viernes, 10 de octubre de 2014

Capítulo 2 de "Nunca olvides"



2


Sara abrió los ojos cuando sonó el despertador de su mesilla. Tenía dolor de cabeza y la boca un poco seca, y entonces se acordó del vino que estuvieron tomando juntos hasta altas horas de la noche. Cogió su camisón y se lo puso. Se dirigió directamente al cuarto de baño y cuando salió se dio cuenta de que Alex estaba dormido. Le encantaba observarlo tan relajado y tenerlo tan cerca, porque al parecer era la única forma de que sus preocupaciones desaparecieran, al menos de momento.
Bajó a preparar café y mientras la cafetera trabajaba volvió a subir al dormitorio y entró en su vestidor procurando no hacer ruido al pasar junto a la cama.
El día anterior no se acordó de elegir la ropa adecuada para visitar a sus padres y amigos, así que escogió un vestido que le encantaba. En realidad había sido una elección de Paula. La semana anterior habían ido juntas de compras y después de su tremenda insistencia y como sabía que su amiga tenía muy buen gusto para la moda, no lo dudó por mucho tiempo y lo compró.
Era de color rosa claro y tenía un escote asimétrico que dejaba un hombro al descubierto. Llevaba un fino cinturón de un tono más oscuro que quedaba por la cintura y la falda tenía el volumen adecuado para que no se ciñera demasiado a sus piernas.
Era perfecto para ponerse el colgante que le regaló Alex la noche anterior, buscó la caja que había dejado entre su ropa la noche anterior y deslizó el precioso colgante por su cuello.
Una vez vestida, Sara se acercó a la cama para despertarle y suavemente le rozó la cara con los dedos. Alex abrió los ojos y frunció el ceño.
A Sara se le escapó una risilla porque parecía confuso o enfadado, posiblemente ambas cosas. Se imaginó que podría estar soñando con algo en ese momento.
—Buenos días. Son las doce y media —informó.
—Muy temprano —se dio la vuelta y murmuró algo incomprensible.
—¿Estás bien? —Se dio cuenta de que estaba más gruñón que de costumbre—. Estoy haciendo café. Y tenemos que salir ya mismo, nos esperan a la una y media.
—Ya me levanto —se incorporó despacio y malhumorado. Se metió en el baño farfullando en voz baja.
Sara desalentada, tenía que terminar de arreglarse así que decidida a no empeorar el mal humor de su amado entrando en el baño con él, bajó rápidamente la escalera y se dirigió al aseo de su despacho.
 Había escogido una de las habitaciones de la planta baja para tener su espacio propio y poder trabajar desde casa. Estaba junto a la cocina y tenía vistas al jardín trasero donde además estaba la piscina cubierta.
Cuando creyó que Alex estaría ya en la cocina salió para tomar café con él. Pensó que de ese modo tendría tiempo de preguntarle cómo iba en el trabajo, ya que hacía semanas que no tenía noticias sobre su búsqueda de personal.
Cuando salió de su despacho se lo encontró bajando la escalera con un pantalón vaquero y una camisa blanca. Estaba tan guapísimo como siempre, daba igual lo que se llevase puesto. Incluso con el pijama y su pelo oscuro revuelto parecía un modelo de revista. A Sara se le hizo la boca agua y observó la agilidad con que movía su escultural cuerpo.
Alex llevaba en la mano un jersey verde de un tono más oscuro que sus ojos, y lo dejó en uno de los sofás del salón antes de entrar en la cocina. Se sentaron en los taburetes uno al lado del otro y estuvieron en silencio unos instantes.
Sara decidió que era el momento de intentar hablar con él de nuevo.
Pensó que era mejor interesarse por su trabajo que hablarle de lo que le preocupaba realmente. No le gustaba pensar en la posibilidad de que él no quisiera pasar tiempo con ella y a menudo descartaba la idea porque le dolía demasiado que pudiera ser verdad. Pensó que ella también estuvo demasiado centrada en el trabajo cuando entró en la empresa de su padre y Alex nunca se lo reprochó.
—¿Qué tal te ha ido últimamente? —Alex se quedó quieto con la taza del café en la mano y la volvió a dejar en la encimera. Volvió la cara y Sara se sorprendió porque parecía perplejo por la pregunta— En el trabajo —aclaró Sara.
