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domingo, 4 de diciembre de 2016

Elsa no sabe lo que quiere - Capítulo 1




Capítulo 1




Elsa no pudo evitar tamborilear los dedos en su mesa de trabajo mientras sus clientes miraban los folletos informativos del viaje de novios que pensaban contratar. Y no es que estuviera nerviosa, no mucho al menos. Lo que ocurría era solo que estaba deseando salir del trabajo para ver a su marido. Aún quedaban unas horas, pero tenía unas ganas locas de sorprenderlo esa noche.

Sintió un hormigueo en la parte baja del estómago al imaginar la cara que pondría él cuando llegara a casa por la noche.

No era una mujer de sorpresas, pero cada año, en su aniversario, preparaba algo especial. Estaban a 20 de abril, lunes; es decir, un rollo porque caía justo en el inicio de la semana, pero eso le daba igual. La agencia de viajes donde trabajaba cerraba a las ocho, de modo que tenía tiempo de sobra para llegar a casa, prepararse y también arreglarlo todo.

La pareja que estaba sentada en el otro lado de su mesa la miró de soslayo; ella dejó sus manos quietas y les dedicó una pequeña sonrisa como disculpa, aunque tampoco iba a ponerse de rodillas por mostrar su impaciencia. Lo último que necesitaban era que les metiera prisa, porque el viaje de novios era algo que se debía pensar con tranquilidad. Si bien Elsa no era tan indecisa, sino más bien algo impulsiva, sabía que otras personas lo eran mucho más que ella, y necesitaban su tiempo para tomar decisiones.

Se puso a recordar su luna de miel con Román; fueron a Estados Unidos, pasaron una semana entera en Barbados y durante las casi tres semanas restantes, se dedicaron a visitar los lugares más conocidos del país: la Estatua de la Libertad, El Empire State Building… y un millón de lugares más (no literalmente, claro). Se lo pasaron en grande, y lo mejor fue que disfrutaron el uno del otro. Estaban enamorados, así de simple. A los dos les hubiera dado igual haberse quedado en Granada, de donde eran, y donde vivían; lo único que les importaba era estar juntos. Divirtiéndose. Ese punto sí era importante. Imprescindible en realidad.

—Usted está casada —comentó la joven de mirada brillante, para atraer su atención. Había visto su alianza y no le preguntó lo que le parecía obvio—. ¿Nos recomienda algún lugar que tenga playa y sea muy romántico? —preguntó con una amplia sonrisa expectante.

—Claro, a ver… —comentó pensativa—. Si la playa es indispensable, os dejo algunos folletos más, y estos —dijo, retirando los que hacían publicidad de lugares de montaña— los guardamos.

Se quedó un rato pensando en eso de “romántico”. Desde luego ella no creía en el amor, aunque no negara en rotundo su existencia, y no porque su apellido fuera justo ese, Amor; sino porque realmente estaba enamorada de Román, estaba convencida. Sin embargo, el romanticismo ya era otro tema. Y ella no se consideraba en una experta en él. Flores, bombones y frases cursis eran todo lo que no soportaba en una relación.

Elsa y Román eran una pareja acomodada, práctica y no muy tradicional en el dormitorio. Así que, pensando en eso del lugar romántico para el viaje de sus soñadores clientes, le dirigió una rápida mirada socarrona a su jefa y amiga: Iris Guerrero, y un segundo después, les sonrió a los novios con dulzura, intentando ocultar sus pensamientos.

Iris, por su parte, carraspeó de manera intencionada y siguió a lo suyo, aunque Elsa sabía que en su interior, estaba riéndose de su situación. La conocía bien desde hacía años. Sabía que cada vez que alguien le preguntaba cuál era su secreto para estar felizmente casada, Elsa respondía que lo mejor era tener una sana y activa vida sexual que no cayera en la monotonía.

Lo que descolocaba a la mayoría de personas, para ella era una filosofía, y los que la conocían bien, sabían que lo decía en serio; era su forma de verlo, y no le importaba demasiado lo que los demás opinaran.

Cada uno era libre de vivir su vida como quisiera.

Era muy consciente de que, aunque se había casado por la iglesia y adoraba a su marido, hizo lo primero más bien por ambas familias, para no defraudarlas. Ellos se habrían escapado una mañana al juzgado, firmado los papeles, y listo; pero pensando en los padres, los suegros, tíos y amigos, al final decidieron ir por el camino que agradaría a todos. Su viaje de novios fue algo que planearon con mucha ilusión también, porque los dos tenían ganas de visitar todos esos lugares, y en realidad, en ningún momento pensaron que sería de lo más romántico, sino que lo pasarían bien y de paso, harían algo de turismo. Claro que del mismo modo, cada año viajaban para la fecha de su aniversario, pero unas vacaciones eran simplemente eso: unas vacaciones, un descanso de la rutina, del día a día. Eso sí era algo que no soportaban, las cosas repetitivas y aburridas.

Ellos por el contrario, adoraban las aventuras, y por qué no, también hacer algunas locuras.
Su luna de miel fue, sencillamente, algo para recordar siempre. Lo pasaron en grande y disfrutaron de un estupendo tiempo juntos y a solas, alejados de todos y de todo.

—Y bueno —prosiguió, dejando sus pensamientos a un lado—, la elección que hagáis puede ser igual de romántica. Lo importante es que estaréis juntos —añadió con una amplia sonrisa llena de convencimiento. Lo que mejor funcionaba—. No os equivocaréis decidáis lo que decidáis.

Con esa breve y sencilla explicación, Elsa salió del paso airosa. La pareja se miró a los ojos con cariño, se sonrojó, y continuó charlando acerca de los hoteles entre los que escogerían. Una enorme cama de matrimonio, grandes espejos, vistas al mar, enormes ventanales para dejar pasar la luz de la luna… Elsa desconectó a ratos, y en ocasiones les fue hablando brevemente de cada uno de ellos, les enseñó fotos en el ordenador, resolvió sus dudas, e hizo cantidad de anotaciones sobre el alojamiento, precios y otros detalles, en unas hojas que guardó en una pequeña carpeta para que se las llevaran y las ojearan tranquilamente en casa.

Al cabo de un rato se marcharon muy sonrientes, satisfechos con la información, y asegurando que volverían al cabo de una semana o dos, cuando hubieran tomado la decisión.

—Os esperamos. Buenas tardes —se despidió Elsa cuando alcanzaron la puerta.

Iris había salido un instante a por unos cafés y no tardó en regresar. Era su costumbre ir a la cafetería que estaba al lado y comprar algo para tomar a media tarde. Dos capuchinos y unas magdalenas con perlitas de chocolate. Si bien para cualquier mujer eso sería un consumo de calorías inaceptable, a ellas les daba igual. No porque no les importaran esas nimiedades, ni hablar, sino porque cuando salían del trabajo, siempre se quedaban en un gimnasio cercano para quemar el exceso de grasa, y para evitar que sus traseros quedaran con la forma de las sillas de la oficina. Trabajar todo el día sentada también tenía sus inconvenientes, pero nada que no tuviera solución, por supuesto.

