viernes, 10 de octubre de 2014

Capítulo 1 de "Nunca olvides"

Para los que aún no conozcáis mi primera novela, os dejo el primer capítulo. Espero que lo disfrutéis. Buen fin de semana a todos!





1


Hacía una tarde perfecta de primavera. El sol brillaba con fuerza y emitía un calor propio del verano. Pese a estar deliciosamente adormilada en una de las hamacas del jardín de su casa, Sara Ferrer Ortiz apenas había podido relajarse un momento desde hacía meses. Concretamente, en el último año de su vida.
Un gran acontecimiento había trastocado por completo su rutina diaria. No sabía que una palabra tan corta como un: “Sí”, pudiera cambiar tanto la vida de una persona.
Estaba comprometida. Alex Jordán Lara era la persona que había logrado enamorarla con su carisma y su increíble físico.
Sara conoció a Alex estando en su segundo año en la universidad cuando estudiaba arquitectura y enseguida se sintió atraída por él. Hacía ya seis años y desde entonces estaban muy unidos. Diez meses antes, Alex le propuso matrimonio y como Sara había esperado toda su vida ese momento, se sintió la mujer más afortunada del mundo.
Apenas faltaban cuatro meses para la boda y Sara no tenía ni idea de si llegaría por fin el gran día. Entre el trabajo, la organización de la boda y la mudanza a la nueva casa que se habían comprado juntos, no le quedaba tiempo para nada que no tuviese que ver con esas tres ocupaciones. A pesar de la emoción por la boda, no podía dejar de desear el hecho de poder tener un poco de tiempo para ella misma.
Ese día de mediados de mayo se había tomado un respiro y siendo sábado no tenía que ir a la oficina si no era estrictamente necesario. Su padre era el fundador y dueño de la empresa en la que trabajaba y como hija suya y parte de la dirección, podía disfrutar de ciertas ventajas, aunque no siempre gozaba de ellas. Le encantaba su trabajo y a menudo encontraba consuelo en él cuando lo necesitaba.
Esa tarde había pensado encargarse de algunos detalles de la boda y como no podía ser de otra manera, llamó a su mejor amiga y ayudante personal Paula Beltrán.
Estaba a punto de sonar el timbre para anunciar que su amiga había llegado cuando de mala gana Sara se levantó, se enfundó un vestido cómodo que estilizaba su bonito cuerpo y se recogió el pelo rápidamente.
Tenía un pelo precioso que era el sueño de todos los peluqueros por los que –por fortuna para ellos– había pasado, y no eran muchos. Los rizos suaves y brillantes de color castaño muy claro le rozaban apenas los hombros y permanecían siempre en su lugar, algo que encajaba muy bien con su personalidad, seria y organizada.
A menudo lo llevaba suelto, sobre todo en el trabajo, pero estando en casa no le resultaba tan cómodo.
No le apetecía en absoluto hacer nada en ese momento, porque se estaba muy bien tomando el sol en la terraza, pero algunos asuntos no podían esperar, no si se trataba de su propia boda. Con resignación abandonó su lugar predilecto para descansar en el jardín.
Al volver a entrar en casa y ver el montón de cajas que quedaban aún por desembalar, su estado de ánimo bajó un poco más en su listón mental.
Como profesional en el campo, ella quería estudiar y diseñar su propia casa en cada detalle, porque quería que fuese exactamente lo que siempre había soñado y tenía ideas bastante concretas al respecto.
No le gustaba que nadie, excepto Alex, le diera su opinión con relación a las reformas que estaban haciendo. Tanto los trabajadores que había contratado, como sus ayudantes o su propio padre, estaban avisados de que la casa estaría enteramente al gusto de ellos dos, especialmente al de Sara.
Aceptaba sugerencias de la familia y amigos, porque era inevitable que las hicieran, pero la última palabra la tenían ellos dos, aunque como Alex tenía mucho trabajo últimamente, casi todo el trabajo acababa recayendo en Sara. Pese a que disfrutaba planificando y revisando cada paso a seguir, le hubiese gustado que su prometido se implicara más, ya que iban a vivir juntos en esa casa muy pronto.
