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viernes, 31 de julio de 2015

Nunca olvides - Reeditado

A partir de ahora podréis actualizar el archivo de vuestro dispositivo kindle para leer mi primera novela reeditada. Espero que os gusten los pequeños cambios que he hecho, y el regalito que hay al final...

Aprovecho para anunciaros, que estoy escribiendo la segunda parte de la serie, una novela independiente, pero ligada a esta historia. Pronto os daré a conocer a los protagonistas...




Y os dejo el book tráiler:




viernes, 10 de octubre de 2014

Capítulo 2 de "Nunca olvides"



2


Sara abrió los ojos cuando sonó el despertador de su mesilla. Tenía dolor de cabeza y la boca un poco seca, y entonces se acordó del vino que estuvieron tomando juntos hasta altas horas de la noche. Cogió su camisón y se lo puso. Se dirigió directamente al cuarto de baño y cuando salió se dio cuenta de que Alex estaba dormido. Le encantaba observarlo tan relajado y tenerlo tan cerca, porque al parecer era la única forma de que sus preocupaciones desaparecieran, al menos de momento.
Bajó a preparar café y mientras la cafetera trabajaba volvió a subir al dormitorio y entró en su vestidor procurando no hacer ruido al pasar junto a la cama.
El día anterior no se acordó de elegir la ropa adecuada para visitar a sus padres y amigos, así que escogió un vestido que le encantaba. En realidad había sido una elección de Paula. La semana anterior habían ido juntas de compras y después de su tremenda insistencia y como sabía que su amiga tenía muy buen gusto para la moda, no lo dudó por mucho tiempo y lo compró.
Era de color rosa claro y tenía un escote asimétrico que dejaba un hombro al descubierto. Llevaba un fino cinturón de un tono más oscuro que quedaba por la cintura y la falda tenía el volumen adecuado para que no se ciñera demasiado a sus piernas.
Era perfecto para ponerse el colgante que le regaló Alex la noche anterior, buscó la caja que había dejado entre su ropa la noche anterior y deslizó el precioso colgante por su cuello.
Una vez vestida, Sara se acercó a la cama para despertarle y suavemente le rozó la cara con los dedos. Alex abrió los ojos y frunció el ceño.
A Sara se le escapó una risilla porque parecía confuso o enfadado, posiblemente ambas cosas. Se imaginó que podría estar soñando con algo en ese momento.
—Buenos días. Son las doce y media —informó.
—Muy temprano —se dio la vuelta y murmuró algo incomprensible.
—¿Estás bien? —Se dio cuenta de que estaba más gruñón que de costumbre—. Estoy haciendo café. Y tenemos que salir ya mismo, nos esperan a la una y media.
—Ya me levanto —se incorporó despacio y malhumorado. Se metió en el baño farfullando en voz baja.
Sara desalentada, tenía que terminar de arreglarse así que decidida a no empeorar el mal humor de su amado entrando en el baño con él, bajó rápidamente la escalera y se dirigió al aseo de su despacho.
 Había escogido una de las habitaciones de la planta baja para tener su espacio propio y poder trabajar desde casa. Estaba junto a la cocina y tenía vistas al jardín trasero donde además estaba la piscina cubierta.
Cuando creyó que Alex estaría ya en la cocina salió para tomar café con él. Pensó que de ese modo tendría tiempo de preguntarle cómo iba en el trabajo, ya que hacía semanas que no tenía noticias sobre su búsqueda de personal.
Cuando salió de su despacho se lo encontró bajando la escalera con un pantalón vaquero y una camisa blanca. Estaba tan guapísimo como siempre, daba igual lo que se llevase puesto. Incluso con el pijama y su pelo oscuro revuelto parecía un modelo de revista. A Sara se le hizo la boca agua y observó la agilidad con que movía su escultural cuerpo.
Alex llevaba en la mano un jersey verde de un tono más oscuro que sus ojos, y lo dejó en uno de los sofás del salón antes de entrar en la cocina. Se sentaron en los taburetes uno al lado del otro y estuvieron en silencio unos instantes.
Sara decidió que era el momento de intentar hablar con él de nuevo.
Pensó que era mejor interesarse por su trabajo que hablarle de lo que le preocupaba realmente. No le gustaba pensar en la posibilidad de que él no quisiera pasar tiempo con ella y a menudo descartaba la idea porque le dolía demasiado que pudiera ser verdad. Pensó que ella también estuvo demasiado centrada en el trabajo cuando entró en la empresa de su padre y Alex nunca se lo reprochó.
—¿Qué tal te ha ido últimamente? —Alex se quedó quieto con la taza del café en la mano y la volvió a dejar en la encimera. Volvió la cara y Sara se sorprendió porque parecía perplejo por la pregunta— En el trabajo —aclaró Sara.
—Muy bien. ¿Por qué me lo preguntas?
—Tenía interés. Me dijiste que te habían pedido más horas de entrenamiento, ¿has encontrado ya a alguien que te ayude?
—Conozco a uno que quiere asociarse conmigo, pero me lo estoy pensando —no parecía muy convencido mientras se frotaba la frente con las manos.
Sara se inquietó, sabía que solía hacer eso cuando no quería hablar sobre alguna cosa.
—¿No era eso lo que necesitabas? Así podrías tener algún día libre durante la semana.
Sara pensó que se estaba pasando con el interrogatorio al escuchar el resoplido de impaciencia de Alex. No sabía por dónde iría la conversación y no tenía ganas de más preocupaciones, al menos ese día. Se dijo a sí misma que ya mejoraría la situación. Si Alex no encontraba a nadie con quien compartir las responsabilidades de llevar el gimnasio, que no fuese uno de los monitores que ya trabajaban para él, ella podría encontrarle a alguien.
Terminaron de tomar el café y se dio cuenta de que aún estaba esperando la respuesta a su pregunta. Como parecía pensativo decidió que lo dejaría de momento, pero no le hacía gracia que las conversaciones se quedaran a medias. Creyó que Alex podría tener algún problema y no querría preocuparla. Sabía de sobra que ella también estaba muy liada con la boda y la reforma de la casa.
Salieron de la cocina y mientras Alex recogía las llaves del coche y el jersey que había dejado en el salón, Sara se acercó a recoger su bolso y el móvil que estaban en su despacho. Tenía que avisar a sus padres de que ya iban de camino.
La urbanización donde residían sus padres también se encontraba en la zona norte de Madrid. No vivían lejos y apenas tardarían veinte minutos en estar allí, pero Sara siempre repetía ese ritual antes de ir.
Mientras hacía una llamada rápida a casa de sus padres se acercaron al garaje y se dio cuenta, por la expresión de Alex, que estaba un poco inquieto. Tecleaba algo en el móvil antes de subir a su coche y Sara sospechaba que, o bien tenía muchas ganas de llegar, o no tenía ganas de ir en absoluto.
Sabía por experiencia que no se divertía mucho en las comidas que preparaban sus padres, pero como cada mes organizaban una como mínimo ya debía de haberse acostumbrado. Normalmente invitaban a algunos compañeros de la profesión y a algunos socios o amigos de sus padres, así que solían ser mayores que ellos, pero también estaría su hermana y su marido Javier, que parecía ser el único de la familia con el que Alex se encontraba realmente cómodo. En cierto modo Sara no sabía cómo tomarse la actitud que estaba teniendo su prometido con su casi familia política y bastante a menudo se angustiaba pensando que nunca iba a cambiar.
