domingo, 27 de agosto de 2017

¿Cuentos de princesas o princesas de cuentos? - Capítulo 3



Capítulo 3

  
Como el galán que solía interpretar que era, cuando así lo deseaba, Bryan se acercó a mi padre, le saludó con un varonil apretón de manos y luego besó en la mejilla a mi madre, que hasta se sonrojó cuando este piropeó su gran belleza. Bueno, no era un halago en vano, ya que ella llevaba un vestido de gala dorado impresionante. También se había recogido el pelo con maestría gracias a nuestra peluquera particular, y lucía como una reina.

En último lugar, se acercó a mí y plantó un frío beso en mi mejilla. Cuando lo deseaba, se comportaba como un idiota. Susurró algo en mi oído que provocó que un escalofrío me recorriera. Y no en el buen sentido.

—Tengo que hablar contigo sobre esa locura de viaje que no puedo permitir que lleves a cabo.

A ojos de cualquiera, parecería que eran los gestos de una pareja normal que se iba a casar, pero sus palabras se clavaron en mi corazón como puñales. ¿Quién se creía que era para darme o no permiso para hacer algo?

Que lo hicieran mis padres, bueno, podía entender que tenían cierto poder sobre mí porque vivo en su casa, pero Bryan no gozaba de ese privilegio. Y mucho me temía que si ahora se tomaba la libertad de prohibirme cosas, más adelante, cuando nos uniera un papel legal, todo iba a empeorar. Al menos para mí. Él estaría encantado de seguir con sus asuntos como siempre.

¿Cómo discutir con alguien que tiene a mi madre de su lado? Yo tenía todas las de perder.

Forcé una sonrisa falsa y allí me quedé, junto a él y a mis padres, y varios miembros del servicio y de seguridad que se mantenían en un segundo plano, dando la bienvenida a los cientos de invitados que eran guiados hacia el gran salón de celebraciones.

Trajes elegantes, vestidos despampanantes llenos de brillantes, y muchas caras conocidas que solo sabían sonreír de manera suave para no arrugarse el cutis, y cuyo tema de conversación iba sobre negocios, totalmente incomprensibles para mí, o sobre los últimos cotilleos y escándalos de personas que solo se hallaban a pocas sillas de distancia.

Ese era el mejor resumen que podía hacer de las fiestas a las que solía asistir más de lo que quisiera. Existían otros modos de verlo, claro, como la de aquellos a los que estos eventos le parecían un sueño, repleto de personajes extraordinarios y en un lugar en el que reinaba la elegancia. El que guardaba en mi interior, solo para mí misma, era que todo aquello era como un cuadro bonito al que me gustaría observar a distancia. A mucha distancia; mientras hacía cosas divertidas con personas normales cuyos intereses no eran superficiales y materialistas.

Estaba harta. Y sentí deseos de llorar allí mientras dejaba que mis conocidos me besaran la mejilla que ya empezaba a sentir hormiguear.

Bryan me tendió su brazo para caminar juntos cuando todos los invitados aguardaban nuestra llegada. No dijo ni una palabra, y yo tampoco. Mis ánimos eran cuestionables, y a su lado, en lugar de sentirme apoyada, me sentía impotente. Tragué un nudo que se formó en mi garganta y traté de fingir que no me llevó de la mano para evitar que estuviera unos minutos esperando a Eliana.

Como las dos éramos conscientes de cómo eran estas interminables recepciones, habíamos hecho un trato: ella llegaba a última hora, y yo esperaba su entrada para así aparecer juntas. Nos ahorrábamos más de una hora de conversaciones aburridas y miradas condescendientes.

De verdad, si las películas de época reflejan una fiel realidad de entonces, la aristocracia londinense no había cambiado tanto como me gustaría. Yo era una excepción, y me sentía orgullosa, sin embargo, a mi alrededor aún había cosas que querría cambiar.

Como lo que creía que estaba a punto de pasar.

—Querida Daisy —empezó con una voz tan dulce como la sal. Siempre lo hacía cuando según él, mis actos no reflejaban mi verdadera personalidad—, me encantaría poder decirte algo que te sacara esa idea espantosa de la cabeza.

—¿A qué idea te refieres?