Para la llegada del verano la reforma estaría acabada por completo, o eso esperaba. Como los cambios de mayor envergadura ya estaban terminados, solo quedaba dar los últimos retoques y amueblar las habitaciones, convirtiendo la vivienda casi vacía en el hogar que siempre había querido tener.
Los últimos días habían recibido la mayoría del mobiliario y quiso instalarse en la casa para poder ver con claridad los cambios que tenía que hacer. En un principio creyó que sería buena idea mudarse allí para poder visualizar lo que quería conseguir con la casa, pero era agotador. Tenía que trabajar en la reforma de su propio hogar y además llevar a cabo los trabajos que hacía para la empresa. Era tan perfeccionista que no paraba ni un momento y últimamente casi se olvidaba de comer. Sara sabía que el proceso iba a ser difícil, pero no se imaginó hasta que punto.
Suspiró y se puso a estudiar los planos que confeccionó con ayuda de su padre mientras esperaba a Paula. Sabía que llegaría en un par de minutos y le encantaba que fuese la persona más puntual de la Tierra. La quería muchísimo y además le facilitaba el trabajo enormemente.
De repente sonó el interfono de la verja exterior y Sara alegremente fue a abrir. Unos segundos después sonaba el timbre de la puerta principal.
Sara fue a recibirla.
—Hola —saludó con una gran sonrisa—. Gracias por venir hoy, sé que tenías planes con Eric —Sara le dio un fuerte abrazo.
—No pasa nada.
Su respuesta iba acompañada por una enorme sonrisa -algo sospechosa- que no pasó desapercibida para su amiga.
—¿Ocurre algo? —dijo Sara entrecerrando los ojos.
Sabía que esa sonrisa era, sin duda, por algo bueno y no pudo ocultar su curiosidad.
Paula negó de forma distraída con la cabeza y entraron en la casa. Se acomodaron en los nuevos sofás de piel que Sara había comprado recientemente. Eran de color blanco de dos y tres plazas respectivamente y Sara anotó mentalmente que quedarían bien con unos cojines llamativos y con una mesa de centro del mismo color que los sofás.
Le preguntó a su amiga si quería tomar algo y fue a la cocina, uno de los pocos lugares que estaban completamente amueblados. Preparó un tentempié y volvió al salón, donde depositó la bandeja con dos Coca-colas light, unos saladitos y unos posavasos en la mesa de comedor.
—Espera, antes de nada… —Sara miró a Paula emocionada— ven a ver la cocina, por fin está acabada. Ayer estuvieron trayendo algunos muebles y por fin la han terminado —Paula se dejó llevar por su amiga que la tenía cogida del brazo—. No puedo creer que vaya a dejar de pedir comida por teléfono o salir a comer fuera todos los días.
Cogió a su amiga de la mano y la llevó casi corriendo por el pasillo.
Estaba entusiasmada porque era la cocina más fantástica que había visto en su vida, incluyendo en las revistas de decoración que leía a diario, que eran muchas.
Una vez que entraron en la cocina se quedaron admirándola. Sara estaba orgullosa del trabajo que habían realizado y una embriagadora sensación de bienestar le recorrió el cuerpo como una ola expansiva. Era algo que le ocurría a menudo cuando después de un duro trabajo, quedaba satisfecha con el resultado.
La cocina era una de las habitaciones más amplias de la casa. La pared estaba pintada en color crudo, el mobiliario era de color negro alto brillo y las encimeras de un material resistente y antibacteriano de color grisáceo. La pared frontal tenía una gran ventana orientada al patio trasero que daba mucha luminosidad.
Los muebles y armarios ocupaban la pared izquierda y frontal y en el centro de la cocina había una gran isla rectangular iluminada con una lámpara colgante casi del mismo tamaño de la encimera. Había cuatro taburetes de piel sintética de color blanco en uno de los laterales de la isla. Todos los electrodomésticos de acero inoxidable estaban integrados, eran de último modelo y algo más respetuosos con el medio ambiente que otros.
