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jueves, 17 de noviembre de 2016

El frágil lazo del amor - Capítulo 2

¿Os gustó el capítulo 1?

Aquí os dejo el 2. Espero que lo disfrutéis.



Capítulo 2

Cuando llegué a casa me fui directo a la ducha. Ni siquiera saqué mis cosas del coche. Un poco de agua fría me vendría bien para calmar mis revueltas hormonas.

Nunca habría imaginado que la cosa se podría complicar tanto. Sin embargo ya el primer día estaba sospechando que nada sería fácil a partir de entonces. Tenía que acercarme a Amber todo lo que pudiera, pero eso iba a acarrear situaciones que desde hacía tiempo venía evitando y eso era, sin duda, lo que me atraía desde que la vi: tratar de seducirla.

No podía dejar que eso pasara. Mi hermano me mataría.

Literalmente.

Pero era la indicada para ayudarme con lo que necesitaba si es que en realidad, las sospechas de Max, tenían fundamento. No podría averiguar mucho de Brent Miller sin que la persona más cercana a él me proporcionara una idea clara de a quién me enfrentaba. Pero ahora que conocía a Amber, aunque solo de forma superficial, ya no me sentía tan cómodo con el hecho de tener que utilizarla.

Sin duda tenía que distanciarme del plano emocional que tantos quebraderos de cabeza me había costado en el pasado, y centrarme de una vez en el trabajo principal que tenía que desempeñar aquí, y ese no era ejercer como profesor de gimnasia, a pesar de que era lo que más deseaba en el mundo.

Por desgracia mis planes bien estructurados se vinieron abajo con lo que le ocurrió a Max y su mujer. Acordarme de mi difunta cuñada me ponía de un humor terrible. Por otro lado, era lo único en lo que tenía que pensar para olvidarme de mis escrúpulos y salir con Amber.

Al mirarla notaba algo extraño. Una conexión fuerte, poderosa, que tan solo una vez recordaba haber sentido cuando era un niño de catorce años. Claro que de eso hacía demasiado tiempo, y justo ahora, no podía dejarme llevar por recuerdos tan lejanos y sensibleros. Tenía que centrarme en algo mucho más importante. Encontrar a la persona que había asesinado a Serena Anderson y hacerle justicia. A ella y a mi destrozado hermano.

Sabía que le había costado un gran esfuerzo pedirme ayuda para un tema tan personal. Él era el que trabajaba para los demás, y no al revés, y hasta ahora se había centrado en eso. Pero en este momento me necesitaba y ambos lo sabíamos. Fui consciente de eso cuando me habló de lo ocurrido hacía varios meses y sin dudarlo acepté investigar lo que estuviera en mi mano para dar con las respuestas a las preguntas que tanto dolor le causaban. Y que seguirían causándole sufrimiento hasta que el tiempo hiciera de ese sentimiento, un mero recuerdo de lo que sentía ahora. Pero eso llevaría mucho tiempo, la tragedia era demasiado reciente.

Juré que encontraría al asesino de mi cuñada y así sería, aunque tuviera que interponer mi promesa a los principios que siempre me había jactado de tener. Esto era mucho más importante. Para mí y mi familia.

No podía fallarle a mi único hermano.

Era más que evidente que sería aún más difícil hacerlo por nuestra cuenta, pero dado que no tenía respuestas de la policía desde que pasó todo, no me veía capaz de dejarlo estar quedándome de brazos cruzados.

Al menos lo intentaría.



Nada más abrir la puerta de casa, llamé a Holly para contarle lo sucedido.

Craso error.

Holly Peterson era mi mejor amiga y también alguien a quien le encantaban los chismes. Menos mal que no era una cotilla; sin embargo sí que disfrutábamos como adolescentes cuando tocaba hablar de hombres.

Como supe que haría, vino a casa en tan solo cinco minutos. Desde que llegó, no había parado de insistir en que quería conocerlo antes de que saliera con él. Algo que también sugirió hasta la saciedad.

—Venga ya, si está tan bueno como dices, deberías aceptar su propuesta —insistió.

—Pero si no le conozco de nada —dije por tercera vez, y en esta ocasión, poniendo los ojos en blanco.

—Bueno, pero para eso se crearon las citas, ¿no? —preguntó antes de darle un sorbo a su copa de vino blanco—. Si no le das una oportunidad, ni siquiera podrás saber si es un buen tío o no —comentó con seriedad.

—¿Y si es un mujeriego como Brent? —pregunté, sintiendo un escalofrío muy poco agradable.

—¿Qué? —dijo contrariada por mis palabras.

—No sé. Los tíos como él pueden tener a la mujer que deseen con solo una mirada —apunté pensativa—. No puedo entender por qué me pediría salir después de habernos visto diez minutos.

Puse mala cara. Puede que fueran más de diez minutos, pero eso no era suficiente para explicar que me pidiera salir.

—A ver —dijo poniendo los brazos en jarras—. Hay que tener en cuenta que tú no has salido nunca con alguien que no aprobaran tus estrictos padres. Cualquier tío que se salga un poco de lo normal y lo seguro, queda descartado. ¿Me equivoco? —inquirió como si estuviera riñéndome.

—No, no te equivocas —comenté con cansancio—. Pero debes entender que lo de Matthew no hubiera funcionado ni de broma.

Al menos ese último comentario la hizo reflexionar. Y es que acordarnos del hombre con el que salí hacía unos meses, me hizo pensar que era pésima eligiendo a mis ligues. Resultó ser un entrenador personal que no solo impartía clases, sino que se beneficiaba a todas las mujeres que contrataban sus servicios. Y la verdad era que sus tatuajes tribales por ambos brazos y piernas, no ayudaron a que lo mirara con buenos ojos cuando los descubrí. Claro que era atractivo, y la verdad era que vestido con ropa formal para nuestras primeras cenas, había conseguido pasar por alguien decente… hasta que unas mujeres en el spa que solíamos visitar Holly y yo, hablaron de las hazañas del tío con el que apenas empezaba a salir. Menos mal que no habíamos llegado a acostarnos. Eso me habría hecho sentir otro de sus juguetes y no pensaba tolerar algo así. Me aplaudí mentalmente por ser prudente en ese sentido.

—Venga, no todos los hombres van a resultar unos mentirosos y unos mujeriegos —dijo en voz dulce y comprensiva.

—Claro que no —dije sin convencimiento—. Pero mientras tengan pene, pensarán con él antes que con la cabeza —aseguré con una leve sonrisa.

