domingo, 20 de noviembre de 2016

Por el amor de una dama - Capítulo 2


Espero que os gusten las novelas victorianas, y que disfrutéis de este avance gratuito. 
Aquí podéis leer el primer capítulo.


Capítulo 2



Londres, 1839





La reina Victoria había sido coronada un año antes y el mundo entero parecía estar cambiando. Sin duda era una soberana tremendamente popular, sin embargo, como era habitual en la corte, su nuevo reinado no estaba exento de intrigas, rumores, y tensiones entre los partidos políticos que tenían poder en aquel momento en el país.

Helen, que no era ajena a la vida en la ciudad, pese a que le gustaba pasar el máximo tiempo posible en el campo, tenía prevista su presentación en sociedad antes de casarse, algo que ocurriría tras unos meses a la corte. Era, sin duda, algo innecesario a su modo de ver, ya que ella no se encontraba disponible para el mercado matrimonial. Aunque por otro lado, no le desagradaba la cantidad de cenas elegantes, bailes, y diferentes diversiones como el teatro y la ópera a las que asistiría; siempre acompañada de sus doncellas personales, su dama de compañía, su padre y lady Viviane Jenkins, la duquesa de Winesburg.

Con dieciocho años, había llegado el momento que había esperado toda su vida: casarse con lord Richard Jenkins, marqués, y futuro heredero del ducado de Winesburg.
Ahora podría pasar más tiempo con Richard y estrechar lazos antes de matrimonio, aunque siempre bajo la estricta supervisión de sus carabinas. Qué remedio, pensó Helen con abatimiento. Hasta el momento, apenas habían pasado un instante relajados para tener una conversación que le permitiera hacerse una idea de cómo era él en realidad, pero eso era lo habitual. Entre los rigurosos estudios de Richard para su futuro cargo como heredero del ducado, y la preparación de Helen para el suyo como duquesa, apenas habían compartido más que unas pocas cenas a lo largo de la temporada de invierno en los últimos años. Sus hogares no quedaban lejos, pero el mal tiempo en el campo, dificultaba el poder viajar con demasiada frecuencia. En Londres, además, las reglas eran mucho más estrictas, de modo que bajo la atenta mirada de la alta sociedad, uno no podía dejar de medir cada gesto o pequeña actuación, porque todo sería observado bajo la más escrupulosa y rigurosa atención.

Con quien sí había tenido un trato más directo y cordial era con la duquesa. A menudo la invitaba a tomar el té para charlar con ella y así, presentarle a sus amistades, que eran las damas más prominentes del país. La aconsejaba y la instruía para su porvenir porque, al no tener a su madre para dicha tarea, y habiendo sido Viviane, amiga de la condesa en el pasado, esta sentía el deber de ceder todos sus conocimientos para la vida que llevaría dentro de unos pocos meses, a la que pronto sería su nuera.

La duquesa acompañó, junto con las damas de compañía de ambas, a elegir el guardarropa para la temporada. Helen no lo había pasado tan bien en toda su vida. Viviane era seria, estricta y firme, pero también era atenta y amable con ella. Solía hablarle de su madre y, en la intimidad, como había mostrado que había confianza entre ellas, también respondía, sin faltar a las reglas del decoro, a las preguntas de la joven sobre sus obligaciones cuando esta contrajera matrimonio con Richard.

Si bien había oído hablar a sus doncellas sobre lo que ocurría en la intimidad entre hombres y mujeres, no sabía qué esperar realmente en su noche de bodas. La duquesa fue aún menos clara al respecto, puesto que hablaba en círculos sobre el tema y tan solo pudo entender que debía dejar que su marido la encontrara disponible por la noche para que pudiera haber un hijo en el futuro. Un heredero y su propia familia, pensó Helen con entusiasmo, dejando de lado el otro asunto, ya que lo que realmente deseaba era verse casada con Richard y con una gran familia a la que atender. Toda su vida se había estado preparando para ello, no se lo imaginaba de otro modo.