Elsa le dio las gracias por el café y se acomodó en su silla mientras lo tomaba. Estaban solas, así que podían descansar y desconectar un rato. Iris se sentó en la mesa de Elsa mirando hacia ella, y cruzó las piernas dejando a la vista una buena porción de sus bonitas e interminables piernas. Su falda no era muy corta, pero sí tenía una pronunciada abertura a un lado. Si llegaba a inclinarse solo unos centímetros más, podría verse perfectamente la tela de su ropa interior.

A ninguna le importó aquel detalle. Elsa no se iba a escandalizar, y a Iris le gustaba que todo el mundo contemplara su exuberante cuerpo. No tenía complejos de ningún tipo, y la verdad es que no tenía porqué. Era como una modelo de Victoria Secret, solo que ella tenía el cuerpo más rellenito (y con el pecho operado para aumentar varias tallas), no era, ni mucho menos, tan esquelética como se veían algunas en televisión y en las revistas de moda. Su pelo dorado, sedoso, y ondulado, caía por su espalda hasta la cintura, tenía unos preciosos, grandes y sesgados ojos azul claro, y unos labios carnosos, diseñados para susurrar obscenidades a los hombres, y por qué no, también a las mujeres. Estaba orgullosa de ser bisexual, y Elsa, orgullosa de que no lo escondiera. Francamente, le molestaban las personas que se avergonzaban de su sexualidad, y creía que por ese motivo, cuando empezó a trabajar con Iris, le cayó bien al instante; era sincera, directa, extrovertida y simpática. No entendía cómo estaba soltera, porque además, su belleza exterior tampoco dejaba indiferente a nadie. La consideraba como una de sus mejores amigas, ya que siempre podría hablarle de todo sin tener que medir sus palabras. Para ella, era como un soplo de aire fresco, y algo que adoraba de su sincera amistad; podían ser ellas mismas, y contarse sus secretos más íntimos y personales, aquellos que resultarían escandalosos a personas con la mente cerrada.

Elsa tampoco era una mujer fea, para nada. Tenía el pelo castaño claro, aunque le gustaba ponerse reflejos rubios. Sus ojos eran de un azul claro muy bonito, y sus curvas eran algo más suaves que las de Iris, pero su constitución delgada también era firme, y no estaba a disgusto con su apariencia. Claro que tampoco hacía por verse despampanante. Le gustaba el maquillaje suave y las ropas sencillas, mientras que a su amiga le gustaban los pintalabios rojos y los vestidos y faldas un poco más provocativas. Sus gafas de pasta negra, además, le daban un aire de secretaria sexy que su jefa no poseía, aunque por otro lado, Elsa pensaba que ya era lo bastante sensual sin la necesidad de tener que llevar ningún otro complemento.

—Y dime, ¿qué has pensado para esta noche? —preguntó Iris con un tono socarrón y las cejas arqueadas.

Elsa suspiró sin dejar de sonreír abiertamente.

—Pues verás, es complicado poder hacer algo diferente cuando llevamos nueve años juntos y ocho de casados… Tengo imaginación, pero créeme, hasta a mí me cuesta —confesó más pensativa que molesta—. ¿Sabes que nunca he hecho un striptease para él?

—¿No? —inquirió Iris con diversión.

—Pues no —musitó ella—. Y no sé porqué. Seguro que le gustará —dijo convencida.

—Estoy segura —convino Iris con una sonrisa.

Las dos sonrieron con picardía.

—En fin, me he comprado un conjunto de ropa interior que le va a dejar babeando… —dijo antes de tomar un sorbo de su café.

—¿Está hecho de perritos calientes? —inquirió esta, echándose a reír.

Elsa hizo lo mismo, y agradeció haber dejado el vaso en la mesa antes de oír eso, de lo contrario, lo habría tirado o escupido por el ataque de risa que le dio. Desde luego, meditó, sería todo un espectáculo, y siendo la comida basura favorita de Román, la devoraría en un abrir y cerrar de ojos, lo que no dejaba de ser una brillante y tentadora idea, pensó.

Cuando pudo volver a respirar, después del arranque de risa, Elsa respiró hondo.

—No es mala idea, así que me la apunto —dijo guiñando un ojo—. Pero para esta ocasión he comprado un conjunto muy sensual de estampado de leopardo con encaje negro. Sé que es su favorito, aunque no pueda entender el motivo —añadió con exasperación.

—A mí sí que me gusta, ya lo sabes —repuso.

—Sí, pero es que no consigo hacer que me guste tanto como a él, o a ti —añadió con un resoplido—. Quizás deberías haber venido a comprar conmigo. Siempre me ayudas a escoger unos buenos modelitos —dijo alabando su gusto en lencería.

—Tendrías que haberme avisado para ir al centro comercial, porque quiero ir un día de estos —meditó esta con la mente en otra parte.

—Podemos ir la semana que viene, aunque solo hace un mes que estuvimos de tiendas y surtimos bastante bien nuestros armarios —murmuró Elsa sin dejar de mirarla—. ¿Es que acaso…? —dejó la frase a medias al comprender su repentino deseo de ir a su tienda favorita de ropa provocadora—. Quieres ponerte sexy para ese novio tuyo tan misterioso —afirmó entonces con tono socarrón.

—Mmm… sí, algo así —confirmó Iris vacilante.

Elsa nunca la había visto de aquel modo. No exactamente insegura, porque ella no era así, pero sí se le parecía bastante, y lamentó que tuviera problemas con aquel ligue suyo. Era extraño que un tío la trastocara de aquella manera. Cuando sacaba el tema, se la veía más nerviosa de lo normal, y eso la inquietaba.

—¿Qué ocurre? —inquirió seria y preocupada.

Iris hizo un gesto para restar importancia, pero Elsa pudo percibir un atisbo de… ¿miedo, tal vez? No supo distinguir aquel sentimiento que nubló la expresión de su amiga por un breve instante, y enseguida su preocupación se tornó en algo distinto, en un instinto de protección hacia ella. Era buena persona, jamás había hecho daño a nadie, y no merecía que se lo hicieran. Tenía que aclarar aquello como fuera.

—Oye —empezó, colocando una mano sobre su falda—, puedes confiar en mí, ya lo sabes. ¿Qué ha pasado? —exigió con un atisbo de impaciencia.

Iris se aclaró la garganta y compuso una sonrisa que Elsa no pudo apreciar como auténtica. Vaya, aquello sí que era una sorpresa. Algo iba muy mal, y solo deseó poder ayudarla. O que se dejara ayudar. Había suficiente confianza entre las dos como para que su amiga se abriera a ella, y no entendía el motivo de esa reacción. ¿Por qué no quería contárselo?

Tampoco es que se ocultaran muchos secretos, y por esa razón, Elsa creyó que era algo importante.

—Yo, es que… verás —balbuceó con el rostro más serio que antes—, él está viéndose con otra y… no sé qué hacer. Es bastante complicada su situación; y también la mía.

Trató de meditar a fondo sobre sus palabras, ya que le estaba costando sonsacarle las cosas, y solo se le ocurrió algo que no hubiera esperado de ella: Iris estaba enamorada de aquel hombre. Que estuviera casado no era posible, de lo contrario, no habría dicho que él se estaba viendo con otra, sino que estaba con otra. Tenía que ser que sus sentimientos fueran más profundos de lo que habría deseado. Seguro. Casi no lo podía creer, sin embargo, su forma de hablar, su mirada y su momentánea rigidez, le dio a entender que estaba en lo cierto. Procuró decir algo que la confortara, pero no sabía muy bien el qué. Su amiga no era de las que se enamoraban. Nunca lo había hecho, según le contó. Ella sí que odiaba todo lo relacionado con el romanticismo y el compromiso. Era una mujer de aventuras sin ataduras de ningún tipo, le gustaba jugar y solo eso. Al menos hasta ahora.