—Los penes no tienen nada de malo para disfrutar de buenos ratos de vez en cuando —dijo arqueando las cejas. Se puso seria y una mirada calculadora asomó a sus ojos azul cielo—. Si de verdad es tan guapo y lo vas a rechazar, me lo presentas y yo me ocuparé de él —sentenció.

Empezamos a reír a carcajadas y al cabo de un rato pasábamos del tema y charlábamos de otras cosas.

Imaginarme a Ethan saliendo con Holly no me resultaba una idea agradable para nada. De hecho, creía que el simple hecho de pensarlo me estaba poniendo de mal humor, algo que no tenía el menor sentido. Deseché esas tontas ideas y me centré en pasármelo bien con mi mejor amiga. Estaría muy liada todo el fin de semana y no nos veríamos hasta el domingo.

Después de ver una película, sentadas en la amplia alfombra de mi salón mientras cenábamos, la invité a quedarse a dormir; siempre tenía la habitación de invitados preparada para cuando quisiera pasar la noche en casa. Seguía siendo de la opinión de que las fiestas de pijamas no pasaban nunca de moda a pesar de la edad que se tuviera.

Procuramos no trasnochar como la noche pasada, sino, el viernes sería un desastre en lugar de una bendición porque daba paso a unos días de relax. A veces añoraba demasiado el fin de semana, pensé. Y estaba claro que el motivo no eran mis revoltosos alumnos, sino cierto director aguafiestas, que había convertido mi trabajo, mi vocación, en un cometido algo fastidioso demasiado a menudo.



La semana siguiente pasó sin grandes incidentes, aunque Ethan lograba ponerme nerviosa cada vez que nos cruzábamos en los pasillos del colegio. Cualquiera podría pensar que le tenía miedo, algo que nada tenía que ver con la realidad, pero sí que seguía pensando que había en él más de lo que parecía. O al menos eso me decía a mí misma. Quizás era mi forma de auto-convencerme de que no me convenía en absoluto.

Después de mi primera clase tenía un descanso de dos horas hasta la siguiente. No tenía nada importante que hacer en casa, así que pensé quedarme en la sala de profesores y leer un rato, no me hacía falta repasar nada para mi última clase del día, podría tomármelo con calma y eso haría.

Estaba en la cocina preparando un café cuando pensé que ya hacía una semana que Ethan había entrado a trabajar. En ese breve período de tiempo me había pedido salir en dos ocasiones: cuando se incorporó y ese mismo lunes. Nunca me había pasado nada igual, que yo recordara. Nadie había mostrado tanto interés en mí desde Brent. Y desde aquellos tiempos, habían pasado más de cuatro años.

Distraída con mis pensamientos, me sorprendí cuando entraron Ethan, Harry y Tom charlando animadamente. Al verme allí, se callaron de inmediato y no pude distinguir de qué hablaban, pero consternada, pensé que quizás era sobre mí. Desde el primer día se les veía a los tres juntos aunque no creí que tuvieran nada en común; al parecer estaba equivocada. Emily y yo les llamábamos los tres mosqueteros, porque parecía que las veces que les pillábamos juntos, estaban confabulando de algún modo.

Miré a Ethan entornando los ojos. Él me observó con cara de póquer. Muy hábil para ocultar sus sentimientos, pensé.

Traté de parecer interesada en mis asuntos y no en los suyos, miré la cafetera con un gesto que esperaba, pareciera concentrado y no nervioso.

Me di cuenta de que Harry y Tom salieron por piernas en ese momento. Les faltó salir corriendo, aunque lo hicieron tan deprisa que cualquiera diría que estaban huyendo de algo. Cerraron la puerta con un golpe y me quedé algo confusa, sin llegar a mirarle a los ojos.

Ethan se acercó hasta mí y se acomodó en una silla, demasiado cerca. Parecía relajado, aunque me dio la sensación de que solo era una máscara y no estaba tan despreocupado como aparentaba. Casi podía notar que estaba tenso por algo, y me pregunté por qué. No pude evitar sentirme pensativa y un poco inquieta. Siempre me sentía igual cuando él andaba cerca, demasiado consciente de él.

—Oye —dijo mirándome fijamente. Yo hice lo mismo, pero un poco intimidada—, al parecer este fin de semana es el cumpleaños de Miller y nos invita a cenar a un restaurante de la zona. ¿Tú vas a ir?

—Sí, claro —dije mirándole. Le noté interesado y tuve la necesidad de explicarme—. Es una especie de tradición; desde que Miller se instaló aquí, celebramos los cumpleaños de los compañeros todos juntos. Supongo que al principio lo hizo para crear buen rollo entre todos, fuera del trabajo.

—Ah, ¿es que no había un buen ambiente antes? —inquirió con el ceño ligeramente fruncido.

—Sí, bueno… —¿cómo decirle que era muy posible que lo hubiera hecho con la idea de verme fuera del trabajo? Ni siquiera estaba cien por cien segura de eso. Opté por omitir mis sospechas—. Eso creo, al menos yo he tenido buena relación con todos desde que trabajo aquí.

—¿Y eso cuánto es? —preguntó con gran interés.

—Tres años.

Mi escueta respuesta pareció sorprenderle.

—Vaya, es mucho tiempo —dijo pensativo.

—No tanto en realidad —sonreí algo nerviosa, pensando que debí haber vuelto a mi ciudad natal mucho antes, y haber dejado a Miller años atrás. O no haber salido nunca con él. Esa sí habría sido una opción excelente.

—Bueno, yo llevo poco tiempo siendo profesor. Meses en realidad —dijo con una sonrisa.

—¿En serio? Y, ¿a qué te dedicabas antes?

Le miré y de repente me di cuenta de que realmente quería saberlo. Me interesaba conocer más sobre el hombre atractivo con ese sorprendente brillo en la mirada que tenía justo delante. Estaba intrigada, muy a mi pesar.

Se quedó como una estatua, no se movía ni un milímetro, aunque pude notar que sus ojos se volvieron fríos y calculadores. Algo me decía que no me iba a gustar la respuesta, fuera cual fuese. Dejó escapar un largo suspiro y observé que había contenido el aliento cuando oyó mi pregunta. Tragué saliva de forma compulsiva y quise decirle que dejara de mirarme con esa expresión tan seria, tan intensa. No sabía qué demonios escondía en su pasado, o en su presente, pero entendí que tenía miedo de llegar a averiguarlo.

El recuerdo de otra mirada, parecida, tan seria e indiferente, aunque por motivos distintos, me hizo renegar de aquellos que siempre andan ocultando sus sentimientos. Por culpa de algo así, terminé sufriendo, y con un fracaso sentimental que ni me apetecía recordar. Por desgracia, Brent se encargó de que no pudiera evitar rememorarlo cada día, y eso no hizo sino aumentar mi rencor hacia él.

