domingo, 27 de agosto de 2017

¿Cuentos de princesas o princesas de cuentos? - Capítulo 2



Capítulo 2

  
—Qué feliz te has levantado, cariño —dijo mi madre cuando reparó en mi expresión de júbilo.

Me senté frente a ella y pedí café y tostadas. Con la misma eficacia que en todo lo demás, la doncella las sirvió con celeridad, y como cada día desde hacía algún tiempo, yo me serví el líquido humeante. No estaba incapacitada, y me encantaba demostrar que una dama también era capaz de tocar una cafetera de cristal sin que el mundo se acabara en ese preciso momento.

Ver la mueca de desaprobación de mi madre tampoco tenía precio por las mañanas.

—No deberías tomar ese brebaje lleno de cafeína.

Bien, ya empezaba con sus lecciones diarias.

—Buenos días a ti también, madre. Y solo es una taza. Va a ser un día muy largo y necesito algo fuerte. En las cafeterías lo preparan de todas las formas y son una delicia —dije tras dar el primer sorbo.

—Sabes que no me gusta que te codees siempre con tantos desconocidos. Para alguien como tú, es peligroso.

Tan pronto como oí sus palabras, mi mal humor cambió. Sabía que ella solo quería protegerme, y que después de lo que le pasó a mi hermano, su hijo, debía estar con el corazón en un puño cada vez que le decía que iba a salir de casa. Sin embargo, no podía vivir encerrada en mi torre de marfil. También ella debía entender que necesitaba poder respirar. Al igual que ella me hacía ver la tragedia, yo prefería mirarlo de otro modo: la vida era corta, y podía acabarse con relativa facilidad, de modo que había que disfrutar de cada minuto, porque nunca se sabe cuál va a ser el último.

Dejé la taza y miré a mi madre con una mezcla de ternura y determinación.

—Madre, no debes preocuparte —le pedí con suavidad—. Padre me tiene vigilada continuamente con su mejor escolta, y por cierto, Peter es muy bueno pasando desapercibido, porque a veces hasta me olvido de que lo tengo a cada momento pisándome los talones.

—No le llames por su nombre, suena muy vulgar, cielo.

Intenté no reírme, ya que a veces yo misma la irritaba a propósito. Mi madre necesitaba distracciones continuas, porque demasiado a menudo notaba que se volvía loca y nos volvía locos a los demás con su hiperactividad, y empezaba a creer que el día menos pensado, caería desmayada como una dama victoriana en medio de la calle. El gesto lo consideraría elegante, puesto que era una condesa, toda una aristócrata; sin embargo, el hecho de mancharse la ropa no se lo parecería tanto. ¿Y si alguien conocido la veía, o peor aún, y si una foto desafortunada del momento acababa en la prensa, en las páginas de sociedad?

Eso no podía permitirlo.

Preocuparse por mí, por mi buena educación y modales, e intentar convertirme en su joven princesa, le ocupaba el tiempo suficiente como para no volverse chiflada por completo y organizar la vida social de ella, y de cien personas a la vez. Yo lo hacía por su bien, por supuesto. No tenía nada que ver el que para mí también fuera una pequeña distracción divertida diaria.

También exasperante, claro, por sus constantes correcciones, pero ese era otro asunto.

—Bien, el señor Morris siempre está al tanto de mis actividades, y por lo tanto vosotros también, de modo que no hay que dramatizar tanto. Sabes que jamás me pondría en una situación que no pudiera manejar. Tengo mucho cuidado, te lo prometo.

—Sé que eres muy responsable, y una chica hermosa por dentro y por fuera —dijo con la voz teñida de emoción, lo que para ella era una gran demostración de afecto—. Tu padre y yo te consideramos nuestra pequeña princesa, y querríamos protegerte de todo el mundo.

Tragué un nudo que se formó en mi garganta y la miré a los ojos. Unos ojos azules iguales a los míos, afectuosos y a la vez llenos de fuerza interior, valentía, y a la vez vulnerabilidad. La adoraba. No quería decepcionarla jamás, pero con mi nuevo propósito en mente, cogí aire para infundirme ánimos a mí misma. Si quería ser independiente, ser la mujer en la que querría convertirme, debía empezar por ser capaz de conseguir mis objetivos, aunque ahora mismo no se trataba de nada especialmente importante, sino más bien un capricho que no pensaba dejar escapar.