—Eh, seguro que tú le gustas mucho más. ¿Cómo puede ser de otro modo? —formuló la pregunta sin esperar respuesta alguna y sonrió para infundirle ánimos, pero logró todo lo contrario.

Su amiga frunció el ceño, su rostro se descompuso, y sus ojos tenían todo el aspecto de querer derramar una buena cantidad de lágrimas en cualquier momento. Otra sorpresa inesperada. Iris no lloraba por nada.

Elsa estaba más preocupada por momentos y se sintió mal por mencionar el tema, aunque la verdad era que nunca conseguía sacar nada en claro cuando surgía la conversación. Nada de aquello era normal. Se entristeció solo con pensar en su situación. Tenía que ser horrible, aunque tampoco sabía cómo se encontraría esa otra mujer desconocida. Qué difícil. Menudo dilema debía tener Iris, pensó. Empezaba a comprender cómo debía sentirse, aunque Elsa jamás había estado en una posición similar. Román y ella tenían una sincera relación intensa, arrolladora y apasionada, donde solo tenían cabida sus más ardientes fantasías, pero juntos eran como una roca irrompible. Él nunca le sería infiel. Nunca se enamoraría de otra. Estaba segura.

Se levantó y le dio un abrazo, ignorando por completo el café que Iris tenía en la mano y que quedó aplastado entre los pechos de las dos. Por suerte no se derramó.

Pasó una mano por su espalda para tranquilizarla, porque se la veía en completa tensión desde que empezaron a hablar de ello. Ahora lamentaba haberlo aludido. Pero claro, no podía retroceder en el tiempo.

—Tranquila, cariño. Estoy segura de que su corazón es tuyo, y de ninguna otra —susurró con ternura.

Iris se puso aún más tensa si eso era posible, pero Elsa no hizo ningún otro comentario, puesto que parecía que no hacía sino empeorarlo por momentos. Estaba convencida de que tarde o temprano, le contaría los pormenores de su relación con ese hombre. Aún no comprendía por qué no había confiado en ella lo suficiente como para compartirlo, y aunque le dolía que no le hablara sobre ello, también podía entenderla.

Quiso romper el momento de malestar que había causado entre las dos y cuando se separaron, le sonrió con picardía.

—¿Es bueno en la cama, por lo menos? —inquirió interesada, arqueando las cejas.

Esta soltó una risa ahogada y sonrió también, algo más animada que antes. Parecía que parte de esa horrible tensión que llevaba a la espalda, se esfumó en pocos segundos.

—Es un dios del sexo, te lo aseguro —dijo en voz baja, con una nota avergonzada en su voz.

Elsa la observó mientras esta terminaba el café sin mirarla. No había dicho aquello como solía hacerlo: con gran dramatismo, y dándole énfasis a su confesión, sino casi como si el hecho de que su amante fuera un verdadero portento entre las sábanas, la hiciera sentir culpable. Pero, ¿culpable por qué? Tal vez porque él estaba con aquella otra mujer al mismo tiempo…

Bueno, estaba claro que no entendía nada de esa difícil situación, y a menos que Iris le contara los detalles, prefería no pesar mucho en todo eso.

De todos modos, estaba segura de que al final se arreglaría. Tenía que ser así. Su jefa y amiga se merecía tener algo bonito y duradero. Como lo que ella tenía con Román.


Aunque consideraba el amor como algo demasiado abstracto, más una ilusión que algo tangible, sabía que lo suyo con su marido era real, inquebrantable. Estaban de maravilla juntos, así de simple. Amistad, deseo y respeto eran fuerzas poderosas, y su relación estaba sujeta con esos fundamentales pilares, la mejor combinación posible.

No pudo evitar soltar un largo suspiro de añoranza. Estaba deseando verle, tocarle, sentirle, fundirse con él. Pero no era el mejor sitio para que su imaginación volara tan lejos o todo el mundo sabría en qué estaba pensando, su rubor la delataría, así que aterrizó en la tierra muy a su pesar.

Mientras acababa su café y ordenaba su mesa, Iris hizo lo mismo. Se puso a llamar por teléfono a algunos clientes y a varios hoteles. Tenían que volver al trabajo.

Elsa, por otro lado, no podía dejar de pensar en la cara que pondría su marido cuando hiciera de aquella pequeña fantasía, una realidad. Repasó mentalmente los detalles de todo lo que quería preparar en casa, y con una perversa sonrisa de satisfacción al imaginarse el resultado, se le pasó más rápidamente el resto de la tarde.

Solo entraron un par de hombres para coger algunos folletos para unos viajes y se marcharon enseguida, de modo que pudo dejar vagar su mente durante aquel rato antes de terminar la jornada de trabajo.

Cuando cerraron y se despidió de Iris, solo podía pensar en una cosa: lo bien que lo iban a pasar esa noche Román y ella.

Todo su cuerpo se agitó de anticipación. 



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sábado, 26 de noviembre de 2016

La máscara del diablo

Quiero recomendaros este fantástico libro de una autora a la que aprecio mucho, Camila Winter.

Espero que lo disfrutéis, así que... manta, un buen libro y a pasar un día agradable en casa, o donde estéis ;-)

¡Feliz sábado!


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miércoles, 23 de noviembre de 2016

Oscuro inevitable destino - Capítulo 3



Capítulo 3



Logré convencerla para que fuera a descansar a una de las habitaciones de arriba. Por suerte había dos dormitorios; compartirlo con alguien desconocido, que además era una humana, era más de lo que podría soportar como colofón de la noche. Ahora mismo necesitaba desconectar, tranquilizarme en la medida de lo posible, y meditar muy bien sobre lo que había descubierto hasta ahora. Si seguía así, acabaría por sufrir un ataque al corazón, aunque eso fuera del todo imposible entre los de mi especie.

Había extraído suficiente información de los recuerdos de Noemí, como para cubrir las lagunas que me iban surgiendo sobre su historia. La Diosa le había otorgado un don poco habitual.

La joven era toda una lectora de almas, aunque su potencial no se hubiera desarrollado por completo. En cierto modo era mejor así, porque cuanto más lo trabajara, más peligro correría, y más visible sería su esencia para todas las criaturas sobrenaturales.

Su don la había ayudado a descubrir la verdad sobre su depravado padre adoptivo, y pudo escapar de una suerte mucho peor de la que había sufrido cuando él disparó a su madre, y esta hizo lo mismo con su entonces marido. Ambos murieron a la vez, y la dejaron sola siendo apenas una niña. Una infancia dura que pocas personas eran capaces de superar con su integridad intacta.

Ella era una persona extraordinaria que a pesar de todo, tenía un alma inmaculada.

No iba a permitir que le ocurriera nada, y los que le hicieron daño, lo pagarían con creces. No soportaba la injusticia, y haría lo que estuviera en mi mano para compensar su dolor.

Sentía que era mi responsabilidad.