—Madre mía, debería instalarme en esta casa. Dile a tu querido Alex que pasas de él y me caso yo contigo —Paula le guiñó el ojo a su amiga y empezaron a reír.
—La verdad es que es increíble —dijo orgullosa—. Pero aún queda mucho por hacer —Sara hizo una mueca de disgusto aunque el hecho era que estaba disfrutando con todo el trabajo.
—Por cierto, ¿dónde está Alex? —Paula tenía una expresión entre curiosa y preocupada— Creía que hoy no tendría que trabajar. Es casi el único día libre que has tenido en meses.
Sara se quedó una vez más pensativa, últimamente casi no veía a su prometido porque tenía más trabajo que nunca. Arrugó el entrecejo y una vez más se vio presa de la preocupación.
Alex trabajaba en un gimnasio y como dueño del negocio, podía ir y venir a su antojo, pero desde hacía dos años también trabajaba como entrenador personal. Muchos de sus clientes eran deportistas reconocidos así que Sara se alegró de que el negocio de su novio prosperase, pero eso también le estaba haciendo sentir un poco sola.
Cuando estuvieron compartiendo piso en el centro ella había hecho todo lo posible para trabajar desde casa, pero sabía que no podía pedirle lo mismo a él. Eso supondría vivir con un montón de material deportivo y esterillas de yoga por todas partes, aunque también echaba de menos el tiempo en que Alex trabajaba solo unas horas y estaban juntos la mayor parte del día.
Contestó de forma evasiva a la pregunta de su amiga como hacía a menudo últimamente cuando alguien tocaba ese tema. Estaba algo inquieta y siempre que lo hablaba con Alex le decía que no se preocupara, que solo se trataba de una época de más trabajo, que muy pronto encontraría a alguien de confianza para que le ayudara a llevar el gimnasio y tendría más tiempo libre. Intentaba creerle, pero llevaban así bastante tiempo y nunca obtenía una respuesta distinta.
Con esfuerzo, apartó el tema de sus pensamientos para poder centrarse. Quería comentar con su amiga algunos detalles sobre la boda. Todavía quedaban decisiones que tomar y necesitaba el sabio consejo de la persona en quién más confiaba en el mundo, exceptuando a Alex, se dijo Sara para sí misma.
—Bueno, una de las cosas que aún falta por concretar son las fotos. Me dijiste que un amigo tuyo tiene un estudio en el centro. Cuando vayamos el lunes a la prueba del vestido me gustaría ir a hablar con él.
—Eso está hecho, se lo dije hace unos días y está esperando a que lo llames. Como es un buen amigo me dijo que cancelaría cualquier compromiso que tuviera.
—Bien, gracias —no podía evitar relajarse al oír eso y sonrió a su amiga.
Le encantaba poder contar con Paula para todo. Cuando comenzó a trabajar con su padre supo que no podría hacerlo sin su amiga y al cabo de un año ya estaban trabajando juntas. La contrató como ayudante hasta que pudiera establecerse por su cuenta como arquitecto, pero trabajaban tan bien juntas que Paula no tenía pensamientos de marcharse de momento. En los tiempos que corrían era difícil encontrar un trabajo para el que has estado preparándote durante cinco años en la universidad y que además tuvieras la oportunidad de estar cada día con tu mejor amiga.
Se conocían desde que eran niñas porque sus familias siempre habían vivido muy cerca en unos de los barrios más lujosos de Madrid. Habían ido juntas a un colegio privado, se hicieron amigas siendo muy pequeñas y desde entonces eran casi como hermanas.
