonaron en su cabeza: un conde fue el que anuló el compromiso de su hija con el hijo del barón, pero… ¿quién era el conde en cuestión?, se preguntó con un nudo en el estómago. Apretó su falda con las manos y al darse cuenta de su arrebato, la soltó. Respiró y formuló la pregunta que Margaret ya conocía, pues la miraba con resignación al darse cuenta de que con seguridad, ella se había percatado de todo.

—Ese conde… —empezó con voz entrecortada. No pudo acabar la frase cuando sintió un escalofrío por su espalda.

—Sí, era tu padre —confirmó asintiendo con la cabeza sin ocultar el pesar en su mirada—. Cuando tu madre murió, le pidió que cancelara el compromiso. La razón fue que dos meses antes de tu nacimiento, empezaron los rumores sobre él. No se hablaba de otra cosa en Londres —explicó.

—Nunca me dijo nada al respecto —comentó impactada.

—Seguro que yo no debería habértelo mencionado, pero tampoco contaba con que volveríamos a verle por aquí. Sus negocios en común con tu padre se acabaron hace muchos años.

Helen asintió pensativa, asimilando lo que acababa de descubrir sobre su propio pasado.

—¿Qué fue de su hijo? —quiso saber.

—Algunos dicen que está en el ejército y otros, que está en alta mar ejerciendo como comerciante. Pero lo que es cierto es que no vive con su padre —dijo pensativa—, y nadie que yo conozca, le ha visto desde que se marchó con su padre siendo solo un niño, a no se sabe dónde.

—Espero que no tenga intención de retomar las relaciones con la familia —meditó Helen en voz baja y con un matiz de inquietud en cada una de sus palabras.

Ambas se miraron con aprensión. Era justo lo que más temían, que tratara de algún modo, volver a subir en la escala social y utilizara a la hija ilegítima, aunque reconocida, del conde de Bendsford, tal como ocurriera hacía años con Helen. Era una de las pocas cosas que le reportaría respetabilidad después de lo que ocurrió. Aunque ninguna dudó de que eso fuera una hazaña complicada de lograr. Estaban seguras de que una cosa así, perduraría en la memoria de muchas personas.

En cierto modo, era un alivio para ambas.


Espero que os haya gustado. Aquí tenéis los enlaces de compra:


Podéis ver el book tráiler aquí.

Por el amor de una dama - Capítulo 2


Espero que os gusten las novelas victorianas, y que disfrutéis de este avance gratuito. 
Aquí podéis leer el primer capítulo.


Capítulo 2



Londres, 1839





La reina Victoria había sido coronada un año antes y el mundo entero parecía estar cambiando. Sin duda era una soberana tremendamente popular, sin embargo, como era habitual en la corte, su nuevo reinado no estaba exento de intrigas, rumores, y tensiones entre los partidos políticos que tenían poder en aquel momento en el país.

Helen, que no era ajena a la vida en la ciudad, pese a que le gustaba pasar el máximo tiempo posible en el campo, tenía prevista su presentación en sociedad antes de casarse, algo que ocurriría tras unos meses a la corte. Era, sin duda, algo innecesario a su modo de ver, ya que ella no se encontraba disponible para el mercado matrimonial. Aunque por otro lado, no le desagradaba la cantidad de cenas elegantes, bailes, y diferentes diversiones como el teatro y la ópera a las que asistiría; siempre acompañada de sus doncellas personales, su dama de compañía, su padre y lady Viviane Jenkins, la duquesa de Winesburg.

Con dieciocho años, había llegado el momento que había esperado toda su vida: casarse con lord Richard Jenkins, marqués, y futuro heredero del ducado de Winesburg.
Ahora podría pasar más tiempo con Richard y estrechar lazos antes de matrimonio, aunque siempre bajo la estricta supervisión de sus carabinas. Qué remedio, pensó Helen con abatimiento. Hasta el momento, apenas habían pasado un instante relajados para tener una conversación que le permitiera hacerse una idea de cómo era él en realidad, pero eso era lo habitual. Entre los rigurosos estudios de Richard para su futuro cargo como heredero del ducado, y la preparación de Helen para el suyo como duquesa, apenas habían compartido más que unas pocas cenas a lo largo de la temporada de invierno en los últimos años. Sus hogares no quedaban lejos, pero el mal tiempo en el campo, dificultaba el poder viajar con demasiada frecuencia. En Londres, además, las reglas eran mucho más estrictas, de modo que bajo la atenta mirada de la alta sociedad, uno no podía dejar de medir cada gesto o pequeña actuación, porque todo sería observado bajo la más escrupulosa y rigurosa atención.

Con quien sí había tenido un trato más directo y cordial era con la duquesa. A menudo la invitaba a tomar el té para charlar con ella y así, presentarle a sus amistades, que eran las damas más prominentes del país. La aconsejaba y la instruía para su porvenir porque, al no tener a su madre para dicha tarea, y habiendo sido Viviane, amiga de la condesa en el pasado, esta sentía el deber de ceder todos sus conocimientos para la vida que llevaría dentro de unos pocos meses, a la que pronto sería su nuera.

La duquesa acompañó, junto con las damas de compañía de ambas, a elegir el guardarropa para la temporada. Helen no lo había pasado tan bien en toda su vida. Viviane era seria, estricta y firme, pero también era atenta y amable con ella. Solía hablarle de su madre y, en la intimidad, como había mostrado que había confianza entre ellas, también respondía, sin faltar a las reglas del decoro, a las preguntas de la joven sobre sus obligaciones cuando esta contrajera matrimonio con Richard.

Si bien había oído hablar a sus doncellas sobre lo que ocurría en la intimidad entre hombres y mujeres, no sabía qué esperar realmente en su noche de bodas. La duquesa fue aún menos clara al respecto, puesto que hablaba en círculos sobre el tema y tan solo pudo entender que debía dejar que su marido la encontrara disponible por la noche para que pudiera haber un hijo en el futuro. Un heredero y su propia familia, pensó Helen con entusiasmo, dejando de lado el otro asunto, ya que lo que realmente deseaba era verse casada con Richard y con una gran familia a la que atender. Toda su vida se había estado preparando para ello, no se lo imaginaba de otro modo.

Por otro lado, durante las últimas semanas, no le había resultado sencillo oír hablar sobre su madre en pasado, pues aunque no la hubiera conocido, no podía evitar añorarla cada vez más. Sobre todo en este momento de su vida; claro que era un enorme consuelo saber que la duquesa ocupaba con gusto ese lugar, aunque nunca pudiera reemplazarla. Su austeridad exterior contrastaba con el trato que recibía de ella cuando estaban a solas, ya que la trataba con cierta familiaridad al considerarla un partido excelente para su hijo, así como una mujer hermosa por dentro y por fuera. Como Viviane no había tenido hijas, sino dos varones, Helen a menudo imaginaba que ella ocupaba ese lugar en el corazón de la duquesa, y eso la hacía feliz. Tenía claro que haría lo posible por honrar su posición en la familia Winesburg. Esperaba, al menos, llevar el título de duquesa con la misma dignidad y sobriedad que la actual.