—Muy bien. ¿Por qué me lo preguntas?
—Tenía interés. Me dijiste que te habían pedido más horas de entrenamiento, ¿has encontrado ya a alguien que te ayude?
—Conozco a uno que quiere asociarse conmigo, pero me lo estoy pensando —no parecía muy convencido mientras se frotaba la frente con las manos.
Sara se inquietó, sabía que solía hacer eso cuando no quería hablar sobre alguna cosa.
—¿No era eso lo que necesitabas? Así podrías tener algún día libre durante la semana.
Sara pensó que se estaba pasando con el interrogatorio al escuchar el resoplido de impaciencia de Alex. No sabía por dónde iría la conversación y no tenía ganas de más preocupaciones, al menos ese día. Se dijo a sí misma que ya mejoraría la situación. Si Alex no encontraba a nadie con quien compartir las responsabilidades de llevar el gimnasio, que no fuese uno de los monitores que ya trabajaban para él, ella podría encontrarle a alguien.
Terminaron de tomar el café y se dio cuenta de que aún estaba esperando la respuesta a su pregunta. Como parecía pensativo decidió que lo dejaría de momento, pero no le hacía gracia que las conversaciones se quedaran a medias. Creyó que Alex podría tener algún problema y no querría preocuparla. Sabía de sobra que ella también estaba muy liada con la boda y la reforma de la casa.
Salieron de la cocina y mientras Alex recogía las llaves del coche y el jersey que había dejado en el salón, Sara se acercó a recoger su bolso y el móvil que estaban en su despacho. Tenía que avisar a sus padres de que ya iban de camino.
La urbanización donde residían sus padres también se encontraba en la zona norte de Madrid. No vivían lejos y apenas tardarían veinte minutos en estar allí, pero Sara siempre repetía ese ritual antes de ir.
Mientras hacía una llamada rápida a casa de sus padres se acercaron al garaje y se dio cuenta, por la expresión de Alex, que estaba un poco inquieto. Tecleaba algo en el móvil antes de subir a su coche y Sara sospechaba que, o bien tenía muchas ganas de llegar, o no tenía ganas de ir en absoluto.
Sabía por experiencia que no se divertía mucho en las comidas que preparaban sus padres, pero como cada mes organizaban una como mínimo ya debía de haberse acostumbrado. Normalmente invitaban a algunos compañeros de la profesión y a algunos socios o amigos de sus padres, así que solían ser mayores que ellos, pero también estaría su hermana y su marido Javier, que parecía ser el único de la familia con el que Alex se encontraba realmente cómodo. En cierto modo Sara no sabía cómo tomarse la actitud que estaba teniendo su prometido con su casi familia política y bastante a menudo se angustiaba pensando que nunca iba a cambiar.
Iban en el coche y Sara tenía sus pensamientos a años luz de allí. Estaba repasando mentalmente las cosas que tenía pendientes para la boda: como el ramo de flores, la música del banquete, los menús y las fotos entre otros pequeños detalles. Todavía le quedaban varias visitas a la modista que le había hecho el vestido y estaba más que encantada con el estilo que había elegido. En realidad era el vestido con el que había soñado desde que era pequeña y estaba tan feliz cada vez que recordaba ese detalle que no podía reprimir su sonrisa. Cada vez que se lo ponía se sentía como una niña a la que le han hecho el regalo más maravilloso del mundo.
Iba tan sumida en sus pensamientos que no se percató de las miradas furtivas que le dirigía su prometido.
A los veinte minutos estaban cruzando las rejas de color negro que rodeaba la enorme propiedad de sus padres. En cuanto las traspasaron se dieron cuenta de la cantidad de coches que había. Bastantes más que de costumbre. Aparcaron el coche junto a la glorieta que había a la derecha de la entrada y salieron.
Se dirigieron hacia la casa y llamaron al timbre para que Marta, el ama de llaves de sus padres, les recibiera. A los pocos segundos estaba abriendo la puerta principal una mujer de unos cincuenta años. Era rubia y con los ojos marrones, tenía una apariencia impecable y una expresión siempre amable. Sara se alegraba siempre de verla.
—Hola Sara. Qué guapa estás, como siempre —dijo sonriendo.
—Hola Marta, ¿cómo estás? —Sara quería mucho a la mujer, que formaba parte de su familia, tanto como cualquier otro miembro.
