martes, 27 de mayo de 2014

Capítulo 5 de "Un viaje salvaje"

Y... continuamos, espero que os guste, animaros y comentad lo que queráis. 
Saludos.






5






Los siguientes días los pasamos todos juntos visitando la ciudad. Carmen tiene que estar trabajando en su estudio fotográfico y se disgusta al pensar que no puede pasar el día entero con Andy, me llama la atención que estén tan inseparables cuando apenas se conocen. Johnny y yo también lo estamos aunque por distintas razones. Candice no termina de creerse que nosotros salgamos juntos por el hecho de que acaban de presentarnos y se nota que recela de los motivos por los que permanecemos juntos todo el día.
A mí me parece de lo más normal su actitud, ya que ni yo misma me pondría a salir con alguien a quien apenas conozco, pero mi falso novio no se separa de mí aunque debo decir a su favor que es un perfecto caballero en todo momento. Es atento, amable y considerado; en ninguna ocasión hace alusión al beso que nos dimos ni intenta nada conmigo, lo que por una parte me alivia y por otro lado me decepciona. Está claro que para él no fue más que una actuación y aunque a menudo lo pillo desprevenido observándome con interés y con algo más que no consigo determinar qué es, procuro por todos los medios no hacerme ilusiones y recordarme que no es más que teatro.

El domingo estamos tomando café cerca de mi piso cuando noto que mi móvil está vibrando dentro del bolso. Tras disculparme, salgo de la cafetería pensando que es Carmen avisándome que sale antes, lo cual me viene bien para tomarme un descanso de las miradas de odio de Candice y Maya. “Estas dos me tienen harta” pienso para mis adentros.
Mi sorpresa es mayúscula cuando veo que es mi madre la que llama. Es muy raro que a media tarde esté libre y pienso que ha debido pasar algo. Contesto rápidamente y salgo fuera.
—¿Qué pasa mamá?
—Hola hija —me responde extrañada—, ¿qué pregunta es esa?
—Pues tú dirás, me extraña que me llames a esta hora, ¿no estás trabajando?
—En realidad no —dice. Se produce un momento de silencio—. Tengo que comentarte algo con respecto al piso.
“¡Vaya, tiene que ser eso!”, desde que mi padre me dijo que han pensado vender el piso en el que estoy viviendo -por ahora-, he tenido miedo de que me llamen y me digan que ya han encontrado a un comprador. Estoy segura de que esa preciosidad no estará a la venta mucho tiempo, pero deseo con todas mis fuerzas que al menos pueda estar las dos semanas que planeé quedarme, porque no tengo ningunas ganas de quedarme con mi madre. Siempre está fuera trabajando, sería un aburrimiento no poder invitar allí a nadie y tampoco poder tener la libertad que me da el hecho de tener mi propio espacio para ir y venir a mi antojo. Al estar saliendo hasta tarde cada noche, estoy convencida de que mi ritmo de vida actual no sería tolerado allí. Quedarme con mi padre no es una opción, porque además de que vive bastante más lejos, ahora tiene una nueva novia y no me apetece molestar, además de que sería un poco violento para ambas convivir sin conocernos siquiera.
—Me han llamado de la inmobiliaria. Antonio, uno de los agentes, va a enseñarlo esta noche —mientras habla, mi mente no para de dar vueltas a todo el asunto—. Hay una pareja interesada y al parecer, con el trabajo no pueden visitarlo en otro momento. Les he dicho que no hay inconveniente, pero deberías ir a arreglarlo un poco.
Su tono implica una orden y no una sugerencia. Uno de mis defectos no es precisamente el de ser una mujer desordenada, pero mi madre es una maniática de la limpieza y no soporta que haya una mota de polvo o que cualquier cosa esté mínimamente fuera de su sitio.
—Ya —es mi seca respuesta.
—¿Necesitas ayuda con algo? —me ofrece.
—No te preocupes —le aseguro. No puedo distinguir si tengo más ganas de gritar o de echarme a llorar. “Ambas cosas creo yo”—. Dime la hora y todo estará listo.
Y yo estaré fuera de mi propia casa. Claro que no es mía y empiezo a sentir que nunca lo ha sido. Tengo que olvidarme de mi precioso piso, que aunque ha estado vacío durante mucho tiempo, no puedo dejar de considerarlo mío.