No le estaba mirando a la cara, pero sabía que sus ojos grises se habían tornado furiosos como una tormenta desatada, y hacía un gran esfuerzo por mantener su rostro inmutable. Su cara de póker era pésima; menos mal que no jugaba. O eso decía.

—No juegues conmigo. Sabes muy bien a qué me refiero —masculló en voz baja.

Mi padre estaba sentado a mi izquierda, presidiendo la mesa principal, y por completo ajeno a nuestra conversación. Mi madre, frente a mí, nos observaba mientras a su lado, la duquesa McLeod les hablaba de algo a los dos. Bryan estaba a mi derecha, y el duque a su lado, de modo que solo podíamos hablar en susurros. Era incómodo y un fastidio total. Sobre todo porque Eliana estaba a punto de llegar y debía levantarme de la mesa, causando curiosidad generalizada.

—Lo cierto es que sí sé muy bien a qué te refieres —dije en voz baja, impulsada por un arrebato de furia que no sabía de dónde había salido—. Y solo me gustaría decirte que espero que no notes demasiado mi ausencia cuando no esté. Seguro que tus muchas actividades te mantendrán ocupado treinta días. Cuando vuelva, seguiremos con los planes de boda. No voy a irme a la guerra, solo a pasar tiempo con una amiga. Y ahora si me disculpas, voy a dejarla pasar a esta increíble fiesta.

Eso último lo dije en voz alta para que todos me oyeran. Mi padre me miró divertido, y asintió antes de lanzarle una mirada de advertencia a Bryan. Aunque no oyó nuestras palabras, me conocía demasiado bien, y sabía que algo me había disgustado.

Casi podía sentir cómo mi prometido se encogía por dentro. No había nadie que le diera más miedo, y respeto, que mi padre.

Fui hasta la entrada sonriendo, sintiéndome poco madura por regodearme.

Nuestro mayordomo, el señor Baker, miró el reloj de pared y me dirigió una mirada expectante. Eliana era puntual siempre, como todo buen inglés.

El llamador sonó cuando el reloj anunciaba las nueve en punto.

Abrió la puerta con su mano enguantada y allí estaba mi amiga. Ataviada con un vestido plateado de encaje y pedrería, estaba más elegante que yo. La abracé y le pedí que dejara el chal a Baker. Quería que exhibiera su preciosa figura, y esos hombros delicados que tenía al descubierto. Estaba guapísima.

—No sabes lo feliz que estoy de verte. Bryan acaba de enterarse de nuestros planes —solté a tiempo que ella me observaba con los ojos muy abiertos a causa de la sorpresa—. Y antes de que digas nada, sí, está muy disgustado.

—No parece que eso te moleste —comentó mientras caminábamos a paso lento hacia el salón.

—Lo cierto es que me divierte. Piensa que voy a dejar de ir porque la idea no le guste. Pues está muy equivocado —musité en voz baja.

Eliana se rió por lo bajo y caminó a mi lado para que la acompañara a su lugar en nuestra mesa. No estaba a mi lado porque la fiesta debía respetar ciertos aspectos del protocolo que ni yo podía saltarme, pero al menos conseguí que estuviera cerca, y junto a Chastity Kennedy, hija de uno de los socios de mi padre, que no poseía título alguno, pero sí una gran fortuna que le daba estatus social. Su marido, Gabe Hamilton, no era un aristócrata común. Tampoco tenía un título nobiliario, pero su familia era muy popular, y era tan antigua como la propia monarquía. Poseía más riqueza y propiedades que muchos de los asistentes. Y ese no era su mejor rasgo, ni hablar. Era el hombre más cariñoso y atento de cuantos había conocido. Le gustaba pasar tiempo con su preciosa mujer, y ahora que estaba embarazada, la trataba como a una diosa.

Bromeábamos con ella a menudo porque era la mujer más consentida de todo Londres. Lo que no era una broma en realidad. Le regalaba flores continuamente, la llevaba a cantidad de sitios divertidos y eran una de las mejores parejas que conocíamos. Creo que incluso mis padres estaban en segundo lugar. Ellos se querían, claro, pero eran más corteses que cariñosos.