La temporada había dado comienzo con una esplendorosa estela de lujo, elegancia, nuevas modas a la hora de vestir, y diversión en cada una de las actividades que las grandes familias gozaban en estas fechas. Helen estaba disfrutando al máximo conociendo a personas nuevas y con la agradable compañía de su amado. Aunque este tenía compromisos a menudo, lo que le impedían acompañarla a cada evento al que aceptaban ir junto con su padre y los duques, cuando lograban tener tiempo para estar juntos, se dejaban ver paseando por Hyde Park, en la ópera, o en otras actividades propias de la temporada. Helen, por su parte, ocupaba la mayor parte de su tiempo acompañando a su futura suegra en sus compromisos sociales, como ir a tomar el té con las damas distinguidas, visitando las tiendas más recomendadas para comprar lo que aún faltaba para la boda y paseando por Rotten Row.

Estaba siendo la época más brillante y feliz de su vida. Tener a su lado a su hermano −que había vuelto recientemente de la universidad−, y a su padre, casi compensaba la ausencia más notable en su vida en esos momentos tan importantes: su madre. Se preguntaba si ella le daría algún consejo para su futuro más inmediato, porque a menudo los necesitaba y no podía contar con la sabiduría de ninguna otra persona. Sobre todo, cuando un día por casualidad, oyó la conversación entre dos doncellas de casa de la familia Jenkins. Desde luego había ciertos asuntos que no podía tratar con la duquesa, ni con nadie más, por mucha confianza que hubiera entre ellas.

Cuando Helen quiso salir a los jardines una mañana soleada, algo la detuvo; oyó dos voces femeninas en un pasillo contiguo, cerca del acceso a las cocinas. No tenía por costumbre escuchar conversaciones ajenas, pero creyó que alguien pronunció el nombre de Richard, y no pudo evitar poner toda su atención. Su cuerpo tembló de expectación y su corazón latió a toda prisa.

—Dentro de unos meses las cosas cambiarán en esta casa. No puedes seguir así o te descubrirán —dijo una de ellas con voz débil y preocupada.

—No lo creo posible. Ha dicho que me conseguirá una casa y podré dejar el servicio aquí —declaró una segunda voz mucho más prepotente y altiva.

—Esto no está bien, ¿no sientes lástima por lady Helen? —murmuró la primera.

Al oír su nombre en boca de alguien del servicio, algo la hizo poner aún más interés en la conversación que tenía lugar, ajena a su presencia. Parecía que no podía moverse de allí, aunque algo en su interior le decía que más tarde, lo lamentaría.

—¿Lástima de una chica tonta que acabará siendo duquesa algún día? —inquirió con voz burlona—. Lo siento pero no. No siento pena por ella.

—Si la señora Jones llegara a enterarse, te expulsaría de inmediato —manifestó quejumbrosa.

—No le dirás nada, ¿verdad? —preguntó, ahora con voz vacilante—. No puedes hacerme eso.

—No te preocupes, no diré nada —aseguró la primera—. Pero no me parece bien lo que haces, también debo confesártelo.

—Eres muy inocente —se burló.

—Lo soy porque aún no estoy casada —replicó a la defensiva.

—Bueno, yo lo estaré algún día, pero aún no. Puedo divertirme con un aristócrata mientras llega ese momento —declaró.

La primera chica que, por su voz, parecía más joven e inexperta, suspiró de manera audible.

—Tú sabrás lo que haces —dijo en voz baja—. Pero al menos mientras estés aquí, procura no acercarte al marqués. Y mucho menos mientras milady esté en casa. Es peligroso —le advirtió con pesar.

Las siguientes palabras se perdieron en el viento.

Helen se había dejado caer contra la puerta que daba al exterior que estaba abierta, por lo que podría verla cualquiera, pero no se encontraba capaz de caminar, ya que casi no sentía las piernas apoyadas contra el suelo. Tenía ambas manos sobre su pecho, como si con ese gesto pudiera calmar los latidos apresurados de su corazón y la terrible sensación que se había apoderado de todo su ser.

Su mundo entero parecía derrumbarse bajo sus pies y encima se burlaba de ella en el proceso.

¿Acaso sería cierto que Richard era capaz de tener una amante en la casa de sus padres, donde ella pasaba gran parte de sus días?

Le costaba imaginar que fuera capaz de un acto tan atroz, pero las pruebas le indicaban lo contrario. No creía que alguien pudiera hacer alusión a algo semejante si no fuera cierto.

Cerró los ojos con fuerza, tratando de respirar con normalidad. No deseaba que nadie presenciara ese momento tan bochornoso de su existencia.

¿Qué podía hacer? ¿Hablarlo, o callarlo? No sabía si podría volver a mirar su rostro como hasta ese momento, como si nada hubiera ocurrido. Sin embargo, tampoco podía enfrentarse a él y romper el compromiso. Su padre quedaría muy decepcionado, y sería un escándalo terrible que le afectaría a ella y a ambas familias. Sobre todo a ella, que sintiéndose impotente, quedaría como una paria social frente a todo el mundo, lo cual era injusto, pensó con resentimiento y pesar en su corazón.

Tampoco podía pedirle consejo a la duquesa; era su hijo al fin y al cabo. Ninguna madre desearía oír que su hijo era un caballero poco honorable, incapaz de ser fiel a una dama que pronto se convertiría en su esposa.

Sus doncellas algunas veces le habían contado que era normal que los jóvenes frecuentaran burdeles y lugares igualmente indeseables para tener relaciones con mujeres, pero Helen, tras la sorpresa inicial que le produjo ese dato, no había reparado en ello hasta ahora, pues era poco interesante, ya que no implicaba a nadie cercano. Al menos hasta ahora, que era cuando ella iba a contraer matrimonio con uno de esos jóvenes con la mentalidad demasiado abierta. No podía creer que le estuviera sucediendo esto a ella.

Respiró hondo, aunque esto le resultaba una ardua tarea. No podía pensar en todo eso ahora, se dijo. No cuando iba a tomar el té con Viviane en unos minutos, pensó con consternación mientras caminaba hacia la casa tras haber salido al jardín.

—¿Milady? ¿Se encuentra bien?

Helen se sobresaltó al oír la voz de una mujer.

Para su consuelo, se trataba del ama de llaves, precisamente la mujer a la que temían las doncellas si esa información llegara a sus oídos. Claro que no sería Helen la que difundiría la noticia de que su futuro marido iba con otras mujeres mientras su dulce esposa aguardaba la noche de bodas y guardaba su virtud intacta hasta entonces.

—Estoy bien, señora Jones —mintió—. Me he sentido mal por un momento pero ya estoy mejor.

Esta la miró con dulzura, pues le había tomado afecto desde que la conoció hacía algunos años. Siempre le pareció una muchacha sensata y dulce; pese a ser hija de un conde, era amable con todo el mundo, una cualidad poco común entre los miembros de la aristocracia. Claro que en casa de la duquesa no había nadie que tratara con despotismo al servicio. Nunca. Pero siempre era bueno saber que alguien nuevo en la familia era también una persona decente y digna del respeto de todos.