Por otro lado, durante las últimas semanas, no le había resultado sencillo oír hablar sobre su madre en pasado, pues aunque no la hubiera conocido, no podía evitar añorarla cada vez más. Sobre todo en este momento de su vida; claro que era un enorme consuelo saber que la duquesa ocupaba con gusto ese lugar, aunque nunca pudiera reemplazarla. Su austeridad exterior contrastaba con el trato que recibía de ella cuando estaban a solas, ya que la trataba con cierta familiaridad al considerarla un partido excelente para su hijo, así como una mujer hermosa por dentro y por fuera. Como Viviane no había tenido hijas, sino dos varones, Helen a menudo imaginaba que ella ocupaba ese lugar en el corazón de la duquesa, y eso la hacía feliz. Tenía claro que haría lo posible por honrar su posición en la familia Winesburg. Esperaba, al menos, llevar el título de duquesa con la misma dignidad y sobriedad que la actual.



La temporada había dado comienzo con una esplendorosa estela de lujo, elegancia, nuevas modas a la hora de vestir, y diversión en cada una de las actividades que las grandes familias gozaban en estas fechas. Helen estaba disfrutando al máximo conociendo a personas nuevas y con la agradable compañía de su amado. Aunque este tenía compromisos a menudo, lo que le impedían acompañarla a cada evento al que aceptaban ir junto con su padre y los duques, cuando lograban tener tiempo para estar juntos, se dejaban ver paseando por Hyde Park, en la ópera, o en otras actividades propias de la temporada. Helen, por su parte, ocupaba la mayor parte de su tiempo acompañando a su futura suegra en sus compromisos sociales, como ir a tomar el té con las damas distinguidas, visitando las tiendas más recomendadas para comprar lo que aún faltaba para la boda y paseando por Rotten Row.

Estaba siendo la época más brillante y feliz de su vida. Tener a su lado a su hermano −que había vuelto recientemente de la universidad−, y a su padre, casi compensaba la ausencia más notable en su vida en esos momentos tan importantes: su madre. Se preguntaba si ella le daría algún consejo para su futuro más inmediato, porque a menudo los necesitaba y no podía contar con la sabiduría de ninguna otra persona. Sobre todo, cuando un día por casualidad, oyó la conversación entre dos doncellas de casa de la familia Jenkins. Desde luego había ciertos asuntos que no podía tratar con la duquesa, ni con nadie más, por mucha confianza que hubiera entre ellas.

Cuando Helen quiso salir a los jardines una mañana soleada, algo la detuvo; oyó dos voces femeninas en un pasillo contiguo, cerca del acceso a las cocinas. No tenía por costumbre escuchar conversaciones ajenas, pero creyó que alguien pronunció el nombre de Richard, y no pudo evitar poner toda su atención. Su cuerpo tembló de expectación y su corazón latió a toda prisa.

—Dentro de unos meses las cosas cambiarán en esta casa. No puedes seguir así o te descubrirán —dijo una de ellas con voz débil y preocupada.

—No lo creo posible. Ha dicho que me conseguirá una casa y podré dejar el servicio aquí —declaró una segunda voz mucho más prepotente y altiva.

—Esto no está bien, ¿no sientes lástima por lady Helen? —murmuró la primera.

Al oír su nombre en boca de alguien del servicio, algo la hizo poner aún más interés en la conversación que tenía lugar, ajena a su presencia. Parecía que no podía moverse de allí, aunque algo en su interior le decía que más tarde, lo lamentaría.

—¿Lástima de una chica tonta que acabará siendo duquesa algún día? —inquirió con voz burlona—. Lo siento pero no. No siento pena por ella.

—Si la señora Jones llegara a enterarse, te expulsaría de inmediato —manifestó quejumbrosa.

—No le dirás nada, ¿verdad? —preguntó, ahora con voz vacilante—. No puedes hacerme eso.

—No te preocupes, no diré nada —aseguró la primera—. Pero no me parece bien lo que haces, también debo confesártelo.

—Eres muy inocente —se burló.

—Lo soy porque aún no estoy casada —replicó a la defensiva.

—Bueno, yo lo estaré algún día, pero aún no. Puedo divertirme con un aristócrata mientras llega ese momento —declaró.

