domingo, 20 de noviembre de 2016

Por el amor de una dama - Capítulo 3


Capítulo 3

  


A pocas semanas de la boda, y cuando la temporada había finalizado, Helen decidió marcharse a la casa de campo de su familia en Kent. El duque trasladó a la suya a su casa de campo también, y además, no estaba situada demasiado lejos, de modo que podían seguir cenando todos juntos cuando lo desearan.

Su hermano y su padre, permanecieron un tiempo más en la ciudad para solucionar algunos asuntos relacionados con el futuro cargo de James. Sabía que el vizconde tenía ya edad para casarse, como bien le había aleccionado su padre, de modo que Helen sospechó que su hermano tendría que pasar por el altar en un futuro no muy lejano. Esperaba que lo hiciera pronto y que escogiera bien a su futura esposa, así él podría volver con ella al campo y pasar allí la temporada de invierno, de lo contrario, les echaría mucho de menos, a los dos.

Su casa de Kent traía muchos recuerdos a los hombres de la familia, por lo tanto, solían limitar su estancia al menor tiempo posible. Helen, por otro lado, disfrutaba del campo. Le parecía mucho más relajante que la ciudad, y tenía la ventaja de tener cerca a Margaret y a su hermanastra Catherine. Con ellas cerca, jamás tenía tiempo de aburrirse.

Pero esta vez, Helen necesitaba estar a solas. Como no le era posible estarlo en la mayoría de las ocasiones, porque los preparativos de la boda, y también la duquesa, la requerían con frecuencia, a veces se excusaba alegando que tenía visitas y compromisos ineludibles para poder estar tranquila en casa. Algo que no era del todo extraño para los demás, porque cuando estuviera casada, estaría muy ocupada; sería ella la que recibiera las visitas de sus amistades, y tendría asuntos importantes que atender, así como el deber de ocuparse de muchas nuevas responsabilidades. A nadie le extrañaba que necesitara tiempo para poner sus asuntos en orden. Lo que no sabían era que en realidad aprovechaba las ocasiones que se le presentaban para ir a visitar a Margaret y Catherine, las dos personas a las que más deseaba ver, con las que no tenía que comportarse como si todo en el mundo, fuera de las paredes de su casa, estuviera bien. Por suerte, ellas vivían en un pueblo cercano, en una casa modesta aunque bien provista, que William se había encargado de arreglar para las dos.

Sabía que su padre las visitaba tan a menudo como podía; lo que Helen no lograba entender, era porqué seguía negándose a casarse con ella. Margaret era una mujer asombrosa, amable y bella, incluso a su edad. Tendría unos treinta y cinco años, aunque nunca logró saberlo con seguridad, pero eso no era algo que importara a Helen, sino más bien al contrario. Insistía en que ya era hora de que tanto su padre como Margaret legalizaran su unión y así poder ser felices, aunque los dictados de la sociedad les pudieran condenar por ello.

A menudo se sentía mal porque pensaba que era culpa suya el que su padre no siguiera a su corazón, ya que el escándalo podría perjudicarla a ella también. Claro que su antigua institutriz vivía muy cómodamente y gozaba de todas las atenciones necesarias. Siempre le decía que ella era feliz así, que era muy consciente de cómo era el mundo −sobre todo para las mujeres−, pero que llevaba una vida maravillosa y tranquila, algo a lo que siempre aspiró.

Helen casi le creía. No porque en realidad pensara que Margaret maquillaba sus palabras para ella, sino porque sabía que amaba a su padre, y sentía pena porque no pudieran vivir juntos como ambos se merecían. Hacía demasiados años que William estaba solo desde la muerte de su madre y no le parecía justo. Todo el mundo tenía derecho a seguir a su corazón. Aunque tal vez estuviera equivocada, puesto que ella no era ninguna experta y lo sabía muy bien.

El asunto de Richard le provocaba un doloroso malestar siempre que pensaba en ello.

Unos días antes de marcharse de Londres, estando en casa de los duques, había oído hablar a Viviane con una de sus invitadas del inconveniente de tener que buscar a una doncella y una ayudante de cocina, porque las que trabajaban en su casa habían decidido irse a vivir con unos familiares no muy lejos de allí. En ese momento, casi dejó caer la taza de porcelana al suelo.