Tras colgar, me doy cuenta de que solo tengo unas pocas horas para recoger un poco y limpiar lo que pueda haber dejado sucio. Soy consciente de que no tardaré demasiado, pero el solo hecho de tener que hacerlo para que unos desconocidos examinen cada rincón, me da náuseas.
Entro de nuevo y me acerco a la mesa que están ocupando mis amigos y me siento en silencio. De repente se quedan callados y observan detenidamente mi extraña actitud. Me sorprende que todos me miren de ese modo, hasta que Ellen tan amable como siempre, se interesa por el motivo por el que estoy tan seria. Enseguida intento disimular para que no se preocupen, ya que de todas formas no me imagino que ellos vayan a verlo como algo por lo que sentirse triste. Estoy segura de que mis amigos, que tienen varias casas y al igual que yo recorren el mundo alojándose en diversos hoteles, no entenderán el apego que le tengo a mi pequeño piso, el cual he dejado abandonado durante largas temporadas y que ahora estoy a punto de perder para siempre.
Apenas viví en él durante un año antes de irme a Santa Mónica de forma definitiva y varios fines de semana a lo largo de estos cinco años, pero por alguna extraña razón me está costando asimilar que pronto no será más que otro recuerdo. Llevo tiempo dándole vueltas a la idea de comprárselo a mis padres, pero no sé si estarán dispuestos a ello. No estoy muy segura de la cantidad de dinero que costará un piso como este en el centro de Madrid, pero seguro que puedo arreglármelas para administrar varias propiedades, contando con la mía al otro lado del océano.
La verdad es que debería decírselo cuanto antes, porque si la agencia toma una decisión y se vende pronto, poco podré hacer, aparte de lamentarme, y mucho.
—Mis padres van a vender mi piso y hoy viene una pareja a visitarlo.
—¿Es tuyo y lo van a vender tus padres? ¿Por qué van a hacer eso? —pregunta Johnny que está a mi lado.
—Me lo regalaron hace años, pero sigue estando a nombre de mis padres y ellos lo pagan, claro —les digo—. Mi padre… —¿cómo explicarles toda la historia sin dar demasiados detalles?— quiere comprar una casa con su nueva novia y como el piso está vacío la mayor parte del tiempo han decidido quitarse ese peso de encima.
—¿Venden tu piso para que tu padre se vaya a vivir con su amante? —pregunta maliciosamente Candice.
La miro con extrañeza y veo que Ellen y Matt se escandalizan. Ellos conocen toda la historia y aunque no saben que él pronto me presentará a su pareja, están al tanto de que mis padres están divorciados desde hace muchos años.
Le explican brevemente la verdad a Candice, que se queda decepcionada al saber que la situación es más normal de lo que a ella le hubiera gustado. Estoy segura de que le encantaría que mi familia se viera envuelta en un escándalo de talla mundial.
Recojo mis cosas y me levanto.
—¿Tienes que irte? —me pregunta Johnny mientras hace lo mismo y me rodea con un brazo.
Me he acostumbrado a su contacto y aunque sé que solo es una forma de hacer más creíble nuestra farsa, me gusta sentirle cerca. En este momento me reconforta enormemente tenerle a mi lado.
—Sí, necesito recoger algunas cosas —suspiro.
—¿Quieres que te acompañe? —me pregunta acercándose a mi oído.
—No sabía que te gustara limpiar y ordenar —digo bromeando.
—Me encanta, paso todo el día con una fregona en la mano —dice soltando una carcajada.
Todos observan atentamente nuestra conversación. Ellen y Matt nos miran fascinados y creo que intentan averiguar qué tipo de relación hay exactamente entre nosotros, ya que, aunque saben que no estamos saliendo, nunca me han visto acercarme demasiado a ningún hombre, lo cual siempre me ha venido bien, porque no puedo evitar pensar que el que tengo a mi lado ahora mismo puede ser mi perdición.
Candice y Maya se levantan y tras dedicarme una mirada de odio y envidia mal disimulada se dirigen al baño, donde muy posiblemente me pondrán más verde que la copa de los árboles en primavera. “Menudas arpías”, pienso.
Johnny y yo nos despedimos de todos y salimos a la calle. Caminamos en silencio unos minutos mientras nos acercamos a mi piso que no está muy lejos de allí.