—Muy bien, gracias. ¿Qué tal si vais al jardín? —Le pasó una mano por la cintura y la hizo entrar—. En seguida estoy con vosotros.
Dicho esto desapareció por el pasillo hacia la cocina. Los dos se quedaron un poco extrañados y en silencio unos instantes.
Los padres de Sara compraron la casa unos años antes de casarse, hacía actualmente treinta y un años. Era una casa imponente que a Sara le encantaba. Siempre había soñado con tener una casa como la de sus padres para ella misma y, aunque la que había comprado con Alex no era tan grande, era perfecta para la familia que quería llegar a formar. Como la que ella había tenido.
Atravesaron el amplio recibidor que daba paso al salón principal. Estaba decorado en tonos pastel, tenía suelos de mármol y varias columnas en los extremos de la gran habitación. Tres grandes sofás ocupaban la parte derecha del salón y un conjunto de comedor para diez personas ocupaba la parte izquierda. Eran unas piezas únicas del siglo XIX y varias vitrinas de un estilo similar completaban la estancia. Con el paso del tiempo la madre de Sara había coleccionado piezas de arte que exponía en su casa. Igual que su madre, Sara tenía una gran pasión por el arte y admiraba los cuadros que Olga había pintado y distribuido en diferentes estancias de la casa.
Tres enormes ventanales daban a la habitación una gran luminosidad y en el extremo derecho del salón había una puerta doble que comunicaba con una terraza de piedra de forma circular, que a su vez, daba paso a un jardín que ocupaba más de trescientos metros de la propiedad. Contaba con una piscina junto a la terraza y un espacio cubierto a la izquierda que utilizaban para reuniones familiares, ya que siempre tenían montada una gran carpa blanca. Allí solían comer a menudo cuando el tiempo lo permitía. A Olga, la madre de Sara, le encantaba el aire libre casi tanto como a su hija menor. A su padre y a su hermana mayor no les atraía tanto, pero siempre que tenían tiempo se reunían y salían al jardín, porque las vistas eran preciosas y las plantas, a las que adoraban y cuidaban, desprendían un olor fresco y atrayente la mayor parte del año.
Como no se oía ningún ruido fuera, Sara se imaginó que los invitados aún estarían dentro de la casa, posiblemente en la bodega. Eso le extrañó un poco porque hacía un tiempo estupendo y nunca perderían la oportunidad de disfrutarlo.
La carpa se veía cerrada desde donde estaban ellos dos y se dirigieron directamente hacia ella para poder disfrutar de unos minutos de relajación en el jardín.
Iban caminando en silencio cuando de repente Sara notó que algo tocaba su hombro descubierto. Un escalofrío recorrió su espalda.
Se asustó por un instante y se giró deprisa. En ese momento se dio cuenta de tres cosas: Alex sonreía divertido, lo que había tocado su hombro no era ningún objeto extraño, era su hermana mayor y la carpa no estaba cerrada en absoluto. Todos los invitados estaban en el espacioso interior.
—¡Sorpresa! —gritaron todos a la vez.
Muchos de sus conocidos se habían reunido para celebrar su cumpleaños.
Se quedó un momento con la boca abierta y una expresión de asombro. A Sara nunca le habían preparado una fiesta sorpresa. Estaba exultante de felicidad.
Su hermana Esther le dio un fuerte abrazo y enseguida se les acercaron los demás y recibió más abrazos cariñosos y besos en las mejillas por parte de sus familiares y amigos.
Habían invitado a sus amigas de la universidad: Diana, Blanca y Rebeca, a las que no veía desde hacía meses; a sus compañeros y compañeras del trabajo, entre ellos Jorge que además era un buen amigo de Sara; a sus dos tíos, Roberto y Nicolás con sus respectivas mujeres, Virginia y Ana y a alguien que no podía faltar: Miranda, la única hermana de su madre y su tía favorita. Se dio cuenta de que no estaban ninguna de sus dos primas adolescentes, aunque si su primo Emilio de veinticinco años. Sara pensó que Almudena y Lourdes estarían en casa a causa de los resfriados que sabía que tenían ambas. Disfrutaba de la compañía de sus primas menores y no tenerlas en su fiesta fue una decepción para Sara, porque adoraba a esas jóvenes de dieciséis y catorce años.