La primera chica que, por su voz, parecía más joven e inexperta, suspiró de manera audible.

—Tú sabrás lo que haces —dijo en voz baja—. Pero al menos mientras estés aquí, procura no acercarte al marqués. Y mucho menos mientras milady esté en casa. Es peligroso —le advirtió con pesar.

Las siguientes palabras se perdieron en el viento.

Helen se había dejado caer contra la puerta que daba al exterior que estaba abierta, por lo que podría verla cualquiera, pero no se encontraba capaz de caminar, ya que casi no sentía las piernas apoyadas contra el suelo. Tenía ambas manos sobre su pecho, como si con ese gesto pudiera calmar los latidos apresurados de su corazón y la terrible sensación que se había apoderado de todo su ser.

Su mundo entero parecía derrumbarse bajo sus pies y encima se burlaba de ella en el proceso.

¿Acaso sería cierto que Richard era capaz de tener una amante en la casa de sus padres, donde ella pasaba gran parte de sus días?

Le costaba imaginar que fuera capaz de un acto tan atroz, pero las pruebas le indicaban lo contrario. No creía que alguien pudiera hacer alusión a algo semejante si no fuera cierto.

Cerró los ojos con fuerza, tratando de respirar con normalidad. No deseaba que nadie presenciara ese momento tan bochornoso de su existencia.

¿Qué podía hacer? ¿Hablarlo, o callarlo? No sabía si podría volver a mirar su rostro como hasta ese momento, como si nada hubiera ocurrido. Sin embargo, tampoco podía enfrentarse a él y romper el compromiso. Su padre quedaría muy decepcionado, y sería un escándalo terrible que le afectaría a ella y a ambas familias. Sobre todo a ella, que sintiéndose impotente, quedaría como una paria social frente a todo el mundo, lo cual era injusto, pensó con resentimiento y pesar en su corazón.

Tampoco podía pedirle consejo a la duquesa; era su hijo al fin y al cabo. Ninguna madre desearía oír que su hijo era un caballero poco honorable, incapaz de ser fiel a una dama que pronto se convertiría en su esposa.

Sus doncellas algunas veces le habían contado que era normal que los jóvenes frecuentaran burdeles y lugares igualmente indeseables para tener relaciones con mujeres, pero Helen, tras la sorpresa inicial que le produjo ese dato, no había reparado en ello hasta ahora, pues era poco interesante, ya que no implicaba a nadie cercano. Al menos hasta ahora, que era cuando ella iba a contraer matrimonio con uno de esos jóvenes con la mentalidad demasiado abierta. No podía creer que le estuviera sucediendo esto a ella.

Respiró hondo, aunque esto le resultaba una ardua tarea. No podía pensar en todo eso ahora, se dijo. No cuando iba a tomar el té con Viviane en unos minutos, pensó con consternación mientras caminaba hacia la casa tras haber salido al jardín.

—¿Milady? ¿Se encuentra bien?

Helen se sobresaltó al oír la voz de una mujer.

Para su consuelo, se trataba del ama de llaves, precisamente la mujer a la que temían las doncellas si esa información llegara a sus oídos. Claro que no sería Helen la que difundiría la noticia de que su futuro marido iba con otras mujeres mientras su dulce esposa aguardaba la noche de bodas y guardaba su virtud intacta hasta entonces.

—Estoy bien, señora Jones —mintió—. Me he sentido mal por un momento pero ya estoy mejor.

Esta la miró con dulzura, pues le había tomado afecto desde que la conoció hacía algunos años. Siempre le pareció una muchacha sensata y dulce; pese a ser hija de un conde, era amable con todo el mundo, una cualidad poco común entre los miembros de la aristocracia. Claro que en casa de la duquesa no había nadie que tratara con despotismo al servicio. Nunca. Pero siempre era bueno saber que alguien nuevo en la familia era también una persona decente y digna del respeto de todos.

—De acuerdo —convino, no muy satisfecha con su respuesta. Intuía que algo le sucedía, pero no tenía la confianza suficiente como para preguntarle directamente—. El té se servirá en el salón de la duquesa en diez minutos. Pronto llegarán las invitadas —informó.