—De acuerdo —convino, no muy satisfecha con su respuesta. Intuía que algo le sucedía, pero no tenía la confianza suficiente como para preguntarle directamente—. El té se servirá en el salón de la duquesa en diez minutos. Pronto llegarán las invitadas —informó.

—¿Lady Madison Tyler y lady Mapplethorpe confirmaron su visita? —preguntó Helen con interés. Viviane había estado ocupada y no le había comentado nada al respecto cuando llegó. No sabía quién más asistiría esa tarde al té que había preparado la duquesa.

—La vizcondesa se ausentará porque tiene otro compromiso, pero Lady Madison Tyler no tardará en llegar. Es una joven muy puntual —añadió en voz baja con gesto conspirador.

—Es cierto —convino ella con una sonrisa—. Tiene un carácter muy agradable. En poco tiempo he llegado a apreciarla como amiga.

—Hace bien —dijo con una amplia sonrisa aprobatoria—. Además, tengo entendido que pronto se hará público su compromiso, estoy segura de que le irá muy bien.

—Eso espero. De lo contrario, el conde St. Martin no tendría ni idea del gran partido que deja escapar —comentó Helen en voz baja.

—No se preocupe, eso no ocurrirá —declaró con seguridad.

Compartieron una sonrisa de complicidad y Helen agradeció a la señora Jones su conversación. Siempre le alegraba el día con los comentarios más inesperados. Casi había olvidado el asunto que la tenía tan perturbada los últimos días, hasta que al entrar en la vivienda e ir hacia la escalera para reunirse con las otras damas en el salón de Viviane, se topó con su prometido. Iba tan guapo como siempre. Llevaba un traje sencillo de diario y su cabello rubio cayendo con desenfado por su frente con algunos mechones rebeldes. A veces le decía que quería dejárselo largo para recogerlo en la nuca y ella pensaba que sería un rasgo muy atractivo, aunque no le hiciera falta. Su dorada melena, sus ojos azules y porte elegante y fuerte, era un afrodisíaco para la vista y los sentidos. A Helen no le extrañaba cuando atraía todas las miradas allá adonde fueran. Pero ahora que sabía que otra mujer gozaba de lo que a ella le pertenecía, simplemente le producía un mal sabor de boca imposible de ignorar. Claro que su bello y aristocrático rostro perfecto, hacía que sus pensamientos se difuminaran en su mente como si de una poderosa magia se tratara.

No podía evitarlo, siempre caía rendida cuando estaba ante su presencia.

Richard le dirigió una sonrisa resplandeciente y Helen se derritió. Ahora mismo no sabía si ese efecto demoledor que tenía sobre ella le gustaba o, por el contrario, la hacía encolerizarse.

Probablemente ambas cosas, se dijo interiormente.

Trató de actuar con normalidad, puesto que sabía que su dama de compañía, la señorita April Johnson, estaría al acecho, como le gustaba advertirla para que no fuera a cometer ningún desliz, a pesar de que faltaban pocos meses para la boda.

Claro que Helen tampoco quería dar pie a habladurías, y menos ahora, que sabía que las ocultas actividades de su futuro marido eran algo indeseables. No se imaginaba dejándose llevar por sus pasiones, al menos hasta que no tuviera más remedio que hacerlo como esposa, claro está. Durante todo su noviazgo −que había sido largo−, no se había sentido como en este momento, teniéndole presente: con ganas de librarse de su atadura con él.

Por supuesto se trataba de un hecho del todo imposible. Pero… ¿cómo ignorar sin más lo que sabía de él? Cada vez que pasaba por su mente, se sentía peor, pero sabía que debía guardarse sus opiniones para ella. Fingir era lo único que podía hacer, de modo que suspiró y se preparó para su saludo de cortesía.

Helen llevaba un vestido azul claro a juego con sus ojos, algo vaporoso, de seda y encajes; llevaba el pelo recogido, dejando varios tirabuzones sueltos que le daban un aspecto adorable. Se alegraba de haberse arreglado a conciencia ese día, aunque no sabía si se encontraría con Richard, ya que estaba muy ocupado tratando ciertos asuntos con su padre. Sin embargo, April ya le había advertido de la importancia de estar perfecta en presencia de un esposo, por lo que siempre que Helen iba a casa de los Jenkins, ponía especial atención a cualquier detalle. Si bien en su interior no se sentía del todo bien, el exterior no mostraba nada que no fuera su pura belleza.

Algo que al parecer, no había pasado desapercibido para Richard, que la admiraba desde la cabeza hasta los pies. Un gesto algo insolente, pensó Helen, pero común en él desde que le conocía. Aunque su vestido era más bien sencillo, apropiado para quedarse en casa durante la tarde, con su belleza natural y un toque de perfume de lavanda, hacía que resultara tentadora. A Helen no le desagradaba eso, sino al contrario; siempre deseaba ser el centro de atención para su amado; por mucho que desde hacía varios días, deseara casi lo contrario.

—Lady Helen —susurró él con voz ronca—, tan hermosa como siempre.

Besó su mano enguantada y un cosquilleo le atravesó desde la mano hacia el resto de su cuerpo. Evitó soltar un gran suspiro de placer ante su galantería. Se recordó que una dama de buena familia jamás debía mostrar abiertamente sus sentimientos.

—Lord Thorne —saludó con formalidad inclinando la cabeza.

Richard le sonrió con picardía porque, aunque faltaba poco tiempo para que fueran marido y mujer, ella aún tenía que usar su título de marqués para dirigirse a él, al menos mientras estuvieran en público −lo que era continuamente−; si no con sus carabinas, era con algún miembro de sus familias. Ese, además, era el mismo título que sustentaría ella hasta que Richard heredara el título de duque cuando su padre ya no estuviera.

—Pronto ese también será tu nombre —dijo con descaro, acercándose a ella de manera peligrosa.

Cuando veía que no había nadie alrededor, solía ponerse cariñoso con ella, lo que hasta el momento le había agradado, a pesar de tener que mostrarse tímida por las apariencias. En ese momento, sin embargo, se encontraba poco dispuesta a dejarse llevar por el encaprichamiento que sentía por su futuro marido. Aunque le resultaba difícil, trató de recomponerse y mostrarse fría e inaccesible, o al menos lo intentaba.

—Nada me complace más —declaró ella sin saber qué más decir.

—Nada hasta… el día de nuestra boda —añadió Richard con un tono seductor.

Helen se sonrojó cuando dedujo lo que él pretendía decir con aquel comentario. Sin poder evitarlo, soltó una risa ahogada ante la sorpresa. Pocas veces se había mostrado tan atrevido con ella y aún no sabía bien cómo reaccionar cuando se le insinuaba de aquella manera. Se suponía que una mujer tenía que ser recatada, tímida, callada y poco inclinada a mostrar cualquier sentimiento intenso −incluso con su marido−, pero claro, lo que Helen sentía, teniendo a Richard frente a ella, era algo casi imposible de ocultar.

Era tan apuesto, que a menudo se sentía embelesaba con su mirada y cualquier gesto de complicidad que tuviera con ella.

En ese momento, y para gran alivio de Helen, apareció el mayordomo seguido por la duquesa, que al parecer, había oído la última frase de su hijo.

—¿Qué hablabas de la boda, querido?