Hice un gesto con la mano para restar importancia, tratando, a la vez, desterrar a algún remoto rincón de mi mente, al más fastidioso de mis ex.

—No hace falta que me cuentes nada si no quieres. Es tu vida…

Mi voz se fue apagando. Él se puso de pie y se acercó, sujetó mi mano con delicadeza haciendo círculos con sus dedos sobre mi muñeca.

—Puede que te lo cuente algún día —sonrió levemente—, pero creo que no es el mejor momento —fue su enigmática respuesta.

Sus ojos volvían a mostrar una expresión cálida. ¿Había imaginado, tal vez, su momentánea frialdad?

—Ya, claro —dije apartándome. No porque no me hubiera gustado sentir su piel contra la mía, sino porque no deseaba que notara lo nerviosa que me ponía.

Aún podía apreciar el cosquilleo que había sentido cuando me tocó. Tenía unas manos suaves y fuertes a la vez. Me hubiera gustado seguir con su contacto e ir un paso más allá, pero ni era el lugar indicado para dejarse llevar de esa manera, ni era el hombre adecuado para mí, por mucho que mi cuerpo pareciera contradecirme.

Para que no notara que me había sonrojado como una colegiala, me di la vuelta y disimulé como pude. Cogí un vaso de plástico y lo llené de agua. Me sentí un poco idiota, ya que lo que había ido a buscar allí era un café que no estaba listo aún. Pensé que lo mejor era alejarme un poco e ir al aseo, donde vaciar el vaso con agua y de paso, serenarme.

Me dirigí a la puerta que se encontraba a pocos pasos de distancia, ya que la cocina era como una caja de zapatos, algo con lo que solíamos bromear entre los profesores.

—Bueno, voy al baño…

No terminé de hablar cuando, al alcanzar el pomo de la puerta, alguien se me adelantó y casi la estampa en mi cara. Di varios pasos hacia atrás para terminar chocando con un pecho firme y unos brazos cálidos y fuertes que me sostuvieron antes de que mi trasero se empotrara con el suelo.

—¡Oh, Dios mío! —exclamó Bryanna con los ojos muy abiertos, llenos de preocupación.

—Lo mismo digo —solté en voz baja, aunque por distinto motivo.

Las manos de Ethan, sujetando mis brazos y su torso pegado a mi espalda, estaban causando estragos por todo mi cuerpo. Solo podía pensar en que se estaba muy a gusto y no deseaba moverme de allí. Pero alguien tenía que estropear el momento, y mi amiga venía directa hacia mí con cara de culpabilidad. Me dieron ganas de decirle que no pasaba nada, que todo era como tenía que ser y que me dejara disfrutar de ese instante. Si bien poco apropiado, era sorprendentemente placentero.

—Por favor, dime que no es café lo que te he tirado por encima —dijo con el ceño fruncido—. O te dejará una mancha horrible en tu jersey.

Se la veía tan preocupada que no se fijó en que aún llevaba el vaso con un resto de agua en la mano y que era imposible que eso dejara mancha alguna. Lo dejé encima de la mesa, separándome de Ethan y de su calidez.

—No, tranquila, si solo es agua —expliqué.

Toqué mi jersey y noté que tenía toda la parte delantera empapada. Apenas se notaba porque el color marrón oscuro lo disimulaba un poco, pero estaba chorreando y antes de que me mojara los pantalones también, me lo quité de un tirón.

—Vaya —me quejé—, no se secará antes de mi clase —dije consternada.

Lo puse encima de una silla y miré hacia donde estaban Ethan y Bryanna, uno al lado del otro. Se habían quedado mudos de golpe y me miraban con una extraña expresión de asombro. Tenían la boca abierta y ni siquiera parpadeaban mientras observaban mi camiseta con interés. Fruncí el ceño preocupada. Llevaba un top de tirantes debajo, así que no era como si me hubiera quedado desnuda delante de ellos.

—¿Qué pasa? —pregunté inquieta.

—Amber, deberías cambiarte… y pronto —murmuró Bryanna señalando mi camiseta.

—Ya lo sé. No puedo estar en tirantes o me congelaré, además…

Iba a decir que también la notaba un poco húmeda, pero eso no era todo. No recordé que, lo que llevaba, era una fina camiseta de color blanco debajo y, tampoco, lo que solían pasarles cuando se mojaban. Se transparentaba toda la parte de mis pechos y revelaba, con todo lujo de detalle, mi sujetador blanco con corazoncitos negros. Era como una radiografía sin necesidad de rayos X. Solté un grito.

Tan rápido como pude, me tapé de nuevo con el jersey, olvidando que estaba tan mojado, que era mucho peor.

—No creo que sea una buena idea —masculló Ethan entre dientes, tan tenso como una tabla.

Lo volví a dejar en la silla y me tapé con las manos y los brazos como pude. No llevaba nada en mi bolso o en el coche para cambiarme. Estaba realmente desesperada y sabía que todo eso podrían verlo en mi expresión.

—¿Y qué propones? —inquirió con sorna. Bryanna le miró con una sonrisa traviesa.

—Se me ocurren unas cuantas cosas —la voz de Ethan se volvió ronca, tan suave como la seda, provocando varias reacciones inapropiadas a mi cuerpo, ya alterado.

El ambiente se cargó de electricidad. La tensión se podía cortar con un cuchillo. Y yo quise que la tierra me tragara. No podía creer que Bryanna se estuviera divirtiendo con la situación.

—Ya… —nos miró a ambos y la sonrisa de mi ahora “ex amiga”, se acentuó aún más. No me lo podía creer—. Será mejor que os deje solos.

—¿Qué? —grité con desesperación.

Me miró y levantó las cejas. Su insinuación estaba clara.

En cuanto resolviera el problema que tenía entre manos, literalmente, iba a torturar y matar lentamente a mi compañera.

Cuando cerró la puerta al salir, me puse tan nerviosa que empecé a temblar. Ethan se acercó hasta mí con expresión preocupada, pasó sus cálidas manos por mis brazos y con la mano en mi barbilla, me hizo mirarle a los ojos.

—¿Estás bien? —asentí—. Tengo una sudadera en el gimnasio que puede servirte —dijo hablando con lentitud.

Se alejó un poco y sentí de nuevo un extraño frío que nada tenía que ver con las bajas temperaturas del mes de enero, sino más bien con el hecho de que la calidez de sus manos, unos segundos antes, habían dejado una maravillosa sensación en mi piel. Lo que sentía ahora, era algo parecido a la añoranza.