Cuando se estaban acercando sus padres, Sara se emocionó tanto que empezó a notar las inevitables lágrimas corriendo por sus mejillas. Los envolvió a los dos en un fuerte y emotivo abrazo. En ese momento se sintió feliz y muy querida. Todas las personas a las que más apreciaba en el mundo estaban allí por ella.
Paula y su novio Eric estaban presentes y se fue directa hacia ellos para saludarlos.
—Vaya sorpresa. No me lo esperaba. Así que eso era lo que me escondías ayer, ¿no? —Sara se acordó de la sonrisa que apreció en el rostro de Paula el día anterior.
—Sí, la verdad es que fue idea mía, no sabes lo que me costó ocultártelo —confesó Paula entre risas.
Nunca habían tenido secretos la una con la otra y por eso se llevaban tan bien. Su amistad era sincera y sabían que siempre se tenían cuando se necesitaban.
Una vez terminaron de saludar a todos, se sentaron a la mesa y mientras Sara se ponía al día con sus antiguas compañeras de estudios pasó la hora de la comida. No recordaba haberlo pasado tan bien en muchas semanas. Se sentía relajada y ociosa, y hacía tiempo que no experimentaba esa sensación tan agradable.
Sara observó que las agujas de su reloj marcaban las seis de la tarde y se alegró de poder estar con sus amigos y compañeros de trabajo tomando café sin prisas y charlando animadamente. Entonces apareció Marta con una tarta espectacular de chocolate y nata con forma rectangular. Tenía diminutas flores azules a todo alrededor y con letra cursiva se podía leer en la parte superior: “Feliz 27 Cumpleaños”. Sara aplaudió con entusiasmo y sintió deseos de pasar un dedo para probar la nata que tenía un aspecto delicioso.
Una vela blanca colocada en una rosa azul muy elaborada estaba encendida en el centro y Sara la sopló mientras formulaba su deseo.
Todos aplaudieron y le desearon de nuevo un feliz cumpleaños a la mujer, que solo esperaba que su deseo más ansiado en la vida se cumpliera muy pronto.
Estaba abriendo muy entusiasmada algunos regalos, la mayoría de ellos eran las cosas que más le gustaban: joyas, complementos, vales para sus tiendas y centros de belleza favoritos… Y entonces Sara se percató de que entre los últimos que quedaban por abrir había uno envuelto en un papel de regalo marrón claro que conocía muy bien. Era de parte de Jorge, un socio de su padre y un buen amigo suyo desde que se conocieran cinco años atrás.
Desde que se lo presentaron, le había demostrado ser una de las mejores personas que conocía y cuando ella entró a formar parte de la empresa, Jorge la había ayudado mucho.
El padre de Sara le admiraba y confiaba ciegamente en él y con eso estaba todo dicho.
No muchas personas lograban impresionarle y ganarse su respeto.
Sara siempre se había llevado bien con él. Desde el principio se dio cuenta de que tenían muchas cosas en común y se sentía cómoda trabajando con él.
Aunque no todo había sido maravilloso.
Alex lo conoció un día que organizaron una cena de trabajo en casa de los padres de Sara. En cuanto lo vio pensó que no le hacía gracia que su prometida trabajara cada día con él. Era atractivo, alto, con su metro ochenta y cinco, pelo rubio y ojos azules como el océano al atardecer.
Se llevaba muy bien con todo el mundo y era la clase de hombre que tiene siempre a unas cuantas mujeres a su alrededor deseando de él algo más que una amistad.
El hecho de que Sara fuese una de las mujeres que estaban siempre al lado de Jorge, aunque solo en el sentido profesional, hacía que Alex se sintiera inseguro cuando le veía y evitaba estar cerca de él siempre que podía. Incluso llegó a comentarle a Sara que no se fiara de sus intenciones. Siempre que Sara salía a tomar algo con los compañeros del trabajo Alex le preguntaba si su “amigo” iba a ir también con ellos. No sabía por qué lo detestaba de ese modo cuando apenas se conocían. Tampoco tenía por qué estar celoso, ya que ninguno de los dos había insinuado jamás que su relación fuese algo más que una sana relación profesional y una buena amistad. Aun así Alex siempre pensaba mal de él y Sara detestaba esa reacción tan desmedida e infantil.