Iban en el coche y Sara tenía sus pensamientos a años luz de allí. Estaba repasando mentalmente las cosas que tenía pendientes para la boda: como el ramo de flores, la música del banquete, los menús y las fotos entre otros pequeños detalles. Todavía le quedaban varias visitas a la modista que le había hecho el vestido y estaba más que encantada con el estilo que había elegido. En realidad era el vestido con el que había soñado desde que era pequeña y estaba tan feliz cada vez que recordaba ese detalle que no podía reprimir su sonrisa. Cada vez que se lo ponía se sentía como una niña a la que le han hecho el regalo más maravilloso del mundo.
Iba tan sumida en sus pensamientos que no se percató de las miradas furtivas que le dirigía su prometido.
A los veinte minutos estaban cruzando las rejas de color negro que rodeaba la enorme propiedad de sus padres. En cuanto las traspasaron se dieron cuenta de la cantidad de coches que había. Bastantes más que de costumbre. Aparcaron el coche junto a la glorieta que había a la derecha de la entrada y salieron.
Se dirigieron hacia la casa y llamaron al timbre para que Marta, el ama de llaves de sus padres, les recibiera. A los pocos segundos estaba abriendo la puerta principal una mujer de unos cincuenta años. Era rubia y con los ojos marrones, tenía una apariencia impecable y una expresión siempre amable. Sara se alegraba siempre de verla.
—Hola Sara. Qué guapa estás, como siempre —dijo sonriendo.
—Hola Marta, ¿cómo estás? —Sara quería mucho a la mujer, que formaba parte de su familia, tanto como cualquier otro miembro.
—Muy bien, gracias. ¿Qué tal si vais al jardín? —Le pasó una mano por la cintura y la hizo entrar—. En seguida estoy con vosotros.
Dicho esto desapareció por el pasillo hacia la cocina. Los dos se quedaron un poco extrañados y en silencio unos instantes.
Los padres de Sara compraron la casa unos años antes de casarse, hacía actualmente treinta y un años. Era una casa imponente que a Sara le encantaba. Siempre había soñado con tener una casa como la de sus padres para ella misma y, aunque la que había comprado con Alex no era tan grande, era perfecta para la familia que quería llegar a formar. Como la que ella había tenido.
Atravesaron el amplio recibidor que daba paso al salón principal. Estaba decorado en tonos pastel, tenía suelos de mármol y varias columnas en los extremos de la gran habitación. Tres grandes sofás ocupaban la parte derecha del salón y un conjunto de comedor para diez personas ocupaba la parte izquierda. Eran unas piezas únicas del siglo XIX y varias vitrinas de un estilo similar completaban la estancia. Con el paso del tiempo la madre de Sara había coleccionado piezas de arte que exponía en su casa. Igual que su madre, Sara tenía una gran pasión por el arte y admiraba los cuadros que Olga había pintado y distribuido en diferentes estancias de la casa.
Tres enormes ventanales daban a la habitación una gran luminosidad y en el extremo derecho del salón había una puerta doble que comunicaba con una terraza de piedra de forma circular, que a su vez, daba paso a un jardín que ocupaba más de trescientos metros de la propiedad. Contaba con una piscina junto a la terraza y un espacio cubierto a la izquierda que utilizaban para reuniones familiares, ya que siempre tenían montada una gran carpa blanca. Allí solían comer a menudo cuando el tiempo lo permitía. A Olga, la madre de Sara, le encantaba el aire libre casi tanto como a su hija menor. A su padre y a su hermana mayor no les atraía tanto, pero siempre que tenían tiempo se reunían y salían al jardín, porque las vistas eran preciosas y las plantas, a las que adoraban y cuidaban, desprendían un olor fresco y atrayente la mayor parte del año.
Como no se oía ningún ruido fuera, Sara se imaginó que los invitados aún estarían dentro de la casa, posiblemente en la bodega. Eso le extrañó un poco porque hacía un tiempo estupendo y nunca perderían la oportunidad de disfrutarlo.
La carpa se veía cerrada desde donde estaban ellos dos y se dirigieron directamente hacia ella para poder disfrutar de unos minutos de relajación en el jardín.
Iban caminando en silencio cuando de repente Sara notó que algo tocaba su hombro descubierto. Un escalofrío recorrió su espalda.
Se asustó por un instante y se giró deprisa. En ese momento se dio cuenta de tres cosas: Alex sonreía divertido, lo que había tocado su hombro no era ningún objeto extraño, era su hermana mayor y la carpa no estaba cerrada en absoluto. Todos los invitados estaban en el espacioso interior.
—¡Sorpresa! —gritaron todos a la vez.
Muchos de sus conocidos se habían reunido para celebrar su cumpleaños.
Se quedó un momento con la boca abierta y una expresión de asombro. A Sara nunca le habían preparado una fiesta sorpresa. Estaba exultante de felicidad.
Su hermana Esther le dio un fuerte abrazo y enseguida se les acercaron los demás y recibió más abrazos cariñosos y besos en las mejillas por parte de sus familiares y amigos.
Habían invitado a sus amigas de la universidad: Diana, Blanca y Rebeca, a las que no veía desde hacía meses; a sus compañeros y compañeras del trabajo, entre ellos Jorge que además era un buen amigo de Sara; a sus dos tíos, Roberto y Nicolás con sus respectivas mujeres, Virginia y Ana y a alguien que no podía faltar: Miranda, la única hermana de su madre y su tía favorita. Se dio cuenta de que no estaban ninguna de sus dos primas adolescentes, aunque si su primo Emilio de veinticinco años. Sara pensó que Almudena y Lourdes estarían en casa a causa de los resfriados que sabía que tenían ambas. Disfrutaba de la compañía de sus primas menores y no tenerlas en su fiesta fue una decepción para Sara, porque adoraba a esas jóvenes de dieciséis y catorce años.
Cuando se estaban acercando sus padres, Sara se emocionó tanto que empezó a notar las inevitables lágrimas corriendo por sus mejillas. Los envolvió a los dos en un fuerte y emotivo abrazo. En ese momento se sintió feliz y muy querida. Todas las personas a las que más apreciaba en el mundo estaban allí por ella.
Paula y su novio Eric estaban presentes y se fue directa hacia ellos para saludarlos.
—Vaya sorpresa. No me lo esperaba. Así que eso era lo que me escondías ayer, ¿no? —Sara se acordó de la sonrisa que apreció en el rostro de Paula el día anterior.
—Sí, la verdad es que fue idea mía, no sabes lo que me costó ocultártelo —confesó Paula entre risas.
Nunca habían tenido secretos la una con la otra y por eso se llevaban tan bien. Su amistad era sincera y sabían que siempre se tenían cuando se necesitaban.
Una vez terminaron de saludar a todos, se sentaron a la mesa y mientras Sara se ponía al día con sus antiguas compañeras de estudios pasó la hora de la comida. No recordaba haberlo pasado tan bien en muchas semanas. Se sentía relajada y ociosa, y hacía tiempo que no experimentaba esa sensación tan agradable.
