miércoles, 23 de noviembre de 2016

Oscuro inevitable destino - Capítulo 3



Capítulo 3



Logré convencerla para que fuera a descansar a una de las habitaciones de arriba. Por suerte había dos dormitorios; compartirlo con alguien desconocido, que además era una humana, era más de lo que podría soportar como colofón de la noche. Ahora mismo necesitaba desconectar, tranquilizarme en la medida de lo posible, y meditar muy bien sobre lo que había descubierto hasta ahora. Si seguía así, acabaría por sufrir un ataque al corazón, aunque eso fuera del todo imposible entre los de mi especie.

Había extraído suficiente información de los recuerdos de Noemí, como para cubrir las lagunas que me iban surgiendo sobre su historia. La Diosa le había otorgado un don poco habitual.

La joven era toda una lectora de almas, aunque su potencial no se hubiera desarrollado por completo. En cierto modo era mejor así, porque cuanto más lo trabajara, más peligro correría, y más visible sería su esencia para todas las criaturas sobrenaturales.

Su don la había ayudado a descubrir la verdad sobre su depravado padre adoptivo, y pudo escapar de una suerte mucho peor de la que había sufrido cuando él disparó a su madre, y esta hizo lo mismo con su entonces marido. Ambos murieron a la vez, y la dejaron sola siendo apenas una niña. Una infancia dura que pocas personas eran capaces de superar con su integridad intacta.

Ella era una persona extraordinaria que a pesar de todo, tenía un alma inmaculada.

No iba a permitir que le ocurriera nada, y los que le hicieron daño, lo pagarían con creces. No soportaba la injusticia, y haría lo que estuviera en mi mano para compensar su dolor.

Sentía que era mi responsabilidad.



El amanecer llegó cinco horas más tarde. Me despertaron los tenues rayos del sol que se filtraban a través de las ventanas. Abrí los ojos y me sentí despejada a pesar de haber dormido poco; estaba demasiado inquieta como para relajarme.

Noté que alguien estaba sentado en la cama y me incorporé deprisa.

—Buenos días, querida.

—Mi Diosa.

Intenté no sentirme incómoda al presentarme ante ella con ropa de dormir, claro que la que había llegado sin avisar a mi habitación no era yo. No hice notar ese detalle. Si estaba aquí, sería por una buena razón.

—Me alegro de que pudieras salvar a Noemí, ella es una parte importante en tu cometido —dijo con una ligera sonrisa que no alcanzó a sus ojos.

Comprobé que vestía de un modo muy diferente, casi como una humana. Llevaba un vestido de manga larga de color caramelo, con unas medias negras y botines a juego. Su largo cabello moreno caía con suavidad por sus hombros y su espalda. Me di cuenta de que ocultaba sus poderes bajo un velo invisible, así que deduje que estaba en este Plano con su apariencia mortal por alguna razón poderosa. Tal vez las cosas iban peor de lo que imaginé. Sentí que si no me hablaba pronto, mis labios no podrían contener las muchas preguntas que se agolpaban en mi mente.

—Hace un día soleado —dijo pensativa y triste—, la ciudad entera brilla como si de otro mundo se tratara.

Tardé un instante en comprender. Brujas.

Mi corazón empezó a latir a toda prisa. Si las brujas oscuras habían notado mi presencia, estaba en serios problemas. Jamás me había enfrentado con alguien de mi propia especie, y mucho menos con alguien que había renunciado a su luz, para servir al lado oscuro.

Sin poder evitarlo, temblé por dentro.

—No podrás ocultarte mucho tiempo, porque son más poderosas de lo que imaginé. Incluso son invisibles para mí, y no puedo ni imaginar cómo lo han logrado.

—¿Podremos saber cuántas son? —me atreví a preguntar.

La Diosa me miró a los ojos y negó con la cabeza. Había dolor en su expresión.