Fueron juntas a la universidad y ambas estudiaron arquitectura. Mientras Paula se marchaba a Londres durante un año y conocía a su media naranja, Sara estudió la especialidad en diseño de interiores, y como era de esperar se fue a trabajar con su querido padre. Pedro Ferrer era un arquitecto conocido en toda España. Era un hombre serio, dedicado a su trabajo y a su empresa, la cual levantó sin ayuda de nadie y convirtió en un negocio próspero en poco tiempo gracias a su empeño y trabajo duro. Pedro llevaba una empresa mediana que era una de las más rentables a nivel nacional y cuando se casó con Olga Ortiz supo que quería formar una familia. Al nacer Sara y Esther –la hermana mayor de Sara–, Pedro se dedicó enteramente a su familia, a la que adoraba y por la que haría cualquier sacrificio por su felicidad.
—Me llamaron hace unos días del restaurante y me han enviado los menús. El martes tenemos que ir para decidirlos —dijo Sara haciendo anotaciones en su agenda.
—Tengo que cancelarte la cita con Claudia. Ya sabes que quiere abrir la tienda en dos meses y aún tiene que aprobar los cambios que hicimos.
—Lo sé —dijo Sara exasperada—. No sé a qué está esperando para verlos. Ahora mismo está de viaje y solo pude sacar en claro que era por un asunto personal —hizo un mohín de disgusto y su amiga sonrió.
—Bueno, intentaré llamarla el lunes para posponer la cita al jueves —dijo Paula haciendo sus propios apuntes—. ¿Lo de las flores es definitivo? Celeste me dijo que se lo confirmaras y además te iba a preparar tres ramos para finales de esta semana, solo tienes que decirle cuál de ellos te gusta y listo.
—Definitivamente quiero las rosas azules, me encantan —exageró su gesto llevándose las manos al corazón y sonrió—. Vaya, si no fuese por ti creo que ya estaría enloqueciendo. Alex no está siendo de mucha ayuda últimamente —dijo Sara disgustada, no podía evitar que su humor cambiara cada vez que lo pensaba.
Paula estaba empezando a preocuparse por su amiga. Pese a ser una mujer atractiva y tener una apariencia siempre perfecta, se le estaba empezando a notar el cansancio en los ojos. Estaba perdiendo peso y la verdad es que no sabía cómo podía adelgazar más, ya que nunca había tenido exceso de curvas precisamente.
No quería meterse en medio de los posibles problemas de su amiga. Eso nunca acababa bien. También pensaba que seguramente se debiera a los nervios por la boda y era algo muy normal. Tendría que organizar algo para ayudarla a relajarse.
Paula se quedó un instante mirando los ojos azules de Sara. El brillo que a menudo había iluminado su mirada cuando estaba feliz se había apagado hasta casi extinguirse por completo y no pensaba tolerar eso. Tras meditarlo unos instantes, tomó la decisión.
—Mañana comemos en casa de tus padres, ¿verdad?
—Sí —afirmó Sara a la vez que una expresión triste cruzaba por su rostro—, no me digas que no vienes…
—Claro que voy. Solo había pensado que me gustaría ir a un Spa —dijo fingiendo que lo estaba pensando sobre la marcha—, pero puedo ir el fin de semana que viene, ¿te apuntas?
Sara se quedó un momento reflexionando. Hizo un repaso mental a los compromisos del fin de semana siguiente y pensó que la visita a sus suegros podría esperar. No le apetecía nada ver a la madre de Alex. Esa mujer la miraba con una expresión tan fría que a Sara le daba miedo con solo recordarlo. Siempre supo que la ex novia de Alex fue para ella como una hija, era algo que le recordaba cada vez que podía, pero no llegaba a comprender la mirada de odio que esa mujer no podía, ni quería disimular cuando estaban juntas. No lograba entenderlo y a la vez que se entristecía al pensarlo también le preocupaba. Pronto formaría parte de su familia y tendría que soportar su desdén toda la vida aunque no sabía qué había hecho para merecerlo. Siempre se había portado muy bien con ella. Decidió que no iría y que prefería mil veces estar con su querida amiga. Sara pensó que se lo iba a decir esa noche a Alex, estaba decidida.
—Hecho. Ya me dirás dónde vamos. Necesito unas sesiones de masajes relajantes —dijo Sara disimulando su tristeza con una sonrisa radiante. Su expresión se volvió sincera al pensar lo bien que lo iban a pasar.