Ella sospechaba cuál era la verdad. Recordaba la conversación que oyó por casualidad y casi se le paró el corazón al pesar que Richard podría estar manteniendo no a una, sino a dos mujeres, lo que ya era escandaloso, despreciable para su gusto, y una total falta de respeto por ella, que pronto sería su esposa.

Sintió cierto alivio cuando Viviane alegó que estas jóvenes eran hermanas y que por eso se marchaban juntas. Claro que en el curso de los acontecimientos, ese detalle en realidad no cambiaba nada. Quiso hacer preguntas, pero eso solo levantaría rumores acerca de su interés y no sabría cómo justificarlo. Helen imaginó que el marqués alojaría a ambas en alguna propiedad cercana para poder mantener a su amante y estar con ella cuando lo deseara. Casi se echó a llorar cuando pensó en esa posibilidad, pero no sabía cómo solucionarlo, ya que era humillante poner ese dato en conocimiento de cualquiera, por mucha amistad que hubiera.

Ese día el trayecto en el coche de caballos le pareció corto. Helen se dirigió a la casa de Margaret, y antes de que llegara a la puerta, cuando Helen puso los pies en el suelo, esta salió a recibirla con un abrazo. Ambas se rieron. A Helen le gustaba la sencillez de todo lo relacionado con la vida en el campo; a veces era agotador seguir las restricciones de la ciudad, y sus escapadas eran cada vez más placenteras para ella. Suponía que sería mucho más feliz viviendo siempre cerca de la naturaleza, pero no era algo que pudiera hacer sin más. Y en poco tiempo tendría muchas responsabilidades en la ciudad también. La idea de ser marquesa, por muchos motivos, empezaba a no resultar tan atractiva como hacía unos meses, cuando vivía en la más absoluta ignorancia. Se dijo que estaba mejor ahora, porque al menos era consciente de lo que ocurría, por muy doloroso que fuera, pero tampoco era consuelo.

—Qué contenta estoy de verte de nuevo —dijo Margaret con un desbordante entusiasmo.

—Siento no haber venido la semana pasada —se disculpó con expresión abatida—. He estado muy ocupada.

—Claro —asintió solemne—, la boda de la marquesa de Thorne no es cualquier cosa —bromeó.

Helen se quedó pensativa al oír el título que pronto sería tuyo. Como Richard; al menos en apariencia. Estos hechos cada vez le resultaban más extraños, después de su descubrimiento. Intentó recordar cómo se sentía cuando no conocía el verdadero rostro de su prometido, y le resultó difícil creer que pudiera haber estado tan encaprichada por alguien así. ¿Podría ser todo una treta de una mujer ambiciosa? No tenía la menor idea, pero poco importaba en realidad.

Trató de no pensar en él, pues todo lo relacionado con su prometido le causaba dolor de cabeza últimamente. Su inocente enamoramiento se iba enfriando, pero a su vez pensaba que eso no era nada bueno, ya que tendría que convivir con él toda la vida. ¿Qué podría hacer? La respuesta era sencilla: nada; y eso sí que era una absoluta certeza. Tragó el nudo que se formó en su garganta y forzó una sonrisa para que Margaret no se percatara de que escondía sus emociones. Lo último que deseaba era preocuparla.

Pasaron a la casa y Helen se sintió como en su segundo hogar. Olvidó todo lo malo por un instante.

—¿Dónde está Catherine?

—Oh, la he dejado salir fuera un rato para que haga un descanso antes de continuar con sus lecciones —le explicó con una sonrisa.

Helen correspondió el gesto. Hizo una aspiración que la llenó de tranquilidad, por el aire puro que entró en su organismo. Adoraba este lugar.

—La casa está muy silenciosa —comentó Helen pensativa—, vamos fuera para saludarlas.

—Sí, ahora mismo estamos nosotras solas.

Antes de que Helen pudiera preguntarle por las otras dos jovencitas del pueblo a las que enseñaba en su casa, apareció el mayordomo para saber si deseaban tomar el té. Margaret solicitó que lo tuviera todo preparado en treinta minutos y así podrían salir un momento a ver a la pequeña y disfrutar de la cálida mañana.

