miércoles, 23 de noviembre de 2016

Oscuro inevitable destino - Capítulo 1



Prólogo



Cien años antes, en el mundo de las brujas, más conocido como el Reino de la Magia, nació una joven de gran poder, bajo la premisa de que ella sería la que salvaría de la extinción al mundo en el que nació.

La Diosa del Destino era la protectora de las brujas, y también de la Humanidad; pero su hermano, el Dios de la Muerte, no tenía ninguna intención de salvar ni preservar la vida humana. Él fue quien creó a los primeros vampiros, los llamados “raza pura”, los cuales poseían ciertos dones que, los creados por los propios vampiros, no tenían; los que eran convertidos con la sangre del Dios podían salir a la luz del día sin sufrir ningún daño, (entre otros muchos dones), pero los descendientes de estos, carecían de ese privilegio. Esta fue una de las consecuencias que los seres de la noche y la oscuridad tenían que soportar por crear más como ellos. A ojos del resto de los mundos, estos seres que descendían de los vampiros y que cada vez eran más numerosos en el Plano mortal, eran impuros, y la propia naturaleza los hacía más vulnerables con cada nueva línea de sangre.

No era algo que el Dios de la Muerte aceptara de buen grado, pero también era bastante reticente en cuanto a regalar el don de su sangre, lo que podía debilitarle a su vez.

Su falta de satisfacción en su inmortal existencia, no resultaba beneficioso para nadie.

Al contrario del Dios de la Muerte, que provenía de la oscuridad, su hermana era portadora y protectora de la luz, y la que dio el poder de la magia a las brujas, las que a su vez, preservaban la raza humana al igual que ella. Era una misión conjunta, la única razón por lo que fueron creadas y nunca mezclaban su sangre con ninguna otra raza. La magia era sagrada.

Tras los últimos quinientos años, cuando la tercera de las brujas enviada a la Tierra no regresara después de su período de aprendizaje en el Plano mortal, la Diosa del Destino decidió intervenir. Su hermano era el culpable, lo sabía, aunque de hecho, era muy consciente de que ocultaba las pruebas que lo demostraban. Sin embargo, se había vuelto más cruel, más sádico y sanguinario que nunca, y a pesar de que intentaba hacerle entender que debía controlar sus actos, no conseguía que cambiara. Ni siquiera se dignaba a escucharla, por más que intentaba invocarle para plantarle cara.

Tenía que hacer algo ella misma, decidió. No podía dejar que las cosas siguieran como si nada, o todo el mundo mortal pagaría unas duras consecuencias.

La poderosa Diosa, a escondidas de su hermano, y también del resto de los Dioses que gobernaban otros Reinos sobrenaturales, decidió poner en marcha un plan arriesgado que afectaría a muchas personas, con la esperanza de tener más aliados en contra de esa terrible oscuridad que parecía haber brotado en su hermano, y que era muy consciente de que jamás había existido en él con ese grado de maldad.

Cuando ideó el plan, y ya con la decisión tomada, tuvo la fuerte certeza de que algunas muertes iban a ser culpa suya. Pudo verlo con sus propios ojos gracias a su poder, aunque no hubiera sucedido nada aún. Pero no podía pensar en ello; no si quería que la Humanidad prevaleciera. Aunque era una Diosa, su corazón sangró al ver el destino que les esperaba a muchos inocentes, pero en la lucha por la luz, por la vida y la paz, no podía haber cabida para el sentimentalismo. Lo sabía muy bien. Era la mejor decisión que podía tomar, la que menos daño haría al mundo humano, y también a otros. Mucho temía que su hermano pudiera ejercer su poder para controlar la muerte en otros Reinos más vulnerables. Claro que no había uno que necesitara más protección que el de los humanos, puesto que eran vulnerables a su control y manipulación, así como lo eran también a la de sus descendientes: los vampiros.

Después de medio milenio, la Diosa del Destino tenía que enviar a la joven bruja más pura, la última que había nacido en el Reino de la Magia, al peligroso lugar donde ya habían desaparecido tres como ella: dos mujeres y un hombre.

Cuando las brujas, que también eran seres inmortales, cumplían cien años, eran enviadas a la Tierra para aprenderlo todo sobre la raza que debían proteger: los seres humanos. Siempre había sido un lugar peligroso, y estaba inundado de personas dispuestas a matar y destruir, por lo que sus poderes eran puestos a prueba, manteniendo un mínimo contacto con sus raíces. Solo en casos de extrema necesidad, los brujos más ancianos y poderosos podían intervenir para evitar que los más jóvenes sufrieran la peor de las suertes.