El amanecer llegó cinco horas más tarde. Me despertaron los tenues rayos del sol que se filtraban a través de las ventanas. Abrí los ojos y me sentí despejada a pesar de haber dormido poco; estaba demasiado inquieta como para relajarme.

Noté que alguien estaba sentado en la cama y me incorporé deprisa.

—Buenos días, querida.

—Mi Diosa.

Intenté no sentirme incómoda al presentarme ante ella con ropa de dormir, claro que la que había llegado sin avisar a mi habitación no era yo. No hice notar ese detalle. Si estaba aquí, sería por una buena razón.

—Me alegro de que pudieras salvar a Noemí, ella es una parte importante en tu cometido —dijo con una ligera sonrisa que no alcanzó a sus ojos.

Comprobé que vestía de un modo muy diferente, casi como una humana. Llevaba un vestido de manga larga de color caramelo, con unas medias negras y botines a juego. Su largo cabello moreno caía con suavidad por sus hombros y su espalda. Me di cuenta de que ocultaba sus poderes bajo un velo invisible, así que deduje que estaba en este Plano con su apariencia mortal por alguna razón poderosa. Tal vez las cosas iban peor de lo que imaginé. Sentí que si no me hablaba pronto, mis labios no podrían contener las muchas preguntas que se agolpaban en mi mente.

—Hace un día soleado —dijo pensativa y triste—, la ciudad entera brilla como si de otro mundo se tratara.

Tardé un instante en comprender. Brujas.

Mi corazón empezó a latir a toda prisa. Si las brujas oscuras habían notado mi presencia, estaba en serios problemas. Jamás me había enfrentado con alguien de mi propia especie, y mucho menos con alguien que había renunciado a su luz, para servir al lado oscuro.

Sin poder evitarlo, temblé por dentro.

—No podrás ocultarte mucho tiempo, porque son más poderosas de lo que imaginé. Incluso son invisibles para mí, y no puedo ni imaginar cómo lo han logrado.

—¿Podremos saber cuántas son? —me atreví a preguntar.

La Diosa me miró a los ojos y negó con la cabeza. Había dolor en su expresión.

—Solo puedo deducir que son tres —declaró con desgana. Imaginé que se sentiría decepcionada al saber que las brujas a las que ella protegía, se habían declinado por el lado del mal; todo lo que se suponía que rechazábamos en nuestro mundo—. Gala desapareció hace ya más de setecientos años —explicó—. Los gemelos, Meredith y Darío, hace medio milenio.

Justo el tiempo que hacía que la Diosa no enviaba a más brujos a convivir y a aprender de los humanos en este Plano.

Había oído hablar sobre Meredith. Fue una de las buenas; hermosa, muy poderosa, y con potencial para dedicarse a la enseñanza y formación de las brujas. Cuando llegó a la Tierra, acabó por rendirse a los encantos de un vampiro que la llevó de la mano por el lado oscuro. Las brujas debíamos mantenernos puras hasta la unión sagrada que traería descendencia y poder a nuestro Reino; esa unión solo podía celebrarse con otro de nuestra especie. Las líneas de sangre son sagradas en el Reino de la Magia. Infringir las reglas era sinónimo de un castigo severo y ejemplar. Era duro, pero necesario; la intransigencia solo podía traer el caos, como bien estaba comprobando por mí misma.

Según las historias que se contaban en voz baja, su hermano no había podido, ni querido abandonarla en el mundo mortal, y permaneció a su lado, alejado del resto de su familia; alejado del Reino de la Magia para siempre. Si ella cayó en la oscuridad, seguro que él también lo hizo tarde o temprano. Estando tan unidos como se decía que estaban desde su nacimiento, no era de esperar algo distinto.

Solo podía deducir con seguridad que después de aquello, ninguno había vuelto a ser el mismo. No quería ni imaginar cómo podrían haber cambiado. A pesar de no conocerles, sentía miedo y compasión por ellos a partes iguales. No tenía ni idea de lo que me esperaba.
De la otra bruja no había oído hablar nunca. Mucho me temía que el motivo era mucho peor que una trasgresión de nuestras leyes sagradas.

—No podrán hacerte daño físicamente, pero debes prometerme que tendrás mucho cuidado —me pidió con un tono urgente y desesperado.

Asentí. No podía pronunciar palabra.

En ese instante alguien llamó a la puerta. La Diosa continuó sentada en la cama, y me extrañó que quisiera hacer notar su presencia a una simple mortal. No iba a cuestionar su decisión, por supuesto. Me levanté, hice un rápido conjuro para vestirme en unos segundos con la ropa de anoche, y estuve limpia y aseada sin moverme del lugar; era un truco útil en este mundo.

Invité a Noemí a pasar mientras cogía mi bolso mágico y extraía otro con un aspecto más corriente. Mis padres me habían regalado unos cuantos objetos que iba a necesitar en este Plano. Sin duda tendría que echarles un vistazo antes, para así no tener que usar la magia delante de los mortales. Mientras desayunaba, podría hacerlo.

—Buenos días Alyssa.

Cuando se percató de la presencia de la Diosa, abrió mucho los ojos y palideció de golpe.

Esta se levantó y sonrió a la joven humana.

—Veo que me recuerdas. Hola Noemí.

—Hace muchos años, pero sí, te recuerdo —musitó—. ¿Qué… haces… aquí? —preguntó con voz entrecortada.

—He venido a ayudaros, y a protegeros en la medida de mis posibilidades. Ahora que tengo que ocultar quién soy para estar en este Plano, solo podré mostrarme como una humana y no podré hacer uso de todos mis poderes —explicó con disgusto—. Necesitáis un hechizo de ocultación muy poderoso.

Noemí y yo nos miramos. Ella parecía estar completamente perdida.

—Puedes estar tranquila. Aunque todo esto parezca muy extraño, con la Diosa estamos a salvo —prometí.

Suspiró y asintió.

—Mi vida es extraña desde siempre. A estas alturas hay pocas cosas que me hagan sorprenderme de verdad —musitó con un débil tono de protesta.

Por poco me atraganté. Casi dejé de respirar en aquel instante. Esperaba que la Diosa no se ofendiera por aquel comentario. Dudaba muy en serio que Noemí fuera consciente de la terrible ira que podría acarrear el enfadar a un Dios.

Al contrario de lo que me esperaba, la Diosa compuso una sonrisa compungida.

—Siento haber trastocado así tu vida. Cuando todo esto acabe, podrás elegir renunciar a tu don si así lo deseas. Comprendo que no ha sido fácil —añadió con voz dulce.

Noemí permaneció unos segundos en silencio, asimilando sus palabras.

—Me salvaste cuando era niña. Creo que estoy aquí porque es mi destino, y debo aceptarlo —admitió con confianza y una pizca de resignación—. Gracias.

—Ser la Diosa del Destino no es sencillo, a veces tampoco es bonito, pero debéis saber que aunque vuestro camino está escrito, también podéis elegir. Siempre podéis decidir cómo llegar al final.

Su tono solemne nos dejó abrumadas a las dos.

Nos indicó que debíamos formar un círculo cogidas de las manos para hacer un ritual de protección y ocultación. Así no podrían localizarnos tan fácilmente cuando abandonáramos la seguridad de la casa.

Al cabo de unos segundos, nos separamos algo aturdidas. Hacer magia con una Diosa era algo fuerte y muy intenso.