Divisaron a la niña de nueve años recogiendo flores a unos metros de ellas y Helen vio a un hombre pasando cerca de la propiedad. Observaba a Catherine y luego a ellas, e hizo un gesto de saludo con un sombrero sencillo que llevaba puesto. Margaret le saludó con la cabeza y Helen se dio cuenta de que se había tensado a su lado. Se preguntó porqué tenía esa reacción, y quién sería el caballero. La miró interrogante, pero ella solo le observaba a él con cierta aprensión. Como no llevaba guantes en ese momento, notó que Margaret tenía los nudillos blancos por apretar las manos. Se extrañó cada vez más.

Su antigua institutriz avanzó unos pasos con Helen del brazo.

—No digas nada —siseó en voz baja.

Esta miró a su hija con una sonrisa tensa y la llamó.

—Catherine, querida, ven a saludar —dijo Margaret con una voz claramente forzada. Trataba de parecer casual hablando, pero Helen notó el matiz preocupado en su tono.

No pudo evitar ponerse nerviosa ante esa extraña actuación. ¿Qué pasaba?

Olvidó lo que estaba pensando cuando Catherine se dio la vuelta y las miró con una sonrisa resplandeciente, agitando a su vez las dos manos en lo alto de la cabeza.

—¡Helen! Qué bien, has venido a vernos —dijo caminando deprisa para darle un abrazo como saludo.

—Pues claro, ¿dónde podría estar mejor? —inquirió en tono de broma, aunque lo decía muy en serio.
—Entremos a tomar el té, ya estará listo —pidió Margaret con cierta urgencia.

Helen la miró confusa. No sabía por qué procedía de un modo tan extraño cuando no era propio de ella. Entraron en la casa las tres juntas y pasaron a un salón donde solían pasar el rato cuando Helen las visitaba. Ellas mismas habían confeccionado la mayoría de los detalles decorativos como los cojines, las cortinas, y algunos de los cuadros que colgaban de las paredes en tonos pastel. A Margaret se le daban muy bien la pintura y los bordados, y Helen había tenido el privilegio de aprender de una buena maestra, por lo que no le importó hacer algunas fundas para ella y aportar algo a la casa, también a modo de regalo para su nuevo hogar.

Pasaron un rato hablando del tiempo, de la inminente boda, y de los estudios de Catherine, hasta que la niña decidió tocar el piano para ellas. Lo hacía de maravilla y ambas disfrutaron de la actuación.
Helen dudó unos instantes, pero finalmente se decidió a acercarse más a Margaret para poder hablar con ella de lo sucedido momentos antes sin que Catherine las escuchara.

—Marge —dijo, usando su diminutivo en tono cariñoso—, me gustaría que me explicaras qué ha ocurrido antes —pidió con voz suave, tratando de no cambiar la expresión serena de su rostro. No quería que su hermana se alterara, ya que parecía ajena a lo que le preocupaba a su madre.

Margaret se quedó en silencio, meditando la posibilidad de contarle todo, o por el contrario, guardar silencio. Sin embargo, puesto que el asunto le concernía en realidad a ella, debía hablar, meditó esta para sus adentros.

—El hombre que ha pasado junto a la propiedad, es el antiguo barón de Hurthings, Connor Mitchell. Hace años se vio envuelto en el escándalo y perdió sus tierras y su título —explicó. Apretó los labios y se aclaró la garganta antes de continuar—. Nadie supo de él hasta hace unos años. Al parecer pidió trabajo en una granja y ha vivido a unas millas de distancia desde entonces.

—¿Qué fue lo que pasó? —inquirió Helen en tono confidente.

Margaret la miró unos segundos y fijó la vista de nuevo al frente. Suspiró.

—La gente decía todo tipo de cosas terribles sobre… el fallecimiento de su mujer…

Se detuvo porque Catherine había acabado la pieza. Margaret le solicitó otra, y ella las complació gustosa. Al cabo de unos segundos, la pequeña prosiguió con entusiasmo. Era una excelente pianista.
Helen observó a Margaret con detenimiento. Parecía bastante tensa, pero necesitaba saber más. Por algún motivo, sentía una tremenda curiosidad.