Las efusivas demostraciones de afecto no eran normales en mi mundo. No sabía si alguna vez me acostumbraría a ello, claro que no me quedaba otro remedio. Muchas veces me preguntaba cómo de diferente sería haber nacido en otro tipo de ambiente familiar, con mis padres, pero en un entorno diferente, no tan lleno de normas y restricciones. Tal vez con una condición y riquezas de la clase media.

¿Habría sido más feliz? No tenía ni idea.


Volví a mi lugar y la cena dio comienzo a los pocos minutos. Me centré en la comida para no soportar las miradas de soslayo de Bryan. Estaba muy disgustado con mi comportamiento, y estaba segura de que pronto encontraría el modo de hacérmelo notar. Eso le encantaba.

Para un hombre como él, tenerlo todo era fundamental, y era muy consciente de que no me quería, sino que había aceptado el compromiso por el hecho de que algún día, él heredaría el título de mi padre. Seguía pareciéndome muy machista el que recayeran sobre el sexo masculino, la mayoría de las veces. Mi hermano habría sido conde, uno de los buenos, pero como ya no estaba, mi futuro marido sería el que recibiera el premio, como muchos consideraron en su momento. Mis padres tenían en su punto de mira al futuro patriarca de la familia Olson, pero eso no disminuyó las esperanzas de algunos ricachones que consideraron que yo era un buen partido. No es que me considerara fea, pero que me quisieran como esposa solo por el dinero, bueno, eso hacía sentir muy poco deseada a una mujer.

Gracias a mamá, siempre me imaginé que un atractivo caballero me encontraría, me miraría a los ojos, y desde ese momento, bebería los vientos por mí, sin reparar siquiera en el hecho de que iba a ganar mucho más que una esposa cuando se llevara a cabo el matrimonio.

Menudos sueños tenía hace años. Y lo peor era que aún tenía fantasías por el estilo. No creía que tuviera nada de malo que me pudiera enamorar de alguien que se enamorara de mí, y no de la economía familiar. Solo había un problema de los grandes. No estaba libre. Literalmente no lo era, ni me sentía así nunca. Tal vez cuando mi hermano era responsable de su parte del negocio de mi padre y yo solo era la segunda hija, me sentí más independiente cuando hace años, viajé por Europa, pero ahora, digamos que quedaba relegado a un vago recuerdo.

Acabada la comida, llegaron los discursos alabadores para mi padre y su compañía. Los directores hablaron, sus socios más importantes, y cómo no, también lo hizo Bryan.

Se levantó y puso una mano sobre mi hombro, lo que para algunos parecería un gesto cariñoso, yo sabía lo que era en realidad: una declaración de posesión.

—Mi querido Edwin, futuro suegro —añadió, lo que hizo reír a la gente, y no supe por qué—. Hablo en nombre de tu preciosa hija y en el mío, para desearte muchas felicidades por tu magnífica trayectoria en este mundo difícil. Siempre sabes hacer y decir lo correcto —noté entonces una mayor presión en mi hombro y miré a Bryan. Un brillo malicioso intencionado captó mi atención. El mensaje era para mí. Menudo capullo—. Sabes actuar con templanza, con racionalidad y sentido común cada momento, y por ese motivo has llegado a lo más alto. Espero estar a tu altura algún día.

Qué fanfarrón. Todo el mundo sabía que él se haría cargo de la empresa algún día, pero últimamente, lo recalcaba cada vez que tenía ocasión.

Forcé una sonrisa para los cientos de ojos que estaban fijos en nosotros, y aplaudí a la vez que los demás. Tuve la mala suerte de mirar hacia el fondo y ver la mala cara que tenía Eliana. También se había dado cuenta de las intenciones de Bryan, pero creo que fuimos las únicas. El resto le adoraba, y si no le conociera, haría lo mismo.