—Nada, madre —le aseguró con una leve sonrisa antes de besar su mejilla y despedirse de ambas para hacer unos recados.

Helen miró con gesto ausente el lugar por el que se había marchado su prometido. El recibidor quedó desierto entonces y oyó un golpe seco cuando la puerta principal se cerró.

—Lady Helen, venía a buscarla —dijo la duquesa amablemente—. Lady Madison Tyler vendrá enseguida. ¿Subimos a tomar el té?

La tomó del brazo sin dejarla responder y caminó con ella hasta la primera planta de la vivienda. Llegaron al salón privado de la duquesa y aguardaron la llegada de su invitada. April entró a los pocos segundos y no mucho después apareció Madison Tyler, que tras saludar con alegría, ocupó su lugar para tomar el té.

Era un momento del día que Helen adoraba, porque estaba en buena compañía, y las charlas eran amenas y entretenidas. Sin embargo, durante los últimos días, Helen tenía la cabeza en otro lugar muy lejos de allí.

¿Qué sería de ella en un matrimonio cargado de secretos y engaños?


Encontraréis el book tráiler aquí.

Aquí os dejo los enlaces de compra:



viernes, 18 de noviembre de 2016

Agenda 2017 - Nuevo diseño

¡Buenos días!

Espero que os guste el segundo modelo de agenda que encontraréis en amazon. Es igual de completa que la primera, pero este diseño tiene el acabado de la cubierta en brillo y, como veis, mucho más colorido.





Aquí os dejo el enlace de compra. 

¡Feliz viernes!

jueves, 17 de noviembre de 2016

El frágil lazo del amor - Capítulo 3


Como se suele decir... no hay dos sin tres... ;-)

¡Feliz lectura!



Capítulo 3


La primera semana había pasado y no tenía resultados de ningún tipo. Normalmente habría seguido al objetivo y averiguado todo lo necesario, pero no podía arriesgarme a ser descubierto. Sabía de memoria todo lo que decían los informes que mi hermano me había hecho llegar, y lo que ya me comentó antes de venir a Richmond. Era poca cosa en realidad, si lo pensaba bien. Por eso estaba yo aquí, claro, para arrojar un poco de luz y hacer justicia si llegaba el momento. Algo que deseaba fervientemente.

Sin embargo, como mis planes en el futuro, eran: seguir ocupando la plaza que tanto trabajo me había costado conseguir en el colegio, deseaba hacer las cosas bien. Eso incluía evitar todos los contratiempos posibles. No quería dejar tirados a los alumnos de mi curso en caso de meter la pata, bastante tenían con haber perdido a otro profesor no hacía mucho. Yo no podía correr la misma suerte.

Sin duda para el día siguiente las cosas habrían cambiado. Eso esperaba. La fiesta de cumpleaños de Brent me daba la oportunidad para verle en su ambiente fuera del trabajo. Algo que no me hacía falta averiguar era si todavía sentía algo por Amber.

La respuesta era afirmativa.

Pensaba que ella le había olvidado, pero tenía mis dudas al respecto. Habían tenido una relación de casi dos años antes de que todo se fuera al garete y esos recuerdos no se esfumaban tan rápido para algunas personas. Yo lo sabía bien. Eran muy confusas las impresiones que me transmitía ella en el colegio. No podía determinar si era rechazo ante la presencia de su ex o sentimientos encontrados que no habían sido resueltos entre los dos. Notaba que le evitaba a menudo, pero eso podía significar muchas cosas. Como que seguían manteniendo una relación de algún tipo. Esa idea rondaba por mi mente a menudo, dejándome un regusto amargo sin saber por qué. No nos conocíamos de nada, aunque de alguna manera, era como si hubiera una conexión entre los dos.

De un modo u otro, lo averiguaría pronto.

Y como si la hubiera llamado, allí estaba ahora. Con una camisa con cuello cerrado con un lazo y una falda de tubo que llevaba muy en su línea: sin que se le ajustara demasiado a sus curvas.

Lo que daría por verla con ropa deportiva en el gimnasio al que iba yo tres veces por semana. La licra no dejaría demasiado a la imaginación. O quizás sí.

Parpadeé varias veces al darme cuenta de que me hablaba. Ignoré mis pensamientos por el momento.

—Perdona, ¿qué decías? —pregunté, sintiéndome un colegial más. Algo que no me agradaba demasiado.

—¿No queda café?

Me miró con una expresión lastimera y un gracioso mohín en sus labios y mis ojos se quedaron allí un rato, hasta que volví a aterrizar en la Tierra y vi que esperaba una respuesta. Esta mujer me dejaba tan fuera de combate, que mi entrenador personal en artes marciales no era más que un aficionado a su lado. Asombroso. Perturbador.

Le dediqué mi mejor sonrisa y procuré centrarme.

—Te he guardado uno —dije.

Le tendí el vaso y noté que sus ojos se abrían por la sorpresa. Se sonrojó ligeramente y susurró una palabra con esa boca tan sensual:

—Gracias.

—Lo he preparado como te gusta —le expliqué con mi mejor mirada seductora. Su expresión contrariada tiró por la borda mi nuevo intento por seducirla.

—¿Cómo puedes saberlo? Apenas hemos coincido un par de veces en la cocina —dijo con el ceño ligeramente fruncido.

—Es verdad, pero a menudo la gente es fiel a sus costumbres. Con una vez fue suficiente para saberlo —concluí con suficiencia—. Además, lo tomas como yo: con leche y sin azúcar.

—Cierto —convino con una mirada profunda y una ligera sonrisa—. Gracias de nuevo.

Nos miramos un instante y ya estaba empezando a notar una inoportuna necesidad de acercarme a ella y dejarme de sutilezas. Me atraía como ninguna otra mujer había hecho antes y apenas lograba contenerme cuando la tenía cerca. Ahora, en la diminuta cocina, y a solas, era toda una hazaña que no me levantara de mi asiento y la besara hasta dejarla sin aliento, jadeante y suplicando más.

Deseaba probar esa tentadora boca. Pero sabía que era una pésima idea. Amber se merecía mucho más. Respeto para empezar. Estaba empezando a plantearme la idea de pedirle ayuda directamente. Detestaba ocultar cosas a las personas que me importaban, independientemente del lugar que ocuparan en mi vida, y aún más si eran personas decentes como ella.

A pesar de que me estaba conteniendo con todas mis fuerzas, me levanté para poder mirarla a los ojos más de cerca. Mis dedos inquietos querían tocar sus mejillas y no tuve más remedio que meterme las manos en los bolsillos de mi pantalón deportivo, como si con ese gesto pudiera calmar mis ansias, pensé con ironía.

—Tengo dos clases ahora y termino por hoy —comenté para romper el tenso silencio—. ¿Nos vemos mañana en el restaurante?

—Sí, claro —asintió tímida.

—Perfecto —dije bajando mi voz—. Por cierto, estás preciosa hoy.

Me miró muy seria y entrecerré mis ojos mostrando mi confusión.

—¿Bromeas?—inquirió algo irritada.

—No —aseguré tajante, sin saber muy bien a qué se refería—. ¿Por qué haría eso?