Sara observó que las agujas de su reloj marcaban las seis de la tarde y se alegró de poder estar con sus amigos y compañeros de trabajo tomando café sin prisas y charlando animadamente. Entonces apareció Marta con una tarta espectacular de chocolate y nata con forma rectangular. Tenía diminutas flores azules a todo alrededor y con letra cursiva se podía leer en la parte superior: “Feliz 27 Cumpleaños”. Sara aplaudió con entusiasmo y sintió deseos de pasar un dedo para probar la nata que tenía un aspecto delicioso.
Una vela blanca colocada en una rosa azul muy elaborada estaba encendida en el centro y Sara la sopló mientras formulaba su deseo.
Todos aplaudieron y le desearon de nuevo un feliz cumpleaños a la mujer, que solo esperaba que su deseo más ansiado en la vida se cumpliera muy pronto.
Estaba abriendo muy entusiasmada algunos regalos, la mayoría de ellos eran las cosas que más le gustaban: joyas, complementos, vales para sus tiendas y centros de belleza favoritos… Y entonces Sara se percató de que entre los últimos que quedaban por abrir había uno envuelto en un papel de regalo marrón claro que conocía muy bien. Era de parte de Jorge, un socio de su padre y un buen amigo suyo desde que se conocieran cinco años atrás.
Desde que se lo presentaron, le había demostrado ser una de las mejores personas que conocía y cuando ella entró a formar parte de la empresa, Jorge la había ayudado mucho.
El padre de Sara le admiraba y confiaba ciegamente en él y con eso estaba todo dicho.
No muchas personas lograban impresionarle y ganarse su respeto.
Sara siempre se había llevado bien con él. Desde el principio se dio cuenta de que tenían muchas cosas en común y se sentía cómoda trabajando con él.
Aunque no todo había sido maravilloso.
Alex lo conoció un día que organizaron una cena de trabajo en casa de los padres de Sara. En cuanto lo vio pensó que no le hacía gracia que su prometida trabajara cada día con él. Era atractivo, alto, con su metro ochenta y cinco, pelo rubio y ojos azules como el océano al atardecer.
Se llevaba muy bien con todo el mundo y era la clase de hombre que tiene siempre a unas cuantas mujeres a su alrededor deseando de él algo más que una amistad.
El hecho de que Sara fuese una de las mujeres que estaban siempre al lado de Jorge, aunque solo en el sentido profesional, hacía que Alex se sintiera inseguro cuando le veía y evitaba estar cerca de él siempre que podía. Incluso llegó a comentarle a Sara que no se fiara de sus intenciones. Siempre que Sara salía a tomar algo con los compañeros del trabajo Alex le preguntaba si su “amigo” iba a ir también con ellos. No sabía por qué lo detestaba de ese modo cuando apenas se conocían. Tampoco tenía por qué estar celoso, ya que ninguno de los dos había insinuado jamás que su relación fuese algo más que una sana relación profesional y una buena amistad. Aun así Alex siempre pensaba mal de él y Sara detestaba esa reacción tan desmedida e infantil.
Un día casualmente los vio juntos en el despacho de Sara mientras estaban trabajando y creyó ver que Jorge la miraba y hablaba con ella de una forma diferente a como lo hacía con las demás, aunque la verdad es que no le era posible saberlo con seguridad, ya que pasaba poco tiempo visitándola en el trabajo. Los celos que sentía Alex eran del todo infundados y a Sara no le gustaba nada la actitud hacia su compañero, pero no podía evitar que su novio no quisiera relacionarse con él.
Cada vez que los veía juntos sentía podía cortar con un cuchillo la tensión que había entre los dos y la única opción que le quedaba era intentar ignorar esa molesta rivalidad tan ridícula -sobre todo por parte de Alex- de la mejor forma que podía.
Bajo la atenta mirada de Alex sentado a su derecha y temiendo alguna reacción desmesurada, como ocurría ocasionalmente, Sara cogió el regalo y se dio cuenta de que pesaba bastante, ya sospechaba lo que había dentro pero cuando lo abrió se quedó sin respiración.
En realidad no era lo que esperaba encontrar. Eran una serie de libros, pero ni de lejos los que ella habría imaginado tener en sus manos algún día. Se trataba de seis obras de Tobías Farrell, su escritor favorito. Eran primeras ediciones, lo que significaba que debían de haberle costado una fortuna y mucho esfuerzo conseguirlos. Y los únicos que nunca había podido encontrar para su colección. Acarició los libros casi con veneración.
Se quedó mirando en su dirección. Jorge se encontraba casi en el otro extremo de la mesa y se emocionó al ver que le sonreía con cariño. Se acordó de una conversación que habían tenido en las oficinas acerca de los gustos literarios de ambos. A los dos les gustaban las novelas históricas de misterio y sus libros y escritores favoritos eran los mismos.
Cuando un día Sara entró en el despacho de Jorge para entregarle unos papeles, se dio cuenta de que tenía la colección completa en su estantería entre montones de libros de arquitectura. Bromeando le dijo que algún día serían suyos, pero no se imaginó que unos años más tarde, él mismo se los regalaría.
—Tengo un hueco vacío en mi despacho —le dijo él con una sonrisa y arqueando las cejas.
Sara se quedó sin aliento. No podía creer que le hubiera regalado los libros de su preciada colección. Pensó que los habría comprado para ella.
—Muchas gracias —dijo con voz suave. Casi no podía hablar de la emoción—. Pero no tenías por qué regalármelos. Podría haberlos conseguido de alguna manera.
—Eso es imposible. Lo he intentado durante mucho tiempo pero sin resultados.
A Sara se le saltaron las lágrimas y en ese momento se dio cuenta de que algunos invitados estaban pendientes de su conversación. Entre ellos: sus padres, Paula y Alex, por supuesto, que cada vez estaba más tenso. Algunos de los presentes estaban charlando y no notaron nada extraño en la conversación que tenía lugar entre los dos. Sara se puso nerviosa y tuvo ganas de salir corriendo y esconderse aunque no sabía por qué.
Volvió a darle las gracias intentando ocultar lo mucho que le había impresionado ese regalo en concreto y se dedicó a abrir algunos más. Mientras agradecía a todos el detalle y el hecho de que la conocían muy bien por comprarle regalos que a ella le encantaban, no dejaba de pensar que esos libros le habían gustado más que todo lo que le habían regalado en su vida.
Nunca había hablado con nadie más de sus preferencias literarias, porque no conocía a nadie que las compartiera, exceptuando a Jorge, pero algunos de los presentes se habían dado cuenta de que no había demostrado el mismo interés por esos libros que por todos los otros regalos que le habían hecho. A Sara no le preocupaba de que pudieran sacar sus propias conclusiones porque sabía de sobra que ninguno más que Alex podría pensar mal de un regalo hecho con buena intención.
Paula y el hombre que la abrazaba con cariño eran las otras dos personas que habían captado algo más que había pasado desapercibido para el resto.
Sara se sintió repentinamente incómoda así que se disculpó y se dirigió al baño. Alex la siguió inmediatamente al interior de la casa y la interceptó justo cuando iba a subir las escaleras.
—¿A dónde vas? —le preguntó en un tono brusco pero bajo.
—Voy al baño —se dio cuenta de que estaba enfadado y Sara no quería discutir, no en casa de sus padres y donde alguien pudiera oírles.