Un día casualmente los vio juntos en el despacho de Sara mientras estaban trabajando y creyó ver que Jorge la miraba y hablaba con ella de una forma diferente a como lo hacía con las demás, aunque la verdad es que no le era posible saberlo con seguridad, ya que pasaba poco tiempo visitándola en el trabajo. Los celos que sentía Alex eran del todo infundados y a Sara no le gustaba nada la actitud hacia su compañero, pero no podía evitar que su novio no quisiera relacionarse con él.
Cada vez que los veía juntos sentía podía cortar con un cuchillo la tensión que había entre los dos y la única opción que le quedaba era intentar ignorar esa molesta rivalidad tan ridícula -sobre todo por parte de Alex- de la mejor forma que podía.
Bajo la atenta mirada de Alex sentado a su derecha y temiendo alguna reacción desmesurada, como ocurría ocasionalmente, Sara cogió el regalo y se dio cuenta de que pesaba bastante, ya sospechaba lo que había dentro pero cuando lo abrió se quedó sin respiración.
En realidad no era lo que esperaba encontrar. Eran una serie de libros, pero ni de lejos los que ella habría imaginado tener en sus manos algún día. Se trataba de seis obras de Tobías Farrell, su escritor favorito. Eran primeras ediciones, lo que significaba que debían de haberle costado una fortuna y mucho esfuerzo conseguirlos. Y los únicos que nunca había podido encontrar para su colección. Acarició los libros casi con veneración.
Se quedó mirando en su dirección. Jorge se encontraba casi en el otro extremo de la mesa y se emocionó al ver que le sonreía con cariño. Se acordó de una conversación que habían tenido en las oficinas acerca de los gustos literarios de ambos. A los dos les gustaban las novelas históricas de misterio y sus libros y escritores favoritos eran los mismos.
Cuando un día Sara entró en el despacho de Jorge para entregarle unos papeles, se dio cuenta de que tenía la colección completa en su estantería entre montones de libros de arquitectura. Bromeando le dijo que algún día serían suyos, pero no se imaginó que unos años más tarde, él mismo se los regalaría.
—Tengo un hueco vacío en mi despacho —le dijo él con una sonrisa y arqueando las cejas.
Sara se quedó sin aliento. No podía creer que le hubiera regalado los libros de su preciada colección. Pensó que los habría comprado para ella.
—Muchas gracias —dijo con voz suave. Casi no podía hablar de la emoción—. Pero no tenías por qué regalármelos. Podría haberlos conseguido de alguna manera.
—Eso es imposible. Lo he intentado durante mucho tiempo pero sin resultados.
A Sara se le saltaron las lágrimas y en ese momento se dio cuenta de que algunos invitados estaban pendientes de su conversación. Entre ellos: sus padres, Paula y Alex, por supuesto, que cada vez estaba más tenso. Algunos de los presentes estaban charlando y no notaron nada extraño en la conversación que tenía lugar entre los dos. Sara se puso nerviosa y tuvo ganas de salir corriendo y esconderse aunque no sabía por qué.
Volvió a darle las gracias intentando ocultar lo mucho que le había impresionado ese regalo en concreto y se dedicó a abrir algunos más. Mientras agradecía a todos el detalle y el hecho de que la conocían muy bien por comprarle regalos que a ella le encantaban, no dejaba de pensar que esos libros le habían gustado más que todo lo que le habían regalado en su vida.
Nunca había hablado con nadie más de sus preferencias literarias, porque no conocía a nadie que las compartiera, exceptuando a Jorge, pero algunos de los presentes se habían dado cuenta de que no había demostrado el mismo interés por esos libros que por todos los otros regalos que le habían hecho. A Sara no le preocupaba de que pudieran sacar sus propias conclusiones porque sabía de sobra que ninguno más que Alex podría pensar mal de un regalo hecho con buena intención.
Paula y el hombre que la abrazaba con cariño eran las otras dos personas que habían captado algo más que había pasado desapercibido para el resto.
Sara se sintió repentinamente incómoda así que se disculpó y se dirigió al baño. Alex la siguió inmediatamente al interior de la casa y la interceptó justo cuando iba a subir las escaleras.
—¿A dónde vas? —le preguntó en un tono brusco pero bajo.
—Voy al baño —se dio cuenta de que estaba enfadado y Sara no quería discutir, no en casa de sus padres y donde alguien pudiera oírles.
—¿Estás teniendo algo con él? —preguntó Alex con voz grave y el ceño fruncido.