—Gracias, pero no creo que tu ropa vaya a quedarme bien —le dije con una sonrisa nerviosa.

—Tranquila, se la dejó ayer una alumna. Todavía no sé de quién es, pero creo que te servirá de momento —explicó con esa intensa y oscurecida mirada.

—De acuerdo —dije sin más, tratando de no caer rendida a sus pies.

Se marchó. No sin antes lanzar una lenta y escrupulosa mirada a todo mi cuerpo que me hizo hiperventilar. Casi me derretí allí mismo. No solía reaccionar así con ningún hombre y menos con alguien a quien apenas conocía. Pero había algo en él que no conseguía descifrar. Por un lado me parecía demasiado enigmático, por su frío modo de comportarse a veces, y otras, era el clásico hombre decidido y lanzado que no dudaba en ir a por lo que deseaba, o sea yo. Me resultaba increíble combinar todo eso con la calidez que mostraba en contadas ocasiones. No sabía a qué atenerme con él. Era un completo torbellino de contradicciones, lo que menos me gustaba. Prefería los hombres sencillos, que se mostraban tal como son, que no ocultaban secretos… es decir, esos que no existían en el mundo real.

Mientras mi mente divagaba, me senté en una silla y me encogí para ver si de ese modo no cogía mucho frío, o pillaría una pulmonía por llevar la camiseta mojada.

Tener que ponerme una prenda de niña no casaba mucho con mi idea de la moda, pero no me quedaba más remedio que ponérmela. No acostumbraba a llevar ropa deportiva si no era para ir a correr o al spa, pero por un día me conformaría. Por nada del mundo podía ir con la pinta que tenía ahora mismo. Mi mojado jersey marrón tampoco servía.

Al cabo de unos minutos apareció Ethan con una chaqueta de color rosa claro en las manos y me la dio. Se lo agradecí con una sonrisa y me di la vuelta para desvestirme y colocarme la prenda seca. Oí unos pasos que me indicaron que Ethan se marchaba, por lo que me puse manos a la obra cuando la puerta se cerró con suavidad.

Me saqué la camiseta de tirantes y la dejé en la mesa. Metí los brazos en ambas mangas y enganché el cierre delantero de la cremallera. Empecé a subirlo cuando escuché la puerta al abrirse y sin pensarlo, me volví de inmediato para ver quién era. Ethan asomó la cabeza con una perezosa sonrisa en sus labios.

—Por cierto —soltó con deliberada lentitud—, quizás deberías quitarte el sujetador también.

—¿Cómo dices? —espeté sorprendida y contrariada.

Me di cuenta, tarde, de que no había ocultado mi pecho al darme la vuelta. No se me veía del todo, pero sí la unión del sujetador en el centro y una pequeña porción de piel. Después de subir la cremallera y taparme el provocativo sujetador, le fulminé con la mirada.

—Creo que estará mojado también, así que no te enfades, que lo digo por tu bien —su expresión de inocencia no engañaba a nadie—. No quiero que pilles un resfriado —concluyó.

—Muy considerado, pero estaré bien —solté furibunda.

—Como quieras —dijo pensativo—. Nunca me han atraído demasiado los corazoncitos, pero desde hoy he cambiado de idea —soltó una risotada.

Me acerqué a él con decisión y le empujé hasta afuera. Estaba descolocada por su desfachatez y descaro. Menudo sinvergüenza.

—¡Largo! —le grité. Cerré la puerta con fuerza, pero pude oír su risa al otro lado.

Me quedé un instante contra la puerta de madera, intentando que mi respiración se normalizara y mi corazón dejara de latir con tanta fuerza. Parecía que me iba a dar algo.

No sé si me hacía mucha gracia lo que estaba empezando a sentir por Ethan, pero parecía que últimamente, mi cuerpo solo podía reaccionar de un modo a su presencia: revolucionando mis hormonas.

Respiré hondo y subí hasta arriba del todo la cremallera, hasta que tapaba incluso hasta mi barbilla. Tenía que dar una clase en media hora. Ya estaba bien de exhibiciones e insinuaciones por un día.


Espero que lo hayáis disfrutado.

Podéis ver el book tráiler aquí.
Os dejo los enlaces de compra. Encontraréis esta novela en formato digital y papel.


El frágil lazo del amor - Capítulo 1

¡Buenos días!
Estoy muy contenta con el interés que habéis mostrado por esta novela. Después de casi un año completo a la venta, aún sigue generando ventas, y es increíble. Por eso quiero daros las gracias de todo corazón.  

Para los que aún no la conozcan, os voy a dejar el primer capítulo completo, y espero que os guste y os anime a adquirirla en amazon, donde la encontraréis en formato digital y papel.


Capítulo 1


Estaba caminando de un lado a otro de la habitación y evitaba con todas mis fuerzas desconectar mi mente de la incesante charla que amenazaba con volverme loco. Colgué el teléfono lo antes posible sin parecer un borde, procurando no hacerlo añicos en ese instante. Mi hermano había estado dándome las últimas indicaciones y recordándome lo que me jugaba estos meses. Era un plasta de cuidado. Parecía que olvidaba que llevaba trabajando en esto desde hacía ocho años. No era ni mucho menos un profesional, pero se me daba bien calar a las personas, llegar hasta aquellos rincones íntimos de sus personalidades —donde casi nadie lograba llegar—, atar cabos y ayudar a su bufete de abogados. Siempre le venía bien mi don para esclarecer los datos que parecían faltarles de los hombres que representaban. No me hacían falta lecciones. Y menos las suyas.

Lo tenía todo bajo control.

Estaba recién instalado en una casita de Richmond desde hacía una semana y pensé que había llegado el momento de ir a conocer el terreno. Nunca había estado en esta parte de Virginia, ya que mi familia y yo hemos vivido siempre en la costa. Me alegraba, al menos, de no verme obligado a salir del estado.

Tenía que ir a comprar al supermercado y no había cosa que detestara más, bueno, puede que sí, pero cocinar me gustaba mucho y no me quedaba más remedio que pasarme por la tienda y surtir la nevera. Era complicado preparar algo con solo agua, cervezas y chocolatinas varias.

Cogí el coche y paseé por la zona para ver si encontraba alguna tienda mientras hacía una lista mental de lo que necesitaría. No tardé demasiado en localizar una. No muy grande, pero me serviría.
Al aparcar, vi a una mujer bajar de su coche frente al supermercado, no llegué a salir del mío y observé cómo caminaba con gracia hasta la puerta. Era la mujer más atractiva que había visto, y aunque llevaba una ropa bastante sosa, bajo ese aspecto de bibliotecaria se intuía un cuerpo de infarto. No le veía bien la cara por las gafas de sol que se la tapaba, pero aún así… mis intuiciones no solían fallar, así que me recreé un instante en sus movimientos de cadera. Su pelo rubio y ondulado se movió como en uno de esos anuncios de champú cuando se giró para mirar a su derecha. Una mujer llamó su atención aunque por su expresión parecía que no le hacía mucha gracia haber tropezado con ella; puso mala cara, y aunque se notaba que intentaba disimular, no pasó totalmente desapercibida su forzada sonrisa. Al menos no para mí.