Algunos de ellos también cometían fatales errores con la consecuencia de que les era privado el regreso a su mundo, pero nada se podía hacer contra ello. Su sangre y sus descendientes debían ser puros. Ningún brujo podía mezclarse con humanos más allá de lo estrictamente necesario, y mucho menos con seres de la oscuridad. Era una regla que les desterraría para siempre si era incumplida. No había excepciones.

Ese proceso de aprendizaje era imprescindible ahora, porque habían perdido a muchos de los suyos durante los últimos quinientos años. La preocupación por la raza y por el poder de la magia, era extrema. Necesitaban fortalecer su sangre con nuevos descendientes puros, o la extinción estaría cada vez más cerca, y con resultados catastróficos. Solo los Dioses conocían el alcance de los posibles daños, pero nadie se atrevía a inmiscuirse en este peligroso asunto, salvo la Diosa del Destino. Ella tenía suficiente poder y astucia para detener el mal que había surgido y acechaba a los Reinos. Solo ella podía intervenir en el destino de los seres que debían ser protegidos.

Conocía a su hermano mejor que nadie, y aunque él jamás lo admitiría, era la única con capacidad para detenerle. El resto de sus hermanos no tenían intención de participar en una lucha entre ellos, pero sería lo que ocurriría al final si las cosas continuaban así.



Había elegido a Alyssa sabiamente. Vio en ella su destino, tan parecido al de otra bruja que no acabó bien; pero sabía que su corazón era lo bastante fuerte como para soportar lo que estaba por suceder. A pesar de que le dolía que su protegida más joven tuviera que sucumbir de algún modo a la oscuridad, era el único modo de lograr un objetivo mayor, uno que hasta ahora, jamás había contemplado. Era arriesgado en extremo, pero confiaba en su fortaleza. Ella misma le había otorgado un inusual regalo que solo otro ser poseía. Un regalo que solo los Dioses podían compartir, y que pocas veces lo entregaban.

Solo Alyssa era merecedora de ese honor.

La noche de luna llena en que el futuro de la joven bruja estaba en juego, esta temblaba por dentro, a pesar de que confiaba en sí misma. Sus padres no habían tenido más hijos, y sabía que si algo le sucediera, no podrían sobreponerse al duelo. Eso la asustaba más que el hecho de que pudiera sufrir cualquier tipo de dolor o sufrimiento. Sin embargo, era su momento. Debía cruzar el portal para ir al Plano de los mortales.

Dio unos pasos para encontrarse cara a cara con su destino.



Capítulo 1



Con solo pisar suelo mortal, ya pude percibir el mal que envolvía a la Tierra igual que un manto oscuro que apenas dejara filtrar la luz. Daba verdadero miedo, sobre todo, por la sensación de soledad que me embargó en aquel aislado y oscuro rincón que no conocía. Ya no tenía a mi familia, ni a mis amigos a mi lago y, a pesar de los relatos que me contaron de sus experiencias pasadas por el mundo de los mortales, yo no podía sentirles cerca, velando por mí, como algunos afirmaron que ocurriría. No podía percibirles de ningún modo, ni tampoco podía comunicarme con nadie de mi mundo, como pronto pude comprobar.

No ocurrió nada cuando intenté invocar a mis padres realizando un conjuro de lo más sencillo. Claro que no podía traerles, pero hubiera deseado poder decirles que había llegado, aunque estuviera tan asustada que no sabía si me saldrían las palabras.

Tenía miedo de que mis poderes hubieran desaparecido también, pero me concentré en ellos y los percibí sin problemas. Al menos no estaba del todo desamparada. Ya era un consuelo; al menos en parte.

Miré a mi alrededor y solo vi árboles a un lado y otro de la estrecha carretera asfaltada. No era la primera vez que contemplaba una pequeña porción de este Plano, ya que el aprendizaje que recibíamos las brujas era muy completo. A través de un complejo hechizo, éramos capaces de crear una ventana hasta este mundo, claro que de ningún modo la podíamos cruzar, sin embargo, era divertido echar un vistazo a un planeta que solo conocía a través de los libros. Pero ahora mismo no sabía dónde estaba o a dónde debía dirigirme, solo tenía claro que no podía permanecer aquí sola de pie. Era de noche y aunque la luna llena iluminaba el suelo que pisaba, había muchas sombras donde podían ocultarse mis enemigos. Los sonidos de los animales nocturnos, tampoco eran muy agradables. Suponía que debería acostumbrarme.