—¿Estás teniendo algo con él? —preguntó Alex con voz grave y el ceño fruncido.
Sara se quedó con la boca abierta. No sabía cómo responder a una pregunta tan estúpida y ridícula. Ella jamás haría algo parecido y le molestó que Alex la creyera ese tipo de persona.
—La respuesta es obvia. No sé qué clase de monstruo crees que soy para preguntarme eso cuando nos vamos a casar dentro de cuatro meses. Si a estas alturas crees que sería capaz de engañarte, no sé a qué estamos jugando —su tono resuelto no dejó relucir la inquietud que sentía por dentro y que casi la hace desmayarse.
En el momento de decir esas palabras, se dio cuenta de que lo pensaba de verdad. Más de una vez Alex le había dejado entrever que no le gustaba su compañero o no se fiaba de él, pero nunca le había preguntado de forma tan clara y directa si estaba teniendo una aventura con él. No podía imaginar que la creyera capaz de hacer algo semejante cuando algo así le resultaba una de las cosas más despreciables del mundo.
Sara se arrepintió de haber tenido esa conversación con Jorge delante de todos, ya que nadie podía entender que su amistad con él era algo importante para ella. Nunca había compartido las mismas aficiones con nadie, ni siquiera con su mejor amiga. Y le gustaba poder hablar de las cosas que más le gustaban con una persona que la entendía tan bien. Se dijo a sí misma que su amistad con cualquier mujer del mundo sería menos conflictiva, lo cual era absurdo y algo pasado de moda en el siglo en el que vivían.
Por la expresión de asombro de Alex, se dijo que igual se había pasado con la contestación que le había dado y casi se arrepintió aunque de todos modos pensó que era mejor que supiera cómo se sentía en realidad.
—Lo siento. No tenía que haber dicho algo así, pero ya te he asegurado alguna vez que nunca te haría algo parecido. Yo te quiero a ti y a nadie más. Ya deberías saberlo —dijo cansinamente. Sara se estaba preocupando más por momentos porque Alex la miraba sin decir una palabra—. Puedes estar seguro de algo, el engaño es algo imperdonable desde mi punto de vista y nunca haría nada que pudiera poner en peligro nuestra relación —le cogió de la mano y notó que Alex estaba a punto de retirarla.
—Ya… siento haberme puesto así —la miró a los ojos un momento, pero Sara tenía la sensación de que estuviera pensando en otra cosa.
Se acercó a él y le dio un suave beso en los labios, le abrazó unos segundos y se apartó. Fingió una sonrisa como pudo y subió al baño que había dentro de su antigua habitación. Una vez allí suspiró y se acercó al espejo. Se quedó mirándose un rato en él y pensó que ojalá pudiera irse y estar a solas para pensar en lo sucedido. Cuando se calmó lo suficiente como para poder volver a la fiesta salió del baño y bajó la escalera. En ese momento entró Jorge por el pasillo y la miró preocupado.
—¿Qué te ha pasado? —Le frotó suavemente el brazo—. Has salido corriendo.
—Sí, lo siento. Yo…
—¿No te han gustado? —Jorge le hizo la pregunta con una cara tan seria que por un momento Sara no supo qué estaba preguntando.
—Claro que sí —enseguida se dio cuenta de que le preguntaba por su regalo.
Su conversación con Alex le había dejado más trastocada de lo que ella deseaba. Tenía que arreglar las cosas con él como fuera. No sabía qué les estaba pasando. Siempre habían estado muy unidos pero en los últimos meses había cambiado su relación como pareja y no para mejor. Algo estaba escapando a su control por mucho que detestara eso. Sara sabía en su fuero interno que podían tener problemas, pero su deseo intenso de que nada fuera mal entre ellos, le impedía ser consciente de que realmente tenían conflictos que tratar y solucionar. Se querían mucho, de eso si estaba segura y esperaba que fuera suficiente para superar el bache que estaban atravesando aunque desconociera el motivo por el que estaban así.
—Es el mejor regalo que me han hecho nunca —dijo intentando no llorar—. Gracias en serio.
—Muy bien. Si de verdad estás bien, me despido. Tengo que ir a casa a terminar con unos papeles. ¿Te veo mañana?
—Claro. Tengo algunos compromisos pero me pasaré a primera hora.
Se despidieron con un abrazo y Jorge le dio un apretón en la mano derecha. Notaba que estaba alterada pero no quería entrometerse. Sabía que se lo contaría si deseaba hacerlo.
Sara se quedó mirando la puerta principal que se cerraba despacio. Notó que había alguien en el pasillo que había debajo de la escalera y llevaba a la cocina y a un comedor pequeño. No quería cotillear pero se dio cuenta por la voz, de que una de las personas era Alex y quiso saber qué hacía allí. Se acercó.
Alex estaba hablando con Rebeca y cuando la vieron inmediatamente se callaron y no pudo saber de qué hablaban. Ella parecía enfadada y él preocupado. Sabía que Rebeca iba al gimnasio de Alex y Sara imaginó que la conversación posiblemente tendría que ver con eso. Aunque se sorprendiera al verlos no le quiso dar ninguna importancia. Enseguida se arrepintió de haberse acercado hasta allí y disculpándose continuó por el pasillo hacia la cocina.
Marta estaba preparando algo, como hacía siempre. Sabía que le encantaba cocinar y gracias a ello Sara pudo aprender algunas valiosas lecciones. Siempre le estaría agradecida por ello. Deseaba pasar unos minutos con ella y relajarse para poder volver con el resto de los invitados. Sin embargo lo único que le apetecía era irse a casa y trabajar un poco o dormir, lo que le hiciera falta para desconectar por un rato.
—¿Te aburres de tu fiesta? —preguntó Marta preocupada—. Tu amiga Paula se ha esforzado mucho para preparártela. Ha estado como un sargento una semana. Es un encanto pero ya me estaba volviendo un poco loca —dijo sonriendo.
—Te agradezco mucho todo el trabajo —le contestó sin dejar que viera que estaba un poco alterada—. Solo quería un poco de agua —se le daba mal mentir y Marta notó que le pasaba algo.
—Ya, claro —dijo sin mucho convencimiento.
Sara siempre le había contado sus problemas. Cuando le pasaba algo que no podía, o no se atrevía a contarles a sus padres, siempre acudía a ella en busca de consejo o consuelo. Había sido como una segunda madre para ella y ahora seguían conservando su amistad.
—Yo… —Sara se detuvo inmediatamente antes de seguir hablando porque Alex entró y se acercó a ella.
—Tu padre me ha dicho que ya se van todos. Están en el recibidor esperándote —notaba que quería decirle algo más pero no podía porque no estaban solos.
Se dirigieron a la entrada y Sara se despidió de sus amigos y familiares agradeciendo a todos que hubiesen ido a su fiesta. Entonces se acercaron Paula y Eric. Los padres de Sara se alejaron y entraron en el salón para dejarles intimidad y pudieran charlar. Como Alex estaba presente, Paula solo le dedicó una mirada significativa a Sara y se despidieron hasta el día siguiente. Sara abrazó a su amiga.
—Tenemos que hablar —dijo Paula susurrando para que solo Sara la escuchara.
—De acuerdo —Sara no se imaginó de qué querría hablar su amiga. Normalmente no se hacía la misteriosa y eso le provocó curiosidad.