—Solo puedo deducir que son tres —declaró con desgana. Imaginé que se sentiría decepcionada al saber que las brujas a las que ella protegía, se habían declinado por el lado del mal; todo lo que se suponía que rechazábamos en nuestro mundo—. Gala desapareció hace ya más de setecientos años —explicó—. Los gemelos, Meredith y Darío, hace medio milenio.

Justo el tiempo que hacía que la Diosa no enviaba a más brujos a convivir y a aprender de los humanos en este Plano.

Había oído hablar sobre Meredith. Fue una de las buenas; hermosa, muy poderosa, y con potencial para dedicarse a la enseñanza y formación de las brujas. Cuando llegó a la Tierra, acabó por rendirse a los encantos de un vampiro que la llevó de la mano por el lado oscuro. Las brujas debíamos mantenernos puras hasta la unión sagrada que traería descendencia y poder a nuestro Reino; esa unión solo podía celebrarse con otro de nuestra especie. Las líneas de sangre son sagradas en el Reino de la Magia. Infringir las reglas era sinónimo de un castigo severo y ejemplar. Era duro, pero necesario; la intransigencia solo podía traer el caos, como bien estaba comprobando por mí misma.

Según las historias que se contaban en voz baja, su hermano no había podido, ni querido abandonarla en el mundo mortal, y permaneció a su lado, alejado del resto de su familia; alejado del Reino de la Magia para siempre. Si ella cayó en la oscuridad, seguro que él también lo hizo tarde o temprano. Estando tan unidos como se decía que estaban desde su nacimiento, no era de esperar algo distinto.

Solo podía deducir con seguridad que después de aquello, ninguno había vuelto a ser el mismo. No quería ni imaginar cómo podrían haber cambiado. A pesar de no conocerles, sentía miedo y compasión por ellos a partes iguales. No tenía ni idea de lo que me esperaba.
De la otra bruja no había oído hablar nunca. Mucho me temía que el motivo era mucho peor que una trasgresión de nuestras leyes sagradas.

—No podrán hacerte daño físicamente, pero debes prometerme que tendrás mucho cuidado —me pidió con un tono urgente y desesperado.

Asentí. No podía pronunciar palabra.

En ese instante alguien llamó a la puerta. La Diosa continuó sentada en la cama, y me extrañó que quisiera hacer notar su presencia a una simple mortal. No iba a cuestionar su decisión, por supuesto. Me levanté, hice un rápido conjuro para vestirme en unos segundos con la ropa de anoche, y estuve limpia y aseada sin moverme del lugar; era un truco útil en este mundo.

Invité a Noemí a pasar mientras cogía mi bolso mágico y extraía otro con un aspecto más corriente. Mis padres me habían regalado unos cuantos objetos que iba a necesitar en este Plano. Sin duda tendría que echarles un vistazo antes, para así no tener que usar la magia delante de los mortales. Mientras desayunaba, podría hacerlo.

—Buenos días Alyssa.

Cuando se percató de la presencia de la Diosa, abrió mucho los ojos y palideció de golpe.

Esta se levantó y sonrió a la joven humana.

—Veo que me recuerdas. Hola Noemí.

—Hace muchos años, pero sí, te recuerdo —musitó—. ¿Qué… haces… aquí? —preguntó con voz entrecortada.

—He venido a ayudaros, y a protegeros en la medida de mis posibilidades. Ahora que tengo que ocultar quién soy para estar en este Plano, solo podré mostrarme como una humana y no podré hacer uso de todos mis poderes —explicó con disgusto—. Necesitáis un hechizo de ocultación muy poderoso.

Noemí y yo nos miramos. Ella parecía estar completamente perdida.

—Puedes estar tranquila. Aunque todo esto parezca muy extraño, con la Diosa estamos a salvo —prometí.

Suspiró y asintió.

—Mi vida es extraña desde siempre. A estas alturas hay pocas cosas que me hagan sorprenderme de verdad —musitó con un débil tono de protesta.

Por poco me atraganté. Casi dejé de respirar en aquel instante. Esperaba que la Diosa no se ofendiera por aquel comentario. Dudaba muy en serio que Noemí fuera consciente de la terrible ira que podría acarrear el enfadar a un Dios.