Cuando entramos en el ascensor me siento bastante incómoda. Aquel reducido espacio hace que mi imaginación tome un camino que no es el adecuado, teniendo en cuenta que el objeto de todos mis deseos está apoyado en la pared opuesta de la cabina, a menos de un metro de distancia. Me observa con una expresión calculadora y me dan ganas de preguntarle a qué viene esa mirada suya, pero realmente dudo de que vaya a querer contármelo.
Al llegar a la tercera planta noto que me tiemblan las manos, tengo la llave en mi mano derecha y me da vergüenza que Johnny se dé cuenta de ese detalle, así que me acerco lo más rápido que puedo a la puerta y abro deprisa.
Dejo mi bolso y mis llaves en un pequeño armario de la entrada y me quedo quieta un instante. No me puedo imaginar que realmente quiera ayudarme con la limpieza y no se me ocurre preguntárselo siquiera, y menos aún sabiendo que mi dormitorio no está ordenado, así que le digo que se ponga cómodo en el sofá del salón mientras yo voy de un lado a otro revisándolo todo.
—¿No me vas a enseñar tu piso? —me pregunta con una sonrisa—. Es la segunda vez que vengo y aún no lo he visto.
Me da miedo lo que pueda pensar, aunque sé que es un espacio agradable, no tengo claro que Johnny, que está acostumbrado al lujo, pueda apreciar el encanto de un piso modesto aunque esté decorado con muebles de calidad. Todo es sencillo, sin demasiados adornos y muy práctico, aunque con pequeños toques de color aquí y allá, para que no sea aburrido. Desde luego el interior no tiene nada que ver con la arquitectura exterior. Es un edificio antiguo aunque muy bien restaurado y conservado, las reformas que hicieron mis padres hace años lo convirtieron en un lugar confortable y moderno, muy de mi estilo. Me dieron el gusto y pude elegir absolutamente todo lo que yo deseara, ya que iba a ser mi hogar. Pero soy consciente de que mis preferencia por lo sencillo, no son del gusto de todos. Mi madre siempre opta por algo más ornamentado y no le gusta mi decoración de líneas limpias y modernas. Cuando se terminó la reforma, solía decirme que parecía un piso de revista y no para vivir, a lo que yo añadía que eso no tenía nada de malo porque era lo que a mí me gustaba.
—¿Puedes esperar? Tengo que recoger un poco.
—Así que lo tienes todo patas arriba, ¿no? —me dice con esa voz tan sexy que tiene.
—Ni mucho menos —le respondo sonriendo— pero esta mañana lavé ropa y solo me dio tiempo de cogerla de la secadora, está todo encima de mi cama. Ya viste que Ellen me sacó a rastras de mi habitación esta mañana.
—Sí, cuando os escuché pensé que te estaba forzando a hacer algo… —dice con una risa diabólica. Deja la frase a medias arqueando las cejas con exageración.
Abro la boca por la sorpresa y sin poder evitarlo me echo a reír. Desde luego recordaba que cuando habíamos salido de mi dormitorio todos nos miraban con una extraña expresión y sobre todo Candice, que dijo textualmente: “Lo que hay que oír”. En ese momento no entendí a qué se refería, pero me habían escuchado decir: “No, no, no…“¡No hagas eso, suéltame!” una y otra vez, cuando mi amiga empezó a tirar de la ropa que yo tenía en mis manos y a dejarla esparcida de cualquier manera. Habían estado más de una hora burlándose a mi costa y yo ni siquiera me había dado cuenta.
—Qué gracioso —le digo poniendo los ojos en blanco. Me alejo negando con la cabeza.
Abro la puerta de mi vestidor y coloco la plancha encima de la tabla. Me gusta tenerla aquí para poner la ropa en sus perchas sin tener que llevarlas de un lado a otro y como tengo espacio de sobra porque es casi del mismo tamaño de la habitación principal, puedo dejarla fuera de la vista de las visitas como la que tengo en mi salón.
Al cabo de poco rato, está todo ordenado. Cuando entro en mi habitación, me fijo en que mi ropa interior está aún aquí. “Que desastre, Johnny podía haber entrado y haberlo visto…” Menos mal que se escucha la televisión en el salón, creo que estará entretenido un rato más, mientras acabo. Abro los cajones de un mueble donde guardo mis prendas íntimas. No me gusta mezclar toda la ropa, así que tengo un lugar separado para cada cosa, además de un armario solo para guardar mis zapatos.