Me di la vuelta y me sobresalté al ver a alguien muy cerca de mi posición. Una mujer. No la había oído aproximarse y no pude evitar asustarme al principio.

Mi corazón se aceleró al percibir el extraordinario poder que emanaba de ella. Cuando la miré a los ojos, el miedo se esfumó, y una extraña sensación de reconocimiento me envolvió; sin embargo, no estaba segura de haberla visto alguna vez. Quizás no lo recordaba, lo cual también resultaba curioso.
Era una mujer de apariencia joven, de cabello castaño, y muy hermosa. Llevaba un precioso vestido largo de color blanco que dejaba sus brazos al descubierto. Teniendo en cuenta que estábamos en un lugar montañoso, frío y apartado, su apariencia estaba un poco fuera de lugar, claro que para el resto de los mortales, mi capa negra con capucha y mi ropa también debía ser inusual.

Sus ojos eran marrones, pero estaba claro que no eran humanos. Un suave brillo los hacía refulgir. Era una Diosa. No cabía duda de que estaba en lo cierto, aunque no estuviera segura de cómo podía saberlo, ya que jamás había recibido la visita de ningún Dios. Su poder era increíble; su calidez era embriagadora.

Ya había oído hablar de esa sensación a algunos brujos, sobre todo a los más ancianos. Sin lugar a dudas se trataba de La Diosa del Destino, protectora de la magia y de las brujas. Nuestra creadora, pensé, sintiendo que me quedaba sin aliento.

No podía creer que se hubiera aparecido ante mí. Se trataba de un honor extraordinario que muy pocos privilegiados disfrutaban en su inmortal existencia. Me pregunté por el motivo de su presencia ante alguien tan insignificante como yo, una simple servidora suya.

Con rapidez me eché al suelo para que mi actitud no pareciera rebelde o poco respetuosa, pero no pude evitar mirarla con curiosa fascinación. Ella se acercó despacio, como si flotara en lugar de caminar, y me acarició la cabeza con gesto cariñoso y protector, haciendo que mi capa cayera hacia atrás y mi rubio cabello quedara al descubierto.

—Tranquila querida, puedes mirarme —dijo la Diosa con una preciosa y melodiosa voz, y un asomo de sonrisa—. He venido a recibirte, y a aconsejarte.

Su expresión era amable y su rostro benevolente.

—Es un honor, mi Diosa.

Ella me sonrió, pero pude notar que en sus ojos había una sombra de preocupación, o incluso miedo, pero no podía estar segura. Mi sonrisa desapareció y guardé silencio a pesar de que me moría de ganas de hacerle mil preguntas. Ella había dictado mi destino, que yo conocía solo a medias, pero, ¿podría cambiarlo, o debía seguir el camino que ella había preparado para mí? Dudaba que tuviera alguna opción para elegir, y más aún cuando se trataba de algo que afectaba a muchísimas personas, tanto humanas como inmortales.

—Sé que puedes percibirlo —dijo con voz suave.

No me costó saber a qué se refería.

—¿El mal? —pregunté solo para asegurarme.

—Sí —convino con un ligero asentimiento de cabeza—. Este debería haber sido tu proceso de preparación y aprendizaje para tu vida en el Reino de la Magia, pero me temo que alguien sigue queriendo que eso no ocurra más.

Me quedé paralizada. A pesar de mi misión, de la cual conocía tan poco en realidad, no entendía por qué tenía que venir si estaba en peligro con tan solo cruzar el portal a este mundo.

Por el modo de mirarme, supuse que ella podía saber cómo me sentía, pero me abstuve de comentar nada. Nadie en su sano juicio pondría impedimentos para que su destino se llevara a cabo tal como estaba predispuesto, incluso desde antes de nuestro nacimiento.

—Un Dios de la oscuridad está sufriendo una crisis de aburrimiento en su milenaria existencia y ha estado esperándote desde hace décadas. Los malvados seres que están a su servicio han estado causando incontables muertes y mucho sufrimiento para que él obtenga más poder. Otros seres de la oscuridad también le han seguido estos últimos años —añadió con dureza, y un toque misterioso y espeluznante en su angelical voz. Resultaba inquietante—. Tú eres la única que puede pararle los pies.