Negó con la cabeza. Imaginé que se debatía en su interior por una cuestión que estaba empezando a tomar forma en mi mente.

—Todo el mundo me dice que visto como si tuviera veinte años más —dijo poniendo los ojos en blanco—.Preciosa no es el adjetivo que mejor me define —soltó con una pizca de sarcasmo.

—Un colegio no es lugar para minifaldas y tops de lentejuelas —solté sin poder evitar sonreír. Obvié su último comentario, porque entonces, le diría lo que pensaba sobre las personas con una vista e imaginación tan cerrada—. Aunque tengo que decirte que aún recuerdo tu camiseta y el sujetador del otro día —añadí para provocarla.

—¿Pero qué…?

Me miró con los ojos abiertos como platos y las mejillas sonrosadas, y levanté mis cejas insinuando que aquella visión me traía muchos buenos recuerdos. Amber resopló y se tapó los ojos con la mano que no sostenía su café.

—Qué vergüenza. Olvida eso, por favor —pidió con voz lastimera.

—Ni hablar —mi tono guasón se ganó una sonrisa abierta y sincera—. Ese sujetador tan provocador es magnífico —dije con sorna, sin faltar a la verdad—. Dime, ¿tienes más de esos? —pregunté con gran interés.

—Sí, toda una colección —soltó de repente.

Su brusca broma nos sorprendió a ambos.

Nos quedamos en silencio, asumiendo lo que acababa de decir en un arrebato de sinceridad. No me había esperado aquella salida, pero al verla con esa chispa de fuego en sus ojos, me acabó de conquistar.

¿Quién podría resistirse? Tenía temperamento. Y eso me ponía mucho.



Faltaba una hora para la fiesta de cumpleaños de Brent. No me apetecía nada verle, y mucho menos fuera del colegio.

Se comportaba de un modo bien distinto cuando no estaba entre las paredes de la institución que él consideraba sagrada. La verdad era que también era lo único que teníamos en común. Sin duda un detalle que debí tener en cuenta hace años, pero que dejé pasar. Cuando no compartes absolutamente ningún valor importante con la otra persona con la que tienes una profunda relación, más que una profesión en común, se da una combinación destinada al fracaso más absoluto. Justo lo que ocurrió.

Miré con indecisión el vestido que Holly había elegido para mí. Colgaba de la puerta de mi vestidor, le eché un último vistazo y me paseé por casa, haciendo cualquier cosa para posponer el momento de ponérmelo. Bajé la escalera curva hacia abajo, tamborileando mis dedos por todo el pasa manos de madera, y volví a subir hasta mi habitación que estaba justo al fondo del pasillo. Me faltaba valor para tocarlo siquiera, ¿cómo iba a ser capaz de ponérmelo?

Era corto, ajustado y de color negro con encaje en el cuello y en la parte de abajo. El cuello cuadrado dejaba visible el comienzo de mis pechos, aunque de forma sutil. Me hubiera gustado replicarle para que buscara algo con un poco más de tela en la parte que se suponía que debía taparme las piernas, pero habría sido inútil, sabía que no me escucharía.

Ahora daría lo que fuera por poder tapar mis rodillas desnudas.

Por poco se metió conmigo en el probador de la tienda para asegurarse de que me quedaba bien y que no le mentía para dejarlo donde debía estar: en la percha del establecimiento; pero la verdad fuera dicha, no entendía en qué pensaba. No era mi estilo, no era conservador ni recatado. Enseñaba más que ocultaba y con el ceño fruncido pensé que, si lo viera mi madre, lo quemaría al instante.

Los zapatos de tacón a juego eran preciosos, claro. También eran mi debilidad, algo que me gustaba para salir, aunque no los combinara nunca con vestidos tan atrevidos. En cierto sentido, me daba miedo llevar el conjunto porque Brent podía pensar que lo hacía para llamar su atención, aunque no era a él a quien me gustaría impresionar esta noche. Claro que no pensaba salir con Ethan ni nada parecido, pero quería demostrarle que podía vestirme para ir de fiesta. No sabía de dónde salía esa idea de exponer ese punto de vista, pero así era. Tal vez porque no terminé de creerme su cumplido, ya que “preciosa” no era un adjetivo que usara la gente para calificarme. No porque vistiera mal, sino porque decían que nunca arriesgaba. Holly me animaba a lanzarme un poco más, pero me resultaba difícil. No me sentía del todo cómoda, pero después de haber oído ese dudoso halago, necesitaba que viera que sabía arreglarme para salir. Podía ser elegante y no aburrida.

Tenía que dejar ese punto bien claro. Aunque el vestido en la percha ya hacía eso por mí sin necesidad de lucirlo, medité.

Fui a la cocina a servirme un vaso de vino blanco. Quizás me diera valor y el toque de alegría justo para soportar lo que se me venía encima. Menos mal que tenía a mis compañeros para amortiguar la velada. Teníamos una relación de amistad, más que otra cosa, porque después de tres cursos en el colegio del barrio, habíamos llegado a pasar muchos ratos juntos. Tom, Harry, Bryanna y Emily eran casi parte de mi familia. Demasiado a menudo, no sabía qué haría sin ellos cuando mi propia familia me volvía loca. A causa de las fiestas navideñas, hacía ya semanas que no quedábamos para salir juntos. El hecho de que todos, menos Tom y yo, estuvieran casados, dificultaba un poco eso, pero aún así, siempre conseguíamos buscar un rato libre los fines de semana para tomar un café o una copa si se daba el caso.

Intenté no pensar mucho mientras me dirigía a mi habitación de nuevo y me enfundaba el vestido. Si seguía subiendo y bajando, acabaría agotada antes de salir. Procuré ignorar en escalofrío que sentí cuando la fina tela rozó mi muslo tan arriba que quise tirar para ver si de ese modo crecía unos cinco centímetros más. Como no acostumbraba a llevar medias de color claro, Holly tuvo que añadir unas cuando estuvimos de compras y aquí estaba yo, con encaje por todas partes. La verdad es que la ropa interior sexy es mi perdición. Como la llevaba bien oculta, era como guardar un secreto solo para mí. No me sentía tan cómoda con ese precioso, para qué me iba a engañar, vestido de noche y todo el conjunto en general, pero el resultado era el que iba buscando, o eso me repetí a mí misma.

Me maquillé lo justo, aunque cambié mi sobra de ojos de tono claro predilecto, por uno más oscuro. Decir que me sentía otra persona era quedarse corto, pero al mirarme en el espejo, me gustó lo que vi. Con una sonrisa nerviosa, fui al garaje y tras dejar el bolso en el asiento del copiloto de mi Lexus, me dirigí al restaurante Delight.

Era un sitio lujoso y a la vez confortable. Me encantaba cenar allí con mi familia en cualquier ocasión. Resultaba obvio que Brent lo había elegido por ese motivo, pero decidí no pensar mucho en eso mientras conducía unos veinte minutos hacia el centro y dejaba el coche en el parking que había al lado.