¡Dios mío! Espero que no les dé por mirar dentro de los armarios cuando vengan a ver el piso…” pienso con un sujetador rosa en la mano. Debo llamar a mi madre para que, tanto el agente inmobiliario como la pareja, mantengan las manos alejadas de los armarios de mi habitación.
Me doy la vuelta y se me escapa un grito cuando veo a Johnny echado en el marco de la puerta mirándome con sorna. Haciendo un gesto con la cabeza, me señala lo que tengo en la mano y me pongo roja de la vergüenza mientras me giro, y guardo la prenda -que aún sostengo- en su lugar correspondiente.
—¿Te aburres o qué? —le pregunto casi gritando de la desesperación que me entra.
—No tengo ni idea de lo que acabas de decir —dice sonriendo.
Estoy tan alterada que he empezado a hablarle en español. Es una suerte que no lo comprenda, porque de repente me dan ganas de insultarle y llamarle de todo y ni se inmutaría.
—No he dicho nada —recapacito—. ¿Qué haces aquí? —le pregunto en inglés.
—Quería saber si te puedo echar una mano —dice a la vez que sostiene una prenda rosa en su enorme mano. Son las braguitas a juego con el sujetador que acabo de guardar.
—Dame eso —digo con furia tendiéndole la mano.
—Ven a por él —suelta riendo divertido mientras se lo pasa de una mano a otra—. Vamos —me reta con la mirada.
Me acerco a él e intento agarrar la prenda sin éxito. La sostiene en alto con una mano y como soy más baja que él no puedo recuperarla sin su cooperación.
—Deja de jugar como un niño —espeto indignada.
—¿No tiene ni un poquito de gracia? —pregunta muy cerca de mí.
Puedo sentir su aliento sobre mis mejillas encendidas. Noto que el pulso se me acelera y el calor se extiende por todo mi cuerpo en segundos. Él cambia su expresión y de repente parece que el juego se ha acabado… o se ha vuelto más peligroso, no lo sé.
Ya no hay burla en sus ojos.
Intento tragar saliva, pero se me hace difícil al notar su intensa mirada sobre mí. Sé que él también está sintiendo algo en este momento, porque respira con dificultad, aunque no soy capaz de distinguir cuál de los dos está más afectado por nuestra cercanía.
Baja ambas manos hasta dejarlas sobre mi cintura. Soy vagamente consciente de que algo resbala de su mano derecha y cae al suelo, pero todo carece de interés mientras noto su cuerpo tan cerca. Da un paso más hacia mí y nuestros cuerpos quedan totalmente pegados.
Un momento de lucidez en mi entumecido cerebro me hace recapacitar y pensar que lo que ocurre está fuera de lugar. No puedo dejarme llevar porque de un momento a otro el pánico me asaltará y volverá a suceder lo habitual. Las palabras: “No puedo hacerlo” escaparán de mis labios y todo cambiará. Como ocurre siempre.
Por alguna extraña razón, me siento cómoda a su lado, mi corazón late a toda prisa y percibo que mi deseo crece y crece. La razón me va abandonando por momentos.
—Me vuelves loco —dice con voz ronca junto a mi cuello.
Muerde suavemente el lóbulo de mi oreja y siento que me estremezco en lo más profundo de mi ser. Va dando pequeños besos por mi mandíbula hasta que en algún momento decide que ya ha dado bastantes rodeos y entonces me besa de verdad. En esta ocasión es más agresivo que la primera vez, no hay nadie observando y no lo hace para dar una lección a ningún ex novio. Lo hace porque lo desea y puedo sentirlo con cada contacto, cada respiración, cada latido.
Él también me está volviendo loca. Ahora mismo solo deseo que no se detenga jamás y ese pensamiento que cruza por mi mente me sorprende tanto que no sé si debo asustarme o sentirme aliviada por el descubrimiento.
Me sobresalto cuando se aleja unos centímetros de mí y con la mirada nublada por el deseo me sujeta por los muslos para que le rodee con mis piernas y quedar a horcajadas sobre él. Me agarro a sus hombros y él me sostiene fuertemente mientras me aprieta contra la pared y vuelve a besarme hasta casi dejarme sin aliento. Nuestras respiraciones y jadeos se mezclan y no tengo ni idea de quién de los dos está más entregado al otro.
Tira de mi pelo hacia atrás para besarme en el cuello y aunque mis sentidos están concentrados en un punto concreto de mi cuerpo en este momento, puedo sacar energías de alguna parte y respirar profundamente varias veces para recuperarme un poco.