Bajé de mi coche de alquiler y entré. Pensé que tendría que comprarme uno cuanto antes, no tenía ganas de andar siempre con un coche alquilado que además, era bastante feo.

La bibliotecaria rubia aún seguía hablando con esa otra mujer; era morena, un poco más alta que ella y con un aspecto mucho más provocativo. Era atractiva, sin duda, pero no era el tipo de mujer que me atraía. Demasiado llamativa.

Pasé cerca de ellas, que seguían en la entrada del supermercado y percibí la impaciencia en la mujer que captó mi atención desde el principio. No paraba de mover sus manos de forma inquieta y taconear con sus cómodos zapatos en la acera. Me dieron ganas de acercarme y rescatarla, pero no me pareció apropiado, ni siquiera la conocía y podría estar equivocado con la situación, aunque no era frecuente que errara en mis impresiones sobre las personas.

Me entretuve en uno de los primeros pasillos, no prestaba atención a lo que había allí, pero como la morena hablaba en voz muy alta, esperaba pillar el nombre de la otra, o al menor saber de qué hablaban.

—Oye Amber, he quedado con Denise para salir de fiesta el sábado, ¿te quieres venir?

—Lo siento, pero tengo cosas que hacer. Otro día.

Bien, había oído su nombre y su voz. Algo delicioso sin duda. Quise saber más, para asegurarme, y deambulé un rato por allí, esperando que nadie se diera cuenta de mi interés.

—Anímate, solo tienes que ponerte un vestido atrevido y maquillarte bien —soltó la morena con cierto tono reprobatorio en cuanto a su vestimenta—. Vamos a ir al Pub Concord.

—Ya, pero en serio no puedo. No tengo mucho tiempo, nos vemos pronto —miró su reloj. Era evidente que quería salir de allí cuanto antes—. Saluda a Denise y dile que la echo de menos. Hasta luego. Dio media vuelta y fue a coger una cesta para la compra.

Simulé estar mirando lo que había en la estantería y me di cuenta de que eran los preservativos, lubricantes y todas esas cosas. Sin duda no era el mejor sitio para que ella me viera.

Era muy interesante lo que acababa de descubrir. Siempre acertaba en mis primeras conclusiones sobre las personas, rara vez me equivocaba, y creía que había hecho progresos en apenas unos minutos fuera de casa. No estaba aquí solo para comprar, claro. Necesitaba moverme un poco e ir juntando las piezas del caso. Al menos era lo que se esperaba de mí. Lo que mi hermano esperaba, aunque no era el único.

Claro que la mujer que resultó llamarse Amber, había captado mi atención por algo distinto. Pasó muy cerca resoplando y con cara de pocos amigos, no debía de caerle muy bien la otra mujer que ya se había marchado. De hecho, casi podía asegurar que las miradas de enfado que le lanzó con esos preciosos ojos marrones cuando la morena mencionó lo de la vestimenta para salir a ese Pub, eran sin duda porque a pesar de las apariencias, no se soportaban. Un tono de voz amable podía engañar según qué circunstancias; una mirada pocas veces engañaba.

Lo que más me gustó saber era que Amber iba a ser mi compañera de trabajo durante los próximos meses; recordaba haber visto su ficha en la documentación que me hizo llegar mi hermano: era una de las profesoras del colegio donde empezaba la semana que viene, de literatura para ser exactos. Justo la persona que me interesaba conocer en profundidad para sacar los datos que necesitaba. Tendría que acercarme a ella.

Estaba deseando que llegara ese momento.





Desperté como cada mañana cuando el reloj de mi dormitorio sonó a las siete en punto. Lo golpeé varias veces hasta que dejó de sonar y me volví a quedar profundamente dormida. Pero gracias a la previsión de que esto podía ocurrir, tuve la gran ocurrencia de poner la alarma también en mi móvil. No lo tenía a mano, así que me levanté de la cama, muy a mi pesar, y lo busqué por toda la habitación hasta que lo encontré junto a la ropa que llevaba anoche para ir de fiesta con Holly.

Sabía que era una mala idea salir un día entre semana, pero como era su cumpleaños, no me pude negar a su petición. Aunque sí tendría que haber pensado en lo mal que me encontraría a la mañana siguiente, es decir, hoy, si me acostaba a las cuatro de la madrugada.

Solo de pensar en la clase de niños de once y doce años que me esperaba en el colegio, me ponía de peor humor. Me tocaba entregar las notas de las redacciones de la semana pasada, y esos momentos suelen ser algo alborotados. Desde luego no ayudarían mucho a la resaca que manejaba esta mañana.

Escondí como pude las ojeras, que las pocas horas de sueño habían causado en mi rostro. No pasaría desapercibido para el director del colegio, que era el tío más pesado del planeta entero, pero le evitaría en la medida de lo posible y así no tendría que responder a sus patéticas preguntas de siempre. Estaba segura de que mis compañeras me echarían una mano, aunque ellas habían salido conmigo de fiesta y seguro que se encontraban en el mismo estado que yo, vamos, dispuestas a todo para no encontrarse con Brent Miller. Detestábamos rendirle cuentas. Él sí que podía llegar a causar un malestar general, su presencia bastaba para revolverte el cuerpo.

Me vestí lo más rápido que pude, recogí las carpetas que dejé en mi estudio y las metí en el maletín, que coloqué en la isla de la cocina para no olvidarlo. Preparé un café y lo eché en mi taza favorita con su tapa para poder tomarlo en el coche de camino al trabajo.

No me daría tiempo, claro, porque vivía cerca del colegio, pero al menos no llegaría tarde, que era lo que pasaría si lo tomaba en casa.

Fue total mi desgracia cuando, nada más entrar por las puertas dobles del colegio, me encontré con mi peor pesadilla: Brent. Era el director del colegio desde hacía un tiempo y, cosas de la vida, también parte de mi pasado, lo cual intentaba no recordar cada día. Desde luego mi vida era más difícil desde que pidió el traslado, dos años atrás, para volver a estar cerca de mí. El muy desgraciado hizo todo lo posible para conseguirlo y aunque imaginé que no lo lograría, había subestimado su capacidad para alcanzar sus objetivos.