Sara se quedó con la boca abierta. No sabía cómo responder a una pregunta tan estúpida y ridícula. Ella jamás haría algo parecido y le molestó que Alex la creyera ese tipo de persona.
—La respuesta es obvia. No sé qué clase de monstruo crees que soy para preguntarme eso cuando nos vamos a casar dentro de cuatro meses. Si a estas alturas crees que sería capaz de engañarte, no sé a qué estamos jugando —su tono resuelto no dejó relucir la inquietud que sentía por dentro y que casi la hace desmayarse.
En el momento de decir esas palabras, se dio cuenta de que lo pensaba de verdad. Más de una vez Alex le había dejado entrever que no le gustaba su compañero o no se fiaba de él, pero nunca le había preguntado de forma tan clara y directa si estaba teniendo una aventura con él. No podía imaginar que la creyera capaz de hacer algo semejante cuando algo así le resultaba una de las cosas más despreciables del mundo.
Sara se arrepintió de haber tenido esa conversación con Jorge delante de todos, ya que nadie podía entender que su amistad con él era algo importante para ella. Nunca había compartido las mismas aficiones con nadie, ni siquiera con su mejor amiga. Y le gustaba poder hablar de las cosas que más le gustaban con una persona que la entendía tan bien. Se dijo a sí misma que su amistad con cualquier mujer del mundo sería menos conflictiva, lo cual era absurdo y algo pasado de moda en el siglo en el que vivían.
Por la expresión de asombro de Alex, se dijo que igual se había pasado con la contestación que le había dado y casi se arrepintió aunque de todos modos pensó que era mejor que supiera cómo se sentía en realidad.
—Lo siento. No tenía que haber dicho algo así, pero ya te he asegurado alguna vez que nunca te haría algo parecido. Yo te quiero a ti y a nadie más. Ya deberías saberlo —dijo cansinamente. Sara se estaba preocupando más por momentos porque Alex la miraba sin decir una palabra—. Puedes estar seguro de algo, el engaño es algo imperdonable desde mi punto de vista y nunca haría nada que pudiera poner en peligro nuestra relación —le cogió de la mano y notó que Alex estaba a punto de retirarla.
—Ya… siento haberme puesto así —la miró a los ojos un momento, pero Sara tenía la sensación de que estuviera pensando en otra cosa.
Se acercó a él y le dio un suave beso en los labios, le abrazó unos segundos y se apartó. Fingió una sonrisa como pudo y subió al baño que había dentro de su antigua habitación. Una vez allí suspiró y se acercó al espejo. Se quedó mirándose un rato en él y pensó que ojalá pudiera irse y estar a solas para pensar en lo sucedido. Cuando se calmó lo suficiente como para poder volver a la fiesta salió del baño y bajó la escalera. En ese momento entró Jorge por el pasillo y la miró preocupado.
—¿Qué te ha pasado? —Le frotó suavemente el brazo—. Has salido corriendo.
—Sí, lo siento. Yo…
—¿No te han gustado? —Jorge le hizo la pregunta con una cara tan seria que por un momento Sara no supo qué estaba preguntando.
—Claro que sí —enseguida se dio cuenta de que le preguntaba por su regalo.
Su conversación con Alex le había dejado más trastocada de lo que ella deseaba. Tenía que arreglar las cosas con él como fuera. No sabía qué les estaba pasando. Siempre habían estado muy unidos pero en los últimos meses había cambiado su relación como pareja y no para mejor. Algo estaba escapando a su control por mucho que detestara eso. Sara sabía en su fuero interno que podían tener problemas, pero su deseo intenso de que nada fuera mal entre ellos, le impedía ser consciente de que realmente tenían conflictos que tratar y solucionar. Se querían mucho, de eso si estaba segura y esperaba que fuera suficiente para superar el bache que estaban atravesando aunque desconociera el motivo por el que estaban así.
—Es el mejor regalo que me han hecho nunca —dijo intentando no llorar—. Gracias en serio.
—Muy bien. Si de verdad estás bien, me despido. Tengo que ir a casa a terminar con unos papeles. ¿Te veo mañana?
—Claro. Tengo algunos compromisos pero me pasaré a primera hora.
Se despidieron con un abrazo y Jorge le dio un apretón en la mano derecha. Notaba que estaba alterada pero no quería entrometerse. Sabía que se lo contaría si deseaba hacerlo.