Sus manos se mueven por mi cuerpo hasta recorrer cada palmo y cuando se detienen en mi pecho creo que me va a dar algo aquí mismo, noto un estremecimiento tan intenso que me hace gritar de forma entrecortada. Empieza a besarme de nuevo y siento que me separa de la pared y segundos después me echa sobre la cama para luego abalanzarse sobre mí.
Con manos expertas sube mi camiseta y desabrocha mi sujetador al mismo tiempo; pienso que si sigue así en pocos segundos no me quedará ni una sola prenda puesta. Por alguna razón inexplicable, estoy encantada con la idea y me propongo a hacer lo mismo con él. Paso mis manos por debajo de su camisa y le acaricio la espalda notando sus fuertes músculos. Voy subiendo la tela y me concentro como puedo en los botones de su camisa de algodón. Él me deja espacio suficiente pero sus besos no me facilitan la tarea. Cada vez que acaricio su abdomen noto que se estremece y cuando la desabrocho casi al completo aprovecho para acariciarle sin dejar ni un centímetro por explorar.
Se separa bruscamente de mí y se incorpora a medias, de un tirón termina de quitarse la prenda, con lo cual escucho que uno -o varios- de los botones saltan al suelo y se pierden en alguna parte. Cuando se deshace por completo de la camisa, se acerca lentamente hacia mí mientras me acaricia las mejillas y mira intensamente y con deseo mis pechos desnudos. Suelta un resoplido y pega su frente a la mía.
—Si no quieres continuar —me dice entre dientes, haciendo un esfuerzo para hablar—, dímelo ahora o no podré parar.
Con esa simple frase me derrito por dentro y unas terribles y poco oportunas ganas de llorar me invaden. Contengo las lágrimas como puedo, porque ha llegado el momento de hacer una confesión que estoy segura, hará que Johnny salga huyendo de mí para siempre.
Pero no puedo callármelo, dada la situación, tengo que hacérselo saber porque de lo contrario todo se descontrolará y no quiero eso. Deseo que sea algo especial y aunque estoy casi a punto de dejarme llevar, antes me toca soltarlo todo.
Me aclaro la garganta e intento respirar profundamente. Lo consigo a medias.
—Antes tengo que decirte algo —digo muy seria.
—Dime —me acaricia las mejillas con suavidad y me regala una de sus preciosas sonrisas.
Mientras me preparo mentalmente, creo que él puede notar perfectamente que me tenso debajo de él. Su mirada se torna preocupada y se aleja un poco para mirarme bien, entrecerrando un poco los ojos.
—¿Qué ocurre cariño? Me estás asustando —ve que hago una mueca de disgusto e insiste—. Por favor, dime qué te preocupa.
Su mirada es tan tierna que por un momento no recuerdo lo que tengo que decirle. Aunque no es algo que pueda olvidar con facilidad, ya que me atormenta en los peores momentos inimaginables y no es algo que una mujer, de veintinueve años, pueda ignorar fácilmente.
—Está bien, hay algo que debes saber antes de ir más allá —digo. Él asiente con la cabeza, instándome a continuar—. Yo… soy… —trago con dificultad y mi voz suena como un susurro por el miedo que encierran estas pocas palabras— soy virgen.
Se queda callado un instante y noto que tiene una mirada especulativa. Me río interiormente porque casi puedo ver cómo su mente intenta averiguar si digo la verdad o me estoy quedando con él. Sé que es algo como para sospechar en los tiempos que corren. Es raro que una mujer independiente como yo, nunca haya disfrutado plenamente del sexo en sus casi treinta años, pero ha sido algo que no he podido controlar. Nunca he tenido ninguna relación duradera como para que llegar a ese punto y la única que tuve, que duró casi un año ha sido mi peor pesadilla en ese sentido.
Algo me impedía dejarme llevar y entregarme por completo a Sebas y cada vez que estábamos a punto de hacerlo, me asaltaba un miedo irracional que me impedía continuar. No vi cómo una brecha invisible nos iba separando más y más, hasta que él decidió ponerle fin.
Johnny se incorpora y se queda sentado en la cama. Está muy serio y me siento tan vulnerable ante él que solo quiero echar a correr y esconderme. Con una mano agarro mi camiseta, que está cerca, y la uso para tapar mi desnudez con ella. Estoy tan avergonzada por mi confesión que desvío la mirada y sin poder evitarlo las lágrimas empiezan a brotar sin control.