Su declaración me asombró. ¿Ese era mi cometido?

—¿Yo, mi Diosa? —le pregunté, por primera vez, sintiendo todas las dudas que me había negado a experimentar desde que conocí mi destino—. Solo soy una bruja joven que ni siquiera ha terminado su aprendizaje. No soy nada para los seres de la oscuridad si vienen a por mí.

Estaba segura de que serían capaces de aniquilarme con solo pensarlo, pero no podía poner en tela de juicio la decisión de una Diosa.

Me resigné, igual que había hecho cuando mis padres me contaron lo que se esperaría de mí llegado el momento. Para mi desesperación, ese momento era ya.

Ella me miró entonces con un brillo en sus ojos que no supe cómo interpretar.

—Solo tú tienes el poder de acabar con esta maldad que asolará el Plano de los mortales —dijo determinación—. Cuando llegue el momento adecuado, la verdad te será revelada. No debes luchar contra ello.

Asentí obediente, mostrando una serenidad que no sentía en absoluto.

—Debes estar bien protegida durante tus horas de preparación, y durante la noche. Tienes que internarte en lo más profundo de este bosque. La Diosa Naturaleza tiene un lugar mágico preparado para ti —explicó con voz pausada—. Absolutamente nadie, salvo aquel que esté dispuesto a dar la vida por ti, podrá entrar allí. Es mejor que ese lugar permanezca en el anonimato, como también debes cuidarte de tus amistades más que nunca —advirtió—. Incluso las brujas pueden caer en el lado oscuro.

Eso último lo mencionó con tal grado de nostalgia, tristeza y pesar, que temblé por dentro como una hoja. Había oído rumores durante mis cien años de existencia, pero me costaba creer que seres de la luz como yo, como mi familia y vecinos, pudieran aliarse con aquellos contra los que luchábamos. Esos que nos hacían daño a la menor oportunidad, y que iban a destruir este mundo, y otros, si continuaban así.

La hermosa Diosa se acercó un poco más a mí y posó sus delicadas y pálidas manos sobre mis hombros. Hasta ahora no me había dado cuenta de que su piel era tan traslúcida, que casi parecía un espectro, solo que su imagen y su forma eran las de una joven totalmente corpórea; tal vez no igual que yo, pero casi. Sin duda podía aparentarlo si alguien pasara por allí. Menos mal que la carretera estaba desierta.

Noté un escalofrío, pero no sentí miedo, sino más bien lo contrario. Me sentí bien, mejor que nunca, y con un inmenso poder recorriéndome cada articulación, cada nervio, cada mínima parte de mi ser. Fue una sensación extraordinaria; jamás había experimentado nada igual.

Se apartó y dejó escapar un pequeño suspiro. No sabía si era de alivio o ese pequeño gesto encerraba algo más, pero no pude pensarlo por mucho tiempo.

—Toma esto —me tendió un colgante plateado y lo sujeté con ambas manos—. Es un amuleto que te permitirá sentir cerca a los seres que merodean esta tierra vulnerable. Debes estar alerta siempre que abandones tu nuevo hogar para integrarte y conocer todo lo que puedas de este lugar; solo así podrás descubrir la verdad sobre lo que ocurre, y salvarlo.

Cuando miré hacia mis manos, vi un colgante con una conocida imagen que ya había visto antes en innumerables ocasiones: se trataba de una estrella de cinco puntas dentro de un círculo plateado; era el símbolo de mayor poder de la magia, y justo en la parte superior, un pequeño murciélago.

Jamás había visto esa mítica imagen asociada a los vampiros entrelazada con la de mi propia especie, más aún siendo un símbolo de protección contra el mal. Me daba miedo preguntar, pero tenía que saber qué significaba todo eso.

Levanté la vista y la Diosa ya no estaba. Mis preguntas quedaban, una vez más, sin una respuesta clara. Estaba empezando a ser una mala costumbre.



Deslicé la cadena del colgante por mi cabeza y lo guardé dentro de mi ropa para que estuviera en contacto con mi piel. Supuse que de ese modo, surtiría más efecto si alguien merodeaba por allí. Y como no podía permanecer quieta en mitad de la nada, empecé a caminar sin un rumbo fijo para internarme en lo más profundo del bosque. Podía sentir la magia en la dirección correcta, y sabía que en el momento propicio, la casa a la que había aludido mi creadora, se haría visible ante mí.

