miércoles, 23 de noviembre de 2016

Oscuro inevitable destino - Capítulo 2



Capítulo 2



Antes de recibir otra visita indeseada tan cerca de mi nuevo hogar, fui a ver a la mujer inconsciente. A pesar de que me sentía terriblemente cansada física y mentalmente, hice un esfuerzo para entrar en su cabeza y averiguar si podía mandarla a algún sitio donde estuviera a salvo, al menos por esta noche. Me entristeció lo que encontré: la desgracia había asolado a su familia, y solo tenía a su marido, el hombre que casi acabó con ella un rato antes; claro que ahora él estaba muerto, y la mujer no tenía a nadie más. Estaba completamente sola y desamparada. También descubrí que era muy espiritual; irónicamente ella creía en los seres de la noche que la rondaban, según pude comprobar por algunos recuerdos recientes que capté en su memoria. Pensé en llevarla a casa, y tal vez, modificar esos recuerdos para que pudiera volver a su vida sin un terrible trauma más que cargar sobre sus delicados hombros.

No sabía si hacía bien, pero tampoco podía dejarla allí abandonada en mitad de ninguna parte. Ni siquiera parecía que hubiera más viviendas por la zona, y en casa conmigo estaría a salvo por si alguien más iba a por ella. Era la mejor opción por ahora. Lancé un conjuro y la envié a la casa. Después de comprobar si había alguien más merodeando por los alrededores, caminé a paso ligero para entrar en la protegida vivienda que sería mi hogar durante bastante tiempo. Cien años en este Plano podrían parecer muchos, pero en una vida inmortal, se convertirían en apenas un instante. Por supuesto, si es que llegaba a vivir lo suficiente como para llegar a recordarlo de ese modo en el futuro, pensé con angustia.

Apenas llevaba unos minutos en el mundo humano, y ya había tenido dos asesinatos en mis manos y un encuentro bastante confuso con un vampiro muy atractivo. Aunque claro, eso era irrelevante, y traté de recordarme duramente ese detalle. Los seres de la luz y los de la oscuridad no estaban hechos para mezclarse; más aún, hacerlo era lo peor que podía ocurrir en mi mundo. Si una bruja sucumbía a la oscuridad de un modo u otro, jamás volvía a su hogar, y era desterrada para siempre. Ese sombrío futuro era peor que la muerte para los que son como yo.

Ninguna bruja que yo conociera, estaba dispuesta a renunciar a su hogar verdadero, a todo su mundo. Y ahora había comprobado por mí misma, que este lugar era mucho más de lo que podría soportar más de un siglo. Acababa de llegar, y ya deseaba irme con todas mis ganas; claro que eso quedaba fuera de mis posibilidades. Mediría muy bien mis pasos y haría todo cuanto me encomendaran, sin salirme del firme camino escrito para mí.

Suspiré con resignación.

Lo mejor que podía hacer era aceptar mi destino e intentar no morir en el intento.

Entré en la casa y enseguida me sentí mucho más reconfortada. La magia se respiraba por todas partes. Era como estar en mi propia casa, y allí dentro me sentí mucho mejor. A salvo.

La mujer estaba en la sala, tumbada cómodamente en un sofá, aún inconsciente. Aproveché para echar un rápido vistazo a mi alrededor. Aunque por fuera parecía una cabaña rústica, y hasta quizás algo descuidada y anodina para no resaltar, dentro había muebles confortables y mucho más modernos que los que estaba acostumbrada a usar. Todo estaba limpio y ordenado. Las paredes eran de madera, lo que continuaba con el estilo de montaña; había diversos adornos y aparatos, y también un televisor. Siempre había querido ver uno, porque en mi mundo, las altas tecnologías del mundo humano no eran bienvenidas. Las brujas no existíamos para tener una vida ociosa, sino para trabajar muy duro para preservar a la Humanidad, para mantener el equilibrio natural entre la vida y la muerte, entre el bien y el mal.

Si bien era cierto que mi entretenimiento podía esperar hasta finalizar mi trabajo en este Plano, tal vez en otro momento, podría utilizar esos aparatos de los que tanto había oído hablar. En cierto modo, conocía bien este mundo; pero un libro, o las enseñanzas de otros brujos, no eran lo mismo que ver por mí misma todas las cosas que había por descubrir. Esperaba que no todo fuera como un rato antes, y tuviera ocasión de disfrutar mi paso por la Tierra.

No sabía por qué razón dudaba de que todo fuera a ser tranquilo, ya que no era paz lo que se respiraba fuera de las paredes de esta casa.