—Debo irme a inspeccionar la ciudad. Vosotras debéis tomar un ritmo de vida normal mientras solucionamos nuestros problemas.

—¿Volveremos a verte pronto? —pregunté con curiosidad.

—Claro, intentaré estar cerca cuando me necesitéis. Podéis llamarme Dione cuando estemos entre humanos —expuso con una expresión divertida mientras se dirigía hacia la puerta.

—Dione, madre de Afrodita.

La Diosa miró a Noemí con orgullo.

—Así es, mi joven amiga mortal. Ya que debía adoptar una forma humana, me pareció adecuado escoger un nombre con algo de historia.

Noemí sonrió y Dione se marchó entonces. En silencio, bajamos a desayunar y a pensar en lo que haríamos a continuación. Retomar una rutina era imposible, porque yo aún no me había establecido una en este mundo. Me pareció adecuado estar cerca de Noemí para protegerla, así que iría con ella al trabajo y ya se me ocurriría algo. Servir copas en un bar no era algo que fuera conmigo, porque tenía entendido que las bebidas alcohólicas eran fuertes brebajes para los humanos, y los hacía cometer auténticas barbaridades, pero por lo menos no sería algo difícil. Yo era una poderosa bruja, por todos los Dioses; si podía aprender magia, pociones, hechizos, y decenas de idiomas diferentes, sería capaz de encontrar un trabajo y realizarlo como era debido. No podía ser tan complicado, aunque hubiera preferido que Noemí se dedicara a otra cosa… algo que no implicara a personas embriagadas por esas bebidas que los desinhibían de un modo incontrolable y los volvían irresponsables.

¿Qué podía hacer sino adaptarme?

Un primer paso era alimentarnos. Di gracias a la Diosa por mantener la cocina bien abastecida. Había toda clase de alimentos y utensilios, como también disponía de un armario lleno de tarros con cantidad de elementos y hiervas para hacer magia. Noté que esa parte de la cocina desprendía gran cantidad de magia, y era sin duda para que solo una bruja tuviera acceso a ella. Bien pensado.

Con la ayuda de Noemí, logré poner en funcionamiento la máquina de hacer café. Me sentía un poco torpe al olvidar ciertos detalles de mis estudios, pero necesitaría un período de adaptación para saber cómo usar todos esos cachivaches modernos. No podía evitar exasperarme; en mi mundo todo era más sencillo, y si bien podía hacer magia y acabar enseguida con todo esto, tenía que aprender a comportarme como una humana, eso era esencial. No podía ir por ahí lanzando hechizos para desenvolverme como hacía normalmente. Eso ya se acabó, refunfuñé para mis adentros.

Tomamos café y tostadas con mantequilla en silencio. Todo estaba delicioso, y la tranquilidad del momento era de agradecer, aunque no me haría ilusiones en cuanto a la paz que experimentábamos en este momento. El mundo estaba patas arriba, y en un serio peligro, y pronto debíamos prepararnos para lo que pudiéramos encontrarnos. Por la tarde me dedicaría a buscar en mis libros todos los hechizos que pudieran sernos útiles para protegernos de la magia negra, porque yo no estaba acostumbrada a luchar contra algo así, y mucho me temía, eso me pondría a prueba de un modo muy desagradable, y al menos, quería estar preparada. No estaba dispuesta a dejar un montón de víctimas y daños colaterales.

Allí sentadas, en un momento extrañamente confortable y un poco inaudito para mí, pude fijarme en Noemí, verla casi por primera vez. Desde que llegué todo había sido tan caótico, que apenas había reparado en los detalles menos importantes, pero ahora, teniéndola frente a mí, pensaba en lo mucho que me recordaba a mi mejor amiga. Una bruja de mi mundo, claro.

Era también muy hermosa, con el pelo corto que le llegaba por la mandíbula, de color casi negro y unos ojos color caramelo, tenía una expresión muy dulce e inocente, y sabía que era reflejo de su verdadero carácter, podía verlo y también sentirlo. Aunque apenas nos conociéramos, sabía que podía confiar en ella; podía entender de un modo más claro, por qué había sido elegida.



Acompañé a Noemí a casa, esperé a que hiciera sus quehaceres, se duchara e hiciera cosas de humanos. Con sinceridad, me sentí más inútil que en toda mi vida. Ella se encontraba en un estado muy melancólico y pensativo; supuse que por todo lo ocurrido, y por el tema de su esposo que me martirizaba cada vez que la miraba. No había mencionado el episodio de la noche anterior, pero pensaba en ello. Era muy consciente, pero de todos modos, quise dejarle espacio, así que permanecí allí sentada en su sencilla sala de estar, observando cómo era un hogar humano, tomando nota mental de todo cuanto pudiera servirme en el futuro.

Ella quiso hacer de comer en casa y descansar un poco después, ya que solía acabar tarde en su turno en el bar. Yo intenté hacer lo mismo en su sofá, que tan amablemente me ofreció, pero no podía. Estaba tan preocupada, que era incapaz de relajarme, así que cogí un libro de su estantería y me puse a leer. Era muy entretenido, se suponía que era una historia de amor, aunque algo trágica. Después de unas horas leyendo, lo acabé. Tenía facilidad para la lectura, aunque no estuviera acostumbrada a las historias que escribían los mortales. Sin duda tenían su encanto.

Cuando quise hacer algo de provecho mientras Noemí descansaba, me dediqué a recitar hechizos de protección en cada estancia de su casa, incluso en los alrededores. Salí al exterior y procuré ser discreta, ya que era un barrio bastante transitado. Había padres con sus hijos, y estos se entretenían con juguetes y vehículos llamados bicicletas. Parecían felices llevando una existencia tranquila y sencilla. Me pregunté si yo algún día podría llegar a eso en mi mundo. Me casaría y posiblemente tendría hijos, pero nuestras vidas iban encaminadas en un solo propósito. Solo teníamos una tarea que llevar a cabo, y las cosas cotidianas, sencillas y divertidas, no tenían cabida.

Al poco rato de estar fuera, mi corazón se aceleró al notar que el colgante me advertía de una presencia oscura cerca. No refulgía del mismo modo que la noche anterior, pero sin duda había alguien de quien tenía que cuidarme. Miré a mi alrededor y no supe averiguar dónde se escondía ese ser, posiblemente malicioso.

Fui al interior de la casa y me sentí algo mejor. No mucho cuando comprendí que alguien pudo habernos seguido, aunque era bastante probable que ya conocieran la casa de Noemí si llevaban un tiempo tras ella. Tendría que convencerla para que se trasladara conmigo de forma permanente. Luego intentaría hacerle notar que era la mejor opción que teníamos. Al menos hasta solucionar el problema de raíz, que seguro que sería más complicado de lo que imaginaba, pero no me daría por vencida. Eso nunca.