Era incluso peor que cuando estábamos juntos.

Me miró de arriba abajo y sonrió casi de manera imperceptible. Pero cuando reparó en mis ojos, me di cuenta de que había notado el profundo cansancio que escondí lo mejor que había podido y al parecer sin mucho éxito. Su mirada se tornó preocupada y enseguida se acercó hasta mí. Demasiado, como siempre.

—¿Te encuentras bien?

—Perfectamente —contesté seca.

—Venga ya, tienes mala cara —dijo sosteniendo mi barbilla para mirarme bien—. ¿Te pasa algo?

—No me pasa nada —solté algo brusca, me aparté y le puse mala cara—. Miller no vuelvas a tocarme, ¿está claro?

Tuvo la desfachatez de mostrarse herido, a pesar de que le repetía una y mil veces que se olvidara de mí.

Miré a ambos lados para percatarme de que ya estaban entrando los alumnos. Me sentí algo avergonzada por levantar la voz. La verdad es que muy poca gente sabía de nuestro pasado y no me apetecía que se corriera la voz. Los padres no aceptarían que hubiera tensión entre los profesores y mucho menos con el director del colegio, al que adoraban, pero claro, no conocían a Brent tanto como yo. Y no me gustaría que me echaran por su culpa. Tenía que controlarme y no decirle a la cara lo que pensaba exactamente de él y de sus intentos por recuperarme. Algo que tenía claro, nunca daría resultado. A veces me preguntaba cómo era que no se aburría de perseguirme y se daba por vencido. No me consideraba tan interesante como para que sostuviera ese interés tanto tiempo. Era incomprensible, al menos para mí.

—Está bien, como quieras —dijo condescendiente—. No tardes en venir a la sala de profesores, hoy se incorpora el nuevo profesor de gimnasia —añadió esto último con un tono sarcástico.

No sabía a qué venía aquello. La última vez que sintió desprecio por un profesor, acabó de patitas en la calle aunque era muy bueno en su trabajo. Una vez más, lamenté pensar en ello, porque sospechaba que el interés de este por mí, fue lo que causó su despido. No podía asegurarlo, pero conocía lo bastante a Brent como para imaginarme que no estaba equivocada del todo. Era capaz de muchas cosas para lograr sus objetivos.

—Voy enseguida —dije con desgana, aunque tratando de ocultar mi repulsa por él.

Me di la vuelta y caminé hacia la sala de profesores en el sentido contrario al de Brent. No me apetecía nada ir charlando de banalidades con él hasta allí, y mucho menos tan cerca de su persona. Le aborrecía hasta límites insospechados.

Emily Walker y Bryanna Rogers me interceptaron cuando estaba a punto de cruzar las puertas para encontrarme con los demás compañeros. Cada una me sostenía por un brazo.

—Eh, ¿se puede saber qué os pasa? —las miré confusa, ya que me hicieron entrar en la cocina, que estaba junto a la sala.

—Madre mía, no te puedes hacer una idea de cómo está el profesor de gimnasia que se incorpora hoy —soltó Bryanna, algo alterada y con una amplia sonrisa.

—¡Sí! Está buenísimo… creo que me quitó la resaca tan solo con mirarle hace un rato —Emily se abanicó con las manos y las tres nos reímos por sus ocurrencias.

—Venga ya, tampoco será para tanto, ¿no? —solté, poniendo los ojos en blanco.

Las dos se miraron con complicidad y sonrieron de forma que me entraron ganas de salir corriendo a casa. Si entraba a trabajar al colegio algún otro ex novio mío, presentaría mi dimisión esta misma mañana. Decidido. Negué con la cabeza para no pensar en ello y traté de ignorar las risas que soltaban por lo bajo mientras salíamos de la cocina y entrábamos en la sala de profesores.

Todos estaban muy callados, Brent permanecía de pie y nos miró con mala cara al vernos llegar tarde a la reunión que había programado para darle la bienvenida al nuevo. Era tan normal verle serio y molesto, que ni traté de disculparme. Tan rápido como pudimos, nos escabullimos al final de la sala y nos sentamos en los asientos que quedaban libres. Saludé con la mano a los demás compañeros y me di cuenta de que el nuevo estaba en la silla junto a Brent, que ocupaba el cabecero, y miraba un papel que tenía justo delante. Parecía muy concentrado en él hasta que el “señor” director hizo la presentación en voz alta.

—Buenos días a todos. Como ya sabéis, Carter nos dejó antes de navidades por un asunto personal y se marchó de Richmond —empezó diciendo con una mueca que se suponía que debía mostrar tristeza, pero que nadie creyó ni por un segundo—. Ya estamos a día 28 de enero, pero no hemos podido contar antes con un suplente, porque nos ha sido imposible, debido a las vacaciones y al ajetreo del comienzo del trimestre —hizo una pausa y miró al nuevo profesor. Este dejó de leer el documento que tenía delante y atendió a sus palabras—. Así que os presento a Ethan Anderson, el nuevo profesor que nos acompañará durante cuatro días a la semana en los cursos de grado séptimo y octavo para impartir clases de educación física. También tengo entendido que entrenará al equipo de fútbol del instituto vecino, así que nos veremos mucho por aquí —hizo una pausa de unos segundos. Por un momento su expresión me dio a entender que el nuevo le desagradaba por algo. Si bien trató de ocultarlo, le conocía lo bastante como para diferenciar sus tics nerviosos—. Bienvenido.

Se estrecharon las manos y me di cuenta de que Brent parecía enfadado, serio y distante. Más de lo normal en todo caso. Pocas personas le caían bien. No parecía muy contento con la nueva incorporación, y me pregunté cuál sería el motivo. Tal vez se conocerían y no tenían un trato muy amistoso.

Dejé de pensar en eso cuando Ethan se giró y pude verle bien. Era alto, moreno y con los ojos azules, llevaba un pantalón de vestir y camisa negra. No demasiado formal, pero sin duda más de lo que cabría esperar para un profesor de gimnasia. A pesar de eso, se notaba que trabajaba a fondo la musculatura. Incluso con la vestimenta oscura, se podía apreciar un buen cuerpo bajo toda aquella tela. Desde luego entendía muy bien porqué las chicas estaban tan revolucionadas: era muy atractivo, teniendo en cuenta que los demás eran algo más normalitos. No tanto Brent; también era guapo a su manera, pero desde luego no tanto como Ethan.

Se me secó la garganta cuando posó su intensa mirada en mí. Noté un brillo extraño en sus ojos, parecía que estuviera evaluándome y sentí un escalofrío cuando se demoraron demasiado tiempo sobre mi persona.