Eché una rápida mirada a la cocina pero sin llegar a entrar. No era muy grande, era blanca, brillante, y muy moderna. Me pregunté si sabría cocinar en ella. Había más aparatos electrónicos plateados que jamás había usado, y a pesar de haber estudiado todo sobre ellos, me abrumaba el hecho de tener que utilizarlos. Suponía que con el tiempo me habituaría a vivir rodeada de todas estas modernidades, pero por otro lado, la vida sencilla de mi verdadero hogar, era más reconfortante que todos estos resplandecientes lujos. Prefería la naturaleza a las altas tecnologías.

Tenía mejores cosas que hacer que investigar cada rincón de la impoluta casa, así que subí a la planta de arriba, donde supuse que estaba el dormitorio, y abrí un enorme armario. Todos los muebles más grandes eran de color blanco y de buena calidad, y me pregunté si sería para contrarrestar el color más oscuro de la madera de toda la casa. Era un buen contraste, y resultaba más espaciosa; parecía tener todo cuanto iba a necesitar, e incluso más.

Había un montón de ropa y complementos, y no sabía por dónde empezar. Jamás había llevado nada igual. Pantalones y blusas, cinturones, bolsos, zapatos y también algunos colgantes. Al menos estos eran útiles, pensé, ya que portaban piedras y símbolos de poder y protección. Suerte que la ropa era algo conservadora, no me veía capaz de mostrar más piel que tela.

Hice un poco de memoria sobre lo aprendido y como pude, me vestí con las ropas que había allí para mí. Pasar por una humana corriente era algo que debía ser capaz de hacer con cierta facilidad. No podía llevar los vestidos y las capas que acostumbraba en el Reino de la Magia, o los humanos creerían que iba disfraza, o que estaba loca. Muchas brujas me contaron cantidad de anécdotas sobre ello; algunas más divertidas que otras según el siglo en el que viajaron. Este proceso era más difícil de lo que imaginaba.

Con un aspecto distinto, sintiéndome un tanto extraña porque no me veía yo misma con esa moderna ropa interior, vaqueros, camiseta y unas zapatillas, me recogí el pelo con una goma elástica que encontré en una bolsa con objetos para el aseo, y bajé a ver cómo se encontraba la mujer.

Para mi sorpresa, estaba sentada y algo asustada.

—Hola, me llamo Alyssa —saludé despacio cuando bajé el último escalón, componiendo una amable sonrisa. No quería que saliera corriendo.

Me miró y, aunque se la veía confusa, pareció relajarse un poco al ver que no estaba allí sola.

—¿Qué estoy haciendo aquí? ¿Dónde estamos? —inquirió con un tono nervioso.

—Tranquila, ahora estás a salvo —aseguré—. ¿Recuerdas algo de esta noche?

La mujer miró hacia abajo y pude comprobar que las lágrimas mojaban sus manos en su regazo. No sabía qué hacer, pero me pareció que sentarme a su lado y ofrecerle consuelo era lo más apropiado, aunque yo fuera una total desconocida para ella.

Cuando creía que no respondería, me miró a los ojos y habló con voz apagada.

—Lo recuerdo todo —dijo con voz quebrada.

Sus emociones eran fuertes y tortuosas, casi me dejaban sin aliento por el tremendo dolor que encerraban. Era sobrecogedor.

—No hace falta que hables de ello ahora, puedes hacerlo cuando descanses —sugerí.

—Dudo que pueda hacerlo alguna vez. Mi marido ha estado a punto de matarme, y no sé porqué él creía que le era infiel. Creo que…

Detuvo su pausado relato y me miró confusa. Movió el brazo que le habían herido y supe lo que estaría pensando: ¿cómo era posible que estuviera sanado por completo y no hubiera muerto desangrada?

Conseguí curarla aunque no tuve tiempo de hacer desaparecer la sangre o el agujero que hizo en la ropa el arma de su marido. Demasiadas preguntas y dudas rondaban su azorada mente. No sabía qué hacer con ella. Traté de entrar en su cabeza y procurar que se calmara, pero pronto vi que estaba protegida por algo, como un muro invisible que me impedía modificar sus recuerdos. Era extraño y muy poco habitual en humanos según tenía entendido.

La mujer saltó hacia atrás, se levantó alejándose de mí con una expresión de terror.

Ahora estaba confusa también por su reacción.

—¡Tú! ¿Qué estás haciendo? ¡Eres igual que esos seres espeluznantes que intentaron controlar mi mente! —gritó con desesperación.