—Mmm… —Paula se quedó mirándola con el ceño fruncido, pero rápidamente sonrió para que no se notara—. Lo pasaremos genial, ya verás —conocía bien a Sara y no se le escapaba el significado real de sus palabras. Que afirmara su necesidad de unos momentos de relajación, era sin duda una señal de que algo iba mal aunque no quisiera admitirlo ni ante sí misma.
Estuvieron charlando animadamente durante unas horas y como hacía una tarde tan fantástica, salieron al jardín. Sara estuvo contándole los planes que tenía para la casa y le pidió a Paula que le acompañara la semana siguiente a hacer algunas compras. Quería ir al centro a visitar una galería de arte que descubrió unos meses antes. Necesitaba comprar unos cuadros para el salón y el dormitorio y la última vez que pasó cerca del establecimiento, creyó ver exactamente lo que había buscado durante bastante tiempo. Tenía que ir lo antes posible para asegurarse de que combinaban bien en el ambiente que le gustaría crear en ambos espacios. Debía buscar un hueco más en su agenda.
Sin que se dieran cuenta, había pasado buena parte de la tarde. Se habían encendido las luces exteriores y ni lo habían notado hasta que Paula recibió una llamada de su novio. Mientras hablaban por teléfono, Sara miró su reloj y al ver que eran las ocho y media se preguntó cuánto tardaría Alex en llegar esa noche. Se había prometido a sí misma que ese fin de semana no pensaría en el trabajo, así que tendría que planear qué hacer hasta que llegara su prometido a casa.
Decidió que prepararía algo de cena, hacía meses que no cocinaba nada y lo echaba de menos.
Cuando Paula volvió de charlar por teléfono tenía una mirada resplandeciente. Se notaba que estaba enamorada.
Sara se alegró por ella. Hacía algún tiempo que se la veía realmente feliz y pensó que no conocía a nadie que se lo mereciera más, y todo gracias a Eric Pearson. Desde que Paula lo conociera era otra persona diferente y mucho más alegre, lo que también hacía feliz a Sara.
Le preguntó a su amiga si quería quedarse a cenar pero ya había quedado para salir fuera con su amado británico.
Eric era un chico serio, educado y un poco callado, pero también era cariñoso y atento con Paula. Según las palabras de su amiga: “nunca había conocido a nadie igual”. Llevaban casi tres años juntos y cada día se los veía más enamorados. Ninguno de los dos era propenso a mostrar sus sentimientos efusivamente y ni mucho menos delante de los demás. Pero desde que estaban juntos habían cambiado mucho en ese aspecto.
—Tenemos que quedar los cuatro muy pronto —dijo Sara recordando lo bien que solían pasarlo.
—Claro que sí. Eric tiene ganas de volver a verte, ya sabes que le caes muy bien.
—Opino lo mismo —dijo sinceramente. Le dedicó una sonrisa cariñosa a Paula.
Se dirigieron a la puerta y se despidieron con un abrazo. Sara no tenía ganas de que se fuera. Cuando se quedaba sola se ponía a pensar y pensar. Últimamente tenía muchas cosas entre manos y tenía ganas de que pasara la boda para poder concentrarse en su trabajo de nuevo. Los preparativos le estaban absorbiendo mucho tiempo y energía.
Era una mujer muy perfeccionista, siempre se había esforzado por conseguir todo lo que quería y hasta el momento lo había logrado, pero una vez que cumpliera sus metas, quería llevar una vida tranquila con Alex y sus respectivos trabajos. Ambos debían hacer algunos cambios para poder estar tan unidos como lo habían estado antes de comprometerse, ya que sus planes de futuro también incluían formar una familia. Tenía claro que no iba a ser inmediatamente, pero desde luego no quería esperar demasiado. Sabía que le iba a costar trabajo hacerle cambiar de idea porque Alex ya le había informado de que no tenía ni la más mínima intención de tener hijos hasta dentro de unos cuantos años. Sara pensaba que era normal sentir miedo, porque era una decisión importante y estaba bastante convencida de que con el tiempo ese temor que sentía desaparecería.