Una ligera sonrisa asomó en sus labios y mi mirada se desvió hacia allí unos segundos.

Algo me decía que tuviera cuidado con él. A pesar de que tenía aspecto de tío simpático, su expresión y su postura denotaban seguridad en sí mismo, y una determinación que me recordaba a Brent. Se me ocurrió que quizás tenían algo en común, aunque no parecía que se llevaran muy bien. Al menos mi ex no estaba demasiado contento. No estaba segura y desde luego bien podía deberse a que no estaba totalmente despierta esta mañana, pero mi intuición me decía que debía cuidarme de ese hombre. De todos, ya puestos. Bastante tuve con la lección que recibí hace tres años.

Sentí un codazo en mi brazo izquierdo y me di cuenta de que era Bryanna. Soltó una risa juguetona y entonces fui consciente de que el Ethan y yo nos habíamos quedado un instante mirándonos con interés, algo que no había pasado desapercibido para ninguno de los presentes. Tampoco para Brent, que me dedicó una expresión furibunda. Seguro que se sentía celoso de que hubiera puesto mis ojos en otro hombre, aunque ni siquiera nos conocíamos. No había nada de malo en mirar a otra persona, otro ser humano. Y yo no tenía ningún interés en el nuevo, por descontado.

No podía entender que estuviera molesto por algo tan insignificante. Pero también me di cuenta de que desde que nos encontramos hacía un rato, había hablado con cierto tono de descontento del nuevo profesor. Pensé por un segundo, que quizás se sintiera amenazado, porque desde luego era un hombre muy atractivo. Podría gustarle a cualquier mujer, como parecía que había ocurrido con mis dos compañeras y amigas. Aunque no sé de qué podría preocuparse, aparte de que no había nada entre nosotros desde hacía más de tres años, tampoco pensaba involucrarme con un compañero de trabajo. Nunca era buena idea y ya había salido escarmentada en otra ocasión. Por su culpa.

Después de la bienvenida a la nueva incorporación en la plantilla, nos recordó que el lunes siguiente por la mañana celebraríamos la reunión semanal, que en realidad era cuando solíamos hacerla y no a mitad de semana. Yo tenía ya bastante con eso. Cada segundo que pasara en su compañía, ya era tiempo que me sobraba. Por mí no nos veríamos nunca más. Y claro, una vez más deseé que se marchara y me dejara vivir mi vida en paz, aunque veía difícil lograrlo.

Me dirigí a mi clase intentando olvidar esa penetrante mirada que me había dejado tan confusa minutos antes.

Iba tan ensimismada, pensando en las cosas que cambiaría de mi vida actual, que apenas presté atención a una voz que gritaba cerca de mí. Alguien dijo mi nombre y me volví para saber de quién era esa voz que no reconocía.

Casi me caigo de culo cuando vi que Ethan caminaba con paso decidido hacia mí, parecía una pantera, todo vestido de negro, en busca de su presa. Quise irme en dirección contraria, porque parecía que se abalanzaría sobre mí, con esa velocidad que llevaba, o bien pudiera ser que mi cerebro no procesaba los sucesos del modo habitual. Una vez más, lamenté haber salido la noche anterior, ya que hoy estaba con la cabeza en las nubes. Estaba paralizada y apreté con fuerza la carpeta que llevaba en las manos.

—Perdona, se te ha caído esto —dijo con unos folios en la mano.

Su voz me pareció de lo más seductora, casi dulce. Un gran contraste con su exterior, sin duda misterioso.

—Oh, vaya. Es una de las redacciones, tiene que haberse salido del archivador —dije casi sin mirarle a la cara cuando lo cogí—. Gracias.

—Un diez. Debe ser tu alumno estrella —dijo con una media sonrisa.

—Sí —me relajé un poco, la verdad es que tenía una sonrisa preciosa. Mi corazón iba más acelerado de lo normal e intenté ignorar eso—. Es de un niño muy especial.

Me aclaré la garganta. Estaba algo cohibida. Este hombre me hacía sentir cosas muy extrañas y me pregunté por qué empezaba a sentir algo parecido al miedo. Pero si iba a trabajar en el mismo lugar que yo, tendría que ser amable por lo menos, nada era peor que un ambiente enrarecido en el lugar de trabajo, y ya tenía bastante de eso con Brent “el plasta”.

—¿Tienes alguna clase ahora? —pregunté con interés. Era más fácil hablar de lo que más me gustaba en el mundo. Los niños y la enseñanza.

—Justo al lado —dijo con una sonrisa maliciosa y señalando la puerta junto a la mía—. Nos vemos luego —me guiñó un ojo.

—Sí —susurré. O eso creí, ya que apenas era consciente de mí misma en ese instante.

Me quedé paralizada y con la boca abierta mientras veía cómo caminaba unos pasos y entraba en su clase. En otras circunstancias pensaría que había intentado ligar conmigo. Sin embargo no era el lugar más indicado para hacerlo, además, seguro que los hombres como él no se fijaban en mujeres como yo: sencillas y con un trabajo corriente, nada espectacular.

Dejé mis raras ideas a un lado. Esta mañana mi mente vagaba por derroteros por los que no estaba acostumbrada a viajar a menudo. Realmente hacía mucho tiempo que no estaba con un hombre, quizá por eso Ethan había captado mi atención. Era lo más normal que alguien como él no pasara desapercibido; ya desde bien temprano había revolucionado las hormonas femeninas del claustro de profesores. Me imaginaba que eso le ocurriría con frecuencia y no era algo que apreciara; los que acostumbraban a estar en el punto de mira del ojo femenino, solían ser unos mujeriegos. Sabía bien de lo que hablaba.

Quizás por eso sentía que no era buena idea mezclarme con él. Su atractivo y su seguridad en sí mismo, fueron las mismas cualidades que me atrajeron de Brent en un principio y luego todo acabó de la peor manera. Sabía que era injusto comparar las situaciones, pero no podía evitarlo. Si volvía a descuidar mi corazón con otro hombre, acabaría resquebrajado y yo, sufriendo de nuevo.

Negué con la cabeza y me propuse estar al cien por cien con mis alumnos. Abrí la puerta con una sonrisa en mis labios y saludé a los niños. No podía imaginar un mejor modo de empezar el día, ya que, por suerte, todos estaban en su lugar y sin armar mucho jaleo. Normalmente no me importaba que estuvieran un poquito revoltosos, pero hoy necesitaba silencio, y era de agradecer que parecieran comprenderlo.



La mañana transcurrió con tranquilidad.