Eric se despidió de Sara con un abrazo amistoso y estrechó la mano de Alex.
Una vez que todo el mundo se hubo marchado, se quedaron a solas y en un silencio incómodo. Sara se sintió tremendamente cansada, como si en lugar de haber pasado el día tranquilamente, hubiera estado haciendo ejercicio hasta desfallecer. Alex no dijo ni una palabra para romper la tensión entre los dos y Sara en ese momento no quería hacer preguntas ni tampoco saber sus respuestas.
—Voy a ir con unos colegas a tomar unas cervezas. Mañana tengo que trabajar temprano así que me quedo en mi apartamento esta noche —dijo Alex como si nada.
Sara no sabía qué responder a eso y le dolió que se mostrara tan frío con ella.
De repente se dio cuenta de su actitud indiferente y distante. Pensó que era una ironía que algunos meses atrás hubiera estado pensando que la relación entre ambos no era igual que al principio. Aparentemente en ese instante Alex había pasado a ser como otra persona distinta, casi un desconocido para ella. Notó un escalofrío en su interior y se dijo a sí misma que algo no iba nada bien. Sara no sabía qué era, pero por primera vez desde que empezara a cambiar la actitud de Alex hacia ella se permitió pensar que realmente tenían serios problemas que solucionar.
Su prometido se despidió con una mirada apagada en su rostro y sin llegar a tocarla se alejó de ella.


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Capítulo 1 de "Nunca olvides"

Para los que aún no conozcáis mi primera novela, os dejo el primer capítulo. Espero que lo disfrutéis. Buen fin de semana a todos!





1


Hacía una tarde perfecta de primavera. El sol brillaba con fuerza y emitía un calor propio del verano. Pese a estar deliciosamente adormilada en una de las hamacas del jardín de su casa, Sara Ferrer Ortiz apenas había podido relajarse un momento desde hacía meses. Concretamente, en el último año de su vida.
Un gran acontecimiento había trastocado por completo su rutina diaria. No sabía que una palabra tan corta como un: “Sí”, pudiera cambiar tanto la vida de una persona.
Estaba comprometida. Alex Jordán Lara era la persona que había logrado enamorarla con su carisma y su increíble físico.
Sara conoció a Alex estando en su segundo año en la universidad cuando estudiaba arquitectura y enseguida se sintió atraída por él. Hacía ya seis años y desde entonces estaban muy unidos. Diez meses antes, Alex le propuso matrimonio y como Sara había esperado toda su vida ese momento, se sintió la mujer más afortunada del mundo.
Apenas faltaban cuatro meses para la boda y Sara no tenía ni idea de si llegaría por fin el gran día. Entre el trabajo, la organización de la boda y la mudanza a la nueva casa que se habían comprado juntos, no le quedaba tiempo para nada que no tuviese que ver con esas tres ocupaciones. A pesar de la emoción por la boda, no podía dejar de desear el hecho de poder tener un poco de tiempo para ella misma.
Ese día de mediados de mayo se había tomado un respiro y siendo sábado no tenía que ir a la oficina si no era estrictamente necesario. Su padre era el fundador y dueño de la empresa en la que trabajaba y como hija suya y parte de la dirección, podía disfrutar de ciertas ventajas, aunque no siempre gozaba de ellas. Le encantaba su trabajo y a menudo encontraba consuelo en él cuando lo necesitaba.
Esa tarde había pensado encargarse de algunos detalles de la boda y como no podía ser de otra manera, llamó a su mejor amiga y ayudante personal Paula Beltrán.
Estaba a punto de sonar el timbre para anunciar que su amiga había llegado cuando de mala gana Sara se levantó, se enfundó un vestido cómodo que estilizaba su bonito cuerpo y se recogió el pelo rápidamente.
Tenía un pelo precioso que era el sueño de todos los peluqueros por los que –por fortuna para ellos– había pasado, y no eran muchos. Los rizos suaves y brillantes de color castaño muy claro le rozaban apenas los hombros y permanecían siempre en su lugar, algo que encajaba muy bien con su personalidad, seria y organizada.
A menudo lo llevaba suelto, sobre todo en el trabajo, pero estando en casa no le resultaba tan cómodo.
No le apetecía en absoluto hacer nada en ese momento, porque se estaba muy bien tomando el sol en la terraza, pero algunos asuntos no podían esperar, no si se trataba de su propia boda. Con resignación abandonó su lugar predilecto para descansar en el jardín.
Al volver a entrar en casa y ver el montón de cajas que quedaban aún por desembalar, su estado de ánimo bajó un poco más en su listón mental.
Como profesional en el campo, ella quería estudiar y diseñar su propia casa en cada detalle, porque quería que fuese exactamente lo que siempre había soñado y tenía ideas bastante concretas al respecto.
No le gustaba que nadie, excepto Alex, le diera su opinión con relación a las reformas que estaban haciendo. Tanto los trabajadores que había contratado, como sus ayudantes o su propio padre, estaban avisados de que la casa estaría enteramente al gusto de ellos dos, especialmente al de Sara.
Aceptaba sugerencias de la familia y amigos, porque era inevitable que las hicieran, pero la última palabra la tenían ellos dos, aunque como Alex tenía mucho trabajo últimamente, casi todo el trabajo acababa recayendo en Sara. Pese a que disfrutaba planificando y revisando cada paso a seguir, le hubiese gustado que su prometido se implicara más, ya que iban a vivir juntos en esa casa muy pronto.
Para la llegada del verano la reforma estaría acabada por completo, o eso esperaba. Como los cambios de mayor envergadura ya estaban terminados, solo quedaba dar los últimos retoques y amueblar las habitaciones, convirtiendo la vivienda casi vacía en el hogar que siempre había querido tener.
Los últimos días habían recibido la mayoría del mobiliario y quiso instalarse en la casa para poder ver con claridad los cambios que tenía que hacer. En un principio creyó que sería buena idea mudarse allí para poder visualizar lo que quería conseguir con la casa, pero era agotador. Tenía que trabajar en la reforma de su propio hogar y además llevar a cabo los trabajos que hacía para la empresa. Era tan perfeccionista que no paraba ni un momento y últimamente casi se olvidaba de comer. Sara sabía que el proceso iba a ser difícil, pero no se imaginó hasta que punto.
Suspiró y se puso a estudiar los planos que confeccionó con ayuda de su padre mientras esperaba a Paula. Sabía que llegaría en un par de minutos y le encantaba que fuese la persona más puntual de la Tierra. La quería muchísimo y además le facilitaba el trabajo enormemente.
De repente sonó el interfono de la verja exterior y Sara alegremente fue a abrir. Unos segundos después sonaba el timbre de la puerta principal.
Sara fue a recibirla.
—Hola —saludó con una gran sonrisa—. Gracias por venir hoy, sé que tenías planes con Eric —Sara le dio un fuerte abrazo.
—No pasa nada.
Su respuesta iba acompañada por una enorme sonrisa -algo sospechosa- que no pasó desapercibida para su amiga.
—¿Ocurre algo? —dijo Sara entrecerrando los ojos.
Sabía que esa sonrisa era, sin duda, por algo bueno y no pudo ocultar su curiosidad.