Deseaba con todo su corazón que ocurriera porque no se veía capaz de renunciar a algo tan importante para ella y Alex lo sabía, como también tenía claro que él no era nada fácil de convencer. Apenas lograba que pasara más tiempo con ella y se sentía desasosegada pensando que si no era capaz de convencerle sobre algo tan simple, no pudiera hacerle cambiar de parecer sobre un tema tan fundamental para ella.
Sabía que Alex siempre había tenido claras sus preferencias y desde el principio se había sentido afortunada por estar en el primer puesto, pero desde que le pidió que se casara con él daba la impresión de que el trabajo en el gimnasio había pasado a ocupar el primer lugar en su lista de prioridades y no estaba segura de que él quisiera hacer realidad sus deseos como siempre le prometía. Sara no podía dejar que sus dudas afectaran a su relación, ya que en poco tiempo iban a ser marido y mujer, y a partir de ese momento sus vidas estarían más unidas que nunca.
Cuánto más se acercaba la fecha, más preocupada estaba por arreglar la situación. Tenía que hablar con su hermana mayor, porque Esther acababa de casarse y seguro que ella sabría qué decirle a su preocupada hermana menor. Suerte que al día siguiente irían a comer a la casa de sus padres, seguro que encontraría el momento de comentárselo.
Entre reflexiones y suspiros de pesar se dedicó a preparar una cena rápida. Siempre controlaba todo lo que comía, sin embargo se dijo que esa noche necesitaba algo sustancioso. Decidió preparar su comida preferida desde siempre: tallarines con setas y tarta de chocolate. Hacía años que no la comía y esa noche se dijo que era un buen momento para romper un poco la dieta.
La cena estaba preparada y había puesto cubiertos para dos en la isla de la cocina. Se sentó en uno de los taburetes y cogió una revista de cocina para pasar el tiempo hasta que llegara Alex. Había dejado la cena en el horno para que no se enfriara.
De repente sonó el móvil y supo que sería él por el tono de la llamada.
—¿Sí?
—Hola preciosa ¿estás en casa? —preguntó. Se le notaba entusiasmado y Sara se preguntó por qué sería.
—Claro, ¿dónde estás tú?
—Enseguida estoy ahí —parecía un poco impaciente por llegar. La intriga de Sara aumentó.
—¿Ocurre algo? —inquirió Sara. Empezó a tamborilear los dedos sobre la encimera.
—Nada malo. Tengo ganas de verte, ¿tan raro es? —soltó una risa despreocupada.
—Yo también te he echado de menos. No te distraigas al volante —le reprendió Sara—. Ahora te veo.
Sara colgó y se quedó mirando la pantalla de su móvil. Se estaba preguntado qué le pasaría a Alex y por qué se le notaba tan ansioso.
A los diez minutos Sara escuchó un motor desde la entrada de la casa y la puerta del garaje cuando se estaba abriendo.
No consiguió quedarse sentada y esperar a que entrara en la casa, así que se acercó por el pasillo a la puerta que daba al garaje y un instante después veía a Alex saliendo de su flamante coche deportivo, su última adquisición. Sara se preguntaba por qué los hombres siempre estaban hablando, comprando y pensando en coches. “Cosas de tíos”, se dijo para sí misma. No es que no le gustaran, ella misma tenía un Mercedes descapotable que le encantaba, pero desde luego no estaba todo el día tratándolo como si fuese de carne y hueso.
Se alegraba mucho de verlo y se acercó a darle un apasionado beso que la hizo temblar por dentro. Hacía tres días enteros que no se veían y lo echaba tanto de menos que era incluso doloroso. Sara le abrazaba tan fuerte que apenas le dejaba respirar y con cariño Alex la cogió de la cintura y la bajó al suelo. Sara era alta, con su metro setenta y cinco, pero tenía que subir la mirada más de diez centímetros más para poder mirar a los ojos al hombre al que quería con todo su corazón.