Hacía un frío insoportable y me alegré de haber cogido mi abrigo oscuro más conservador, me tapaba más que el vestido y tuve la tentación de dejármelo puesto todo el tiempo, pero sabía que era una idea poco práctica, por no decir incómoda para cenar. Cuando entré y lo dejé en el ropero, vi que estaban casi todos en el bar tomando algo antes de la cena. Mis compañeras estaban guapísimas y muy bien acompañadas por sus maridos. Fui directa hacia allí y sentí alivio al darme cuenta de que Brent estaba al teléfono a unos metros, no tendría que saludarle hasta que él se acercara. Me quedé hablando con Emily y su marido Scott, con Bryanna y su tremendamente sexy marido Zachary y con Harry acompañado por su simpática mujer Rachel.

Estos últimos se habían casado hacía apenas tres meses y estar cerca de ellos era como tener que presenciar las escenas más sensibleras e interminables de una película romántica.

—¿Dónde están los demás?

—Tom viene con alguien, creo —respondió Bryanna—. Y el resto de profesoras vendrá más tarde, como siempre. Ese grupo me tiene harta. Se creen Los Ángeles de Charlie. Y tienen el mismo cerebro que los alumnos de infantil a los que dan clases… sin ánimos de ofender a los más pequeños, claro.
Nos echamos a reír y los hombres se distanciaron para hablar de sus coches, de deportes y esas cosas, mientras nosotras nos dedicábamos a cotillear sobre Zoe, Caitlin y Elle. Eran las que daban clase a los niños más pequeños del colegio y también las más jóvenes, por lo que de alguna manera, era inevitable que existiera un muro invisible entre ellas y nosotras. Sin contar con Harry y Tom, que las trataban como si fueran adorables. Algo incomprensible a nuestro parecer.

—Atención, ahí viene el señor director —susurró Emily con voz grave para advertirme.

—Hola Amber. Me alegra verte —Brent me miró de arriba abajo y sonrió—. Estás preciosa —murmuró, todo seducción.

Su voz grave me habría dejado temblando hacía tiempo. Ahora solo sentía ganas de salir corriendo y alejarme de él.

—Gracias —murmuré algo tensa—. Por cierto, felicidades.

—Gracias —dijo complacido.

Su sonrisa se amplió antes de acercarse hasta mí y abrazarme. Como mis brazos quedaron atrapados por los suyos, solo le di una palmada en su hombro, aunque me hubiera encantado darle un empujón en su lugar.

Desde la posición en que estaba, pude ver que Ethan se aproximaba con una expresión que me aterrorizó. Sus ojos eran como témpanos de hielo, tenía una mirada fría y dura, en gran parte dedicada a mí, aunque no entendía el motivo. Ni estaba abrazando a Brent ni había nada entre nosotros, para que se pusiera así.

No pude evitar poner los ojos en blanco ante tal manifestación de testosterona.

—Buenas noches —dijo en voz muy alta.

Creí que era la única que percibió el tono amenazante en el saludo, pero cuando Brent se alejó, dejándome libre por fin, le vi frunciendo el ceño antes de poner una expresión neutra y devolvérselo de mala gana. Dejé pasar la lucha de cornamentas y cuando al cabo de un rato nos reunimos todos los invitados, entramos en un comedor de gran tamaño, el cual estaba casi todo ocupado.

Al llegar a nuestra mesa elegí el asiento más alejado del único extremo ocupado por una silla. Era la que ocuparía Brent, puesto que era el homenajeado, y yo prefería mantener las distancias. Cuanta más, mejor.

Una mano tiró de mi brazo y al girarme me encontré con una de mis mejores amigas: Denise Allen. Nos fundimos en un fuerte abrazo porque llevábamos sin vernos más de un mes. Había estado viajando por trabajo y después de eso también por vacaciones. Solo los emails que me enviaba siempre que podía, me tenían informada de su paradero. Sabía que estaba en casa desde hacía varios días, pero no habíamos tenido oportunidad para quedar y ahora por casualidad la encontraba en el mismo restaurante que yo. Por primera vez en todo el día me alegraba de haber decidido acudir al cumpleaños de un hombre al que más detestaba.

—Que alegría verte —le dije con una sonrisa emocionada.

—Igualmente. Estás imponente —aseguró alejándose para verme bien—. El vestido te sienta de miedo Amber. Esta noche arrasarás —aseguró, soltando una risita jovial.

—No será para tanto —dije nerviosa al notar que Ethan, a mi lado, me miraba con gran interés—. Bueno, y ¿qué haces aquí? ¿Has quedado con alguien?

—Pues sí —dijo ilusionada—. Estoy con Ingrid en aquella mesa —señaló al fondo de la sala y vi cómo esta se levantaba para acercarse. Intenté no mostrar mis contradictorios sentimientos al verla caminando hacia mí—. Hemos quedado para cenar con aquellos chicos tan guapos. Si luego nos vemos en el Concord, te los presento.

—Claro, me parece bien —dije apresuradamente.

Intenté tragar pero la tarea me resultó difícil.

Casi siempre cuando salíamos, íbamos al mismo Pub: Concord. Era un sitio ideal con varios ambientes en los que o bien podías bailar hasta caer rendida o solo sentarte a charlar con tus amigos mientras tomabas una copa.

Hacía semanas que no iba por allí. Desde que me enteré de lo que me hizo la que se hacía llamar amiga mía. Ingrid había intentado mantener el secreto, igual que Brent, pero lo que ninguno sabía era que éstos siempre acababan saliendo a la luz. Lo único que lamentaba era no haberlo sabido mucho antes; así no habría hecho el tonto durante años al tratarla como una verdadera amiga. Algo que me ponía furiosa.

—Hola Amber, —saludó Ingrid— qué guapa.

El cumplido me pareció forzado, pero no podía asegurarlo, puesto que toda su actitud hacia mí era una farsa.

—Gracias —contesté seca.

Sonreí de forma tensa. No sabía cómo se comportaría al ver a Brent allí, aunque estaba claro que conocía la tradición de su cumpleaños. No sabía por qué mi ex se molestaba en celebrarlo con los compañeros solo por invitarme y que no pudiera rechazarle. Sabía que no tenía la más mínima oportunidad después de lo que pasó entre nosotros. Quizás tenía que demostrárselo de un modo más tajante. Estaba segura de que se me ocurriría algo que le alejaría para siempre.

—Brent —le saludó Ingrid sin acercarse a él—. Feliz cumpleaños.

—Oh, es verdad —soltó Denise de mala gana—. Felicidades… creo —añadió con desprecio.

No pude evitar tensarme cuando él las miró, desde su posición como anfitrión, y sin responder, se detuvo un instante más de lo necesario en Ingrid. Finalmente asintió con la cabeza. No tenía ni idea de cómo actuar ahora que sabía la verdad. Creía estar haciendo el mayor de los ridículos aunque todo pasara hacía años y deseé que se marcharan, sobre todo por Ingrid.

Denise arrugó el entrecejo y yo le propiné un codazo para que se comportara. Desde nuestro divorcio siempre le lanzaba puñales envenenados y aunque en mi interior me encantaba que lo hiciera, no me servía de nada, porque ahora era mi jefe. A mí me tocaba lidiar con él todos los días. Ella, para su consuelo, y el mío, no tenía que hacerlo.