—¿Lady Madison Tyler y lady Mapplethorpe confirmaron su visita? —preguntó Helen con interés. Viviane había estado ocupada y no le había comentado nada al respecto cuando llegó. No sabía quién más asistiría esa tarde al té que había preparado la duquesa.

—La vizcondesa se ausentará porque tiene otro compromiso, pero Lady Madison Tyler no tardará en llegar. Es una joven muy puntual —añadió en voz baja con gesto conspirador.

—Es cierto —convino ella con una sonrisa—. Tiene un carácter muy agradable. En poco tiempo he llegado a apreciarla como amiga.

—Hace bien —dijo con una amplia sonrisa aprobatoria—. Además, tengo entendido que pronto se hará público su compromiso, estoy segura de que le irá muy bien.

—Eso espero. De lo contrario, el conde St. Martin no tendría ni idea del gran partido que deja escapar —comentó Helen en voz baja.

—No se preocupe, eso no ocurrirá —declaró con seguridad.

Compartieron una sonrisa de complicidad y Helen agradeció a la señora Jones su conversación. Siempre le alegraba el día con los comentarios más inesperados. Casi había olvidado el asunto que la tenía tan perturbada los últimos días, hasta que al entrar en la vivienda e ir hacia la escalera para reunirse con las otras damas en el salón de Viviane, se topó con su prometido. Iba tan guapo como siempre. Llevaba un traje sencillo de diario y su cabello rubio cayendo con desenfado por su frente con algunos mechones rebeldes. A veces le decía que quería dejárselo largo para recogerlo en la nuca y ella pensaba que sería un rasgo muy atractivo, aunque no le hiciera falta. Su dorada melena, sus ojos azules y porte elegante y fuerte, era un afrodisíaco para la vista y los sentidos. A Helen no le extrañaba cuando atraía todas las miradas allá adonde fueran. Pero ahora que sabía que otra mujer gozaba de lo que a ella le pertenecía, simplemente le producía un mal sabor de boca imposible de ignorar. Claro que su bello y aristocrático rostro perfecto, hacía que sus pensamientos se difuminaran en su mente como si de una poderosa magia se tratara.

No podía evitarlo, siempre caía rendida cuando estaba ante su presencia.

Richard le dirigió una sonrisa resplandeciente y Helen se derritió. Ahora mismo no sabía si ese efecto demoledor que tenía sobre ella le gustaba o, por el contrario, la hacía encolerizarse.

Probablemente ambas cosas, se dijo interiormente.

Trató de actuar con normalidad, puesto que sabía que su dama de compañía, la señorita April Johnson, estaría al acecho, como le gustaba advertirla para que no fuera a cometer ningún desliz, a pesar de que faltaban pocos meses para la boda.

Claro que Helen tampoco quería dar pie a habladurías, y menos ahora, que sabía que las ocultas actividades de su futuro marido eran algo indeseables. No se imaginaba dejándose llevar por sus pasiones, al menos hasta que no tuviera más remedio que hacerlo como esposa, claro está. Durante todo su noviazgo −que había sido largo−, no se había sentido como en este momento, teniéndole presente: con ganas de librarse de su atadura con él.

Por supuesto se trataba de un hecho del todo imposible. Pero… ¿cómo ignorar sin más lo que sabía de él? Cada vez que pasaba por su mente, se sentía peor, pero sabía que debía guardarse sus opiniones para ella. Fingir era lo único que podía hacer, de modo que suspiró y se preparó para su saludo de cortesía.

Helen llevaba un vestido azul claro a juego con sus ojos, algo vaporoso, de seda y encajes; llevaba el pelo recogido, dejando varios tirabuzones sueltos que le daban un aspecto adorable. Se alegraba de haberse arreglado a conciencia ese día, aunque no sabía si se encontraría con Richard, ya que estaba muy ocupado tratando ciertos asuntos con su padre. Sin embargo, April ya le había advertido de la importancia de estar perfecta en presencia de un esposo, por lo que siempre que Helen iba a casa de los Jenkins, ponía especial atención a cualquier detalle. Si bien en su interior no se sentía del todo bien, el exterior no mostraba nada que no fuera su pura belleza.