—Mamá, ya no soy una niña. Tengo veinticuatro años, y soy una mujer. No podéis vivir con miedo constante porque me pueda ocurrir algo, porque no será así.

—Tú no puedes saber eso —interrumpió con voz quejica.

Solté un bufido muy poco elegante y mi madre frunció el ceño con delicadeza. Hasta para enfadarse tenía cuidado de no arrugar su sensible tez poco bronceada.

Cambié de tema, porque no quería verme envuelta en esas emociones que siempre trataba de reprimir, y que hoy no podía consentir que me arrastraran al abismo, y después de un poco de charla insustancial sobre nuestros preparativos para la noche, saqué el tema del viaje lo más suavemente que podía. Podría haber intentado encontrar un mejor momento, pero como sabía cuál sería su reacción, lo mismo daba que fuera ahora o dentro de un año. Me preparé para una negativa en rotundidad.

—Madre, Eliana me ha dicho que el mes que viene se irá de vacaciones a Estados Unidos —empecé hablando despacio, para que fuera calando la información en su restrictiva mentalidad—. Después de cuatro años, he pensado que yo también podría viajar, como hacía antes. Hace demasiado que no salgo de Londres.

Me hizo temblar el modo en que levantó su rostro, de un modo tan pausado, que casi parecía un vídeo a cámara lenta. Terrorífico.

Arqueó sus cejas y aguardó a que continuara. No me quedó más remedio que hacerlo. Cuando me miraba de aquel modo, como si intentara disimular que no sabía que estaba siendo manipulada, aunque a la vez, me decía que era muy consciente de ello, me asustaba.

Nunca sabía qué me iba a decir. Era mi madre, y empezaba a pensar que tenía un poder extraño, como el hacerme sentir la peor hija del mundo con solo unas pocas palabras. Ojalá hubiera heredado ese don, porque así me saldría con la mía en más ocasiones.

Además, yo no intentaba manipularla, solo allanar el terreno. Al final me iría, solo que ella aún no lo sabía.

—Me ha invitado a ir con ella —omití el detalle del alojamiento, porque si no era un hotel de cinco estrellas, o alguna de nuestras muchas propiedades, lo tomaría como un escándalo—. La verdad es que tengo muchas ganas de ir, porque quiero disfrutar de un verano diferente. No sé cuándo podré volver a viajar con todo el lío de la boda…

—¿A qué lugar concreto de los Estados Unidos?

—Chicago.

Carraspeó con suavidad y me observó con intensidad.

Empecé a ponerme nerviosa. No quería discutir con ella, pero iba a hacerlo si oía la inevitable negativa.

—¿Cuánto tiempo va a marcharse?

Ya empezaba a hablar en singular. Mal iba. Aunque sonara raro a mi edad, la verdad era que plantarle cara a mi madre, una mujer en apariencia dulce y sensible, era más difícil de lo que nadie podría llegar a imaginarse. Con mi padre, un negociador nato, era más sencillo.

Claro que él solo necesitaba una N y una O para zanjar el tema de forma cortante y definitiva.

—Madre, quiero irme de vacaciones con mi mejor amiga. Estaremos fuera un mes, y luego volveremos a nuestras obligaciones. Hace tiempo que mis viajes se terminaron por decisión tuya y de papá, y estoy cansada de sentirme atrapada aquí.

Mi voz se fue apagando. Aludir al tema de lo que le ocurrió a mi hermano, no era algo agradable, pero ese fue el motivo por el que me trataban de nuevo como a una niña, y debían ser conscientes de que para mí, eso era injusto. Igual que entendí su postura y su decisión, también debían entender, los dos, que soy una mujer que puede hacer las cosas por sí misma.

O al menos eso me gustaba pensar.

—No puedes marcharte ahora. ¿Vas a dejar solo a tu prometido para irte a un país lleno de personas rudas que no saben ni lo que son los modales educados?