—Te dejaremos con tu cena —declaró Denise de mala gana—. Llámame pronto. Si no nos vemos luego, ya nos pondremos al día, ¿vale?

—Claro que sí —murmuré aliviada.

Me dio un ligero apretón en la mano y me observó con una intensa mirada unos segundos más de lo normal. Sus ojos querían decirme algo que no llegué a comprender. ¿Acaso sabía lo que había pasado? De ser así, me resultaba incomprensible que siguiera quedando con Ingrid como si todo fuera tan normal, pero claro, la amistad de nuestro grupo se remontaba años atrás. Y tampoco deseaba interponerme entre ellas.

Nos despedimos y pude respirar con tranquilidad cuando se alejaron.

Tomé asiento y al cabo de un momento vino un camarero a tomar nota. Yo estaba distraída y fue Ethan quien me avisó de que tenía que pedir ya. Hasta entonces ni me había percatado de que estaba sentado a mi lado. Elegí pescado con verduras a la plancha, aunque no sabía si probaría bocado. Se me había cerrado el estómago y no era capaz ni de mirar a Brent. Ver sus ojos ahora mismo me resultaba la peor idea del mundo. El hecho de que no me contara la verdad en su momento, ya fue malo. Pero además, saber que una de mis mejores amigas estuvo liada con el que fuera mi marido mientras aún estábamos casados, se me antojaba repugnante. No era un sentimiento nuevo por él, pero aún así, el momento no pudo ser más incómodo.

—¿Te encuentras bien? —susurró Ethan.

—Sí, claro —respondí de forma mecánica.

Mi intento de sonreír para disimular no me salió bien y él lo notó. Ethan me observaba con preocupación.

—No lo parece —sentenció con voz firme.

—Lo siento, pero no puedo hablar de eso. No ahora.

—Tranquila, te lo preguntaba por si quieres que te acompañe fuera. Tienes mala cara —murmuró con voz dulce.

—Estoy bien —aseguré. Cuando me miró con esos profundos y tiernos ojos azules, parte de mi tensión se esfumó, aunque sentí deseos de llorar y desahogarme—. Gracias —dije en voz baja.

Ethan me lanzó una mirada penetrante, pero no dijo nada más y empezó a hablar sobre una clase de gimnasia particularmente divertida para aliviar la tensión. Se lo agradecí en el alma.



La cena transcurrió sin más percances. Cuando vi que Denise e Ingrid se marchaban con sus citas, y se despidieron desde la distancia con la mano, evitándome otro momento incómodo, les di las gracias en silencio.

Aunque mis compañeras se habían dado cuenta de lo ocurrido, prefirieron no hablar del tema. Sabían que ya tendríamos tiempo de discutir largo y tendido sobre todo lo que pasara durante esta noche. No deseaba contarles lo que ocurrió con Ingrid, claro. Era uno de los capítulos más humillantes de mi vida y prefería dejarlo enterrado bien hondo y olvidarlo, por difícil que resultara. El hecho de que todas mis amigas y mis compañeras de trabajo se conocieran bastante bien, porque salíamos juntas a menudo, me complicaba la situación. Querrían sonsacarme cada detalle, estaba segura, pero no podía permitir que sintieran lástima por mí. Bastante mal lo había pasado ya. Ser objeto de compasión era algo bochornoso.

Traté de no hacer caso de sus miradas interrogantes, pero resultó una ardua tarea.

Brent intentó abordarme a la salida del restaurante y me lo quité de encima rápido y sin rodeos. No me apetecía dirigirle la palabra. Su expresión dolida no era nada comparada con lo que me hacía sentir cada vez que le miraba o le tenía cerca. Sobre todo después de nuestra separación.

Era la primera vez que les veía juntos en el mismo sitio y no lo consideraría agradable de ningún modo. Ninguno sabía que yo era consciente de lo que hicieron, así que podía hacerme la ignorante. Justo lo que los dos pensaban que era, pensé, sintiendo rabia. Revivir la ruptura una y otra vez, no era mi ideal de rememorar el pasado, por lo que procuraba no pensar en ello. Sin embargo, el destino parecía querer decirme que no se puede huir de nuestros errores jamás.

La fiesta continuaría para los que lo desearan, así que quedamos en un local para seguir con la celebración.

Ya dentro de mi coche, me debatí entre la idea de irme a casa o quedarme para tomar una copa. Tenía ganas de pasar un rato con mis amigos, pero no de ver a Brent. Si por mí fuera, no permanecería con él ni un solo segundo más en mi vida. Pero por desgracia, debía resignarme a lo contrario. Qué pesadilla.

Habíamos acordado ir a una zona donde se encontraban los mejores garitos para rematar la noche. Empezamos por ir a uno en el que yo no había entrado nunca y al traspasar la puerta me di cuenta de cuál era la razón: la música alta y la concentración de adolescentes, hacían del lugar una visión de lo que fue mi propia pubertad. Aunque no había humo de cigarrillos, se podía percibir que la limpieza del local distaba mucho de lo que se consideraría mínimamente aceptable. No estaba a gusto allí y, por la expresión de mis compañeros, era algo que todos pensábamos, así que después de tomar una copa, cambiamos de ambiente. Decidimos ir al Concord y aunque deseaba encontrarme con las demás, también lo temía. Ser testigo de la tensión entre Ingrid y Brent me ponía de los nervios. Yo quería olvidar lo ocurrido, pero cuando estaban delante de mis narices, decir que la tarea era algo complicada, sin duda comportaba el eufemismo del siglo.

Al llegar, dejamos los abrigos en el guardarropa de la entrada y fuimos a un reservado. El pub tenía forma circular, donde la pista de baile en la zona central y ocupaba la mayor parte del amplio espacio. Alrededor, en una plataforma superior con dos escalones, se encontraban las zonas apartadas y divididas por finas paredes, pero quedaban abiertas a la pista. Daba cierta intimidad sin ser un lugar cerrado. A nuestra izquierda estaba la barra, iluminada por tenues luces que le otorgaban al lugar, un toque de sofisticación y modernismo que bañaba cada uno de sus rincones. En alguna ocasión llegué a comparar el local con un museo: las paredes estaban pintadas con gruesas rallas blancas y negras, adornadas con coloridas obras de arte. Los asientos eran de diferentes formas según los espacios, todos ellos ultra modernos. Las sillas de la barra siempre atraían la atención, puesto que eran de diseño y de un material blanco cromado, siempre me recordaban a las petunias que tenía mi madre en el jardín trasero. Solo que en este caso serían algo más redondeadas, pero de igual modo, no podía evitar la comparación.

Brent, tan espléndido como siempre, pidió tres botellas del mejor champán para comenzar. No era muy amante de la burbujeante bebida, pero no quería quedar como una ingrata. Me guardé mi opinión y brindé con los demás, Brent incluido, ocultando mis sentimientos lo mejor que pude.

Alguien nos interrumpió y me alegré de que fuera Denise.

—¿Vienes a bailar? —inquirió tendiéndome una mano.

—No me apetece mucho, la verdad —me quejé. Bailar no se me daba muy bien.

—Oh, venga —insistió muy seria—. Es bueno mover el esqueleto —sentenció con firmeza.