Al contrario de lo que me esperaba, la Diosa compuso una sonrisa compungida.

—Siento haber trastocado así tu vida. Cuando todo esto acabe, podrás elegir renunciar a tu don si así lo deseas. Comprendo que no ha sido fácil —añadió con voz dulce.

Noemí permaneció unos segundos en silencio, asimilando sus palabras.

—Me salvaste cuando era niña. Creo que estoy aquí porque es mi destino, y debo aceptarlo —admitió con confianza y una pizca de resignación—. Gracias.

—Ser la Diosa del Destino no es sencillo, a veces tampoco es bonito, pero debéis saber que aunque vuestro camino está escrito, también podéis elegir. Siempre podéis decidir cómo llegar al final.

Su tono solemne nos dejó abrumadas a las dos.

Nos indicó que debíamos formar un círculo cogidas de las manos para hacer un ritual de protección y ocultación. Así no podrían localizarnos tan fácilmente cuando abandonáramos la seguridad de la casa.

Al cabo de unos segundos, nos separamos algo aturdidas. Hacer magia con una Diosa era algo fuerte y muy intenso.

—Debo irme a inspeccionar la ciudad. Vosotras debéis tomar un ritmo de vida normal mientras solucionamos nuestros problemas.

—¿Volveremos a verte pronto? —pregunté con curiosidad.

—Claro, intentaré estar cerca cuando me necesitéis. Podéis llamarme Dione cuando estemos entre humanos —expuso con una expresión divertida mientras se dirigía hacia la puerta.

—Dione, madre de Afrodita.

La Diosa miró a Noemí con orgullo.

—Así es, mi joven amiga mortal. Ya que debía adoptar una forma humana, me pareció adecuado escoger un nombre con algo de historia.

Noemí sonrió y Dione se marchó entonces. En silencio, bajamos a desayunar y a pensar en lo que haríamos a continuación. Retomar una rutina era imposible, porque yo aún no me había establecido una en este mundo. Me pareció adecuado estar cerca de Noemí para protegerla, así que iría con ella al trabajo y ya se me ocurriría algo. Servir copas en un bar no era algo que fuera conmigo, porque tenía entendido que las bebidas alcohólicas eran fuertes brebajes para los humanos, y los hacía cometer auténticas barbaridades, pero por lo menos no sería algo difícil. Yo era una poderosa bruja, por todos los Dioses; si podía aprender magia, pociones, hechizos, y decenas de idiomas diferentes, sería capaz de encontrar un trabajo y realizarlo como era debido. No podía ser tan complicado, aunque hubiera preferido que Noemí se dedicara a otra cosa… algo que no implicara a personas embriagadas por esas bebidas que los desinhibían de un modo incontrolable y los volvían irresponsables.

¿Qué podía hacer sino adaptarme?

Un primer paso era alimentarnos. Di gracias a la Diosa por mantener la cocina bien abastecida. Había toda clase de alimentos y utensilios, como también disponía de un armario lleno de tarros con cantidad de elementos y hiervas para hacer magia. Noté que esa parte de la cocina desprendía gran cantidad de magia, y era sin duda para que solo una bruja tuviera acceso a ella. Bien pensado.

Con la ayuda de Noemí, logré poner en funcionamiento la máquina de hacer café. Me sentía un poco torpe al olvidar ciertos detalles de mis estudios, pero necesitaría un período de adaptación para saber cómo usar todos esos cachivaches modernos. No podía evitar exasperarme; en mi mundo todo era más sencillo, y si bien podía hacer magia y acabar enseguida con todo esto, tenía que aprender a comportarme como una humana, eso era esencial. No podía ir por ahí lanzando hechizos para desenvolverme como hacía normalmente. Eso ya se acabó, refunfuñé para mis adentros.