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Oscuro inevitable destino - Capítulo 2



Capítulo 2



Antes de recibir otra visita indeseada tan cerca de mi nuevo hogar, fui a ver a la mujer inconsciente. A pesar de que me sentía terriblemente cansada física y mentalmente, hice un esfuerzo para entrar en su cabeza y averiguar si podía mandarla a algún sitio donde estuviera a salvo, al menos por esta noche. Me entristeció lo que encontré: la desgracia había asolado a su familia, y solo tenía a su marido, el hombre que casi acabó con ella un rato antes; claro que ahora él estaba muerto, y la mujer no tenía a nadie más. Estaba completamente sola y desamparada. También descubrí que era muy espiritual; irónicamente ella creía en los seres de la noche que la rondaban, según pude comprobar por algunos recuerdos recientes que capté en su memoria. Pensé en llevarla a casa, y tal vez, modificar esos recuerdos para que pudiera volver a su vida sin un terrible trauma más que cargar sobre sus delicados hombros.

No sabía si hacía bien, pero tampoco podía dejarla allí abandonada en mitad de ninguna parte. Ni siquiera parecía que hubiera más viviendas por la zona, y en casa conmigo estaría a salvo por si alguien más iba a por ella. Era la mejor opción por ahora. Lancé un conjuro y la envié a la casa. Después de comprobar si había alguien más merodeando por los alrededores, caminé a paso ligero para entrar en la protegida vivienda que sería mi hogar durante bastante tiempo. Cien años en este Plano podrían parecer muchos, pero en una vida inmortal, se convertirían en apenas un instante. Por supuesto, si es que llegaba a vivir lo suficiente como para llegar a recordarlo de ese modo en el futuro, pensé con angustia.

Apenas llevaba unos minutos en el mundo humano, y ya había tenido dos asesinatos en mis manos y un encuentro bastante confuso con un vampiro muy atractivo. Aunque claro, eso era irrelevante, y traté de recordarme duramente ese detalle. Los seres de la luz y los de la oscuridad no estaban hechos para mezclarse; más aún, hacerlo era lo peor que podía ocurrir en mi mundo. Si una bruja sucumbía a la oscuridad de un modo u otro, jamás volvía a su hogar, y era desterrada para siempre. Ese sombrío futuro era peor que la muerte para los que son como yo.

Ninguna bruja que yo conociera, estaba dispuesta a renunciar a su hogar verdadero, a todo su mundo. Y ahora había comprobado por mí misma, que este lugar era mucho más de lo que podría soportar más de un siglo. Acababa de llegar, y ya deseaba irme con todas mis ganas; claro que eso quedaba fuera de mis posibilidades. Mediría muy bien mis pasos y haría todo cuanto me encomendaran, sin salirme del firme camino escrito para mí.

Suspiré con resignación.

Lo mejor que podía hacer era aceptar mi destino e intentar no morir en el intento.

Entré en la casa y enseguida me sentí mucho más reconfortada. La magia se respiraba por todas partes. Era como estar en mi propia casa, y allí dentro me sentí mucho mejor. A salvo.

La mujer estaba en la sala, tumbada cómodamente en un sofá, aún inconsciente. Aproveché para echar un rápido vistazo a mi alrededor. Aunque por fuera parecía una cabaña rústica, y hasta quizás algo descuidada y anodina para no resaltar, dentro había muebles confortables y mucho más modernos que los que estaba acostumbrada a usar. Todo estaba limpio y ordenado. Las paredes eran de madera, lo que continuaba con el estilo de montaña; había diversos adornos y aparatos, y también un televisor. Siempre había querido ver uno, porque en mi mundo, las altas tecnologías del mundo humano no eran bienvenidas. Las brujas no existíamos para tener una vida ociosa, sino para trabajar muy duro para preservar a la Humanidad, para mantener el equilibrio natural entre la vida y la muerte, entre el bien y el mal.

Si bien era cierto que mi entretenimiento podía esperar hasta finalizar mi trabajo en este Plano, tal vez en otro momento, podría utilizar esos aparatos de los que tanto había oído hablar. En cierto modo, conocía bien este mundo; pero un libro, o las enseñanzas de otros brujos, no eran lo mismo que ver por mí misma todas las cosas que había por descubrir. Esperaba que no todo fuera como un rato antes, y tuviera ocasión de disfrutar mi paso por la Tierra.

No sabía por qué razón dudaba de que todo fuera a ser tranquilo, ya que no era paz lo que se respiraba fuera de las paredes de esta casa.

Eché una rápida mirada a la cocina pero sin llegar a entrar. No era muy grande, era blanca, brillante, y muy moderna. Me pregunté si sabría cocinar en ella. Había más aparatos electrónicos plateados que jamás había usado, y a pesar de haber estudiado todo sobre ellos, me abrumaba el hecho de tener que utilizarlos. Suponía que con el tiempo me habituaría a vivir rodeada de todas estas modernidades, pero por otro lado, la vida sencilla de mi verdadero hogar, era más reconfortante que todos estos resplandecientes lujos. Prefería la naturaleza a las altas tecnologías.

Tenía mejores cosas que hacer que investigar cada rincón de la impoluta casa, así que subí a la planta de arriba, donde supuse que estaba el dormitorio, y abrí un enorme armario. Todos los muebles más grandes eran de color blanco y de buena calidad, y me pregunté si sería para contrarrestar el color más oscuro de la madera de toda la casa. Era un buen contraste, y resultaba más espaciosa; parecía tener todo cuanto iba a necesitar, e incluso más.

Había un montón de ropa y complementos, y no sabía por dónde empezar. Jamás había llevado nada igual. Pantalones y blusas, cinturones, bolsos, zapatos y también algunos colgantes. Al menos estos eran útiles, pensé, ya que portaban piedras y símbolos de poder y protección. Suerte que la ropa era algo conservadora, no me veía capaz de mostrar más piel que tela.

Hice un poco de memoria sobre lo aprendido y como pude, me vestí con las ropas que había allí para mí. Pasar por una humana corriente era algo que debía ser capaz de hacer con cierta facilidad. No podía llevar los vestidos y las capas que acostumbraba en el Reino de la Magia, o los humanos creerían que iba disfraza, o que estaba loca. Muchas brujas me contaron cantidad de anécdotas sobre ello; algunas más divertidas que otras según el siglo en el que viajaron. Este proceso era más difícil de lo que imaginaba.

Con un aspecto distinto, sintiéndome un tanto extraña porque no me veía yo misma con esa moderna ropa interior, vaqueros, camiseta y unas zapatillas, me recogí el pelo con una goma elástica que encontré en una bolsa con objetos para el aseo, y bajé a ver cómo se encontraba la mujer.

Para mi sorpresa, estaba sentada y algo asustada.

—Hola, me llamo Alyssa —saludé despacio cuando bajé el último escalón, componiendo una amable sonrisa. No quería que saliera corriendo.

Me miró y, aunque se la veía confusa, pareció relajarse un poco al ver que no estaba allí sola.

—¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Dónde estamos? —inquirió con un tono nervioso.

—Tranquila, ahora estás a salvo —aseguré—. ¿Recuerdas algo de esta noche?

La mujer miró hacia abajo y pude comprobar que las lágrimas mojaban sus manos en su regazo. No sabía qué hacer, pero me pareció que sentarme a su lado y ofrecerle consuelo era lo más apropiado, aunque yo fuera una total desconocida para ella.

Cuando creía que no respondería, me miró a los ojos y habló con voz apagada.

—Lo recuerdo todo —dijo con voz quebrada.

Sus emociones eran fuertes y tortuosas, casi me dejaban sin aliento por el tremendo dolor que encerraban. Era sobrecogedor.