—Madre, por favor. Si no puedo hacer nada ahora, ¿podré irme a final de año? —pregunté molesta.

Su mirada se volvió glacial, y supe que no era una buena vía para negociar mi viaje. Reculé, aunque algo tarde.

—Querría tener un poco de tiempo libre, porque más adelante no podré marcharme con los planes de la boda cada vez más cerca —me quejé.

No mencioné lo más obvio: que aún quedaba un año y medio para el gran día, si se le podía llamar así. Cada vez que pensaba en pasar el resto de mi vida con alguien que prefería quedarse en un despacho a hacer cosas divertidas conmigo, me entraban ganas de tirarme del pelo.

Saborear los pequeños placeres de las personas normales con vidas normales, como ir al cine, o a tomar una cerveza con amigos mientras veían los deportes, me habían abierto los ojos a un mundo nuevo, por completo distinto al mío.

Una nueva oleada de determinación me envolvió. Tenía que hacer ese viaje, y si mis padres se ponían pesados con negármelo, me escaparía. No deseaba darles un disgusto semejante, pero no me quedaba otra. Podía sentir que mi corazón latía deprisa ante la sola idea de pisar suelo extranjero por primera vez en años. Deseaba con ansias poder hacer cualquier cosa sin sentirme vigilada continuamente.

Intenté respirar con normalidad para evitar sufrir un ataque de ansiedad. ¿Tan difícil de entender era que a mi edad, quisiera pasar tiempo con mis amigos, fuera del círculo de siempre?

Mi existencia era tan aburrida últimamente, que me sentía una anciana. Mis padres tiraban de los hilos, y yo me dejaba llevar a galas, fiestas tediosas y eventos que solo disfrutaba si Eliana me acompañaba, porque podíamos criticar a la gente que iba y venía, tan rígida que parecía que llevaban un palo metido por el culo.

Cómo me gustaba su humor.

—Tu amiga puede hacer cuanto se le antoje, pero tú no eres como cualquier persona. Tienes grandes responsabilidades, y una imagen que conservar. Recuerda que lo que hagas, repercute en toda la familia, en el propio negocio de tu padre. ¿Quieres ver arruinado todo eso?

Abrí la boca como un pez. Cuando me di cuenta, la cerré y me mantuve en silencio. Claro que pensaba en ello, porque jamás podría olvidarlo. La gente se piensa que nacer con ciertos privilegios, le resuelve la vida, y una tiene el poder de hacer cuanto quiera, como quiera, y cuando quiera. La realidad era bien distinta.

Cómo entendía a la princesa Jasmín, de Aladino. Bueno, yo no soy de la realeza, pero al igual que ella, solo deseo volar libre. En un avión rumbo a América, a poder ser.

En ese momento se me ocurrió una idea. Podría cambiar de imagen, y fingir ser solo una turista más para no tener problemas una vez llegara allí. Nadie tenía por qué reconocerme, ya que tampoco es que sea famosa ni nada por el estilo. Sin embargo, ese miedo, comprensible por otro lado, que sienten mis padres porque me pudiera ocurrir algo, se acabaría si nadie sabía mi verdadera identidad. Volar con el jet privado de papá eliminaría otra parte del problema.

Otra cuestión era si bastaría para convencerles. Si no podía con mi madre, mi padre sería un hueso imposible de roer.

Qué impotencia.

—Madre, salir de Londres no fue un problema durante años. Siempre he sido responsable, y creo que he demostrado que soy capaz de mantener una imagen pública impecable. No voy a dejar que eso cambie —prometí con mi mejor cara de inocencia incorrupta—. Por favor. Cuando me case, todo cambiará. Solo quiero unas pequeñas vacaciones. No me va a pasar nada.

Dejé el sedal expuesto, esperando a que cayera y picara. No me decepcionó.

—Dos señoritas viajando solas a un país donde el vandalismo es tan natural como su desconcertante devoción por las armas de fuego —dijo con desprecio en cada una de sus palabras—. Jamás lo permitiré.

—Si eso es lo único que te preocupa, puedes enviar a Pet… al señor Morris con nosotras. No me hace gracia, pero entiendo tu preocupación —aludí con mi mejor tono comprensivo.