Algo que al parecer, no había pasado desapercibido para Richard, que la admiraba desde la cabeza hasta los pies. Un gesto algo insolente, pensó Helen, pero común en él desde que le conocía. Aunque su vestido era más bien sencillo, apropiado para quedarse en casa durante la tarde, con su belleza natural y un toque de perfume de lavanda, hacía que resultara tentadora. A Helen no le desagradaba eso, sino al contrario; siempre deseaba ser el centro de atención para su amado; por mucho que desde hacía varios días, deseara casi lo contrario.

—Lady Helen —susurró él con voz ronca—, tan hermosa como siempre.

Besó su mano enguantada y un cosquilleo le atravesó desde la mano hacia el resto de su cuerpo. Evitó soltar un gran suspiro de placer ante su galantería. Se recordó que una dama de buena familia jamás debía mostrar abiertamente sus sentimientos.

—Lord Thorne —saludó con formalidad inclinando la cabeza.

Richard le sonrió con picardía porque, aunque faltaba poco tiempo para que fueran marido y mujer, ella aún tenía que usar su título de marqués para dirigirse a él, al menos mientras estuvieran en público −lo que era continuamente−; si no con sus carabinas, era con algún miembro de sus familias. Ese, además, era el mismo título que sustentaría ella hasta que Richard heredara el título de duque cuando su padre ya no estuviera.

—Pronto ese también será tu nombre —dijo con descaro, acercándose a ella de manera peligrosa.

Cuando veía que no había nadie alrededor, solía ponerse cariñoso con ella, lo que hasta el momento le había agradado, a pesar de tener que mostrarse tímida por las apariencias. En ese momento, sin embargo, se encontraba poco dispuesta a dejarse llevar por el encaprichamiento que sentía por su futuro marido. Aunque le resultaba difícil, trató de recomponerse y mostrarse fría e inaccesible, o al menos lo intentaba.

—Nada me complace más —declaró ella sin saber qué más decir.

—Nada hasta… el día de nuestra boda —añadió Richard con un tono seductor.

Helen se sonrojó cuando dedujo lo que él pretendía decir con aquel comentario. Sin poder evitarlo, soltó una risa ahogada ante la sorpresa. Pocas veces se había mostrado tan atrevido con ella y aún no sabía bien cómo reaccionar cuando se le insinuaba de aquella manera. Se suponía que una mujer tenía que ser recatada, tímida, callada y poco inclinada a mostrar cualquier sentimiento intenso −incluso con su marido−, pero claro, lo que Helen sentía, teniendo a Richard frente a ella, era algo casi imposible de ocultar.

Era tan apuesto, que a menudo se sentía embelesaba con su mirada y cualquier gesto de complicidad que tuviera con ella.

En ese momento, y para gran alivio de Helen, apareció el mayordomo seguido por la duquesa, que al parecer, había oído la última frase de su hijo.

—¿Qué hablabas de la boda, querido?

—Nada, madre —le aseguró con una leve sonrisa antes de besar su mejilla y despedirse de ambas para hacer unos recados.

Helen miró con gesto ausente el lugar por el que se había marchado su prometido. El recibidor quedó desierto entonces y oyó un golpe seco cuando la puerta principal se cerró.

—Lady Helen, venía a buscarla —dijo la duquesa amablemente—. Lady Madison Tyler vendrá enseguida. ¿Subimos a tomar el té?

La tomó del brazo sin dejarla responder y caminó con ella hasta la primera planta de la vivienda. Llegaron al salón privado de la duquesa y aguardaron la llegada de su invitada. April entró a los pocos segundos y no mucho después apareció Madison Tyler, que tras saludar con alegría, ocupó su lugar para tomar el té.

Era un momento del día que Helen adoraba, porque estaba en buena compañía, y las charlas eran amenas y entretenidas. Sin embargo, durante los últimos días, Helen tenía la cabeza en otro lugar muy lejos de allí.

¿Qué sería de ella en un matrimonio cargado de secretos y engaños?


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