Al medio día, cuando finalizaron las clases, me tocó quedarme en el colegio. Preferí permanecer en la cocina de los profesores y no bajar al comedor con los demás alumnos, así estaría tranquila un rato antes de las tutorías que tenía por la tarde. Emily y Bryanna se quedaron unos minutos conmigo, pero se tuvieron que marchar; en casa las esperaban sus maridos. Me quedé sola y cuando terminé de comer, estuve leyendo un libro hasta la hora de la primera reunión.

No fue muy larga. Hablar de los progresos de uno de mis mejores alumnos con sus padres era un verdadero regocijo para ambas partes. Lo complicado eran los padres o alumnos difíciles, y mezclar ambos, ya era imposible. Estos no tardaron en marcharse satisfechos tras recoger a Martin del comedor.

Fui a por un café, para hacer algo mientras esperaba a los padres que llegarían al cabo de un rato y así no desesperar de aburrimiento.

Eran las tres y media de la tarde cuando alguien abrió la puerta de la cocina. Pensé que sería Brent y temblé. A menudo se quedaba a comer, pero lo hacía en su despacho y me pregunté qué querría. Me llevé una gran sorpresa cuando al dar media vuelta vi a Ethan con una camiseta de manga corta que dejaba a la vista unos brazos fuertes cubiertos de una fina capa de sudor. Supuse que habría estado en el gimnasio o en alguno de los patios del colegio, jugando al baloncesto o algo similar. Los deportes no eran lo mío, pero en ese momento me di cuenta de que ver a un hombre como él practicando cualquier ejercicio, debía ser todo un espectáculo no apto para menores.

—Hola —saludó con entusiasmo.

—Hola —carraspeé y no pude evitar sonrojarme por culpa de mis pensamientos tan poco habituales como apropiados—. ¿No dejas de hacer deporte ni para comer? —bromeé.

Soltó una carcajada y pasó las manos por su abundante y bien recortado cabello oscuro. Mis manos hormiguearon cuando comprendí que me gustaría pasar las manos por ahí también. Sus músculos se hicieron aún más pronunciados con el movimiento y no pude evitar pasear la mirada por todo su cuerpo.

—Creo que resulta difícil dejar de hacer lo que nos gusta, ¿verdad? —dijo con sorna, mirando el libro que yo tenía cerrado en una mano, mientras con la otra sostenía la taza.

—No porque sea profesora de literatura estoy todo el tiempo leyendo —aclaré sin evitar sonar a la defensiva.

—Ni yo paso todo mi tiempo en un gimnasio —se acercó y mi corazón dio un vuelco. Solo nos separaba una mesa—. Pero sí me gusta el ejercicio.

Arrastró la palabra de tal manera y con tal énfasis que me pareció que hablaba de otra cosa. Me acaloré y sentí que mi estómago se contraía. Recogí mis cosas con prisa, aunque con manos temblorosas, y miré mi reloj de pulsera; quedaba una media hora para mi segunda tutoría de la tarde, pero no podía permanecer cerca de este hombre por más tiempo. Había tantas contradicciones en su persona, que me volvería loca ya el primer día de conocernos. Quería salir de allí.

Cuando iba a abrir la puerta, su voz me dejo desconcertada una vez más.

—Amber —su tono ronco me provocó un escalofrío, pero me obligué a mirarle—. ¿Crees que podríamos salir a cenar alguna noche? —soltó de repente.

Me dejó en blanco por un instante.

—Eh, no… no creo que sea una buena idea —balbuceé.

Mi voz sonaba poco convincente. Apenas lograba hablar con normalidad en su presencia y no quería ni imaginar el motivo de mi turbación.

Caminó con paso lento hasta situarse delante de mí. Se acercó tanto, que pude notar su calor. Estábamos demasiado pegados, casi podía tocarle sin necesidad de extender mis manos. Me maravilló darme cuenta de que a pesar del sudor que cubría su cuello y sus brazos, oliera tan bien. Algo así debía de estar prohibido, porque si fuera al contrario podría haberme marchado tan rápido como deseaba, pero ahora, parecía que me estaba atrayendo hacia él como un imán.

Malditos los hombres que son capaces de hacer ejercicio durante horas sin perder ni una pizca de su atractivo.

—¿Por qué no es buena idea? —inquirió casi como un susurro.

—Yo… esto… no salgo con compañeros de trabajo —solté sin saber muy bien lo que estaba diciendo—, eso siempre acaba trayendo más problemas que otra cosa.

Mi balbuceo me molestó. ¿Qué me pasaba? Creía haber pasado ya hacía tiempo esa fase de encaprichamiento fácil. No era ninguna colegiala, maldita sea.

—Ya veo —se alejó unos centímetros y me observó. Sin apartarse cogió su botella de agua y la chaqueta que había en una silla y se acercó de nuevo. Me quedé paralizada—. Es una verdadera lástima —habló con una voz sensual muy baja y muy cerca de mi oído.

Salió de la habitación antes que yo, dejándome con la boca abierta. Otra vez hoy. Suspiré pesadamente. Si me alteraba así con solo unas frases, no podía ni imaginar lo que me esperaba al tener que verle todos los días durante meses… y hasta fin de curso. Sería una pesadilla.

¿O tal vez no?

La dichosa pregunta rondó por mi mente durante largo rato.



Espero que lo hayáis disfrutado.

Podéis ver el book tráiler aquí.
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domingo, 13 de noviembre de 2016

Mi reseña sobre "Otra vuelta de tuerca" de Henry James


Es una novela corta de género histórico, victoriana, con un toque de misterio y terror, que es totalmente escalofriante.

La protagonista de esta historia es una institutriz que relata su estancia en una mansión londinense mientras cuidaba a dos niños; en apariencia, todo eso es normal, pero conforme avanza la historia, se van descubriendo algunos acontecimientos que son estremecedores. 

Con un lenguaje muy elaborado, que a veces me resultaba un poco excesivo por la cantidad de detalles que daba con el relato principal, esta novela te va enganchando, te va adentrando en una compleja situación que te hará temblar por dentro. No tanto el hecho de la existencia de fantasmas, sino como las circunstancias que hacen aparecer a estos seres, y las intenciones que encierran en esa vida a medias entre los muertos y los vivos.

Me entristeció mucho el final, y la verdad es que me quedé con ganas de saber qué ocurría a continuación, pero en general disfruté con la historia, a pesar de que el tema principal era un poco duro de asumir. Si bien nunca lo deja claro del todo, no es complicado llegar a la conclusión acertada.

Es una lectura entretenida que te mantendrá en vilo en todo momento. Sin duda os hará temblar por dentro. La recomiendo.

Puedes adquirirla aquí.