Dejó la taza de té a medio camino de sus labios y me escrutó. Sabía que le tendí una trampa y que había caído sin remedio.

Negó con la cabeza, tomó un sorbo y dejó la taza sobre el platillo con suavidad.

—Ya te he dicho lo que pienso y no cambiaré de opinión al respecto. Consulta con tu padre el tema si lo deseas, pero dudo que él te dé la respuesta que buscas.

Zanjó el tema de tal modo que hasta me dolió.

Al mismo tiempo que ella pensaba que todo estaba dicho, mi determinación aumentó. No iba a dejarlo así como así. De eso ni hablar.

—Ni esta noche, ni tampoco mañana, tengo intención de sacar el tema de nuevo —aseguré para que se quedara tranquila al menos unas horas—, pero lo hablaré con él, por supuesto.

Sabía lo cabezota que era desde que nací, como también esperaba que dejara el tema de una vez. Llevaba demasiado tiempo saliéndose con la suya en todo, pero esto lo deseaba de corazón, y no pensaba rendirme. Jamás.


A las ocho de la tarde, ya estaba lista para la celebración. Mi pelo recogido en un moño elaborado, era el colofón del resto del conjunto; llevaba el vestido verde de tirantes con la falda vaporosa haciendo hondas a mi paso, tenía puestos unos pendientes, colgante y una pulsera de diamantes, y un maquillaje muy sutil. Mis sandalias de tacón grises con piedras brillantes, repiqueteaban en el suelo de mármol, cuando bajé la escalera enmoquetada, y luego al llegar al primer piso.

Me sentía maravillosa por fuera, preciosa y sofisticada, y sin embargo, por dentro, estaba furiosa, y triste por el hecho de que mi madre no hubiera sido capaz de cerrar la boca con el tema del viaje. Al menos hasta después de que todo se tranquilizara. Era la noche de mi padre, y mañana un día en el que solo quería recordar a mi hermano. No lo entendía.

Mi padre me dio un beso en la mejilla cuando me dirigí a la entrada de casa para recibir a nuestros invitados, y me habló bajito para que el personal del servicio y los de seguridad no nos oyeran.

—Tesoro, tu madre me ha hablado de ese plan espantoso que tienes para julio. No me parece una buena idea que viajes a Estados Unidos sin nosotros, y menos si no es para quedarte en Nueva York, en nuestro piso. Es un país peligroso para dos jóvenes hermosas como vosotras. No deberías haberlo pensado siquiera.

—Papá, te aseguro que quise esperar a pasado mañana para hablar del asunto con tranquilidad —solté entre dientes—. No tengo intención de visitar todo el país en busca de aventuras, solo de viajar unos días con una amiga, y pasarlo bien. Necesito unas vacaciones; un tiempo para mí.

Mi voz había sonado quejumbrosa, y creo que en ese momento mi padre notó qué era lo que me ocurría. No dijo nada, y no me soltó una prohibición como habría sido lo normal en él cuando algo no le gustaba en absoluto.

Su mirada era tierna, sus ojos castaños, dulces.

—Puedes dejarme tu jet y a mi guardaespaldas particular, y sabrás dónde estoy y qué hago en todo momento. Solo… no me digas que no —le supliqué con la voz quebrada.

Noté que en ese momento se ablandó por completo. Una pequeña sonrisa asomó a la comisura de sus labios, y supe que había ganado la batalla.

Mi padre, ese hombre poderoso, rico, y con una voluntad de hierro, que ostentaba un título nobiliario y no era conocido por ser un blando en los negocios, estaba a punto de caramelo.

Es decir, hasta que nuestro mayordomo abrió la puerta y por ella apareció Bryan, y por su expresión dura, supe que iba a tener que luchar contra ese inquebrantable muro que no cedería. Giró su mirada hacia mi izquierda y mi madre hizo acto de presencia. La complicidad entre ellos era más que evidente.

Genial, había sido ella la que le había llamado para contárselo, y por otro lado, ¿quién más podría ser?

Qué fiesta más larga iba a resultar. Menos mal que Eliana no tardaría en llegar, o no sería capaz de soportarlo.


¡Disfrutad de la lectura!


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