Bryan era muy atractivo físicamente, con su pelo castaño corto peinado hacia atrás, sus ojos grises y su mandíbula cuadrada. Era alto, esbelto, elegante y directo. Mis padres le adoraban, y pensaban que era el perfecto caballero que me haría feliz, pero eso pensé yo al principio, antes de darme cuenta de que en realidad, jamás tenía gestos románticos o solo atentos conmigo. Al principio sí, por supuesto, porque debía camelarse a mi familia, pero una vez conseguido el compromiso, todo se acabó. Tardé en darme cuenta porque había tenido pocas relaciones adultas duraderas, y solo con el tiempo, empezaba a echar en falta cosas que no tuve jamás. La razón era que algunas mujeres gozaban de esas atenciones en sus relaciones, e incluso Eliana, que tampoco había tenido muchos novios durante largos períodos de tiempo, pero que sí tuvo la suerte de recibir regalos, por pequeños que fueran, que le sacaban una sonrisa. Y mejor no hablar del sexo.

Cualquier pareja disfrutaba de lo que yo tenía restringido. Menudo chasco. En lugar de tener un novio con el que poder compartir intimidad y esas experiencias tórridas y salvajes de las que había oído hablar, me limitada a eso, escucharlas, y leerlas en las novelas románticas.

Poco podía hacer ya para remediarlo, aunque algo sí era una certeza. El día uno de julio estaría subida a un avión rumbo a la aventura. Nadie me lo iba a impedir, ni los discursos con doble sentido de Bryan, ni los intentos de sabotaje de mi madre.

Si mi padre estaba medio convencido ya, había una posibilidad de éxito. Iba a agarrarme a ella como a un clavo ardiendo.

Cuando llegó la hora del baile, mi padre lo inauguró con mi madre como era tradición. Luego bailé con él, y acto seguido, este le cedió el turno a Bryan. Habría preferido bailar con Eliana para ser sinceros. No un vals, claro; eso habría quedado extraño, pero en cuanto mi prometido puso sus manos sobre mi cuerpo, temblé. Y no como me habría gustado.

Su mirada verdosa me taladraba, porque estaba claramente enfadado conmigo.

Casi sentí alivio de verle experimentar alguna emoción. Casi, porque esta vez no era una agradable, y encima iba dirigida a mí.

—¿Has hablado ya con tu amiga para decirle que no puedes ir con ella?

—Bryan, no puedes decidir qué puedo o no puedo hacer. No soy una niña, y no soy tuya. Al menos aún no.
Me dedicó una sonrisa que me dejó helada. Era espeluznante y no sabía por qué. Había algo en ella que carecía de humor y de dulzura. No podía explicarlo.

—Cuando seas mía, todas estas tonterías se acabarán. Te lo prometo —masculló con una voz dulce por fuera, y acerada por dentro.

Quise alejarme de él, pero no me lo permitió. Sonrió para que nadie sospechara, y sus brazos siguieron aferrados a mí como el acero, en su lugar debido, pero inamovibles. Sentí deseos de llorar. ¿Qué le pasaba?

Intenté aparentar una valentía que no sentía en estos momentos.

—No creo que te guste que mi padre se entere de tu comportamiento conmigo.

Una risita genuina escapó de sus carnosos labios que una vez me parecieron perfectos para besar.

—No digas tonterías, querida. Tu padre pensaría que solo lo dices porque estás disgustada por no salirte con la tuya.

Se le veía tan satisfecho, que sentí unos deseos irrefrenables de bajarle esos humos que tenía.

—Si de verdad crees que puedes impedirme hacer este viaje, es que has sobreestimado tus habilidades de vendedor. Pienso ir, y nadie en este mundo será capaz de conseguir lo contrario.

Pude ver que se sentía insultado con eso de “vendedor”, ya que ambos éramos conscientes de que mi intención fue llamarle manipulador nato, y porque en la realidad, él era mucho más que eso, y quería llegar a lo más alto, nadie podría pensar que no ansiaba tocar el cielo.

—Ya lo veremos.

Se lanzó a por mis labios y mi primera reacción fue rechazarle con un guantazo. Menos mal que me di cuenta a tiempo del lugar donde estábamos. Me dejé llevar para intentar acabar lo antes posible, y cuando pude recuperar el aliento, sonreí al escuchar risitas por lo bajo.

Fue mi peor beso con diferencia. No había recibido muchos en mi vida, pero aquel había sido una clara demostración de su poder sobre mí.

Menudo ingenuo, pensé.

Como que el cielo era gris en Inglaterra la mayor parte del tiempo, nadie iba a decidir por mí en este asunto.




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