Me miró intencionadamente y reaccioné. Deseaba algo, por lo que claudiqué a mi pesar.

—De acuerdo —farfullé.

Me levanté e invité a mis compañeras a venir con nosotras. Emily y Bryanna se apuntaron encantadas, ajenas a la expresión de Denise. Algo deseaba hablar conmigo y el hecho de que no quisiera esperar a otro momento, me daba mala espina.

—Oye, ¿quién es ese bombón que estaba a tu lado? —preguntó cuando nos alejamos lo suficiente.

Miré en la misma dirección y me encontré con varios ojos que me miraban con mucha atención. Ignoré a Brent y miré a Ethan directamente. Sus ojos se fundieron con los míos, su intensidad me hizo temblar. Sentí un estremecimiento y me concentré en moverme al son de la música.

—Es el nuevo profesor de gimnasia, se llama Ethan Anderson —dije con una leve sonrisa.

—Te mira como si quisiera devorarte entera —declaró mi amiga con diversión.

—Me ha pedido salir varias veces, pero no sé… La última vez que me enredé con un compañero, ya sabes cómo terminó —dije con seriedad.

—Venga mujer, no todos van a ser como Brent —dijo Emily convencida. Estaba a nuestro lado y no pudo evitar intervenir.

—Hablas como Holly —la acusé con una sonrisa.

Puse los ojos en blanco y todas nos reímos.

—¿Qué estáis hablando de mí? —gritó una voz femenina a nuestro lado.

Nos volvimos y Holly estaba allí, más sexy que nunca con un mini vestido de color violeta y unos botines negros. Llevaba suelto su precioso cabello rubio liso por la cintura, y todas las miradas del local se centraron en la recién llegada. Alzó sus brazos y con su habitual energía eufórica, nos dimos un abrazo cariñoso de grupo.

—Cuánto tiempo Denise. Te echábamos de menos.

—¿En serio? Pues no habéis descolgado mucho el teléfono este mes —acusó, fingiendo estar enfadada.

—Serás perra… —dijo Holly con los brazos en jarras—. Nos dijiste que ibas a irte a Europa sin móvil porque necesitabas trabajar y lo único que sabíamos de ti era lo que nos contabas en tus e-mails —terminó casi sin aliento.

—Es verdad, lo siento. He estado muy ocupada —soltó entusiasmada e ignorando el calificativo de Holly—. He hecho unos reportajes increíbles sobre vestidos de novia. Los podréis ver en los números de la revista de estas próximas semanas.

—Eres una artista, estamos deseando verlos. ¿Verdad Amber? —dijo intencionadamente Holly.

—Claro que sí —hubo un silencio incómodo y miradas incrédulas por parte de mis amigas—. Por favor, después de más de tres años, está superado —aseguré una vez más—. Que sepáis que mi divorcio no me ha quitado las ganas de pasar por el altar en el futuro… quizás si encuentro a mi príncipe azul, me decida de nuevo —comenté pensativa—. Además, lo más importante es el matrimonio, no la boda perfecta.

Todas me miraron como si no creyeran lo que les decía. Sabían que todo aquello me había afectado mucho, pero no eran conscientes de que lo que de verdad me hundió, fue el hecho de haber cometido el error de elegir a Brent como mi compañero en la vida. Sin duda la peor decisión que pude tomar. Debí darme cuenta de que no estaba enamorada.

Fue solo la idea del hombre perfecto, la que me hizo dar un paso terrible y, por supuesto, que mi familia también pensara que era un buen partido para mí. La próxima vez haría caso a mi intuición y mi corazón antes que a unos ideales mal enfocados.

—Con respecto a tu divorcio —comenzó Denise con mala cara—, hay algo que me gustaría hablar contigo.

La animé a seguir, asintiendo con la cabeza de manera mecánica, aunque estaba segura de que lo que iba a contarme no me agradaría. Su cara lo decía a gritos. Se acercó y todas hicimos un corro.

—Hace un par de días, fui con Ingrid al centro comercial por la tarde. Allí nos encontramos a Brent y ella insistió en que tenía que ir a hablar con él —se detuvo y miró alrededor por si alguien inoportuno nos escuchaba. Brent seguía en la mesa con los profesores y nuestra amiga Ingrid bailaba con su cita a cierta distancia, sin percatarse de que hablábamos de ella—. Puso una expresión muy rara cuando le dije que la acompañaría, y se negó en redondo. Al final me insistió tanto, que fue sola.

—Todas sabemos lo cretino que es Brent—intervino Holly—. ¿Quién iba a querer enredarse con él, sabiendo cómo es?

Las demás, secundaron la moción asintiendo con la cabeza. Yo permanecí serena, o al menos lo intenté. Holly me miró, pero negué con la cabeza. No quería contar la verdad, no ahora.

—Ya. Pero lo que no entiendo es que luego fuera ella la que se mostrara tan esquiva y callada —susurró pensativa—. Cuando estaban hablando, Brent la miró como si hubiera algo entre ellos y cuando le sugerí a Ingrid que parecía que ella le gustaba, se tensó. Parecía sorprendida, como si les hubiera pillado infraganti o algo parecido. No supe qué pensar —dijo con preocupación—. Sin tener pruebas no quiero acusarla de nada, pero jamás se había comportado de esa manera con ese desgraciado. Además, no sé qué podía querer hablar con un imbécil como él, la verdad.

Después de sus comentarios, continuó mascullando insultos, cada cual más escandaloso. Le lanzó una mirada envenenada a distancia y todas nos lo quedamos mirando.

Oír aquello me dejó helada. ¿Acaso todavía tenían algo? Viendo ahora a Ingrid no parecía una mujer enamorada o con una relación estable. Bailaba muy pegada a su cita y Brent no se mostraba preocupado por nada. Le estaba viendo reír con los demás hombres de manera despreocupada y en ningún momento desvió la mirada hasta la pista de baile.

¿Sería todo una fachada?

Holly, que sabía la verdad, me miró de manera significativa. Ya me había dicho que lo mejor era contárselo a Denise y las demás, pero no me gustaría ser la causa de que entre ella e Ingrid, las cosas fueran mal. Bastante tenía con aguantar lo que yo ya sabía. No tenía ni idea de lo que la verdad podía llegar a causar en nuestro grupo de amigas.

—No sé lo que habrá entre ellos ahora —dije con cautela—. Pero de todos modos, ha pasado mucho tiempo. Si están saliendo o tienen una aventura, no es asunto mío.

—¿En serio? —me preguntaron mis amigas al mismo tiempo.

—Sí, en serio. No sé de qué os sorprendéis tanto —dije asombrada—. Yo no estoy enamorada de Brent y sinceramente, si se busca a otra, me dejará en paz. Es lo único que quiero de él —declaré con firmeza.

Me miraron sin estar muy convencidas.

Estaba segura de que aquello daría que hablar. Tenía que contarle a Denise lo que ocurrió de verdad, porque de un modo u otro, lo descubriría, y quería ser yo la que se lo explicara. A pesar de que no sería nada fácil.



Espero que lo hayáis disfrutado.

Podéis ver el book tráiler aquí.
Os dejo los enlaces de compra. Encontraréis esta novela en formato digital y papel.