—No hace falta que hables de ello ahora, puedes hacerlo cuando descanses —sugerí.

—Dudo que pueda hacerlo alguna vez. Mi marido ha estado a punto de matarme, y no sé porqué él creía que le era infiel. Creo que…

Detuvo su pausado relato y me miró confusa. Movió el brazo que le habían herido y supe lo que estaría pensando: ¿cómo era posible que estuviera sanado por completo y no hubiera muerto desangrada?

Conseguí curarla aunque no tuve tiempo de hacer desaparecer la sangre o el agujero que hizo en la ropa el arma de su marido. Demasiadas preguntas y dudas rondaban su azorada mente. No sabía qué hacer con ella. Traté de entrar en su cabeza y procurar que se calmara, pero pronto vi que estaba protegida por algo, como un muro invisible que me impedía modificar sus recuerdos. Era extraño y muy poco habitual en humanos según tenía entendido.

La mujer saltó hacia atrás, se levantó alejándose de mí con una expresión de terror.

Ahora estaba confusa también por su reacción.

—¡Tú! ¿Qué estás haciendo? ¡Eres igual que esos seres espeluznantes que intentaron controlar mi mente! —gritó con desesperación.

Abrí mucho los ojos con sorpresa.

—Claro que no, tranquilízate y te lo explicaré todo —dije con suavidad.

Ella no tenía ánimos para seguir allí conmigo, lo vi en su mirada. Se giró hacia la puerta e intentó abrirla. Tuve que hacer un conjuro para mantenerla cerrada, porque no podía permitir que saliera de la casa y fuera contando lo que había pasado. Aunque en pocas horas sería de día, según pude presentir, eso no impediría que alguien la siguiera, si es que aún merodeaban por las cercanías. Como había vampiros metidos en este asunto, no correría el riesgo. Fui tras ella.

—Por favor, no tengas miedo de mí, no voy a hacerte daño —expliqué con las manos en alto para que viera que yo no llevaba armas de ningún tipo.

—Sé que tú tampoco eres humana del todo, puedo verlo, así que no tengo razón para creerte —musitó ella sin dejar de llorar.

Estaba aterrada y no sabía cómo lograr serenarla. Medité sus palabras un instante. A pesar de que era humana, había algo en su interior que la hacía especial, pero como no estaba completamente desarrollado, no podía saber con certeza de qué se trataba.

—Bueno, tal vez tienes razón, pero si fuera como esos seres, ¿por qué iba a curarte el brazo? —pregunté con cautela.

Pensó mis palabras, comprendiendo la lógica de estas. Parecía solo un poco más dispuesta a escuchar, pero su cuerpo aún me indicaba la tensión que experimentaba.

—Bien, te doy las gracias —dijo con dificultad—. Pero eso no implica que confíe en ti. Últimamente nadie puede fiarse de nadie.

Decía eso por una muy buena razón que analizaría más tarde. Ahora tenía otro asunto que tratar.

—No te pido que confíes en mí de forma ciega. Comprendo que creerme es difícil para ti, pero esta casa es un lugar seguro para que nadie pueda hacerte daño —expliqué con seria tranquilidad—. Solo espero que entiendas que después de salvarte la vida, no tengo intención de dejarte ir sin más en mitad de la noche. Me gustaría que me explicaras qué ha ocurrido, por favor.

Hice un gesto para invitarla a sentarse, y al cabo de unos segundos, pareció resignarse. No se sentó a mi lado, pero ocupó un sillón justo enfrente.

—Sé que sonará a locura, y en cierto modo creo que lo estoy desde siempre, pero… hay seres horribles en esta ciudad. Por todas partes —terminó con un sollozo. Más lágrimas mojaron sus mejillas.

Le tendí un pañuelo de tela y ella se sorprendió al verlo aparecer de la nada en mi mano.

—Eres una bruja —dijo tras suspirar—, así que supongo que has venido a convencerme para que vaya con vosotros. Otra vez —murmuró con abatimiento.

Me sentí más desconcertada que nunca en ese instante. ¿Había más brujas vivas en este Plano? Eso era muy mala señal, porque aquellas que no regresaban, solo tenían dos motivos para no hacerlo: habían muerto, lo cual era una gran tragedia, o habían sucumbido a la magia oscura, lo que era mucho peor.

Traté de hablar con tranquilidad; tarea nada fácil.

—No sé cómo puedes saberlo y tomarlo con esa tranquilidad —medité confusa—, pero te aseguro que no tengo nada que ver con otras brujas. Acabo de llegar y… bueno, solo puedo decirte que no es bueno que haya más como yo en este Plano.

Soltó una sonrisa carente de alegría.

—Estoy segura de que no eres como ellos —sentenció con timidez—, pero no puedo escapar, al final siempre dan conmigo —explicó con tristeza—. O ellos, o esos siniestros vampiros de película de terror.

—Vampiros.

Solté la palabra como quien suelta una maldición. La mujer me miró sin comprender. Estaba claro que no era una humana común y corriente, porque de ser así, estaría aterrorizada, más aún en todo caso, y no se lo tomaría como algo que simplemente existía en este mundo. Y si estos no le habían podido borrar sus recuerdos para mantener su existencia en secreto, era aún más sospechoso. No sabía a qué atenerme.

Tal vez por eso querían acabar con ella. Claro que podían simplemente haberla atacado ellos mismos. La implicación de brujas en todo el asunto, me daba mala espina.

—¿Acaso no crees en ellos? Pues te aseguro que son reales —expuso.

Antes de que terminara de hablar, me levanté, y empecé a dar vueltas, intentando controlar mi temperamento para que la naturaleza no pagara mi frustración y miedo. Una tormenta eléctrica de gran calibre no era un buen modo de desfogarse. Respiré hondo varias veces, intentando serenarme mientras mi mente vagaba sin rumbo, en busca de una explicación.

Allí ocurría algo extraño que no lograba comprender del todo. Sentía que había algo clave que descifrar, pero no lograba ver el qué.

—¿Me estás diciendo que brujas y vampiros andan trabajando juntos para que tú vayas con ellos? ¿Por qué? Y, ¿puedo saber quién eres, o qué eres tú? —pregunté alterada, aunque manteniendo un tono de voz neutro y en apariencia calmado, nada que ver con mi alterado estado interior.

—Soy Noemí Crespo. No soy más que una mujer normal de treinta años que trabaja en un bar de carretera. Crecí aquí y jamás he salido del país…

—Y estamos en… —interrumpí.

—Lisboa —dijo ella con el ceño fruncido.

Comprendía su confusión, claro. Se suponía que yo debería saber dónde estaba, pero no era así.

—Si sabes que soy una bruja —comencé con cautela—, imagino que sabrás que nosotros no vivimos en el Plano de los humanos. Acabo de llegar y no sabía muy bien dónde había acabado después de cruzar el Portal desde mi hogar.

Noemí se quedó con la boca abierta al oír mi breve explicación. Esa sí era una reacción normal en un ser humano, y no esa macabra aceptación que implicaba que ella conocía la existencia de vampiros, brujas, y probablemente, también otros seres que merodeaban entre los humanos durante los últimos siglos.

—¿Estás bien?

—Sí, es solo que —agitó la cabeza como si quisiera salir de su estupor— he leído muchos libros sobre magia y ocultismo, y… lo siento; las brujas con las que he hablado hasta ahora eran unas verdaderas arpías manipuladoras. Muy siniestras —terminó diciendo.