Sara se quedó mirando la puerta principal que se cerraba despacio. Notó que había alguien en el pasillo que había debajo de la escalera y llevaba a la cocina y a un comedor pequeño. No quería cotillear pero se dio cuenta por la voz, de que una de las personas era Alex y quiso saber qué hacía allí. Se acercó.
Alex estaba hablando con Rebeca y cuando la vieron inmediatamente se callaron y no pudo saber de qué hablaban. Ella parecía enfadada y él preocupado. Sabía que Rebeca iba al gimnasio de Alex y Sara imaginó que la conversación posiblemente tendría que ver con eso. Aunque se sorprendiera al verlos no le quiso dar ninguna importancia. Enseguida se arrepintió de haberse acercado hasta allí y disculpándose continuó por el pasillo hacia la cocina.
Marta estaba preparando algo, como hacía siempre. Sabía que le encantaba cocinar y gracias a ello Sara pudo aprender algunas valiosas lecciones. Siempre le estaría agradecida por ello. Deseaba pasar unos minutos con ella y relajarse para poder volver con el resto de los invitados. Sin embargo lo único que le apetecía era irse a casa y trabajar un poco o dormir, lo que le hiciera falta para desconectar por un rato.
—¿Te aburres de tu fiesta? —preguntó Marta preocupada—. Tu amiga Paula se ha esforzado mucho para preparártela. Ha estado como un sargento una semana. Es un encanto pero ya me estaba volviendo un poco loca —dijo sonriendo.
—Te agradezco mucho todo el trabajo —le contestó sin dejar que viera que estaba un poco alterada—. Solo quería un poco de agua —se le daba mal mentir y Marta notó que le pasaba algo.
—Ya, claro —dijo sin mucho convencimiento.
Sara siempre le había contado sus problemas. Cuando le pasaba algo que no podía, o no se atrevía a contarles a sus padres, siempre acudía a ella en busca de consejo o consuelo. Había sido como una segunda madre para ella y ahora seguían conservando su amistad.
—Yo… —Sara se detuvo inmediatamente antes de seguir hablando porque Alex entró y se acercó a ella.
—Tu padre me ha dicho que ya se van todos. Están en el recibidor esperándote —notaba que quería decirle algo más pero no podía porque no estaban solos.
Se dirigieron a la entrada y Sara se despidió de sus amigos y familiares agradeciendo a todos que hubiesen ido a su fiesta. Entonces se acercaron Paula y Eric. Los padres de Sara se alejaron y entraron en el salón para dejarles intimidad y pudieran charlar. Como Alex estaba presente, Paula solo le dedicó una mirada significativa a Sara y se despidieron hasta el día siguiente. Sara abrazó a su amiga.
—Tenemos que hablar —dijo Paula susurrando para que solo Sara la escuchara.
—De acuerdo —Sara no se imaginó de qué querría hablar su amiga. Normalmente no se hacía la misteriosa y eso le provocó curiosidad.
Eric se despidió de Sara con un abrazo amistoso y estrechó la mano de Alex.
Una vez que todo el mundo se hubo marchado, se quedaron a solas y en un silencio incómodo. Sara se sintió tremendamente cansada, como si en lugar de haber pasado el día tranquilamente, hubiera estado haciendo ejercicio hasta desfallecer. Alex no dijo ni una palabra para romper la tensión entre los dos y Sara en ese momento no quería hacer preguntas ni tampoco saber sus respuestas.
—Voy a ir con unos colegas a tomar unas cervezas. Mañana tengo que trabajar temprano así que me quedo en mi apartamento esta noche —dijo Alex como si nada.
Sara no sabía qué responder a eso y le dolió que se mostrara tan frío con ella.
De repente se dio cuenta de su actitud indiferente y distante. Pensó que era una ironía que algunos meses atrás hubiera estado pensando que la relación entre ambos no era igual que al principio. Aparentemente en ese instante Alex había pasado a ser como otra persona distinta, casi un desconocido para ella. Notó un escalofrío en su interior y se dijo a sí misma que algo no iba nada bien. Sara no sabía qué era, pero por primera vez desde que empezara a cambiar la actitud de Alex hacia ella se permitió pensar que realmente tenían serios problemas que solucionar.
Su prometido se despidió con una mirada apagada en su rostro y sin llegar a tocarla se alejó de ella.


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