Paula negó de forma distraída con la cabeza y entraron en la casa. Se acomodaron en los nuevos sofás de piel que Sara había comprado recientemente. Eran de color blanco de dos y tres plazas respectivamente y Sara anotó mentalmente que quedarían bien con unos cojines llamativos y con una mesa de centro del mismo color que los sofás.
Le preguntó a su amiga si quería tomar algo y fue a la cocina, uno de los pocos lugares que estaban completamente amueblados. Preparó un tentempié y volvió al salón, donde depositó la bandeja con dos Coca-colas light, unos saladitos y unos posavasos en la mesa de comedor.
—Espera, antes de nada… —Sara miró a Paula emocionada— ven a ver la cocina, por fin está acabada. Ayer estuvieron trayendo algunos muebles y por fin la han terminado —Paula se dejó llevar por su amiga que la tenía cogida del brazo—. No puedo creer que vaya a dejar de pedir comida por teléfono o salir a comer fuera todos los días.
Cogió a su amiga de la mano y la llevó casi corriendo por el pasillo.
Estaba entusiasmada porque era la cocina más fantástica que había visto en su vida, incluyendo en las revistas de decoración que leía a diario, que eran muchas.
Una vez que entraron en la cocina se quedaron admirándola. Sara estaba orgullosa del trabajo que habían realizado y una embriagadora sensación de bienestar le recorrió el cuerpo como una ola expansiva. Era algo que le ocurría a menudo cuando después de un duro trabajo, quedaba satisfecha con el resultado.
La cocina era una de las habitaciones más amplias de la casa. La pared estaba pintada en color crudo, el mobiliario era de color negro alto brillo y las encimeras de un material resistente y antibacteriano de color grisáceo. La pared frontal tenía una gran ventana orientada al patio trasero que daba mucha luminosidad.
Los muebles y armarios ocupaban la pared izquierda y frontal y en el centro de la cocina había una gran isla rectangular iluminada con una lámpara colgante casi del mismo tamaño de la encimera. Había cuatro taburetes de piel sintética de color blanco en uno de los laterales de la isla. Todos los electrodomésticos de acero inoxidable estaban integrados, eran de último modelo y algo más respetuosos con el medio ambiente que otros.
—Madre mía, debería instalarme en esta casa. Dile a tu querido Alex que pasas de él y me caso yo contigo —Paula le guiñó el ojo a su amiga y empezaron a reír.
—La verdad es que es increíble —dijo orgullosa—. Pero aún queda mucho por hacer —Sara hizo una mueca de disgusto aunque el hecho era que estaba disfrutando con todo el trabajo.
—Por cierto, ¿dónde está Alex? —Paula tenía una expresión entre curiosa y preocupada— Creía que hoy no tendría que trabajar. Es casi el único día libre que has tenido en meses.
Sara se quedó una vez más pensativa, últimamente casi no veía a su prometido porque tenía más trabajo que nunca. Arrugó el entrecejo y una vez más se vio presa de la preocupación.
Alex trabajaba en un gimnasio y como dueño del negocio, podía ir y venir a su antojo, pero desde hacía dos años también trabajaba como entrenador personal. Muchos de sus clientes eran deportistas reconocidos así que Sara se alegró de que el negocio de su novio prosperase, pero eso también le estaba haciendo sentir un poco sola.
Cuando estuvieron compartiendo piso en el centro ella había hecho todo lo posible para trabajar desde casa, pero sabía que no podía pedirle lo mismo a él. Eso supondría vivir con un montón de material deportivo y esterillas de yoga por todas partes, aunque también echaba de menos el tiempo en que Alex trabajaba solo unas horas y estaban juntos la mayor parte del día.
Contestó de forma evasiva a la pregunta de su amiga como hacía a menudo últimamente cuando alguien tocaba ese tema. Estaba algo inquieta y siempre que lo hablaba con Alex le decía que no se preocupara, que solo se trataba de una época de más trabajo, que muy pronto encontraría a alguien de confianza para que le ayudara a llevar el gimnasio y tendría más tiempo libre. Intentaba creerle, pero llevaban así bastante tiempo y nunca obtenía una respuesta distinta.
Con esfuerzo, apartó el tema de sus pensamientos para poder centrarse. Quería comentar con su amiga algunos detalles sobre la boda. Todavía quedaban decisiones que tomar y necesitaba el sabio consejo de la persona en quién más confiaba en el mundo, exceptuando a Alex, se dijo Sara para sí misma.
—Bueno, una de las cosas que aún falta por concretar son las fotos. Me dijiste que un amigo tuyo tiene un estudio en el centro. Cuando vayamos el lunes a la prueba del vestido me gustaría ir a hablar con él.
—Eso está hecho, se lo dije hace unos días y está esperando a que lo llames. Como es un buen amigo me dijo que cancelaría cualquier compromiso que tuviera.
—Bien, gracias —no podía evitar relajarse al oír eso y sonrió a su amiga.
Le encantaba poder contar con Paula para todo. Cuando comenzó a trabajar con su padre supo que no podría hacerlo sin su amiga y al cabo de un año ya estaban trabajando juntas. La contrató como ayudante hasta que pudiera establecerse por su cuenta como arquitecto, pero trabajaban tan bien juntas que Paula no tenía pensamientos de marcharse de momento. En los tiempos que corrían era difícil encontrar un trabajo para el que has estado preparándote durante cinco años en la universidad y que además tuvieras la oportunidad de estar cada día con tu mejor amiga.
Se conocían desde que eran niñas porque sus familias siempre habían vivido muy cerca en unos de los barrios más lujosos de Madrid. Habían ido juntas a un colegio privado, se hicieron amigas siendo muy pequeñas y desde entonces eran casi como hermanas.
Fueron juntas a la universidad y ambas estudiaron arquitectura. Mientras Paula se marchaba a Londres durante un año y conocía a su media naranja, Sara estudió la especialidad en diseño de interiores, y como era de esperar se fue a trabajar con su querido padre. Pedro Ferrer era un arquitecto conocido en toda España. Era un hombre serio, dedicado a su trabajo y a su empresa, la cual levantó sin ayuda de nadie y convirtió en un negocio próspero en poco tiempo gracias a su empeño y trabajo duro. Pedro llevaba una empresa mediana que era una de las más rentables a nivel nacional y cuando se casó con Olga Ortiz supo que quería formar una familia. Al nacer Sara y Esther –la hermana mayor de Sara–, Pedro se dedicó enteramente a su familia, a la que adoraba y por la que haría cualquier sacrificio por su felicidad.
—Me llamaron hace unos días del restaurante y me han enviado los menús. El martes tenemos que ir para decidirlos —dijo Sara haciendo anotaciones en su agenda.
—Tengo que cancelarte la cita con Claudia. Ya sabes que quiere abrir la tienda en dos meses y aún tiene que aprobar los cambios que hicimos.
—Lo sé —dijo Sara exasperada—. No sé a qué está esperando para verlos. Ahora mismo está de viaje y solo pude sacar en claro que era por un asunto personal —hizo un mohín de disgusto y su amiga sonrió.
—Bueno, intentaré llamarla el lunes para posponer la cita al jueves —dijo Paula haciendo sus propios apuntes—. ¿Lo de las flores es definitivo? Celeste me dijo que se lo confirmaras y además te iba a preparar tres ramos para finales de esta semana, solo tienes que decirle cuál de ellos te gusta y listo.