—¿Lo dices en serio, no? —me pregunta con tono suave.
Le miro enfadada, aunque lo estoy más conmigo misma, por no poder controlar mis traicioneras lágrimas, haciendo que parezca una quejica delante de él.
—¿Tú qué crees? —le espeto furiosa.
—Está bien, perdona —dice con voz baja—. Me resulta difícil de creer que una mujer preciosa como tú nunca se haya acostado con nadie.
—Ya —le suelto con una risa amarga.
—Si te digo la verdad, no es la primera vez que dicen eso mismo —comenta pensativo—. Pero aquella vez… —se calla de repente y me mira desconcertado— lo siento, no quiero incomodarte.
Le sonrío. Este hombre que tengo delante es tan tierno, que casi no me lo puedo creer. Nunca lo hubiera imaginado de él. Siempre se ve tan extrovertido, bromista y directo, que no pensé que fuera tan sensible. Me hace gracia que piense que soy tan inocente. No soy ninguna niña como para no saber nada sobre sexo y crea que no lo he experimentado jamás.
Cuando estaba con Sebas, solíamos dejar volar nuestra imaginación, porque al comenzar nuestra relación, él se comportaba de manera comprensiva conmigo y quería darme tiempo para que me fuera acostumbrando a él. A menudo los preliminares le servían como distracción hasta que yo estuviera preparada para entregarme por completo y él estaba satisfecho con esa concesión, hasta que empezó a presionarme poco a poco y vio que no conseguiría lo que tanto deseaba. Sentí que me estaba obligando de alguna manera y no me resultaba nada agradable pensar, que lo único que quería era sexo, y no estar conmigo. Con cada negativa mía, supe que se iba alejando más y más, aunque me negara admitirlo, incluso ante mí misma. Pero tenía claro que mi momento llegaría y cuando estuviera lista lo sabría.
Claro que yo no me podía imaginar que cuando estaba más que dispuesta a compartir ese paso tan importante para mí, él iba a decirme adiós para siempre.
—Tranquilo —digo sonriendo—, no me molesta ni me incomoda hablar sobre sexo. Además —continúo con voz sugerente—, creo que es una buena terapia para mí.
—¿Sí? —me pregunta con un susurro.
Se acerca a mí y me besa suavemente. Separa sus labios y sonríe de forma casi imperceptible.
—La única vez que me confesaron algo así, la chica me mintió y fue todo un desastre —dice negando con la cabeza mientras sonríe ante el recuerdo—. La peor experiencia de mi vida, créeme.
Nos quedamos mirándonos y sin saber cómo, empezamos a reír sin poder parar. Estamos así unos instantes hasta que escuchamos el timbre de la puerta y las risas se apagan rápidamente. Me quedo seria y con un gesto rápido me pongo el sujetador mientras que con una mano sostengo la camiseta. Me acerco a la puerta nerviosa, aunque aliviada al ver que Johnny ha reaccionado mejor de lo que me esperaba.
—¿Quién es? —pregunto mientras termino de arreglarme. Me miro en el espejo de la entrada y veo que mi pelo está hecho un desastre.
—Soy tu madre.
¡Mi madre! ¡Mi madre! ¡Mi madre!”, grito para mis adentros. La situación no puede ser peor, ahora sabe que estoy junto a la puerta y si no abro enseguida notará que pasa algo. Solo se me ocurre decirle la verdad, aunque no todos los detalles.
—Espera mamá, me estoy vistiendo.
—De acuerdo, espero.
Entonces me doy cuenta de mi error colosal. Hay un hombre medio desnudo en mi habitación, debe de tener el pelo tan revuelto como el mío y estamos los dos solos en mi piso. Mi madre no tardará en comprender lo que estábamos haciendo aquí hasta hace unos segundos. Sacará sus conclusiones, que aunque no estarán muy desencaminadas, no pueden ser más inoportunas.
Entro corriendo en el baño mientras aviso a Johnny de la inesperada visita. Al cerrar la puerta veo que está sorprendido, pero no tan asustado como yo mientras se viste y se recompone. Yo termino de asearme y con un cepillo arreglo el desastre que se ha ocasionado en mi pelo.