Abrí mucho los ojos con sorpresa.

—Claro que no, tranquilízate y te lo explicaré todo —dije con suavidad.

Ella no tenía ánimos para seguir allí conmigo, lo vi en su mirada. Se giró hacia la puerta e intentó abrirla. Tuve que hacer un conjuro para mantenerla cerrada, porque no podía permitir que saliera de la casa y fuera contando lo que había pasado. Aunque en pocas horas sería de día, según pude presentir, eso no impediría que alguien la siguiera, si es que aún merodeaban por las cercanías. Como había vampiros metidos en este asunto, no correría el riesgo. Fui tras ella.

—Por favor, no tengas miedo de mí, no voy a hacerte daño —expliqué con las manos en alto para que viera que yo no llevaba armas de ningún tipo.

—Sé que tú tampoco eres humana del todo, puedo verlo, así que no tengo razón para creerte —musitó ella sin dejar de llorar.

Estaba aterrada y no sabía cómo lograr serenarla. Medité sus palabras un instante. A pesar de que era humana, había algo en su interior que la hacía especial, pero como no estaba completamente desarrollado, no podía saber con certeza de qué se trataba.

—Bueno, tal vez tienes razón, pero si fuera como esos seres, ¿por qué iba a curarte el brazo? —pregunté con cautela.

Pensó mis palabras, comprendiendo la lógica de estas. Parecía solo un poco más dispuesta a escuchar, pero su cuerpo aún me indicaba la tensión que experimentaba.

—Bien, te doy las gracias —dijo con dificultad—. Pero eso no implica que confíe en ti. Últimamente nadie puede fiarse de nadie.

Decía eso por una muy buena razón que analizaría más tarde. Ahora tenía otro asunto que tratar.

—No te pido que confíes en mí de forma ciega. Comprendo que creerme es difícil para ti, pero esta casa es un lugar seguro para que nadie pueda hacerte daño —expliqué con seria tranquilidad—. Solo espero que entiendas que después de salvarte la vida, no tengo intención de dejarte ir sin más en mitad de la noche. Me gustaría que me explicaras qué ha ocurrido, por favor.

Hice un gesto para invitarla a sentarse, y al cabo de unos segundos, pareció resignarse. No se sentó a mi lado, pero ocupó un sillón justo enfrente.

—Sé que sonará a locura, y en cierto modo creo que lo estoy desde siempre, pero… hay seres horribles en esta ciudad. Por todas partes —terminó con un sollozo. Más lágrimas mojaron sus mejillas.

Le tendí un pañuelo de tela y ella se sorprendió al verlo aparecer de la nada en mi mano.

—Eres una bruja —dijo tras suspirar—, así que supongo que has venido a convencerme para que vaya con vosotros. Otra vez —murmuró con abatimiento.

Me sentí más desconcertada que nunca en ese instante. ¿Había más brujas vivas en este Plano? Eso era muy mala señal, porque aquellas que no regresaban, solo tenían dos motivos para no hacerlo: habían muerto, lo cual era una gran tragedia, o habían sucumbido a la magia oscura, lo que era mucho peor.

Traté de hablar con tranquilidad; tarea nada fácil.

—No sé cómo puedes saberlo y tomarlo con esa tranquilidad —medité confusa—, pero te aseguro que no tengo nada que ver con otras brujas. Acabo de llegar y… bueno, solo puedo decirte que no es bueno que haya más como yo en este Plano.

Soltó una sonrisa carente de alegría.

—Estoy segura de que no eres como ellos —sentenció con timidez—, pero no puedo escapar, al final siempre dan conmigo —explicó con tristeza—. O ellos, o esos siniestros vampiros de película de terror.

—Vampiros.

Solté la palabra como quien suelta una maldición. La mujer me miró sin comprender. Estaba claro que no era una humana común y corriente, porque de ser así, estaría aterrorizada, más aún en todo caso, y no se lo tomaría como algo que simplemente existía en este mundo. Y si estos no le habían podido borrar sus recuerdos para mantener su existencia en secreto, era aún más sospechoso. No sabía a qué atenerme.

Tal vez por eso querían acabar con ella. Claro que podían simplemente haberla atacado ellos mismos. La implicación de brujas en todo el asunto, me daba mala espina.

—¿Acaso no crees en ellos? Pues te aseguro que son reales —expuso.