Tomamos café y tostadas con mantequilla en silencio. Todo estaba delicioso, y la tranquilidad del momento era de agradecer, aunque no me haría ilusiones en cuanto a la paz que experimentábamos en este momento. El mundo estaba patas arriba, y en un serio peligro, y pronto debíamos prepararnos para lo que pudiéramos encontrarnos. Por la tarde me dedicaría a buscar en mis libros todos los hechizos que pudieran sernos útiles para protegernos de la magia negra, porque yo no estaba acostumbrada a luchar contra algo así, y mucho me temía, eso me pondría a prueba de un modo muy desagradable, y al menos, quería estar preparada. No estaba dispuesta a dejar un montón de víctimas y daños colaterales.

Allí sentadas, en un momento extrañamente confortable y un poco inaudito para mí, pude fijarme en Noemí, verla casi por primera vez. Desde que llegué todo había sido tan caótico, que apenas había reparado en los detalles menos importantes, pero ahora, teniéndola frente a mí, pensaba en lo mucho que me recordaba a mi mejor amiga. Una bruja de mi mundo, claro.

Era también muy hermosa, con el pelo corto que le llegaba por la mandíbula, de color casi negro y unos ojos color caramelo, tenía una expresión muy dulce e inocente, y sabía que era reflejo de su verdadero carácter, podía verlo y también sentirlo. Aunque apenas nos conociéramos, sabía que podía confiar en ella; podía entender de un modo más claro, por qué había sido elegida.



Acompañé a Noemí a casa, esperé a que hiciera sus quehaceres, se duchara e hiciera cosas de humanos. Con sinceridad, me sentí más inútil que en toda mi vida. Ella se encontraba en un estado muy melancólico y pensativo; supuse que por todo lo ocurrido, y por el tema de su esposo que me martirizaba cada vez que la miraba. No había mencionado el episodio de la noche anterior, pero pensaba en ello. Era muy consciente, pero de todos modos, quise dejarle espacio, así que permanecí allí sentada en su sencilla sala de estar, observando cómo era un hogar humano, tomando nota mental de todo cuanto pudiera servirme en el futuro.

Ella quiso hacer de comer en casa y descansar un poco después, ya que solía acabar tarde en su turno en el bar. Yo intenté hacer lo mismo en su sofá, que tan amablemente me ofreció, pero no podía. Estaba tan preocupada, que era incapaz de relajarme, así que cogí un libro de su estantería y me puse a leer. Era muy entretenido, se suponía que era una historia de amor, aunque algo trágica. Después de unas horas leyendo, lo acabé. Tenía facilidad para la lectura, aunque no estuviera acostumbrada a las historias que escribían los mortales. Sin duda tenían su encanto.

Cuando quise hacer algo de provecho mientras Noemí descansaba, me dediqué a recitar hechizos de protección en cada estancia de su casa, incluso en los alrededores. Salí al exterior y procuré ser discreta, ya que era un barrio bastante transitado. Había padres con sus hijos, y estos se entretenían con juguetes y vehículos llamados bicicletas. Parecían felices llevando una existencia tranquila y sencilla. Me pregunté si yo algún día podría llegar a eso en mi mundo. Me casaría y posiblemente tendría hijos, pero nuestras vidas iban encaminadas en un solo propósito. Solo teníamos una tarea que llevar a cabo, y las cosas cotidianas, sencillas y divertidas, no tenían cabida.

Al poco rato de estar fuera, mi corazón se aceleró al notar que el colgante me advertía de una presencia oscura cerca. No refulgía del mismo modo que la noche anterior, pero sin duda había alguien de quien tenía que cuidarme. Miré a mi alrededor y no supe averiguar dónde se escondía ese ser, posiblemente malicioso.

Fui al interior de la casa y me sentí algo mejor. No mucho cuando comprendí que alguien pudo habernos seguido, aunque era bastante probable que ya conocieran la casa de Noemí si llevaban un tiempo tras ella. Tendría que convencerla para que se trasladara conmigo de forma permanente. Luego intentaría hacerle notar que era la mejor opción que teníamos. Al menos hasta solucionar el problema de raíz, que seguro que sería más complicado de lo que imaginaba, pero no me daría por vencida. Eso nunca.



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