La noche era terriblemente oscura en el Plano mortal, y aunque ya había estudiado sobre ello, me pareció un lugar de lo más tenebroso. En el Reino de la Magia nunca había noches tan negras, y me pregunté si tendría que ver con esa terrible maldad que estaba asolando el mundo de los humanos, y sobre la que tenía que averiguar más, para así, poder acabar con ella.

Una vez más me pregunté por qué me habría elegido a mí nuestra Diosa. A pesar de que mi poder era considerable, y ella me había infundido cierta protección cuando me había tocado momentos antes, no estaba segura de poder lograrlo yo sola. Tenía que aceptar mi destino, cierto, pero me pregunté si este auguraba una larga vida, o todo se acabaría para mí cuando mi cometido hubiera finalizado. Solo podía desear volver a ver a mi familia de nuevo; ya habían sufrido bastante.

Dejé mis pensamientos tristes a un lado, era momento de mirar hacia delante. No tenía alternativa.

La caminata era pesada, y tenía que sortear multitud de obstáculos casi invisibles. Los rayos de la luna que se filtraban a través del espeso follaje de los árboles, eran más bien inútiles, por lo que a los pocos minutos, cuando tropecé en varias ocasiones, opté por coger una de las piedras mágicas que había traído conmigo, y así pude iluminar un poco el sendero que pisaba. Tenía que tener mucho cuidado de no ser descubierta con una mística piedra en mis manos que permanecía suspendida en el aire mientras desprendía una luz tenue, pero a esas horas de la noche, dudaba que hubiera alguien en mitad de la nada.

Al cabo de un largo rato, llegué a un claro lleno de césped recortado. Había grandes rocas en la parte más baja de una montaña no muy alta, y a pesar de que parecía un lugar normal y corriente, estaba rodeado de magia; casi podía tocarla con mis manos. Cerré mis ojos y con un ritual sencillo, pedí permiso a la Diosa Naturaleza, y ella reveló la pequeña casa que iba a ser mi refugio en este mundo. Era muy bonita, pintada en tonos crema, tenía un porche de madera y dos plantas, ventanas blancas y un aspecto limpio pero que no llamaba especialmente la atención, sin jardineras ni adornos extras; sencilla y apartada. Perfecta.

Estaba exhausta y contenta por haber llegado, pero estaba lejos de encontrar el descanso que necesitaba, ya que en ese instante, oí un fuerte ruido muy cerca de mi posición, lo que era extraño; allí no había nada aparte de la casa. El colgante que llevaba al cuello bajo la ropa, desprendía un calor inesperado. Era incómodo, pero no llegaba a ser doloroso, sin embargo, sabía lo que significaba: había seres oscuros cerca, y un peligro que no había esperado en ese preciso rincón.

Levanté la mano izquierda y lancé un hechizo para ocultar la casa, con la otra mano, agarré con fuerza el pequeño y valioso bolso que traje conmigo. A ojos extraños, no medía más de diez centímetros, pero en su interior guardaba muchos y diversos objetos mágicos que me servirían para acabar con esos seres oscuros que merodeaban por la noche. Hasta averiguar de qué se trataba, me mantuve alerta, sin hacer ningún ruido, porque también sentía la presencia de dos humanos cerca. Era mejor no llamar la atención si no era preciso.

Un escalofrío me recorrió, y no pude evitar acercarme hasta dar con las dos personas que había a poca distancia. Sus auras eran muy visibles, aunque una de ellas parecía estar al borde de la muerte. Mis pies se movieron más rápido. Tenía que hacer algo para salvarles.

Cuando los divisé, no pude creer lo que veía. Un hombre apuntaba con una enorme arma a una mujer que agonizaba en el suelo cubierta por su propia sangre. La abierta herida de su brazo acabaría por matarla, y por cómo se apagaba, eso ocurriría pronto si no intervenía ya.

—¿Qué crees que estás haciendo? —pregunté con calma, para intentar no provocar que la situación empeorara aún más.

El hombre se giró hacia mí, apuntándome ahora.

—¿Qué haces tú aquí, y quién eres? —inquirió con una horrible furia apenas contenida.