Antes de que terminara de hablar, me levanté, y empecé a dar vueltas, intentando controlar mi temperamento para que la naturaleza no pagara mi frustración y miedo. Una tormenta eléctrica de gran calibre no era un buen modo de desfogarse. Respiré hondo varias veces, intentando serenarme mientras mi mente vagaba sin rumbo, en busca de una explicación.

Allí ocurría algo extraño que no lograba comprender del todo. Sentía que había algo clave que descifrar, pero no lograba ver el qué.

—¿Me estás diciendo que brujas y vampiros andan trabajando juntos para que tú vayas con ellos? ¿Por qué? Y, ¿puedo saber quién eres, o qué eres tú? —pregunté alterada, aunque manteniendo un tono de voz neutro y en apariencia calmado, nada que ver con mi alterado estado interior.

—Soy Noemí Crespo. No soy más que una mujer normal de treinta años que trabaja en un bar de carretera. Crecí aquí y jamás he salido del país…

—Y estamos en… —interrumpí.

—Lisboa —dijo ella con el ceño fruncido.

Comprendía su confusión, claro. Se suponía que yo debería saber dónde estaba, pero no era así.

—Si sabes que soy una bruja —comencé con cautela—, imagino que sabrás que nosotros no vivimos en el Plano de los humanos. Acabo de llegar y no sabía muy bien dónde había acabado después de cruzar el Portal desde mi hogar.

Noemí se quedó con la boca abierta al oír mi breve explicación. Esa sí era una reacción normal en un ser humano, y no esa macabra aceptación que implicaba que ella conocía la existencia de vampiros, brujas, y probablemente, también otros seres que merodeaban entre los humanos durante los últimos siglos.

—¿Estás bien?

—Sí, es solo que —agitó la cabeza como si quisiera salir de su estupor— he leído muchos libros sobre magia y ocultismo, y… lo siento; las brujas con las que he hablado hasta ahora eran unas verdaderas arpías manipuladoras. Muy siniestras —terminó diciendo.

Estaba claro que aún no se fiaba de mí, pero se la veía algo más tranquila, por lo que deduje que no me consideraba una amenaza. Estaba completamente intrigada por su compleja mente, y por esa fuerza que la envolvía. Me inquietaba el don que creía que poseía.

—Me gustaría saber qué pueden querer de ti. Las brujas que no vuelven a nuestro mundo, suelen quedarse por razones poco… agradables.

Era muy consciente de que eso era solo un eufemismo, pero no podía contarle toda la verdad; ya le habían hecho bastante daño, y no deseaba asustarla más aún.

—Solo puedo decirte que sus almas son tan oscuras como sus pretensiones —explicó insegura.

—Deberías alejarte de ellas —la advertí.

—Eso pretendía —soltó con un bajo tono desesperado—. Ya habían intentado manipular mi mente, pero por alguna razón, ni las brujas ni los vampiros pudieron hacerlo. No quise ir con ellos, porque leer las almas de los vivos o los muertos es agotador, desagradable, y algo que siempre he detestado —suspiró hondo varias veces antes de continuar—. Sentía en mi interior que su afán porque trabajara para ellos, no tenía nada que ver con una actitud altruista —explicó cabizbaja —. Y no me equivocaba.

 —¿A qué te refieres?

Casi me daba miedo saber la respuesta.

—Creo que ellos manipularon a Javier, mi marido. No existe otro modo para que actuara así —dijo pensativa. De repente se dio cuenta de algo, y mucho me temía que había llegado el momento de dar explicaciones muy dolorosas sobre lo ocurrido antes—. Por cierto, ¿dónde está? ¿Se marchó del bosque cuando me hirió?

—Lo siento, yo… intenté pararle, pero quiso matarme con esa arma y al defenderme… el proyectil le dio a él. Cuando llegaron los vampiros, me impidieron ir a socorrerle —musité despacio, sintiéndome muy culpable por lo sucedido. Si bien no había sido yo la que puso todo en marcha, mis manos estaban manchadas con su sangre—. Uno de los vampiros también murió.

Podía ver la lucha interior que mantenía Noemí. No podía culparla, tenía todo el derecho del mundo a odiarme, porque ese tal Javier era lo único que tenía; pude verlo en su mente. Solo sentía un profundo dolor por su pérdida. Fue como un puñetazo en mi estómago.

—Todos ellos me advirtieron que mi vida acabaría mal si no aceptaba. Intenté protegernos de algún modo, pero leer hechizos de un libro antiguo no parecía un modo muy fiable de conseguirlo —dijo ligeramente avergonzada. Más lágrimas bañaban su dulce rostro.