—Se comentaba que había tenido algo que ver con lo que le ocurrió a su esposa porque no era un matrimonio feliz —dijo, y una fugaz expresión de tristeza cruzó su rostro. Aunque Helen lo percibió, supuso que como el caballero vivió por la zona hacía años, conocería la historia tan de cerca, que era normal sentir empatía—. Llevaba una vida disoluta y tenía mal carácter, aunque nadie que lo conociera en persona había notado, ni mencionado, nada extraño antes —añadió—. Pero claro, la desgracia llamó a su puerta y fue del mal en peor.

Helen sintió un escalofrío. Sin duda era una situación terrible la que tuvo que vivir esa desconocida. Sintió pena por ella.

—¿En qué sentido? —inquirió Helen despacio.

—Al parecer, su único hijo y heredero, estaba comprometido con la hija de un conde. Este rompió el compromiso cuando vio que ya no era un partido recomendable para ella.

—Santo cielo, es terrible. Debió de acabarse su vida aquel día —dijo sabiendo que literalmente tuvo que ser así, pues la sociedad más selecta de Londres, ni olvidaba, ni perdonaba. Si un conde le dio la espalda, los demás no tardarían en hacer lo mismo.

Margaret guardó silencio, esperando que Helen no preguntara nada más, pero esta, al ver su reacción al contarle todo aquello, supo que había algo más. Se le ocurrió algo que no le gustó demasiado.

—¿Acaso ha mostrado interés en Catherine? Aún es joven para concertar un matrimonio, y creo que coincidirás conmigo en que es mejor mantener las distancias —comentó con el ceño fruncido.

—Tú te comprometiste a esa misma edad, ¿lo recuerdas? —señaló con una sonrisa.

—Es cierto. Aunque en mi caso fue diferente —señaló—. No debes permitir que alguien con ese historial se acerque a nuestra Cath —susurró con preocupación—. Seguro que mi padre no lo permitirá de ningún modo…

En ese momento, las palabras de Margaret resonaron en su cabeza: un conde fue el que anuló el compromiso de su hija con el hijo del barón, pero… ¿quién era el conde en cuestión?, se preguntó con un nudo en el estómago. Apretó su falda con las manos y al darse cuenta de su arrebato, la soltó. Respiró y formuló la pregunta que Margaret ya conocía, pues la miraba con resignación al darse cuenta de que con seguridad, ella se había percatado de todo.

—Ese conde… —empezó con voz entrecortada. No pudo acabar la frase cuando sintió un escalofrío por su espalda.

—Sí, era tu padre —confirmó asintiendo con la cabeza sin ocultar el pesar en su mirada—. Cuando tu madre murió, le pidió que cancelara el compromiso. La razón fue que dos meses antes de tu nacimiento, empezaron los rumores sobre él. No se hablaba de otra cosa en Londres —explicó.

—Nunca me dijo nada al respecto —comentó impactada.

—Seguro que yo no debería habértelo mencionado, pero tampoco contaba con que volveríamos a verle por aquí. Sus negocios en común con tu padre se acabaron hace muchos años.

Helen asintió pensativa, asimilando lo que acababa de descubrir sobre su propio pasado.

—¿Qué fue de su hijo? —quiso saber.

—Algunos dicen que está en el ejército y otros, que está en alta mar ejerciendo como comerciante. Pero lo que es cierto es que no vive con su padre —dijo pensativa—, y nadie que yo conozca, le ha visto desde que se marchó con su padre siendo solo un niño, a no se sabe dónde.

—Espero que no tenga intención de retomar las relaciones con la familia —meditó Helen en voz baja y con un matiz de inquietud en cada una de sus palabras.

Ambas se miraron con aprensión. Era justo lo que más temían, que tratara de algún modo, volver a subir en la escala social y utilizara a la hija ilegítima, aunque reconocida, del conde de Bendsford, tal como ocurriera hacía años con Helen. Era una de las pocas cosas que le reportaría respetabilidad después de lo que ocurrió. Aunque ninguna dudó de que eso fuera una hazaña complicada de lograr. Estaban seguras de que una cosa así, perduraría en la memoria de muchas personas.

En cierto modo, era un alivio para ambas.


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