El humano estaba claramente sorprendido, pero a la vez, sus ojos mostraban decisión, y una monstruosa oscuridad envolviéndole. Debía de estar bajo el control de algún malvado ser pero, como quien quiera que fuese permanecía a distancia, tenía que concentrarme en ellos dos por el momento.

—Vivo aquí, así que deberías marcharte a otro lugar con ese horrible objeto que llevas en las manos —advertí con dureza.

El hombre sonrió burlón. Aproveché su momentánea distracción para lanzar un hechizo de curación a la mujer que ya apenas sostenía su último aliento y sonaba quejumbrosa. Sentí que perdía el conocimiento por completo, lo cual era bueno, no quería que volviera a estar en el punto de mira del tipo que estaba frente a mí. Al menos volvía a respirar con normalidad.

Intenté ser discreta, pero el hombre miró hacia mi mano, posicionada en dirección a la mujer para proyectar mejor mi poder, y se dio cuenta de que estaba tramando algo.

—No sé qué haces, pero detente, o te mataré ahora mismo —sentenció con resolución.

Por supuesto le creí. Estaba claro que había ido hasta allí para asesinar a esa pobre mujer, en un lugar lo bastante apartado para que nadie lo viera. Era terrible que los humanos fueran capaces de actos tan atroces. Presenciarlo era casi peor.

—Bien, no haré nada —mentí descaradamente—. Pero, ¿por qué haces daño a esa mujer? —le pregunté en un intento de distraerle, con la esperanza de poder acercarme lo suficiente como para arrebatarle esa arma. Eliminaría parte del peligro.

—Es mi esposa —escupió—, y me ha engañado infinidad de veces, así que no me queda más remedio que acabar con ella. Ya no volverá a hacerlo nunca más —añadió con convicción y un asomo de satisfacción.

Su rostro se veía hermoso, a pesar de la oscuridad de la noche, pero sus facciones estaban contraídas y eran frías, de tal modo que le hacían parecer peligroso y decidido a terminar su siniestra misión. Era una combinación que daba verdadero miedo. Sobre todo porque sospechaba que el hombre estaba siendo empujado a hacer algo en contra de su voluntad, algo contra una persona querida y cercana a él.

Habían manipulado su mente.

—Nadie merece ser tratado de ese modo, ¿no crees? —pregunté, dando un pequeño paso hacia él—. Aunque te haya hecho daño, hay mejores modos de arreglar las cosas.

—Tú no sabes nada, niña estúpida. Y no deberías estar aquí, porque no puede haber testigos… así que… adiós —soltó con una voz espeluznante.

Como si fuera un sueño, el hombre disparó el arma hacia mí, pero el tiempo se movió entonces tan despacio, que pude alargar la mano para repeler el ataque del proyectil que iba directo a mi corazón.

Estaba tan asustada, que tardé unos segundos en darme cuenta de que en mi lugar, el hombre había sido herido. Dejó caer el arma al suelo y una herida sangrante surgió en su pecho. El proyectil había ido a parar a su corazón. Fui a acercarme para intentar salvarle la vida, cuando dos vampiros se interpusieron en mi camino salidos de la nada. Uno era rubio y muy alto, el otro era moreno y un poco más bajo. Este último me miraba con rabia, con los colmillos fuera y una oscura mirada parecida a la del asesino abatido; en ese instante pude ver cómo su aura se apagaba y mi rabia se encendió. Podría haber salvado al humano si esos dos seres diabólicos no se hubieran interpuesto.

El vampiro moreno dio un paso hacia mí y dejó escapar un gruñido. Estaba claro que buscaba sangre, pero no sería la mía, decidí. Me preparé para defenderme y acabar con él, pero el rubio le detuvo poniendo un brazo para cortarle el paso. Este otro me miraba con curiosidad. Sus ojos eran claros, y para mi sorpresa, no pude ver maldad en ellos. A pesar de que nos separaban unos metros, había perfeccionado mi capacidad para conocer las intenciones inmediatas de cualquier ser que estuviera en mi presencia. Podía ser útil, claro que esos sentimientos también podían esconderse en el interior, sobre todo si estos eran oscuros. No podía fiarme de ninguno de los dos, desde luego, pero el vampiro más bajo representaba una amenaza mayor que el otro, eso sí podía determinarlo con cierta seguridad.
Estaba claro que quería aniquilarme.

—Tú, perra —escupió con ira—, nadie te ha pedido que te metas en nuestros asuntos —me gritó con la mirada encendida por la furia que encerraban sus palabras.