Estaba claro que aún no se fiaba de mí, pero se la veía algo más tranquila, por lo que deduje que no me consideraba una amenaza. Estaba completamente intrigada por su compleja mente, y por esa fuerza que la envolvía. Me inquietaba el don que creía que poseía.

—Me gustaría saber qué pueden querer de ti. Las brujas que no vuelven a nuestro mundo, suelen quedarse por razones poco… agradables.

Era muy consciente de que eso era solo un eufemismo, pero no podía contarle toda la verdad; ya le habían hecho bastante daño, y no deseaba asustarla más aún.

—Solo puedo decirte que sus almas son tan oscuras como sus pretensiones —explicó insegura.

—Deberías alejarte de ellas —la advertí.

—Eso pretendía —soltó con un bajo tono desesperado—. Ya habían intentado manipular mi mente, pero por alguna razón, ni las brujas ni los vampiros pudieron hacerlo. No quise ir con ellos, porque leer las almas de los vivos o los muertos es agotador, desagradable, y algo que siempre he detestado —suspiró hondo varias veces antes de continuar—. Sentía en mi interior que su afán porque trabajara para ellos, no tenía nada que ver con una actitud altruista —explicó cabizbaja —. Y no me equivocaba.

 —¿A qué te refieres?

Casi me daba miedo saber la respuesta.

—Creo que ellos manipularon a Javier, mi marido. No existe otro modo para que actuara así —dijo pensativa. De repente se dio cuenta de algo, y mucho me temía que había llegado el momento de dar explicaciones muy dolorosas sobre lo ocurrido antes—. Por cierto, ¿dónde está? ¿Se marchó del bosque cuando me hirió?

—Lo siento, yo… intenté pararle, pero quiso matarme con esa arma y al defenderme… el proyectil le dio a él. Cuando llegaron los vampiros, me impidieron ir a socorrerle —musité despacio, sintiéndome muy culpable por lo sucedido. Si bien no había sido yo la que puso todo en marcha, mis manos estaban manchadas con su sangre—. Uno de los vampiros también murió.

Podía ver la lucha interior que mantenía Noemí. No podía culparla, tenía todo el derecho del mundo a odiarme, porque ese tal Javier era lo único que tenía; pude verlo en su mente. Solo sentía un profundo dolor por su pérdida. Fue como un puñetazo en mi estómago.

—Todos ellos me advirtieron que mi vida acabaría mal si no aceptaba. Intenté protegernos de algún modo, pero leer hechizos de un libro antiguo no parecía un modo muy fiable de conseguirlo —dijo ligeramente avergonzada. Más lágrimas bañaban su dulce rostro.

Comprendí que hubiera querido usar la magia para protegerse. Cualquiera lo haría, porque era algo muy seductor para los humanos. Por supuesto lo único que podía hacer que los hechizos funcionaran, era que un mortal lograra extraer algo de magia por métodos poco recomendables: la sangre de una verdadera bruja.

—Sin el don de la magia, los hechizos no son más que palabras. Es un modo de evitar que se utilicen con fines egoístas. La magia siempre tiene un precio, sobre todo si es oscura. Puede ser muy peligrosa en las manos equivocadas —le expliqué. Ella asintió despacio; parecía saber muchas cosas, y eso me inquietaba de algún modo.

Me levanté y di unos pasos hacia Noemí.

Le tendí las manos y ella, aunque algo reticente, las aceptó, puso las suyas sobre las mías y hubo entonces una conexión que jamás había sentido antes. El destino tenía mucho que ver con nuestro encuentro, aunque no podía establecer aún el motivo. Cuando una bruja seguía el camino para el que había sido llamada, notaba como si las piezas de su vida fueran encajando, como un engranaje perfectamente confeccionado que empezara a tomar forma. Suponía que yo lo sentía con mucha fuerza porque había sido llamada por la mismísima Diosa del Destino para hacer una tarea que ella consideraba sagrada. A pesar de todo, seguía sin saber cómo lograría salvar a mis hermanos los brujos, o a todos los humanos. Estaba claro que fuerzas oscuras estaban alineadas para destrozar esta tierra, y si había más de una bruja detrás de esto, debían de ser muy poderosas, ya que la unión entre ellas las hacía casi invencibles.

Eso me daba auténtico pavor.

Abrí los ojos y vi que Noemí me miraba muy sorprendida, pero no asustada.

—¿Has sentido eso? —inquirió con un hilo de voz.

—Sí, yo… es algo poco usual, y aunque te parezca extraño lo que voy a decirte, creo que nuestros destinos están enlazados de alguna manera —le dije con suavidad.

—Es una locura —dijo sin más. Se separó de mí y se abrazó a sí misma—. Sé que tienes razón —añadió para mi asombro—. Siempre he pensado que estaba maldita de algún modo, que era un bicho raro, porque de pequeña tuve un sueño extrañísimo y justo después de eso, empecé a ver cosas que un ser humano corriente no debería poder ver. Tenía la capacidad de saber cómo eran las personas por dentro —dijo al final tras una pequeña pausa.

La escuché atentamente, empezando a entender que aquella joven no se sorprendiera tan fácilmente, porque había llevado una vida bastante complicada desde hacía años.

En cierto modo la compadecía. Yo también había sido instruida en el mundo de la magia desde niña, pero esa era mi vida. Había nacido para eso, sin embargo, algo, o alguien, había llevado a Noemí por un camino que tal vez no era el suyo. No a menos que una Diosa hubiera intervenido en su destino de algún modo. Solo podía ser eso, deduje. Conocía a algunos brujos que afirmaban que los Dioses rara vez otorgaban sus dones a los humanos; no a menos que estos fueran especiales por algún motivo.

—¿Puedes hablarme de tu sueño? Por muy extraño que fuera, necesito saberlo para poder comprobar algo.

—En realidad no es tan complejo, solo raro…

Se mostró pensativa un instante y al final me miró a los ojos, y algo pareció encajar en sus pensamientos y recuerdos más profundos.

—Se hizo llamar Diosa del Destino. Me ofreció su mano y yo la acepté sin dudarlo. Dijo que a partir de entonces podría protegerme del mal, porque sería capaz de verlo, y que llegaría un día en que me cruzaría con un alma pura como la mía, para ayudarla en su misión de proteger al mundo.

—Por todos los Dioses.

—Hacía mucho que no pensaba en ello. Desde que perdí a mis padres por aquel horrible episodio de mi infancia… creo que olvidé aquel sueño. Hasta ahora.

—Ya veo.

Y en realidad sí que lo veía. La Diosa del Destino había intervenido en montones de vidas para que yo pudiera llevar a cabo mi cometido. Me pregunté si valdría la pena todo lo que había pasado hasta mi llegada, y lo que estaba por suceder, para lograr salvar a todos los mundos, del mal que se alzaba con ferocidad en nuestra contra.

¿Y si no lo lograba?

Todas esas vidas se habrían visto truncadas para nada. Casi me hizo llorar el pensar a esa conclusión.

—Se refería a ti, ¿verdad?

—Sí.

No podía decirle nada más por ahora. Yo también necesitaba tiempo para meditar todo lo que estaba pasando.



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