viernes, 25 de abril de 2014

Capítulo 3 de "Un viaje salvaje"


Hoy me siento de maravilla!!! 

Así que os dejo un regalito! El tercer capítulo de mi nueva novela!
Espero que lo disfrutéis, ya sabéis que el primero y 
segundo lo tenéis aquí también.

Saludos y buen finde a todos!



3



Mi teléfono está sonando en alguna parte mientras mi cerebro lucha por despertarse. Cuando abro un ojo, miro el reloj de pared que hay en mi habitación y me doy cuenta de que son más de las doce.
Demasiado temprano para mí, después de haberme acostado pasadas las cinco de la mañana, pero alguien insiste en llamarme una y otra vez, y cuando encuentro el móvil, perdido entre las sábanas, me doy cuenta de que es mi padre. Mi mente se despeja del todo. Hemos quedado para comer, o más bien dicho: he invitado a mi padre a comer en casa.
No sé si habrá cambiado de idea, con lo que me tiene que contar, me imagino que está nervioso, aunque tampoco es que desapruebe el hecho de que salga con alguien.
Yo no debería saberlo, se supone que mi padre me lo contaría en persona, aunque en verdad me alegro de que a mi madre se le escapara, he tenido tiempo de asimilarlo y así le evitaré la cara de asombro total que puse cuando me enteré. No tengo ni idea de cómo hubiera reaccionado al comentármelo él. Ahora puedo decirle lo estupendo que me parece.
Al principio me resultó tan extraño… nunca pensé que mis padres pudieran volver a rehacer sus vidas por separado, es como renunciar a la posibilidad de una reconciliación aún sabiendo que es imposible. Creo que es algo que deseaba interiormente, al parecer nunca ocurrirá.
Le doy a la tecla verde para descolgar.
—Hola papá —saludo con voz pastosa.
—¿Estabas acostada? —me pregunta sorprendido.
—Sí, anoche salí con Carmen.
Me doy de patadas mentalmente a mí misma por decirle precisamente eso. Mi padre siempre ha pensado que mi amiga es una mala influencia para mí, lo que no se imagina es que yo soy peor que ella, pero claro, no tiene por qué enterarse de ese detalle. Noto que mi padre se queda callado un momento, expresando así su desaprobación.
—¿Estás segura de que quieres comer en tu piso? —me pregunta. Creo que lo dice por mi mala cocina, pero no le voy a explicar que he encargado que traigan algo de un restaurante cercano—. Puedes venir a casa si quieres.
—No hace falta, en serio. Está todo bajo control —le digo sin faltar a la verdad.
Ayer por la tarde hice el encargo, ya que imaginé que si lo dejaba para hoy, lo olvidaría.
La conversación, si es que se le puede llamar así, termina enseguida y me quedo un poco extrañada. No sé si está nervioso o es que quizás piensa que mi madre va a venir también; seguro que fue complicado tener que contarle lo que pasa. Tienen una relación estupenda, pero imagino que nunca es fácil hablar de un nuevo amor con alguien con quien compartiste tu vida una vez.
A las dos en punto llaman a la puerta y cuando voy a abrir con una sonrisa, me encuentro un poco nerviosa. Espero que no se note que conozco el secreto de mi padre. De ser así, seguro que se enfada con mamá por no haber sido capaz de cumplir su promesa de no decir nada.
Cuando nos sentamos a comer, me pregunta cómo es que he aprendido a cocinar tan bien.
—He pedido que lo trajeran de tu restaurante favorito —le digo guiñando un ojo. Él se ríe.
—Algún día tendrás que aprender —sonríe y niega con la cabeza—. Yo podría enseñarte si te quedaras más de dos semanas.