El miedo se fundió con una llama de furia que se prendió en lo más profundo de mi ser. Traté de normalizar los latidos de mi corazón, pero era una misión un tanto complicada con esos dos vampiros tan cerca de mí, aguardando el momento perfecto para arrancarme la garganta. Nunca antes los había visto en persona, más que en los libros, y eran mucho más aterradores y espeluznantes en la vida real.

Tragué saliva con dificultad.

—Si no quieres que haga una hoguera contigo, más te vale desaparecer de mi vista. Los dos —añadí con dureza. Agradecí que mi voz sonara firme.

Ahora la sorprendida fui yo cuando vi que el vampiro moreno empezaba a reír. Claro que su diversión era siniestra, y además, a mi costa. Yo no le veía la gracia, y aunque no me gustaba arrebatar la vida de ningún ser, estaba claro que con él debía hacer una excepción. No parecía que existiera ni una pizca de humanidad en su interior. Su alma era tan oscura como esos pozos negros de sus ojos. Quería mirar en su interior para saber qué planeaba hacer conmigo, saber si su alma podría redimirse de algún modo aunque lo dudara, pero no había tiempo de hacer conjuros ni de concentrarme en algo así. Si me despistaba, sería carne fácil para esos seres de la noche con hambre de sangre.

No podía mostrar debilidad ante ellos y como pude, guardé el miedo que sentía en un rincón de mi mente, y expuse mi mano izquierda hacia el frente, apuntando hacia ellos. Una pequeña bola de fuego surgió en mi palma. Yo solo sentía calidez con su contacto, pero para un vampiro, era una forma eficaz y definitiva de morir. No es que yo hubiera visto antes cómo caían, pero conocía a muchos brujos que habían matado antes a vampiros durante su estancia en la Tierra. Ellos me habían enseñado a perfeccionar mis habilidades para defenderme de los que resultaban ser unos de nuestros peores enemigos; esos que no valoraban las vidas de los mortales.

Antes de que pudiera decir o pensar nada, el vampiro se lanzó sobre mí con una velocidad asombrosa, y no para lanzarme por los aires y librarse de la amenaza que yo representaba para él, sino para ir a por mi garganta, morderme y beber mi sangre. Solo tuve un segundo para contemplar mis posibilidades. Si un vampiro se alimentaba de una bruja, adquiría sus poderes; con el tiempo suficiente, si se hacía con toda la magia, no solo me convertiría en una simple humana, sino que moriría a las pocas horas del desangramiento. La inmortalidad era un don que se nos podía arrebatar con cierta facilidad a los de mi raza. No podía permitirlo. Aunque apenas sentí dolor cuando me agarró con una fuerza descomunal por los brazos, ni noté mi magia alejándose de mí cuando acertó con sus colmillos en mi cuello, no quería comprobar qué significaba aquello; tenía que salvar mi vida antes de hacer suposiciones. Toqué su espalda con la bola de fuego y di un rápido salto hacia atrás para que las llamas de su cuerpo no abrasaran mis ropas.

Lancé un conjuro e hice desaparecer el cuerpo calcinado del vampiro y del humano muerto. Se esfumaron como un puñado de cenizas blanquecinas y no quedó ni rastro de la sangre ni nada fuera de lo común, a excepción de la mujer que aún estaba inconsciente.

Mi cuello se curó al instante.

Siempre era una sensación extraña cuando se nos hería a las brujas. Una parte de nuestro aprendizaje era aprender a luchar; era algo que yo detestaba. Las heridas curaban rápido, pero nos dejaba una sensación de adormecimiento durante un rato en esa parte del cuerpo.

Miré al vampiro rubio y alto que me observaba con cierta oscura fascinación y me preparé para atacar de nuevo si no se iba de allí.

—Te advierto que si tienes intención de vengar la muerte de tu amigo, será mejor que te lo pienses dos veces —dije con determinación y cansancio.

—No era mi amigo, y confieso que era un peso muerto que me alegra no tener que soportar.

Habló sin sentimiento alguno, lo que me dio que pensar. Si no se protegían y cuidaban entre ellos, y no se tenían el menor respeto siendo de la misma raza, qué ocurría allí en realidad. ¿Sería posible que estuvieran en bandos diferentes? ¿O solo era un truco para confundirme?

Sea lo que sea, no era momento de meditarlo.

—No pienso fingir que me interesa lo que has dicho, así que lárgate —espeté.