Comprendí que hubiera querido usar la magia para protegerse. Cualquiera lo haría, porque era algo muy seductor para los humanos. Por supuesto lo único que podía hacer que los hechizos funcionaran, era que un mortal lograra extraer algo de magia por métodos poco recomendables: la sangre de una verdadera bruja.

—Sin el don de la magia, los hechizos no son más que palabras. Es un modo de evitar que se utilicen con fines egoístas. La magia siempre tiene un precio, sobre todo si es oscura. Puede ser muy peligrosa en las manos equivocadas —le expliqué. Ella asintió despacio; parecía saber muchas cosas, y eso me inquietaba de algún modo.

Me levanté y di unos pasos hacia Noemí.

Le tendí las manos y ella, aunque algo reticente, las aceptó, puso las suyas sobre las mías y hubo entonces una conexión que jamás había sentido antes. El destino tenía mucho que ver con nuestro encuentro, aunque no podía establecer aún el motivo. Cuando una bruja seguía el camino para el que había sido llamada, notaba como si las piezas de su vida fueran encajando, como un engranaje perfectamente confeccionado que empezara a tomar forma. Suponía que yo lo sentía con mucha fuerza porque había sido llamada por la mismísima Diosa del Destino para hacer una tarea que ella consideraba sagrada. A pesar de todo, seguía sin saber cómo lograría salvar a mis hermanos los brujos, o a todos los humanos. Estaba claro que fuerzas oscuras estaban alineadas para destrozar esta tierra, y si había más de una bruja detrás de esto, debían de ser muy poderosas, ya que la unión entre ellas las hacía casi invencibles.

Eso me daba auténtico pavor.

Abrí los ojos y vi que Noemí me miraba muy sorprendida, pero no asustada.

—¿Has sentido eso? —inquirió con un hilo de voz.

—Sí, yo… es algo poco usual, y aunque te parezca extraño lo que voy a decirte, creo que nuestros destinos están enlazados de alguna manera —le dije con suavidad.

—Es una locura —dijo sin más. Se separó de mí y se abrazó a sí misma—. Sé que tienes razón —añadió para mi asombro—. Siempre he pensado que estaba maldita de algún modo, que era un bicho raro, porque de pequeña tuve un sueño extrañísimo y justo después de eso, empecé a ver cosas que un ser humano corriente no debería poder ver. Tenía la capacidad de saber cómo eran las personas por dentro —dijo al final tras una pequeña pausa.

La escuché atentamente, empezando a entender que aquella joven no se sorprendiera tan fácilmente, porque había llevado una vida bastante complicada desde hacía años.

En cierto modo la compadecía. Yo también había sido instruida en el mundo de la magia desde niña, pero esa era mi vida. Había nacido para eso, sin embargo, algo, o alguien, había llevado a Noemí por un camino que tal vez no era el suyo. No a menos que una Diosa hubiera intervenido en su destino de algún modo. Solo podía ser eso, deduje. Conocía a algunos brujos que afirmaban que los Dioses rara vez otorgaban sus dones a los humanos; no a menos que estos fueran especiales por algún motivo.

—¿Puedes hablarme de tu sueño? Por muy extraño que fuera, necesito saberlo para poder comprobar algo.

—En realidad no es tan complejo, solo raro…

Se mostró pensativa un instante y al final me miró a los ojos, y algo pareció encajar en sus pensamientos y recuerdos más profundos.

—Se hizo llamar Diosa del Destino. Me ofreció su mano y yo la acepté sin dudarlo. Dijo que a partir de entonces podría protegerme del mal, porque sería capaz de verlo, y que llegaría un día en que me cruzaría con un alma pura como la mía, para ayudarla en su misión de proteger al mundo.

—Por todos los Dioses.

—Hacía mucho que no pensaba en ello. Desde que perdí a mis padres por aquel horrible episodio de mi infancia… creo que olvidé aquel sueño. Hasta ahora.

—Ya veo.

Y en realidad sí que lo veía. La Diosa del Destino había intervenido en montones de vidas para que yo pudiera llevar a cabo mi cometido. Me pregunté si valdría la pena todo lo que había pasado hasta mi llegada, y lo que estaba por suceder, para lograr salvar a todos los mundos, del mal que se alzaba con ferocidad en nuestra contra.

¿Y si no lo lograba?

Todas esas vidas se habrían visto truncadas para nada. Casi me hizo llorar el pensar a esa conclusión.

—Se refería a ti, ¿verdad?

—Sí.

No podía decirle nada más por ahora. Yo también necesitaba tiempo para meditar todo lo que estaba pasando.



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