—Definitivamente quiero las rosas azules, me encantan —exageró su gesto llevándose las manos al corazón y sonrió—. Vaya, si no fuese por ti creo que ya estaría enloqueciendo. Alex no está siendo de mucha ayuda últimamente —dijo Sara disgustada, no podía evitar que su humor cambiara cada vez que lo pensaba.
Paula estaba empezando a preocuparse por su amiga. Pese a ser una mujer atractiva y tener una apariencia siempre perfecta, se le estaba empezando a notar el cansancio en los ojos. Estaba perdiendo peso y la verdad es que no sabía cómo podía adelgazar más, ya que nunca había tenido exceso de curvas precisamente.
No quería meterse en medio de los posibles problemas de su amiga. Eso nunca acababa bien. También pensaba que seguramente se debiera a los nervios por la boda y era algo muy normal. Tendría que organizar algo para ayudarla a relajarse.
Paula se quedó un instante mirando los ojos azules de Sara. El brillo que a menudo había iluminado su mirada cuando estaba feliz se había apagado hasta casi extinguirse por completo y no pensaba tolerar eso. Tras meditarlo unos instantes, tomó la decisión.
—Mañana comemos en casa de tus padres, ¿verdad?
—Sí —afirmó Sara a la vez que una expresión triste cruzaba por su rostro—, no me digas que no vienes…
—Claro que voy. Solo había pensado que me gustaría ir a un Spa —dijo fingiendo que lo estaba pensando sobre la marcha—, pero puedo ir el fin de semana que viene, ¿te apuntas?
Sara se quedó un momento reflexionando. Hizo un repaso mental a los compromisos del fin de semana siguiente y pensó que la visita a sus suegros podría esperar. No le apetecía nada ver a la madre de Alex. Esa mujer la miraba con una expresión tan fría que a Sara le daba miedo con solo recordarlo. Siempre supo que la ex novia de Alex fue para ella como una hija, era algo que le recordaba cada vez que podía, pero no llegaba a comprender la mirada de odio que esa mujer no podía, ni quería disimular cuando estaban juntas. No lograba entenderlo y a la vez que se entristecía al pensarlo también le preocupaba. Pronto formaría parte de su familia y tendría que soportar su desdén toda la vida aunque no sabía qué había hecho para merecerlo. Siempre se había portado muy bien con ella. Decidió que no iría y que prefería mil veces estar con su querida amiga. Sara pensó que se lo iba a decir esa noche a Alex, estaba decidida.
—Hecho. Ya me dirás dónde vamos. Necesito unas sesiones de masajes relajantes —dijo Sara disimulando su tristeza con una sonrisa radiante. Su expresión se volvió sincera al pensar lo bien que lo iban a pasar.
—Mmm… —Paula se quedó mirándola con el ceño fruncido, pero rápidamente sonrió para que no se notara—. Lo pasaremos genial, ya verás —conocía bien a Sara y no se le escapaba el significado real de sus palabras. Que afirmara su necesidad de unos momentos de relajación, era sin duda una señal de que algo iba mal aunque no quisiera admitirlo ni ante sí misma.
Estuvieron charlando animadamente durante unas horas y como hacía una tarde tan fantástica, salieron al jardín. Sara estuvo contándole los planes que tenía para la casa y le pidió a Paula que le acompañara la semana siguiente a hacer algunas compras. Quería ir al centro a visitar una galería de arte que descubrió unos meses antes. Necesitaba comprar unos cuadros para el salón y el dormitorio y la última vez que pasó cerca del establecimiento, creyó ver exactamente lo que había buscado durante bastante tiempo. Tenía que ir lo antes posible para asegurarse de que combinaban bien en el ambiente que le gustaría crear en ambos espacios. Debía buscar un hueco más en su agenda.
Sin que se dieran cuenta, había pasado buena parte de la tarde. Se habían encendido las luces exteriores y ni lo habían notado hasta que Paula recibió una llamada de su novio. Mientras hablaban por teléfono, Sara miró su reloj y al ver que eran las ocho y media se preguntó cuánto tardaría Alex en llegar esa noche. Se había prometido a sí misma que ese fin de semana no pensaría en el trabajo, así que tendría que planear qué hacer hasta que llegara su prometido a casa.
Decidió que prepararía algo de cena, hacía meses que no cocinaba nada y lo echaba de menos.
Cuando Paula volvió de charlar por teléfono tenía una mirada resplandeciente. Se notaba que estaba enamorada.
Sara se alegró por ella. Hacía algún tiempo que se la veía realmente feliz y pensó que no conocía a nadie que se lo mereciera más, y todo gracias a Eric Pearson. Desde que Paula lo conociera era otra persona diferente y mucho más alegre, lo que también hacía feliz a Sara.
Le preguntó a su amiga si quería quedarse a cenar pero ya había quedado para salir fuera con su amado británico.
Eric era un chico serio, educado y un poco callado, pero también era cariñoso y atento con Paula. Según las palabras de su amiga: “nunca había conocido a nadie igual”. Llevaban casi tres años juntos y cada día se los veía más enamorados. Ninguno de los dos era propenso a mostrar sus sentimientos efusivamente y ni mucho menos delante de los demás. Pero desde que estaban juntos habían cambiado mucho en ese aspecto.
—Tenemos que quedar los cuatro muy pronto —dijo Sara recordando lo bien que solían pasarlo.
—Claro que sí. Eric tiene ganas de volver a verte, ya sabes que le caes muy bien.
—Opino lo mismo —dijo sinceramente. Le dedicó una sonrisa cariñosa a Paula.
Se dirigieron a la puerta y se despidieron con un abrazo. Sara no tenía ganas de que se fuera. Cuando se quedaba sola se ponía a pensar y pensar. Últimamente tenía muchas cosas entre manos y tenía ganas de que pasara la boda para poder concentrarse en su trabajo de nuevo. Los preparativos le estaban absorbiendo mucho tiempo y energía.
Era una mujer muy perfeccionista, siempre se había esforzado por conseguir todo lo que quería y hasta el momento lo había logrado, pero una vez que cumpliera sus metas, quería llevar una vida tranquila con Alex y sus respectivos trabajos. Ambos debían hacer algunos cambios para poder estar tan unidos como lo habían estado antes de comprometerse, ya que sus planes de futuro también incluían formar una familia. Tenía claro que no iba a ser inmediatamente, pero desde luego no quería esperar demasiado. Sabía que le iba a costar trabajo hacerle cambiar de idea porque Alex ya le había informado de que no tenía ni la más mínima intención de tener hijos hasta dentro de unos cuantos años. Sara pensaba que era normal sentir miedo, porque era una decisión importante y estaba bastante convencida de que con el tiempo ese temor que sentía desaparecería.
Deseaba con todo su corazón que ocurriera porque no se veía capaz de renunciar a algo tan importante para ella y Alex lo sabía, como también tenía claro que él no era nada fácil de convencer. Apenas lograba que pasara más tiempo con ella y se sentía desasosegada pensando que si no era capaz de convencerle sobre algo tan simple, no pudiera hacerle cambiar de parecer sobre un tema tan fundamental para ella.