En seguida se dio cuenta de que tenía algo entre manos. Conocía esa mirada que decía: “tengo algo para ti”. Así que se separó lentamente de él, adoptó una postura relajada apoyada en el coche y esperó a que hablara. Sabía por experiencia que no era bueno presionarlo. Además a Sara le encantaban las sorpresas. Sobre todo las que le preparaba Alex.
Era muy romántico a veces, sin embargo no siempre le gustaba demostrarlo. Ella pese a su exterior serio, comedido y que no revelaba más allá de sus propias intenciones, era por dentro una mujer con las inseguridades y las debilidades de cualquiera. Era una romántica empedernida y no mucha gente conocía ese lado de su personalidad. Nunca había mostrado a los demás esa parte de sí misma. Algo que cambió por completo el día que se dio cuenta de que estaba perdidamente enamorada de su chico.
—Vaya recibimiento —dijo Alex con un tono cariñoso y socarrón. Le acarició la mejilla y sonrió.
—Te encanta. Debería patentarlo —dijo golpeando suavemente su mejilla, fingiendo que lo pensaba.
Sara estaba feliz y más relajada que en toda la tarde. Sus preocupaciones desaparecían cuando estaban juntos.
—Tengo una sorpresa —dijo inclinándose hacia delante y besándole la mejilla.
—¿Y qué es? —preguntó abriendo mucho los ojos.
—Si te lo digo no será una sorpresa.
—Bueno… —Sara estaba impaciente, pero si lo demostraba, no lograría saber de qué se trataba.
—Muy bien, cierra los ojos —le dijo Alex con una gran sonrisa.
Sara así lo hizo. Esperó pacientemente a que Alex le dijera que podía abrirlos. Cuando le dijo que lo hiciera, se encontró con una caja no muy gruesa y de reducido tamaño envuelta con papel de regalo de color dorado y un lazo muy bonito del mismo color. La sostenía con sus manos y se la tendió a ella. Enseguida supo que era el regalo por su cumpleaños. Se sintió inmensamente feliz aunque mientras lo abría sin poder contenerse más, se acordó de un pequeño detalle.
—Mi cumpleaños no es hasta el martes.
—Ya lo sé. Pero había pensado que te gustaría llevarlo mañana.
Se quedó confusa un momento. Al día siguiente habían quedado para ir a comer con sus padres. Era como cualquier domingo al que invitan a la familia y a algunos amigos a pasar el día. Recordaba que su padre le había dicho que iban a preparar una comida al aire libre si tenían suerte de que hiciera buen tiempo, por supuesto.
Impaciente por saber lo que era, Sara terminó de quitar el papel que había sido puesto de forma muy elaborada y lo dejó a un lado. Con cuidado abrió la tapa de la pequeña caja para ver el contenido y se quedó sin palabras. La sorpresa y la emoción hicieron que le saltaran lágrimas en los ojos.
Era una preciosa gargantilla con un colgante ovalado de oro blanco y un pequeño diamante en el centro. Cerró la caja y la sostuvo con cuidado mientras abrazaba a su prometido dándole las gracias sin parar. Era exactamente del mismo estilo que su anillo de compromiso. Una combinación perfecta para llevarlo el día de su boda.
—Gracias, me encanta —dijo sin poder dejar de sonreír—. Pero creo que debería llevarlo en la boda, no mañana —Sara volvió a abrir la caja y con cuidado pasó su dedo índice por el contorno del precioso colgante.
—Bueno, me gustaría que lo vieran tus padres. Seguro que les encanta. ¿A qué mujer no le gustan las joyas, no? —Se puso serio un momento y la observó— Venga, vamos a comer.
Sara se mostró de acuerdo. No pensaba que para él fuese tan importante que ella luciese sus joyas, pero como la gargantilla era maravillosa, pensó que a su madre también le gustaría verla. Decidió que tendría que llevarla para la prueba del vestido, no debía olvidarlo.

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