En un abrir y cerrar de ojos le tenía delante, tan cerca que podía tocarle, y hasta olerle. Para ser un oscuro y despiadado ser de la noche, era muy atractivo, y tremendamente masculino. Tuve que reprenderme para mis adentros. No debía pensar algo así de alguien que iba por ahí bebiendo la sangre de inocentes, de modo que di un paso hacia atrás, lo que provocó que el vampiro compusiera una pequeña y misteriosa sonrisa.

—Reconozco que para ser una pequeña bruja, eres muy peleona y descarada. Eso me pone mucho —declaró en voz baja. Se suponía que eso debía ser un intento de seducción, y para mi asombro, algo se removió inquieto en mis entrañas. Era la primera vez que experimentaba algo semejante por el sexo opuesto.

—No estoy pretendiendo despertar tus instintos. Por favor, déjame sola —pedí en voz baja.

No se movió del sitio, ni para alejarse, ni para acercarse tampoco; solo me miraba como si estuviera estudiándome.

—Eres muy joven para tener tanto poder —expresó con cierta confusión.

—Subestimarme es un error, tengo cien años —fruncí el ceño.

No me gustaba que me consideraran joven y débil, porque no era ninguna de esas cosas, claro que con ese monstruo delante, no me sentía especialmente invencible. Parecía mucho más perspicaz que el otro, mucho más astuto. Eso era mucho peor.

—Yo también, pero eso no tiene nada que ver. Se supone que a tu edad no deberías poder hacer…

De repente se calló y me dejó con las ganas de saber a qué se refería.

—¿Qué quieres decir? ¿Qué sabes tú sobre las brujas o sobre mí?

Entonces me miró y compuso una pequeña sonrisa.

—Lo único que puedo decirte es que mi jefe desea conocerte —explicó de forma vaga.

Me estremecí. Su jefe debía ser su creador, aunque no estaba segura. Yo nunca me había referido a mi Diosa de ese modo, pero tampoco conocíamos todas y cada una de las costumbres de los vampiros. Eran unos seres sangrientos, sí; y también muy reservados.

—Pues yo no deseo conocerle, y ten claro que nadie me obligará a ir con vampiros a ninguna parte —dije con una seguridad que empezaba a flaquear.

En mis adentros no estaba tan segura de poder escabullirme. Aunque fuera un Dios de la oscuridad, no sabía hasta qué punto lograría negarme antes de que emplearan métodos menos sutiles que una simple conversación ligeramente amenazante.

—Tranquila, nadie tiene pensado obligarte —musitó—, pero al final irás a verle por propia voluntad.
Sentí un escalofrío recorriéndome todo el cuerpo, sus ojos claros me taladraban, apenas me dejaban pensar. Su cercanía era sencillamente abrumadora para mis sentidos. No sabía qué me estaba pasando.

—Amenaza todo lo que quieras, pero no quiero tratos con gente como tú —declaré.

Eso arrancó una risa ahogada al vampiro. Su expresión se suavizó. Casi demasiado.

Empezaba a sentirme incómoda en su presencia.

—Las amenazas no son lo mío. Yo soy un hombre de acción, más que de palabras —dejó caer con sorna.

Me pregunté qué querría decir con aquello. Su gran sonrisa resplandecía y sus dientes eran tremendamente blancos y letales. Ese ser podría despertar pasiones si así se lo proponía, como también daba un miedo sobrecogedor. Era alto, ancho de hombros y musculoso. Un enemigo así daba pavor.

—Me da igual cómo seas. No quiero volver a verte nunca —solté, molesta por mis confusos sentimientos.

El vampiro me miró con suficiencia, como si estuviera tratando con alguien corto de entendederas. No me gustó nada que solo su mirada resultara ser tan insultante.

—En esta vida no siempre se tiene lo que se quiere. Deberías recordarlo, como un consejo para el futuro —me guiñó un ojo y desapareció de mi vista. Lo único que sentí fue un ligero soplo de viento, y mucha oscuridad.

En mi interior, una pequeña parte de mí, sintió una punzada… ¿deseo tal vez?

No. Imposible.

Me reprendí lo más severamente que pude. Esto no podía estar pasándome a mí. Ni hablar. No con un ser de la noche, alguien que no era un brujo.

Dejé de divagar sobre tonterías. Solo tenía que mantenerme alejada de la tentación y todo iría bien.


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