Mi padre cocina de maravilla, todo lo que se propone lo hace estupendamente y no sé cómo no he nacido con ese gen. Soy incapaz de hacer algo más difícil que freír un huevo aunque quizás sea por mi falta de constancia, nunca me apetece dedicarle más de diez minutos a la preparación de la comida. Cuento con ayuda en Santa Mónica, una mujer llamada Mar Sáez. Tiene cuarenta años y es un encanto, me ayuda a mantener la casa perfecta y ordenada, además prepara unos platos increíbles. También ella me ha sugerido alguna vez que debería aprender, pero la verdad es que mi interés decae con una facilidad asombrosa.
Pasa el tiempo y me doy cuenta de que mi padre no va a iniciar la conversación que desea tener conmigo, me armo de valor y decido sacarla yo:
—Bueno, ¿qué es lo que querías decirme? —pregunto mientras recojo la mesa con su ayuda.
—Siéntate y hablaremos —responde muy serio.
Termino de recogerlo todo y observo su cara. Parece pensativo, no deja de arrugar el entrecejo y casi me da pena, creo que está nervioso por tener que contármelo. Me dan ganas de decirle que ya lo sé todo y abrazarle simplemente, pero me contengo.
Nos sentamos en el sofá y él no deja de moverse inquieto.
—¿Qué ocurre papá?
—Bueno hija, verás… Como sabes el año pasado me trasladaron a Parla y… hace unos meses conocí a alguien —carraspea antes de continuar—, es una mujer increíble —me sonríe y se pasa nerviosamente la mano por el pelo—. Estamos pensando comprar una casa más grande para vivir juntos y dejar el piso en el que vivo ahora. Creemos que es una buena idea vender este también, ya que casi siempre está vacío.
Esa información es nueva, no sé cómo mi madre no me ha dicho nada del tema y dudo mucho que se le haya olvidado mencionarlo.
Mi padre es la viva imagen de la culpabilidad. Sabe que me encanta, aunque es normal que desee quitarse ese peso de encima. Son mis padres los que pagan la hipoteca, aunque me ofrecí muchas veces a pagarla yo misma porque no me supondría ningún gran esfuerzo, estoy segura de que lo hacen como incentivo para que me quede, pero es algo que de momento no tengo intención de hacer, en realidad no sé si algún día llegaré a hacerlo.
—Entiendo —digo con voz baja—. Y… ¿cuándo podré conocer a esa mujer misteriosa? —pregunto con una sonrisa.
—Bueno, como vas a estar un tiempo por aquí, podemos quedar un día que te venga bien y la conoces.
—Me parece genial —digo sonriendo—. Cuéntame más, ¿a qué se dedica? —pregunto fingiendo interés. Sé la respuesta, pero debo disimular.
—Es enfermera, y tranquila, no trabaja en el mismo hospital que yo. De hecho ella trabaja en una clínica privada —dice con la voz cargada de orgullo y algo que intuyo, es ternura.
Me siento feliz por mi padre, se le ve la mirada iluminada y eso me deja claro que está enamorado de nuevo. Solo espero que tenga más suerte en esta ocasión.
De repente me mira, tiene los ojos entrecerrados y parece desconcertado.
—Vaya, creía que te sorprendería más. Hace diez años que no salgo con nadie y mucho menos con una mujer con quien quisiera comprar una casa—dice observándome detenidamente.
—Bueno… yo… —que agobio, ¿cómo decirle que hace meses que mi madre la mencionó por primera vez y que nunca dice nada bueno de ella?— no lo sé.
—Tu madre —resopla molesto—. No se ha podido contener aunque se lo pedí expresamente.
—Venga papá, de verdad que me sorprende que no recuerdes su incapacidad para guardar secretos —digo sonriendo con complicidad—. Tenía que haberte dicho que lo sé, pero no quería que te enfadaras con ella.
—Lo dejaré pasar por ti —dice negando con la cabeza—. Ya me dirás cuando tienes un hueco para quedar y conocer a Lucía.
—Para ti lo que sea —le digo con cariño—, prefiero que lo organices tú, ya que tienes mucho trabajo. De momento estoy libre para todo —le aseguro guiñando un ojo.
—Bien.

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