Sabía que Alex siempre había tenido claras sus preferencias y desde el principio se había sentido afortunada por estar en el primer puesto, pero desde que le pidió que se casara con él daba la impresión de que el trabajo en el gimnasio había pasado a ocupar el primer lugar en su lista de prioridades y no estaba segura de que él quisiera hacer realidad sus deseos como siempre le prometía. Sara no podía dejar que sus dudas afectaran a su relación, ya que en poco tiempo iban a ser marido y mujer, y a partir de ese momento sus vidas estarían más unidas que nunca.
Cuánto más se acercaba la fecha, más preocupada estaba por arreglar la situación. Tenía que hablar con su hermana mayor, porque Esther acababa de casarse y seguro que ella sabría qué decirle a su preocupada hermana menor. Suerte que al día siguiente irían a comer a la casa de sus padres, seguro que encontraría el momento de comentárselo.
Entre reflexiones y suspiros de pesar se dedicó a preparar una cena rápida. Siempre controlaba todo lo que comía, sin embargo se dijo que esa noche necesitaba algo sustancioso. Decidió preparar su comida preferida desde siempre: tallarines con setas y tarta de chocolate. Hacía años que no la comía y esa noche se dijo que era un buen momento para romper un poco la dieta.
La cena estaba preparada y había puesto cubiertos para dos en la isla de la cocina. Se sentó en uno de los taburetes y cogió una revista de cocina para pasar el tiempo hasta que llegara Alex. Había dejado la cena en el horno para que no se enfriara.
De repente sonó el móvil y supo que sería él por el tono de la llamada.
—¿Sí?
—Hola preciosa ¿estás en casa? —preguntó. Se le notaba entusiasmado y Sara se preguntó por qué sería.
—Claro, ¿dónde estás tú?
—Enseguida estoy ahí —parecía un poco impaciente por llegar. La intriga de Sara aumentó.
—¿Ocurre algo? —inquirió Sara. Empezó a tamborilear los dedos sobre la encimera.
—Nada malo. Tengo ganas de verte, ¿tan raro es? —soltó una risa despreocupada.
—Yo también te he echado de menos. No te distraigas al volante —le reprendió Sara—. Ahora te veo.
Sara colgó y se quedó mirando la pantalla de su móvil. Se estaba preguntado qué le pasaría a Alex y por qué se le notaba tan ansioso.
A los diez minutos Sara escuchó un motor desde la entrada de la casa y la puerta del garaje cuando se estaba abriendo.
No consiguió quedarse sentada y esperar a que entrara en la casa, así que se acercó por el pasillo a la puerta que daba al garaje y un instante después veía a Alex saliendo de su flamante coche deportivo, su última adquisición. Sara se preguntaba por qué los hombres siempre estaban hablando, comprando y pensando en coches. “Cosas de tíos”, se dijo para sí misma. No es que no le gustaran, ella misma tenía un Mercedes descapotable que le encantaba, pero desde luego no estaba todo el día tratándolo como si fuese de carne y hueso.
Se alegraba mucho de verlo y se acercó a darle un apasionado beso que la hizo temblar por dentro. Hacía tres días enteros que no se veían y lo echaba tanto de menos que era incluso doloroso. Sara le abrazaba tan fuerte que apenas le dejaba respirar y con cariño Alex la cogió de la cintura y la bajó al suelo. Sara era alta, con su metro setenta y cinco, pero tenía que subir la mirada más de diez centímetros más para poder mirar a los ojos al hombre al que quería con todo su corazón.
En seguida se dio cuenta de que tenía algo entre manos. Conocía esa mirada que decía: “tengo algo para ti”. Así que se separó lentamente de él, adoptó una postura relajada apoyada en el coche y esperó a que hablara. Sabía por experiencia que no era bueno presionarlo. Además a Sara le encantaban las sorpresas. Sobre todo las que le preparaba Alex.
Era muy romántico a veces, sin embargo no siempre le gustaba demostrarlo. Ella pese a su exterior serio, comedido y que no revelaba más allá de sus propias intenciones, era por dentro una mujer con las inseguridades y las debilidades de cualquiera. Era una romántica empedernida y no mucha gente conocía ese lado de su personalidad. Nunca había mostrado a los demás esa parte de sí misma. Algo que cambió por completo el día que se dio cuenta de que estaba perdidamente enamorada de su chico.
—Vaya recibimiento —dijo Alex con un tono cariñoso y socarrón. Le acarició la mejilla y sonrió.
—Te encanta. Debería patentarlo —dijo golpeando suavemente su mejilla, fingiendo que lo pensaba.
Sara estaba feliz y más relajada que en toda la tarde. Sus preocupaciones desaparecían cuando estaban juntos.
—Tengo una sorpresa —dijo inclinándose hacia delante y besándole la mejilla.
—¿Y qué es? —preguntó abriendo mucho los ojos.
—Si te lo digo no será una sorpresa.
—Bueno… —Sara estaba impaciente, pero si lo demostraba, no lograría saber de qué se trataba.
—Muy bien, cierra los ojos —le dijo Alex con una gran sonrisa.
Sara así lo hizo. Esperó pacientemente a que Alex le dijera que podía abrirlos. Cuando le dijo que lo hiciera, se encontró con una caja no muy gruesa y de reducido tamaño envuelta con papel de regalo de color dorado y un lazo muy bonito del mismo color. La sostenía con sus manos y se la tendió a ella. Enseguida supo que era el regalo por su cumpleaños. Se sintió inmensamente feliz aunque mientras lo abría sin poder contenerse más, se acordó de un pequeño detalle.
—Mi cumpleaños no es hasta el martes.
—Ya lo sé. Pero había pensado que te gustaría llevarlo mañana.
Se quedó confusa un momento. Al día siguiente habían quedado para ir a comer con sus padres. Era como cualquier domingo al que invitan a la familia y a algunos amigos a pasar el día. Recordaba que su padre le había dicho que iban a preparar una comida al aire libre si tenían suerte de que hiciera buen tiempo, por supuesto.
Impaciente por saber lo que era, Sara terminó de quitar el papel que había sido puesto de forma muy elaborada y lo dejó a un lado. Con cuidado abrió la tapa de la pequeña caja para ver el contenido y se quedó sin palabras. La sorpresa y la emoción hicieron que le saltaran lágrimas en los ojos.
Era una preciosa gargantilla con un colgante ovalado de oro blanco y un pequeño diamante en el centro. Cerró la caja y la sostuvo con cuidado mientras abrazaba a su prometido dándole las gracias sin parar. Era exactamente del mismo estilo que su anillo de compromiso. Una combinación perfecta para llevarlo el día de su boda.
—Gracias, me encanta —dijo sin poder dejar de sonreír—. Pero creo que debería llevarlo en la boda, no mañana —Sara volvió a abrir la caja y con cuidado pasó su dedo índice por el contorno del precioso colgante.
—Bueno, me gustaría que lo vieran tus padres. Seguro que les encanta. ¿A qué mujer no le gustan las joyas, no? —Se puso serio un momento y la observó— Venga, vamos a comer.
Sara se mostró de acuerdo. No pensaba que para él fuese tan importante que ella luciese sus joyas, pero como la gargantilla era maravillosa, pensó que a su madre también le gustaría verla. Decidió que tendría que llevarla para la prueba del vestido, no debía olvidarlo.

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