Salgo lo más rápido que puedo y no veo a Johnny por ninguna parte. Lo encuentro en el salón mirando mis libros tranquilamente. Cuando me acerco a la puerta estoy nerviosa y pienso que es una tontería que me ponga de esta manera; mi madre seguramente imaginará que no es la primera vez que estoy con un hombre, sobre todo porque cuando salía con Sebas ella estaba loca de contenta y me decía una y otra vez, que había “pescado” a uno de los buenos. Sé que ella sueña con un buen matrimonio y una familia propia para mí y no entiendo cómo puede pensar así en este siglo, pero claro, yo no soy tan conservadora como ella para algunas cosas. Teniendo en cuenta que ella se ha casado y divorciado pocos años después, no consigo comprender que quiera eso para mí, de verdad que no.
La dejo pasar; me está preguntando si necesito ayuda con algo, cuando repara en la presencia inesperada que hay en el salón. Johnny se acerca a nosotras con tranquilidad y los presento:
—Mamá éste es Johnny Harrison, un amigo que ha venido a verme desde Estados Unidos. Te aviso que no habla español —le digo son una sonrisa—. Johnny —continúo en inglés—, ésta es mi madre, Amalia Cantero.
Se estrechan las manos y se produce entonces, un momento de silencio bastante incómodo. No sé qué decir y solo deseo que mi madre se vaya para poder acabar de recoger el piso sin que esté vigilando cada cosa que hago.
—Me está ayudando a recoger un poco —le digo a mi madre—, nuestros amigos están en una cafetería y cuando termine nos iremos con ellos.
—Muy bien —dice mirando con interés a Johnny, veo que posa su mirada en el cuello de la camisa de éste y cuando yo hago lo mismo me doy cuenta de qué es lo que ha llamado su atención—. Si no necesitas nada, me marcharé. A las nueve llegará Antonio con la pareja que viene a visitarlo. Yo estaré aquí con ellos y cuando se vayan te avisaré.
—Vale, gracias.
Sale por la puerta y suelto todo el aire que había estado conteniendo sin ser consciente de ello. Me vuelvo hacia Johnny.
—Que desastre, seguro que piensa que estamos saliendo —le digo con desesperación— en breve estará preguntándome desde cuándo estamos juntos, seguro que pronto contará los meses que faltan para una boda por todo lo alto.
—¿Qué hay de malo en eso? Mi madre también suele hacer esas cosas, pero no lo hace con mala intención.
—Ya claro, pero ella no te habrá pillado nunca en plena faena, ¿verdad? —le digo mientras le señalo con el dedo el descosido que tiene su camisa—. Se ha dado cuenta de que te falta un botón y estará pensando… en lo que habrá pasado antes de que ella llegara.
—Ah —es toda su respuesta. Mira los hilos sueltos y se encoje de hombros.
—Voy a ir a buscarlo y te lo arreglaré, espera aquí por favor.
—De acuerdo, aunque tampoco es para tanto…
Voy a mi habitación y lo busco por todas partes. Supongo que no es nada importante, quizás estoy algo nerviosa y nada más, pero no puedo evitar sentirme algo incómoda por la inesperada visita de mi madre y mucho más por lo que estábamos haciendo un rato antes.
No hay ni rastro del maldito botón. “¿Por qué tienen que ser tan diminutos?”, pienso.
Me doy por vencida al darme cuenta de que es inútil seguir buscando. Termino de recoger mi ropa y doy un repaso al resto de habitaciones antes de entrar en el salón.
—Johnny, no hay ni rastro del botón —le digo con preocupación.
—No pasa nada, además, creo que deberías llamarme John —dice—. Todos mis amigos más íntimos lo hacen —me guiña un ojo.
—No somos tan íntimos, apenas nos conocemos —aclaro con desconcierto.
—Bueno, después de lo que acabamos de hacer en tu cuarto, creo que podemos decir que nos conocemos bastante bien, ¿no crees? —dice poniendo una pose pensativa.
Su sonrisa y su descaro me están dejando bloqueada y se me hace increíblemente difícil pensar algo coherente.
—¿Y qué les diremos a todos cuando se den cuenta? ¿Crees que no harán preguntas?
—Les diré que me enganché con algo —dice sin darle importancia.
—Claro, con tu mano —le digo irónicamente, negando con la cabeza—. Bueno, no queda más remedio, ya que no consigo encontrarlo.
—Venga no es para tanto —me dice, al parecer muy seguro de eso—. ¿Estás lista para irnos?
—Sí, vamos.

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